domingo, 27 de enero de 2013

¿Es irrelevante la cuestión del nazismo en Heidegger?



En su muy recomendable biografía de Heidegger, Rüdiger Safranski relata el origen católico del filósofo, su posterior paso por el luteranismo y su definitivo ateísmo (o no tan definitivo si atendemos a algunas anécdotas extravagantes como su costumbre de persignarse y tomar agua bendita en las iglesias de su pueblo natal o su petición de entierro eclesiástico al final de sus días). En la filosofía occidental hay tal vez uno, dos, tres “nervios”, quizás espinas dorsales, que vertebran, y no sé si es una buena metáfora por lo estático y rígido de la imagen, el pensamiento. Es una corriente que late, que se padece, como un pathos, en el que se está, una situación, digamos por asumir una hasta cierto punto heideggeriana imagen.



Por seguir también una clave benjaminiana, ampliándola, podemos considerar que esa pulsión telúrica, ese suelo de la filosofía, es teología, que porta y aporta una carga, una materia que conforma, posibilita y determina el pensamiento. De tal fondo procede la inspiración, los arrebatos, los hilos y horizontes especulativos. Así, hay una teología, que entendemos como magma que acarrea bullente sentido, orientación y, al mismo tiempo, estupor y vacío, lugares como no lugares, tabúes del pensamiento sin los cuales, no obstante, no podríamos pensar, porque arrojan tormentas electromagnéticas, cargas positivas y negativas, que configuran y movilizan. La teología es esa tradición que llega como pegamento que une los objetos, que los unifica en formas diversas, sin la cual no habría inspiración ni la ilusión de que avanzamos. Se presupone ardiente, latiente. Su lugar está en la realidad, en la realidad más humana, acompañando a los hombres, como orientación de sus preguntas, inquietud, llamada de atención al misterio, pesadumbre, lastre de iniquidades, apertura e inacabamiento dialécticamente nihilizante pero afortunadamente esperanzador.



De su propia realidad óntica personal Heidegger, sugiere Safranski, parece no admitir demasiado. Resulta peculiar construir una biografía de por un lado un Dasein con vocación de constituirse en claro del Ser, de pastorear el Ser y de por tanto de no haber sido retratado y menos biografiado. El aristocrático Heidegger quiso ser más que su biografía y eso ya hace curioso el empeño de Safranski. Pero encima, tenemos el incómodo asunto del nazismo, del que yo me quedo una moraleja, porque yo sí moralizo. Creo que moralizar no es necesariamente el producto de una caída y olvido del Ser, de una metafísica y de un traspié dado en lo óntico de espaldas al Ser, sino todo lo contrario. El viejo lema tan cristiano, católico (y pagano, lo sé), que tanto debió calar al ente Heidegger (“memento mori”) quiere decir algo más profundo que un meter miedo para que seamos buenos y no vayamos al infierno. Es el recuerdo de que somos finitos, de la finitud, del tomar conciencia de la precaria, indigente y contingente existencia humana, de que ese tomar conciencia es privilegio del hombre. Sólo que Heidegger pone a ese pálido hombre solitario que toma conciencia de su precariedad un sol exterior que lo convierte en luna, en pálido reflejo de otra luz, del Ser. Aquí es donde su teología aflora. El pathos gnostizante, luterano, agustiniano, el rechazo del mundo católico, de la edad media, de su arropadora metafísica que habla en ocasiones de una realidad que llegará hasta Zubiri, con la actualidad del Ser en ella, sin diferencia ontológica y en la cima de la historia y del animal histórico de realidades que es el hombre, tal como ya el valiente pensar de Ellacuría lo viera. Esta reconciliación medieval, en el fondo, católica, de ser y ente en la realidad, en la que la vela es vela sin necesidad de otra luz que la que ella porta, la dejó atrás el desolado luterano Heidegger, en pos de una luz que persiguió pathéticamente toda su vida.  



Pero decía que en todo este movimiento gnóstico hay también un inmoral olvido y una hybris. Hay mucho recuerdo del ser en Heidegger, pero poco del ente, de lo óntico. Recordar a lo óntico, lo humildemente óntico que constituye nuestra biografía, es una forma también de ser filósofo, o sea, reconocedor de lo contingente y lo propiamente finito. Esto equivale al muy moral reconocimiento de que nos hemos equivocado, de que en algún momento la corriente del Uno nos ha arrollado, nos ha seducido y arrastrado su chusma, como decía Hannah Arendt (definió al nazismo como la alianza de la élite con la chusma). En este sentido, admitir la culpa, que diría su amigo el bueno de Jaspers, era una obligación filosófica consecuente con su propia filosofía. Esto es sugerido por Safranski en varias ocasiones de su biografía, aunque cuando se refiere al gran acusador, Adorno, no elude mostrar una enorme antipatía ante el filósofo frankfurtiano que se excedió, insinúa, en sus diatribas contra Heidegger. Parece reprocharle también cierto pathos intelectualizante, aristocratizante, del pensamiento como sombra que ensombrece a la realidad.



