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martes, 26 de agosto de 2014

Melancolías cartaginesas




No hay literatura exenta de melancolía. Pienso por ejemplo en un relato de Bolaño sobre tres futbolistas que comparten un rito secreto de la tradición vudú. Entre partido y partido, al más alto nivel del fútbol, se incrustan en una suerte de cuña que parte sus rutinas ofreciendo cierta lógica afectiva a lo ilógico del fútbol. Lo añejo y lo visceral se abren dentro del fútbol cotidiano, para superar, acaso, al mismo fútbol cotidiano. Es en medio de la frialdad donde la calentura febril irrumpe, en forma de hechizo. Hay una salvación en ello, porque los tres divos sobrepasan las frialdades del fútbol, la frialdad de las masas y de los astros. Porque las masas no son calientes, sino que son frías, lineales y desmemoriadas. Es en el ritual vudú donde emerge la amistad entre los tres ídolos de masas y la constitución de algo vivo y secreto. Y al tiempo que en el relato se va dando este contraste entre lo público y lo íntimo y secreto, va brotando una melancolía que como todas las melancolías nos desvela la vida como sarta de quemazones en medio de la nada.

Esta melancolía la expone también la literatura de fantasía, donde se suele dar un contraste entre lo nuevo y lo viejo, una tensión temporal. Así, en los relatos fantásticos de Bioy Casares, se inserta en las tramas esta nostalgia del tiempo. Hay un relato de Bioy en el que coexisten muchos mundos paralelos al nuestro, casi idénticos, pero con ciertos matices distintos cada uno. En uno de esos mundos paralelos, ha triunfado Cartago y no Roma. Ése es nuestro mundo casi duplicado, pero con el fantasma del tiempo acaecido, patente y terrible, con sus posibilidades más remotas. La antigua competencia entre ambas potencias militares en el viejo mundo vuelve a activarse en la forma de recuerdo que adereza lo real, que lo nutre, como una sombra.

Hay, también, un silencio en la verdad de estos pasados constituyentes. Lo que hay en el mundo como sombras son las posibilidades perdidas. Esto produce en el mundo real y cotidiano la percepción del tiempo y el recuerdo como devoción. El tiempo que tiñe a los objetos se vivencia por medio de las distintas posibilidades ya rechazadas y perdidas. 

Esto mismo puede darse en la ciencia ficción, que juega también con otros mundos posibles que constituyen oscura y oblicuamente al mundo real. Es el caso de la película Ultimátum a la Tierra, en su versión clásica primera. Vista hoy, comprendemos un miedo en parte superado, o mejor, sublimado y evolucionado hacia otros fantasmas. Las cosas son hoy como una música lejana añadida a su origen, proveniente de un pasado y una historia. Lo más nuevo, mostrado por las fantasías de la ciencia ficción, deviene en viejo. 
La melancolía, como he comenzado escribiendo, se da en el arte. El contraste entre lo viejo y lo nuevo, entre lo posible y lo imposible, entre lo dado y lo rechazado, es la melancolía que tiñe a las obras del hombre. Una melancolía mostrada en los objetos artísticos, y presente en toda obra humana y pensamiento. Es una tensión en lo vivo, una cierta conciencia del paso del tiempo. Es una melancolía de cosas añorando su significado primero y una lejanía de lo cercano. De este modo puede incluso añorarse la guerra fría. Este largo periodo de miedos, del cual es reflejo Ultimátum a la tierra, pero porque la guerra fría somos también nosotros y nos constituye, como algo vivido ya muerto y transfigurado, densificado como historia, como un monolito de las cosas ya sin tiempo, pero por eso mismo, evocando al tiempo. Es sabernos y vernos parcialmente muertos, en las muertes que constituyen la memoria, lo que torna todo estudio e intento de profundidad en melancolía. Así, no ya las producciones poéticas, sino todo el hombre pasa, se renueva precariamente a costa de morir, envejece. Tomar conciencia de esto, verlo, es una de las justificaciones del arte y del sentimiento estético.