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jueves, 21 de agosto de 2014

La comedia como liturgia en Pickwick.




De entre las obras que uno lee, esporádicamente, como fruto maduro, nos cae una lectura que se convierte en grato recuerdo. Es así con las obras que merecen ser releídas, que producen una calma feliz. De todo lo que uno ha leído, son tres, o apenas cinco, las que a lo largo del tiempo llegan a esa forma de relación con el lector, persistiendo como un guiño secreto. Llega a ser su lectura un acontecimiento que nos deja su sombra mucho tiempo, su sombra confortable. En mi caso, me han dejado grata secuela, con distintos matices, Los hermanos Karamazov, La montaña mágica de Thomas Mann, acaso Moby Dick. Suelen coincidir estas lecturas con lo que el estudioso Harold Bloom denomina obras canónicas. Pero no toda obra canónica impresiona de este modo. Por ejemplo, la lectura de Ulises de Joyce que llevé a cabo, se ha hecho memorable en mi recuerdo con su extravagancia estética y cerebral. A todas luces es libro para releer. Mas no es libro que me haya impactado del modo que los dos o tres a los que me refiero.

Hay además de las citadas, una obra deliciosa, a la que retorno a menudo, que me ha dejado esa especie de huella. No es tal vez considerada la mejor de su autor ni constituyente de un canon. Pero si atendemos a la repercusión que ha dejado en mí, está a la altura de las que he evocado. Se trata de Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Dickens. Sólo por esta composición ya sé que Dickens llegó lejos. Lo eleva a la altura de los más grandes escritores, sin duda. Pickwick es una obra que conmueve. Como el Quijote, utiliza el humor y me ha corroborado el presentimiento que guardo desde un tiempo, el de que el humor es lo más alto adonde un escritor o una persona en su cotidianidad, pueden llegar. Según Pickwick, y me temo que lleva razón, el mundo no es tanto trágico o penoso, sino que, sin descartar las eventualidades tristes y penosas, es cómico. Su más básico componente es lo cómico. Y todo lo que el hombre hace, dicho desde la risa concluyente, es una graciosa vanidad de vanidades.

El mundo de Pickwick es imperfecto. Ocurren desgracias, fuertes agravios entre los hombres e injusticias. Para colmo se torna una mera sombra, un recuerdo póstumo, que perdura en papeles, en una memoria que evoca irónicamente la seriedad y solemnidad más divertidas y ridículas. Es un mundo de obesidad, de pobreza, de cárcel, de dolor. Duele y molestan los riñones tras tantas horas en el coche de caballos. El frío y la humedad irritan y enferman. El dinero falta, salvo para inmensas comilonas que se suceden por doquier en el libro, llenas de grasa y cabezas de reses, excesivas, y bien acompañadas de cantidades ingentes de alcohol. Es como si la realidad se redujera, como un gordo basamento, a estos banquetes y aventuras grotescas. Uno siempre puede volver a comer, y así parecer estar vivo y ser algo. Eso es lo básico, pero la magia del libro es cómo ese exceso de carnaval toca el cielo. El cielo, para Pickwick es sólo accesible desde el exceso de la carne, concretísimo y único asidero que se nos permite tener en este mundo. Este exceso, y no precisamente el ascetismo austero de la indigente penitencia, es lo sagrado, en Pickwick, como sagrada es la risa y la payasada. El payaso, sepa o no que lo es (posiblemente todos lo somos) rinde a la materia su debido respeto, y lo rinde comiendo risueñamente, casi con compulsión, rodeado de amigos.

El libro de Dickens habla de la amistad, del compañerismo a la hora de compartir vino y viandas. No se me puede olvidar una cierta cita de Chesterton, sobre Picwick: 

"Todo hombre ha pasado noches con amigos fascinantes, en torno a una buena mesa, cuando las personas se abren como flores tropicales. Cada uno era más que nunca uno mismo, cada uno era una deliciosa caricatura de sí mismo. Quien haya conocido tales noches, entenderá ‘Los papeles de Pickwick’; los demás no se divertirán con Pickwick ni, según creo, tampoco en el cielo."

Los Papeles de Pickwick ponen la mirada en lo más precario, lo cercano, lo grosero, lo estrecho, lo recogido... los pequeños espacios, los interiores, el fuego en la chimenea, las viandas humildes, la bebida barata que se comparte hasta la ruda borrachera casi perpetua, la obesidad, los huesos que rechinan por el reúma, la humedad de la lluvia constante de Inglaterra, las viejas historias, el trasiego y la fatiga del viajero con los riñones doloridos por la diligencia. De ese primerísimo primer plano emerge el cielo como una música compuesta por notas, las notas que son cada persona, simples trazos en el pentagrama que se adivinan sublimes al calor de la lumbre, más allá de la promesa del fuego que compartimos. Extraña alegría de liliputienses desnudos en medio de un temporal conmovedor, antiguo, recio.

Hay ternura, además de risa, en Pickwick. Al final, y al principio, todo mal acaba perdonado. Y lo que nos describe y relata Dickens es, ciertamente y como dice Chesterton, un cielo. Un cielo a la medida de los hombres. Lo más cercano al mundo transfigurado, cuasi duplicado, que se nos promete. Un cielo desde aquí. Por lo que el aquí es su ingrediente, así como el cielo es la posible salvación del aquí. Leemos esa salvación en Pickwick, la salvación del carnaval. 

Así pues, Pickwick rezuma una teología. Una teología que no se esfuerza por ver o ir más allá de tan rudimentarios placeres. La teología de Trimalción, en el Satiricon. Eso, al lector, le produce una paz inmensa. Todo parece salvarse en la medida en que se asume vivamente, materialmente. La clave del cielo, en Pickwick, está aquí abajo. En los momentos en que la materia parece inflamarse, y engordar como un globo aerostático que se hincha para ver las cosas con otra perspectiva. Ese intento es, además de cognoscitivo, teológico, pues trata de ver a Dios. Dios está en los pucheros, como decía la monja de Ávila. Y El club Pickwick trata de los pucheros. 

La caricatura se alza de nosotros mismos, en un parto que hacemos transfigurados en la comedia del mundo. La caricatura es materia doble, como la ironía. Somos, en los más elevados instantes, caricatos sublimes. Lo damos todo a golpe de risa, en las comidas grandiosas, entre amigos. Esos momentos son la liturgia de esta teología. Según ella, el cielo será divertido.

Con estas razones, he ido deshilvanando por qué este libro que comento me ha impactado tan hondamente y perdura en mí como un grato secreto. Precisamente, su impacto ha sido hondo porque la lectura, y el mundo donde se da esta lectura, son acaso buenos, a pesar de todo. Dickens, en plena juventud, y siendo escritor primerizo, dio con esta clave fundamental.