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domingo, 14 de septiembre de 2014

La inexorable opacidad




"La fe es un grave sufrimiento, es como amar a alguien que está fuera, en las tinieblas y que no se presenta por mucho que se le llame"
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- (muerte) La próxima vez que te encuentre te llevaré a ti y a los que estén contigo. A todos.
- (caballero) Y nos revelarás tu misterio
- (muerte) Yo no tengo nada que revelar
- (caballero) ¿No sabes nada tú?
- (muerte) Yo no sé nada.
  
El séptimo sello (Ingmar Bergman)


Alguien me escribió algo sobre la fe religiosa, en algún lugar de este mar de internet. Formuló una opinión en principio obvia. Su tesis, compartida seguramente por la mayoría de creyentes y de no creyentes, era que la fe reduce los miedos y sobre todo el miedo a la muerte. El no creyente así se lo reprocha al hombre de fe, el no creyente que ha elegido permanecer en una inmanencia sin Dios, en un mundo comenzado y acabado en sí mismo, y que juzga a la fe como un simple calmante de los miedos que nuestra finitud provoca. La muerte sería endulzada y no afrontada virilmente a través de ciertas narrativas. De todos los ateísmos que a esta interpelación se suman, me quedaría con Séneca, que osciló y a veces pareció aludir a retazos de divinidad, pero del que, en los estudios que llevé a cabo hace un tiempo sobre él, aprendí que el suyo era un estoicismo ateo. En el caso de Séneca se daba una madurez que no podía casar con los remedios fáciles para sobrellevar nuestra finitud, con el límite de límites que es la muerte. Así, el romano estoico o el ateo afirman ser en el meollo de un mundo inabarcable, majestuoso y terrible, pero su estoicismo enseña precisamente a aceptar la muerte. También, en este sentido, recuerdo el magnífico libro de Tierno Galván ¿Qué es el agnosticismo?, que enfatiza esta calma lograda a través de una filosofía materialista y de más acá de los límites de un mundo en el que no parece haber trascendencias. Para Tierno, la filosofía consecuente con esta magna aceptación de nuestro sino mortal es el marxismo.

Los enfoques ateos son dignísimos y no pueden refutarse de un modo absoluto (pero tampoco la fe puede refutarse absolutamente). Significan una postura racional, valiente y madura ante los interrogantes irresolubles que nos cercan. O sencillamente, entienden como un falso problema dichos interrogantes. Desde esta postura se puede justificar la fe como un falso consuelo que hace el trago mortal más llevadero, para quienes no soportan la más clamorosa inmanencia.

Pero en lo referido hay, creo, un error común. Puede, en efecto, achacarse a algunos tipos de creyentes el que mitiguen sus angustias con el ensalmo religioso. Por contra, me parece que, si se es consecuente y razonable, tampoco el creyente tiene asegurado su tránsito amable. Porque la muerte es igual que una noche absolutamente oscura y sólo podemos verla así, o no verla. En el creyente consecuente la noche no tiene amanecer. Se sitúa ante ella con el mismo desconcierto de muchos ateos que aun aceptando el final no pueden encajarlo racional o sentimentalmente. Es decir, el creyente y su fe no inmunizan para superar ciertos temores, ya que ningún relato sagrado es capaz, creo, de rasgar la noche que se alza ante todos los hombres. La noche es insondable, absoluta e indigerible. Y puedo asegurar que para un creyente, sigue siendo la noche. No tenemos más evidencia que un final de todo, un definitivo acabamiento. Lo demás, en efecto, y como subrayó Sócrates en su último discurso, son cuentos chinos. No hay relato ni libro sagrado que rasgue la noche. Tampoco el amor y la memoria que el ateo puede considerar superaciones parciales del final, son suficientes ni bastan para aclarar un poco el negrísimo panorama. 

Quiero decir que la fe no garantiza una superación de la muerte en los términos terrenales. Desde el mundo y en el mundo sólo hay un final, sin que nadie, ni Papa ni santo, pueda atisbar más allá del mismo. La condición humana es el sonoro silencio de una acechante muerte que, como indicaba Heidegger, puede enfocar si se asume, si el Dasein asume su finitud, la orientación hacia una escucha o comprensión del Ser. Heidegger llega al ateísmo, por cierto, desencantado de las facilidades de la fe, desde la absolutización de una teología negativa que deviene ateísmo. Su “sistema” o mejor dicho, su enfoque, es otro ateísmo consecuente. Porque el ateo consecuente, filósofo del ser o estoico, no llora ante la muerte ni se engaña.

Pero ¿puede imaginarse un destino más trágico que el del que elige la fe y constata que el límite sigue siguiendo el límite? Es el destino de algunos pocos creyentes que no pueden renunciar a la evidencia de que somos mundo y que todo más allá o trascendencia son opacos. Porque la opacidad de la muerte resulta innegable para cualquier mente lúcida. Tampoco aquí el creyente cabal se engaña con cuentos ni puede aspirar a mirar ni un ápice de lo que hay más allá. La fe, por fortuna, no cura ni mitiga el trago insuperable que ha de beber todo mortal. El sentimiento de que algo opaco se opone a toda esperanza puede ser compartido por muchos creyentes, para los que la fe tiene que ver con un tipo de preguntas y un tipo de respuestas, sin que en esta trama de misterio nada pueda ser aclarado definitivamente. La muerte, ciertamente, nos marca. Es nuestro estigma y no podemos renunciar a orientarnos hacia ella o temerla. Está ahí como un límite para cualquier ser humano y los consuelos fáciles no sirven. La concepción acerca de la muerte es igual de terrible en todo hombre. El mismo desconcierto, el mismo trago, es para todos. Y nadie, ni la propia muerte siquiera, puede hablar de lo que hay más allá de su seno. Esto tenemos que arrostrarlo todos, sin diferencias, porque la fe es otra cosa más seria, no un fácil consuelo.