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lunes, 27 de octubre de 2014

Dostoievski: los abismos y las tinieblas.





Dostoievski parece recoger un puñado de tierra de ese bosque que es la ciudad terrible, para alzarlo hacia los ojos y mirarlo estremecedoramente, un puñado de tierra como un diamante, cual una joya secreta y preciosa. Creo que él fue eso. Pero no puedo, en realidad decir nada a ciencia cierta y lapidariamente, sobre Dostoievski, de quien sé que me sobrepasa, y cuyo puñado de tierra o pan secreto me vino envenenado. Remotamente recuerdo e hilo con este puñado ponzoñoso que me entregó también lo que Camus reflexionó y dijo, lleno de nostalgia, sobre el absurdo. Uno y otro, Dostoievski y Camus, me han hecho estremecer, siendo su lectura como una navegación sobre aguas tormentosas, muy picadas y grises, dejando una resaca de herejía o de santidad, sin saber exactamente a qué corresponde, de luz y oscuridad, de sacrilegio o veneración sagrada. Porque el puñado de tierra es eso, un simple puñado que un hombre agarra y mira estremecido. De un modo semejante, Raskolnicov cae arrebatado sobre el suelo de una plaza petersburguesa, para besarlo. ¿Qué vio, esperó, pensó o rezó en ese instante, en dicho arrobo? Lo que fuera que hubiera visto y deseado es el veneno que tiñe los papeles que escribiera Dostoievski, es lo que nos dona, es su tormentosa procesión.

Camus, por ejemplo, y debo rectificar, es más mesurado, pero sin duda, y sin rectificación, puede decirse que nos dona sobre todo y también una aciaga nostalgia. Como un suave eco, tierno y callado, pero estremecedor. Camus mantuvo un silencioso coqueteo con el Dios que había dejado de tocar, desde la playa dichosa de luz mediterránea, estoico discípulo de Nietzsche. Y en ese pedazo de arena que es el sobrio y parco absurdo hay también la elocuencia de algo perdido, una añoranza. Porque el absurdo es, en realidad, una añoranza en el corazón solemne y pálido. Y pálido de peste, el vocero del absurdo parece mirar a la arena y a la playa fugaces, en una sed insuperable. A Camus, por muy  bien que expresara su filosofía atea, parece faltarle algo. Pero eso que falta, esa añoranza, se cuela sin permiso, sin que autorice su llegada el autor. Porque creer en el absurdo es creer que algo nos falta. Es lo que de modo mucho más turbulento manifiesta el autor ruso. Lo que en Camus es una sutil sospecha que contradice las letras y que el lector capta, en Dostoievski retumba atronadoramente.  

Dostoievski dice una verdad que nadie, aparte de él, ha expresado nunca. Dice con exactitud una angustia. Dice que, como él o Raskolnikov hacen en la plaza de la fugaz revelación, hemos de agarrar nuestro puñado de tierra y preguntarle, o mejor, escucharlo, para ser zarandeados por una verdad que es una pena y una pena que es una añoranza. Esta añoranza, tímidamente apuntada en Camus, en el autor ruso es clamorosa. Es lo que lo hace temible. Hay que temer a Dostoievski y no sé si hay en el mundo risa que pueda vencerlo.
Pedir a la tierra que sea más, o que no pase, o que no albergue sólo ella, en su triste polvo, a la tierna pero endurecida humanidad. Eso es lo que nos hace, como si nos eventrara, el autor de San Petersburgo. Nadie lo hace mejor que él. Es apasionado y oscuro. No tiene la claridad de las playas mediterráneas que existe en Camus. En Dostoievski todo es tormenta. Pero es una tormenta elocuente, que representa un hito, como un claro donde se nos revela lo que añoramos. Entre las nubes cargadas de truenos y granizo. 

Para mí leer a Dostoievski es siempre una tarea temible. Con justicia se puede y debe decir de él que marca un hito, o una señal, o una altura de circunstancias de las que nos rehacen. En este sentido es clásico. Un sentido ambiguo porque contra lo que parece, en los clásicos apenas hay esos claros y más bien son clásicos por la cierta tiniebla que nos han legado. Son sombras. Bien es cierto que no se debe generalizar, y que la comparación con Tolstoi nos habla de un arte más luminoso y claro. Pero ¡cuidado! Hay que tornar a pensar. Que las apariencias engañan, que Tolstoi es Sonata a Kreutzer o La muerte de Iván Ilich. Él también fue hereje y apóstol.

Es esa pregunta que resuena en la tierra austera lo que tizna a estas obras sin igual. Es esa oscura tinción lo que nos toca y deja heridos. Es esa herida. 

En ambos, Tolstoi y Dostoievski, pero con singular arrebato en Dostoievski, se abre la tierra, emerge una honda sima y nos deja vacilantes casi a punto de caer en el abismo. Es en realidad doloroso abismo el claro que se nos ofrece. Frente a autores mucho más ateos y anarquistas de verdad, auténticos violentadores del lenguaje que arañan mundos trazando sus planos, como Deleuze, estos existencialistas son tenebrosos. El contraste es obvio. He leído sobre todos ellos y de ellos recientemente, como para que me resulte evidente que Deleuze domina, salta y rehace mundo sin pena. Diría que no aporta pena ni alegría porque sencillamente es otra cosa. Mas en los insuperables rusos y el autor existencialista, ocurre sobre todo esa pregunta añorante, esa falta, no esa sobreabundancia y exceso que aporta Deleuze. Están en distintos planos, nos ofrecen mapas, que diría Deleuze, diferentes. Ahora somos nosotros, mudos lectores que los veneramos, los que hemos de elegir respondiendo al desafío nietzscheano con su gozo sonriente y doliente, único gozo y única tierra.