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domingo, 31 de agosto de 2014

Lo nuevo en lo viejo





Quien desee conocer por qué no deben abandonarse los estudios de humanidades, tienen una buena consejera en Martha Nusbaum, por citar a una autora de exquisita y elegante prosa que conoce a fondo la tradición greco latina, leída y asimilada en sus propias lenguas. Yo no puedo sino apuntar algunas breves consideraciones para animar al estudio humanístico, hoy día tan perseguido en España. De las hermosas lenguas clásicas, de compleja y precisa gramática, puedo afirmar que lamento con hondura no haber profundizado en las mismas, en su lectura, uso y escritura. Dedicarse a una lengua como el latín, de la que se dice que esculpe la cabeza, como lo puedan hacer también las matemáticas, no significa dedicarse a algo tan baladí como una antigualla. 

Debo a la gramática latina de Lisardo Rubio el haber sido introducido en la forma de pensamiento del latín, en las categorías latinas, de un modo preciso y ameno. El griego parece más luminoso, de un blanco intenso que se relaciona con un mundo que nos creó. Si nos aproximamos desde la historiografía a ese mundo, podemos experimentar una sensación de lejanía y cercanía al mismo tiempo. Este es el efecto más interesante producido por el estudio de la tradición y las lenguas clásicas. Al hacerlo nos topamos con muros o construcciones firmes, que pueden admirarse como objetos. Se trata de la belleza del texto, de su compleja trama, y de resonancias serenas y firmes traspasando los tiempos. Un texto clásico es una pieza para ser gustada. Yo no sé lo que hay que saber, lo mucho que deberíamos saber, del mundo clásico. Pero en mis breves aproximaciones al mismo he hallado textos como joyas. Es esa condición que he señalado de lo igualmente lejano que cercano de los mismos, lo que confiere a su estudio su mayor interés. A través de ellos entramos en una relación con un universo de símbolos y significaciones que producen reacciones en los lectores actuales, que los cambian, aun a sabiendas de que hablan, ciertamente, de un mundo fósil. Pero fósil aquí no equivale a muerto o antigualla, sino a resto palpitante y ajeno, que puede parcialmente actualizarse como nuestro, que enciende un cierto fuego.

El baño de antigüedad nos refina y matiza.  Es enriquecedor de nuestro modo de conocer y relacionarnos con un mundo para cuya salvación hace falta un distanciamiento que visualice y distinga lo inconsciente, lo culturalmente inconsciente, y desentierre lo que no es sino nuestra sustancia olvidada. Esto puede ser tachado de culturalismo. Sin embargo, conectar con estos ecos pasados puede revitalizar el pensamiento, frío y paciente, del mundo actual. Puede ofrecer una tensión. Se opera en una dialéctica entre lo nuevo y lo viejo, lo muerto y lo vivo, que ayuda a la comprensión y profundización en el propio tiempo. El juego de ir y venir a través de los textos antiguos y la propia vida presente va erigiendo una imagen del mundo también presente. Se complica y enreda, en un enredo elocuente y gnoseológicamente operativo, por el que el mundo se hace felizmente más raro, rico y complejo. Se enreda y trama como si el texto saliera del papel y la tinta, para revivir en una prolongada agonía que es confrontación y pensamiento. El destino de esos textos es ser continuo palimpsesto de mí mismos. Sólo re-leyendo y re-haciendo, dice la tradición hermenéutica, podemos aspirar a una cierta crítica y juego de los propios textos. O crítica y juego de los propios mundos.  

Las humanidades desarrollan esta relación próxima y lejana al mismo tiempo con el mundo. Obligan a pensar en lo que nos constituye de manera más básica, en el universo de símbolos y razones o códigos más o menos conscientes donde arraiga nuestro Yo, por ejemplo. Como ya viera Foucault, el pensamiento grecolatino, hasta la patrística, es un ejercicio constructivo en el que se pare el propio yo, en confrontación con un poder del que se ha tomado distancia meditadora, en una relación en que el pensamiento y la filosofía consiste en la fabricación de un carácter, en una suerte de pugna en la que tomamos conciencia del mundo como lugar ajeno con el que elegimos cómo vincularnos. La vinculación humanística es razonamiento acerca de lo que nos hace ser. En sus textos están las claves del modo en que, al menos Occidente ha preferido ser. Hay una pretensión de edificación a partir del análisis racional del mundo, de una actitud serena y meditadora que en su acción de pensar comprende lo alejado y distanciado del propio Yo y construye un carácter y un Yo que son producto del esfuerzo filosófico. 

Las humanidades, pues, aclaran el presente. Todas responden a la pregunta por el self, o yo, o “el mismo”. Pero frente a toda concepción solipsista, el yo se hace en su trato con el mundo y con el Otro amigo, o mandatario, o ciudadano. No se llega en esto, sin embargo, tan lejos como el pensamiento bíblico en el que la dualidad de lo próximo – lejano se tensa hasta hacerse casi insoportable. No obstante la tradición bíblica llega, como sabemos, al mundo clásico y a sus lenguas. El peso de los otros muertos que insufla vida al presente y que se halla presente y anticipado en los discursos de Pericles expuestos por Tucídides.

El juego de lo vital se hace en confrontación con las muchas muertes. Las muertes que expresa ese mundo antiguo y que perduran en textos tan apolíneos y acabados como moribundos. Sólo a partir de su límite y precaria debilidad, de su extinción e inmovilidad previas a su re-creación, crecemos.