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domingo, 24 de agosto de 2014

Las violencias del hombre





El holocausto español de Paul Preston es una obra difícil de leer, que pretende hacer un “inventario” de horrores cometidos durante la guerra civil española. Uno se mete en este carnaval de sangre por distintos motivos, pero sobre todo, creo que todos deberíamos leerlo para pensar. Es un libro que produce eso, pensamiento. Nos hace pensar. Transmite su contenido fría y distanciadamente, casi con sequedad, para que pensemos. 

Para mí ha habido además, un contraste fuerte entre el contexto en que he llevado a cabo mi lectura y lo que el propio libro iba extendiendo como un abanico ante mis ojos. He leído este recuento inmerso en la plenitud estival. Me ha parecido que el horror debe ser captado como una tinta lúgubre, la misma tinta que ha pintado la historia, y que es en realidad, sangre. Esto es lo que al lector enseña el libro. El hombre como engendro cuya desmesura es la violencia desatada con que puede afrontar su sino. Lo que ocurrió en la guerra civil, fue, y hay que decir que especialmente en el bando rebelde nacional, un exterminio. Franco hizo la guerra para borrar del mapa a la España roja que según él debía ser eliminada. Pero la voluntad de negación de la existencia del Otro, que caracteriza a todo holocausto, que es una pertinaz sordera y un afán de dejarlos ausentes de su aire, del aire, esta voluntad, digo, se dio también el bando republicano. 

Tengo que evitar, en este punto, un peligro. Este es el de todo juez lejana y bienintencionado de la historia que pretende señalar por igual a todos los culpables. Pues resulta que no hay una equivalencia plena de los horrores. Es como si se hubieran dado distintas violencias, que es lo que hay que distinguir. Si pensamos el libro, no puede hacerse equivaler las violencias con una violencia generalizada de la misma naturaleza. Hay una violencia desatada en lo más básico, en las masas, peligrosa e irracional que, fuera o no respuesta a la violencia ajena, mató y exterminó. Esto se obró a partir de la generalización del Otro enemigo, que condujo por ejemplo a la muerte de más de 6.800 religiosos (puesto que en su mayoría apoyaban al otro bando y a las derechas opresoras. La mayoría, pero no todos). También se pueden sumar en este “inventario” los más de 2000 muertos en Paracuellos.

Un dato que no puede pasar desapercibido es que hubo quienes trataron de impedirlo. En ambos bandos. Al final de la guerra, sin embargo, no les valió esta temeraria conducta para librarse de ser fusilados. Y es que, en la contabilidad de los horrores, el saldo del terror fue mayor en el bando rebelde de los militares golpistas. Ahí, el exceso de sangre fue terrorífico. Ambos bandos alimentaban mitos acerca de la maldad del otro, pero hoy podemos leer y contar los números que extienden el mal. Podemos leerlos y trazar frías conclusiones.

El terror producido en la derecha fue mayor. No me cabe duda tras haber leído detenidamente el libro. Porque hay una violencia de derechas. Se trata de la violencia monolítica que no se dio tanto entre los stalinistas, sino, por el contrario en lo que era un bloque ideológico cuyo peso mataba. El libro de Preston lo refleja. Es, de hecho, lo que hace esta obra: reflejar el mal, contarlo sobriamente. He leído también, La eliminación, sobre el holocausto jemer rojo en Camboya, donde hay una clara voluntad de reflejar el mal mediante la narración parca y seca. Aquí se parece haber seguido la senda de las obras de Primo Levi. Pero esto está mucho más logrado en Preston que en los autores de La eliminación

La violencia en el bando nacional fue sistemática, fiera, despiadada y total. Incluso el modo franquista de hacer la guerra lo buscaba. Se ralentizó, para dar tiempo a la extensa purga y “expiación”. Fue también producto de una ceguera por la cual el mundo del otro se reducía a algo menos que hombre. La matanza de mujeres embarazadas, niños, indefensos ancianos, incluso tullidos y prisioneros de guerra, fue espantosa en el bando rebelde. Más de 2000 masacrados en Badajoz, 5000 en Granada, miles también en Málaga y la famosa carretera hasta Almería, miles también en Valladolid, 1000 tras el brutal bombardeo en Guernica, pueblo que entonces tenía 10.000 habitantes. No digamos la masacre en Barcelona, Sevilla, Madrid… y continuando en la posguerra y gran parte de la larga y dolorosa dictadura. 

Estas cosas deben leerse. Es verdad que el horror total y absoluto no puede ser contado. Pero el parco inventario puede dar una idea.

Son, como digo, varias violencias. A veces los matices cuentan, si no queremos que los gatos sean todos pardos, en la noche que los cubre. Precisamente el revisionismo rechaza esto, que haya diferencias y matices, y extiende el mal como una mancha negra igual a sí misma, para disculparlo. Se cree eso porque no hay conciencia real del horror y menos, empatía y sensibilidad captadora. Los jemeres rojos eliminaban de una manera cualitativamente distinta a la guerra sucia de Pinochet y otras dictaduras del cono sur sudamericano. No creo que debamos conceder ese estatus homogéneo a todos los horrores, como si un mal fuera sinónimo de otro. Es verdad que toda violencia desemboca en lo mismo, y que con los matices acabamos en las guerras de facciones, pero si se pretende comprender y explicar, hay que nadar en los matices. Esa es al menos mi intuición, que se me ha brindado con la lectura del libro de Preston.

El horror no puede ser contado. Pero si se cuenta, acaso deba hacerse con el tono de inventario del libro de Preston. Esa especie de ruido sordo, que rítmicamente va invadiendo al lector, como una lluvia constante, es lo más que podemos hacer con el horror. Por eso, debe contarse y debe sacarse a la plena luz del día, o del verano. Valga también la apertura de fosas comunes, en las que el horror aparece ya raquítico, como entrelazadas osamentas. Se puede hacer una idea del mismo también con narraciones asociadas al recuento. Valga que sepamos que en Granada un encargado del cementerio se volviera loco ante la orgía de sangre que tenía que abordar, con ese ritmo constante de lluvia, todos los días y todas las noches: los lamentos, los ruegos, el quejido de dolor, la agonía de 5000 personas, sus miedos y desesperaciones. O como le oí a cierto componente de varios pelotones de fusilamiento, que al principio le costaba matar, pero que pasado un tiempo, lo hacía como quien mataba conejos.

En otros exterminios, como Ruanda, también se puede oír, después, esa descripción del estado mental y sentimental del asesino, como el de quien padece una sordera, una merma absoluta de la empatía, que es el órgano que indica que a quien se mata es una persona. Así, se puede eliminar esta prevención que de manera natural parecemos albergar ante la muerte. Se mata truncando una vida y sus posibilidades, en un robo macabro y atroz.

Es desesperante constatar cómo incurrimos a menudo en este juego invisibilizador, sordo, y sobre todo, homogeneizador, en esta danza total de Macabré.