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domingo, 15 de junio de 2014

La historia como acontecimiento



La historia puede ser entendida como una aprehensión de lo que la humanidad va destilando, de la figura concretísima que el hombre adopta en el tiempo. Esta es desde luego, una tarea inabarcable que se basa en una táctica no carente de cierto pathos. El pathos o sesgo inicial es el originado en la necesidad de generalizar y abstraer. Además, la recolección de datos, que en ocasiones reduce la labor del historiador a cuantificador de la realidad. A la historia, o mejor dicho, a la historiografía le ocurre algo parecido a lo que pasa en otras ciencias. Hay una reducción de lo humano que trata, paradójicamente, de agotarlo y explicarlo en pocas palabras técnicas. Como método y disciplina no es que esté mal. Diciendo esto tan solo advertimos de la necesitar de nunca absolutizar una descripción o explicación historiográfica. Hecha esta advertencia, el hecho de pasear por el pasado con una mirada semejante a la que nuestra civilización arroja e impone al presente, puede sugerir algunas esencialidades.  Una cosa es lo que dice la historia y otra lo que sugiere. Lo mejor ocurre cuando leemos alguna descripción del pasado tratando de ir entre líneas, de concretar y vibrar con el acontecer humano. Esto mismo que puede insinuarse en las afirmaciones de la ciencia, bellísimas y sugerentes en la medida en que se superan yendo más allá de sí mismas.

Yo, por motivos profesionales, me he dedicado a leer algo de historia de la educación, y me centro en las obras que describen o narran lo sucedido en torno a la escuela y el sistema educativo. Pero siempre sé que hay un inasible plus que desborda toda actividad cuantificadora. Así pues, yo me sitúo en la cuantificación, pero con cierta ambición por trascenderlo. 

También sé que no puede aislarse el estudio de la relación educativa objetivizada del estudio más genérico de la historia en su conjunto. Por eso, de un tiempo para acá, he leído algunos excelentes ensayos que tratan de cierta época y sociedades. Este tratamiento, como he dicho, es de índole cuantitativa y factual, pues no trata directamente del acontecer humano, sino que lo abarca reductivamente, en el modo de hechos observables y medibles. Es lo que hace la historiografía. El pasado puede ser visto como mole, como piedra, en la medida en que se ha cristalizado cuando no es afectado por el tiempo. Pero en esa cristalización hay una nostalgia del tiempo, del inaprehensible ahora, que fue, y por tanto, sigue estando el hondo ingrediente temporal. Por eso, hay una cierta religiosidad en el estudio de la historia. Uno vibra con el vendaval del tiempo que pasa. No tendría sentido estudiar la historia pasado si no fuéramos históricos, es decir, tempóreos. No nos interesaría. 

Es precisamente lo inasible del ahora que fue el pasado lo que lo hace inabordable e inagotable, a pesar de la petrificación de que es objeto. Con esta prevención y aspiración llevo meses leyendo historiografía. De ésta pueden desprenderse teorías de la historia, si permanecemos en el pathos cuantificador y objetivante, o algo más. Es justo y legítimo aspirar a ambas finalidades.

De este modo, exploro los modos de contarse la historia. Desde la historiografía del dato empírico y de los hechos históricos, a la más explicativa. Y sigo el proceder del historiador, pero con pretensiones filosóficas. De este modo trato de entender, también, el proceso educativo en todas sus formas. A veces, sin embargo, uno da el rodeo por lo demás, por lo otro que es el hombre, más allá de la educación. Una obra excelente para entender lo objetivo de los procedimientos pedagógicos es Historia de la educación en la Antigüedad, de Henry-Irenee Marrou. A ella nos dedicaremos, seguramente, en próximos posts y comprobaremos cómo nos fuerza a entender también hoy, hablando del pasado remoto. Hay algo que ha  cambiado desde entonces, y algo igual que ahora. De su discernimiento tratarán esos futuros y posibles posts que prometo aquí.

Pero la historia de la educación es historia. Por eso, hay que dar lo que son, en apariencia, rodeos por el resto de lo humano. Es lo que la obra Sesenta millones de romanos, de Jerry Toner, me ha ayudado a realizar. El subtítulo de este ameno trabajo es La cultura del pueblo en la antigua Roma. Y ya alude a lo cotidiano en la historia, lo común, que es como únicamente, cuantificadoramente, hay que asir lo que ha pasado. Hay una obvia y necesaria mirada que explora datos en otro lugar distinto de lo que el autor ha denominado “étite” para centrarse en lo que nombra como “no étite”. O sea, apelamos a la misma mirada objetivante que a partir de los textos y algunos restos arqueológicos como las ruinas excavadas en Pompeya. Pero una mirada que intenta describir la vivencia de lo concreto-factual en el hombre o mujer romano que, con una probabilidad de 99 por ciento, ha nacido esclavo, pobre libre, liberto, ciudadano libre de lo que hoy llamaríamos “clase media”, los ejecutores de los oficios. Se trata de hacer como si nuestra tensión existencial enmarcada en el aquí y ahora materiales, se trasladara, como si viviéramos entonces con la misma intimidad que lo hacemos ahora.

Esto sólo puede hacerse con los textos. Básicamente es texto y escritura donde viven estas realidades históricas que nos admiran. De hecho, es texto y símbolo, en todos sus amplios y ramificados sentidos. En esa experiencia de lo íntimo que nos nutre, de lo concreto, es fundamental el lenguaje, y la vivencia del constituyente trasfondo hermenéutico que nos sitúa un poco todavía allí. Es lo que líneas arriba he denominado “lo igual”. Hay algo que no cambia y es precisamente la experiencia filosóficamente glosada desde aquellos tiempos, del cambio y el paso del tiempo, de la incesante transformación. En este sentido somos hombres como los que vivieron en Pompeya.

Toner alude a una cultura del pueblo práctica y conservadora, objetivizada en proverbios y fábulas. La dureza de la vida había creado una mentalidad del poco riesgo en las apuestas prácticas de la vida. Un pronóstico prudente en relación con las ganancias y los riesgos asumibles. Asimismo, la mencionada dureza originaba trastornos mentales que pasa a recoger y estudiar Toner en su libro. El trastorno mental, o válvula que permite aflojar tensiones, exactamente igual que las saturnales y otras celebraciones que ponían el mundo al revés. Todo ello en un mundo de abundantes sensaciones, táctil, visual, musical. No es el universo refinado de la alta literatura que cultivaban las étites, sino un océano sensual, a veces grosero y grotesco. Mundo en el que a veces se daban rebeliones y con el que las autoridades tenían que negociar.
Toner trata de aprehender la experiencia y cultura del “pueblo” o no étite. Y se puede imaginar. Porque lo que el historiador puede hacer es sólo eso, imaginar, de un modo similar al arqueólogo que deriva un universo a partir de una mandíbula. En este libro nos damos un siempre escaso baño en lo popular, como si pudiéramos verlo en imágenes, como tal vez lo recogería una cámara. 

La sensación es, como siempre sucede con la historia, de vértigo. Porque somos llevados a imaginar, de nuevo, el tiempo como cosas que pasan. Creemos ver un ahora inasible que no es más que, en el fondo, ficción historiográfica. El único modo de superar la ficción historiográfica es entenderla y saberla, precisamente, ficción narrativa. Sólo así trascendemos y superamos, fatalmente, lo dado. La historiografía debe ser consciente de esta contradicción entre su método y lo que realmente pasa. Pero es por estas imperfecciones, incoherencias e imposibilidades, por lo que el mundo se nos muestra. Es el elemento “religioso” del acontecer histórico en su inevitable traición por parte del historiador.