En el caso de Heidegger, lo que dice Safranski es que el pensamiento ensombrece la realidad del quién, del pensante, que es nihilizado ante su propio pensar. Este movimiento es lo que en Heidegger hay, creo, de rechazo gnóstico, de teología, de nervio o pathos luterano, decía, que se cuela también en su diferencia ontológica. Ésta exige un sacrificio tanto del hombre (de ahí las protestas contra el sujeto y el humanismo, así como la absoluta impugnación a la modernidad) como del mundo. Es aquí donde el pensamiento puede emprender un vuelo desligado de aquello donde arraiga, deshistorizado, debido a este íntimo desgarro ontológico, y es esta quiebra abisal, la que lo hace propicio a equivocarse, a coqueteos peligrosos, como ocurriera en 1933. De manera que, para los tiempos actuales, sin negar un ápice de grandeza y de fuerza seductora a Heidegger, de constituir un pensar atrevido, una energía, hoy hace falta algo más que energía, espíritu o nervio. Hoy tiene garra la metafísica de Zubiri, la vuelta a una metafísica en cuanto vuelta a una realidad, a la realidad, como lo que tiene actualidad, presencia, donde está también lo posible, donde el ser es, donde el ser es encarnado, donde el ser es actualidad de lo real, sin otro misticismo que las alabanzas a una Creación donde se juega todo.

  

martes, 15 de enero de 2013

Diógenes, un paso más allá.



Que recuerde, me ha pasado con pocos libros. Crítica de la razón cínica se me coló, subrepticiamente, en un sueño, cierta noche de las pasadas navidades, las cuales dediqué entre otras cosas a leer el voluminoso libro. Un sueño ridículo, grotesco, del que desperté a tiempo. Así, como una mosca socrática, o, mejor dicho, un Sócrates enloquecido, que era como Platón llamó a Diógenes, hay una razón que ríe, marginal donde las haya, que precisamente irrumpe pero que no puede ni debe quedarse mucho tiempo, y es una razón que impregna el libro de Sloterdijk y que cala a quien lo lee. 


El numerito, el golpe de efecto, debe ser decidido, firme y concluir apenas comenzado. Porque lo esencial es que Diógenes opera en los cada vez más escasos recovecos que el mundo cínico, que no quínico, ha dejado. Lo que el libro que pretende ser fragmentario y refrescante como una ensalada aborda es la falsa conciencia como una constante de la razón ilustrada, del final de esa razón ilustrada ya instalada en nuestro mundo. Es decir, el mayor logro de la Ilustración que comenzara en Grecia y culminara en el siglo XVIII con la honrosa corona de la Escuela de Frankfurt ha sido la lucidez impotente, en el mejor de los casos, la lucidez del espectador horrorizado, acaso el pesimismo bonachón del último Horkheimer, diría yo. Eso, en el mejor de los casos y pensando bien. Porque lo normal ha sido otra actitud: el fariseísmo, la hipocresía de una lucidez que viendo no quiere ya ni intenta actuar, tal vez porque no puede, pero la verdad es que ya ni lo intenta. Asiste a un mundo cuya síntesis dialéctica es, dice Sloterdijk, la bomba atómica. Esa es la materialización, la cosa, que hemos hecho más concreta en la que nos podemos ver mejor reflejados. Y la Ilustración lo sabe. Se sabe, hasta cierto punto cómplice de ello, por ser portadora de una lucidez, clamadora de una razón, de la ciencia y de la verdad, que no logran sacarnos del atolladero. No se trata de la dialéctica denunciada por Adorno y Horkheimer según la cual retorna el mito por medio de una razón tornada en razón instrumental, sino de que la razón se confiesa incapaz e incurre en una autocomplacencia, en una actitud vagamente cómplice. 


Para mi gusto uno de los mejores ejemplos de cinismo que trae a colación Sloterdijk es el de la figura dostoievskiana del Gran Inquisidor, que se sabe miembro de una élite conocedora y portadora de una verdad que monopoliza y acapara por el bien de la mayoría, jugando a simular una mentira piadosa que contradice la esencia cristiana a sabiendas. El Gran Inquisidor sabe que Jesucristo apuesta por una antropología de la libertad y el heroísmo, pero siendo más realista que Jesucristo, da a los hombres milagros, Inquisición, jerarquía y normas, porque sólo así los hombres son felices. Sabe que la libertad y el heroísmo que ofrece Jesucristo los harían unos desgraciados. El Gran Inquisidor asume esta mentira lúcidamente. Su actitud es un claro ejemplo del cinismo moderno, ilustrado, que durante más de 700 páginas describe Sloterdijk en sus muy diferentes versiones y matices, más o menos agresivo, histriónico o sosegado. Para el pensador alemán ésta es una clave, una suerte de esencia de nuestra época que la explica. Se muestra en el arte, en la política, en el cine, en la prensa, en la guerra… Filosóficamente hay un eco del Nietzsche psicólogo que denunciaba resentimientos y mala conciencia, reacciones contra lo vital, turbias maniobras de poder de sujetos débiles. Hay, ciertamente, una razón que se ha visto acorralada, que en su extrema visión hiperlúcida, en su precisamente nietzscheana, pero también freudiana, marxista, positivista, etc. mirada “sospechante” no ha podido evitar la catástrofe, ni siquiera avisando. Se instala, pues, una mirada que avisa y prevé, pero al mismo tiempo asiste con pesimismo y fatalismo al desastre, a la crónica de una muerte anunciada. Este es el sino, muestra Sloterdijk, de nuestra era ilustrada. Y todavía peor, saber ha llegado a ser ahora sinónimo de poder. Por tanto, la razón ilustrada se torna plenamente cómplice de la dominación.


El papel de la Ilustración de la Ilustración lo ostentaría el “quinismo”, que es el cinismo del cinismo, cuyo modelo es, cómo no, el viejo Diógenes del barril. La descripción de éste por parte de Sloterdijk es soberbia, excelente. Finalmente, toda esa trama de lúcido descreimiento es puesta boca abajo por el cuerpo, el dato empírico que azuza a la teoría discrepante esquizoide y le recuerda su procedencia, y sobre todo, la risa, la risa como shock en plena operación de pulmón a un tuberculoso en las alturas de la Montaña Mágica de Mann, el ataque de risa, la verdad risueña, la distancia que procura el reírse y el golpe a todo el decorado, la visión en la que lo ridículo y lo absurdo se muestran como ridículo y absurdo. Si el cínico inquisidor se ha tomado demasiado en serio todo, si su enfermedad ha consistido en ello, si su lucidez es melancolía que le torna impotente, la risa puede mostrar que hay otro paso más allá de la melancolía, que quedan más escalones, que puede avanzarse más, que Diógenes ha logrado ir todavía más lejos y que la Ilustración se puede seguir abriendo paso. Es un nivel de realismo aun mayor que el contemplar impávido y mudo los hechos consumados e inalterables de una modernidad que ha producido la bomba atómica, es un poner los pies aun más en el suelo de lo ridículo, viendo todo eso, como el viejo Diógenes, en su aspecto real, concretísimo y por tanto, pasajero, carente de gravedad, de peso. 


La razón quínica termina de desatar ya del todo, de desmitificar, de ilustrar hasta el último resquicio llenándolo todo de irónicas, satíricas y muy sarcásticas objeciones. Ella capta el bloqueo, incluso el horror, la parálisis del cínico enmudecido, o del cínico charlatán periodista que pone a la misma altura una noticia tras otra, una muerte tras otra, un nacimiento tras otro, un suceso, un acto terrible del gobierno, una hambruna… El quínico puede recoger el escándalo que no recoge la razón cínica ilustrada que se limita a una captación cada vez menos reflexiva, menos consecuente con lo que hace. Una captación que aun siendo a menudo sarcástica, como estoy diciendo, no deja de tener bastante de terrible, de airada denuncia; porque las payasadas de Diógenes se refieren, precisamente, siempre a lo más serio que debe decirse. En realidad, en el libro de Sloterdijk el quinismo, como el cinismo, adopta una proteica serie de transformaciones que lo dotan de las más diversas apariencias y que le hacen asumir diferentes tácticas. Una táctica nada inocente que recuerdo, por parte del quínico: hacer lo que la norma convencional quiere que se haga, hasta sus últimas y siempre absurdas consecuencias. Suele dar buenos resultados. En general, los monstruos siempre acaban revolviéndose contra sus inventores.

Por último, agradecería que alguien escribiera una versión española de la Crítica de la razón cínica con especial atención a nuestra historia reciente, a los partidos políticos y su razón de estado, su obediencia debida, su Transición. Y algo que sí me reservo para hacer yo: unas reflexiones o consecuencias de todo esto para el mundo de la educación, los sistemas educativos, la escuela. No sé dónde me ubicaré exactamente para hacerlo, no sé si tendré el valor de pasar por lo menos una noche metido en un barril.