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miércoles, 15 de octubre de 2014

Posmodernidad pedagógica




Acabo de terminar de leer el texto del último curso en el College de France de Michel Foucault. Se titula El coraje de la verdad y se plantea como una segunda parte del anterior El gobierno de sí y de los otros. Foucault, en sus cursos postreros se centra en la filosofía antigua hasta apenas llegar a sugerir ideas para el cristianismo. Su interés en todos ellos es la verdad como veridicción, es decir, como algo dicho en lo que varían las formas de decir que a su ver implican o se someten a otras verdades. Abandona lo que había constituido su época más conocida hoy, sobre todo, el período genealógico representado por Vigilar y castigar. Ya en sus estudios sobre la historia de la sexualidad, en el tercer tomo, afronta esta nueva línea que puede ser considerada no con demasiada justeza “afirmativa”. El problema de la verdad, si tenemos como referencia al mencionado libro, es el problema de una herida o sello que obra en el individuo para determinar sus verdades. Diría que se trata de una violencia que la fuerza exterior ejerce sobre la propia fuerza. O una violencia entre fuerzas.

En el último Foucault aparece el asunto de las fuerzas productoras que hacen deshaciendo en una forma positiva porque es constructiva, en una continuidad diversa,  en una construcción que sigue implicando anteriores destrucciones en una insoslayable diversidad. No hay verdad sino verdades, o mejor dicho, formas de veridicción, es decir, logos que captan, fabrican y marcan lo que es la verdad. El movimiento es, en realidad, bidireccional, y va del “sujeto” a la verdad y viceversa. Hay una suerte de baile que es el que, finalmente, también nos dice y define.

Esto, lejos de ser un asunto, tal como acabo de expresarlo y referirlo, de la filosofía contemporánea, con sumo acierto, Foucault lo encuentra y estudia en las filosofías helenísticas de la Antigüedad, en Sócrates, en los poetas trágicos, en la oratoria política que siempre usa no obstante una ambigua y peligrosa retórica (en las asambleas) o en la figura del consejero real. A todo ello lo liga una palabra que va cambiando de significados hasta los Santos Padres, los anacoretas e incluso el Nuevo Testamento: Parrhesía. Foucault valora especialmente este juego del decir veraz en el mundo antiguo y en el que sobre todo se va definiendo, también y en relación con la verdad, un coraje de la verdad. Este decir peligrosamente franco es el que asume quien elabora verdades, que debe encarnar y afrontar tanto existencial como corporalmente. 

La parrhesía se va, pues, modulando.Se da, por ejemplo, en Sócrates, que asume la muerte como consecuencia de su decir verazmente la verdad. Este decir veraz supone, hemos dicho, el acompañamiento vital e incluso corporal de quien lo profiere. Se da en distintas formas. En los cursos ante penúltimo (La hermenéutica del sujeto) y penúltimo lo refiere sobre todo al estoicismo, en especial, el de periodo romano (Séneca y Epicteto). Resultan una agradabilísima lectura que da un rango nuevo a la filosofía antigua. Pero la última referencia de Foucault son los cínicos, que estudia detalladamente. Foucault, pues, hace dos cosas esenciales: hablar y escribir sobre Sócrates (dice él mismo bromeando) y desmenuzar todo el movimiento cínico, desde su versión más estoizante en las actas de Epicteto por Arriano (Disertaciones) hasta las figuras de Diógenes y otros, tal como son contadas. Centrarse en Sócrates puede resultar tradicionalmente lógico, pero ya se sale un poco de madre el pormenorizado estudio que lleva a cabo de un pensamiento del que no hay escritos directos, que obró mediante golpes de efecto y anécdotas, constituyendo, a pesar de su vínculo con Sócrates y de su cierto prestigio en la Antigüedad, una concepción filosófica de segunda fila (con apenas centro doctrinal, ¡precisamente!). Foucault, que dice no haber leído el libro sobre el cinismo de Sloterdijk, y que nunca, de hecho, lo hizo, traza su interpretación del cinismo como movimiento parrhesiástico. El cinismo que pare verdades en una confrontación constante de saberes, del saber de la mayoría (que es falso porque no implica su sello positivo en los cuerpos y existencias) con la verdad proferida parrhesiásticamente, encarnada en hechos, en un filosofar que es combate e inversión de muchas bondades, como la realeza. El rey cínico, como el rey anarquista, es una broma muy seria. En la tradición pedagógica tendríamos a un evidente rey, que es Iván Illich, al que atribuí hace un tiempo una combativa inocencia.  

De mi lectura del texto de Foucault extraigo algunas inquietudes. Por ejemplo, la identificación (siempre irónica) del propio Foucault con lo que explica apasionadamente. Hasta qué punto Foucault es parte del nuevo y actual cinismo, el cual, según Sloterdijk aparece entreverado en la contemporaneidad del siglo XX, y en disputa con otro cierto cinismo que es justo lo contrario de la parrhesía, es decir, complicidad y juego de poder en las opulentas naciones occidentales, un cinismo institucionalizado y reducido a ideología. Entra aquí una crítica o denuncia, de Sloterdijk ahora, a las socialdemocracias, por ejemplo. Un cinismo socialdemócrata o liberal que es ya retórica, en el sentido en que Foucault la contrapone al decir veraz de la parrhesía. Un cinismo cómodo, bien instalado, que no es perro pero pasea a su perruna mascota, ciego ante el daño que él mismo causa en occidente y, cabe decir, en todo el fatigado y dolorido mundo humano. Se trata de una retórica de ideólogos de partido político que cimenta y fortifica a los poderes establecidos. 

Yo escribí y publiqué en la Revista Española de Pedagogía, además de en este propio blog, sobre las posibilidades de este postrer Foucault para entender la educación. La educación, creo, es un hacer que se deshace, un juego y movimiento constante de mutua disolución impugnadora y mutua construcción creativa o poietica. De esto último de la parte más afirmativa del educar, lo que se desarrolla, en el tiempo gramatical del gerundio, también escribí algo (aquí). 

Foucault nos hace pensar la verdad y al propio pensamiento como flujos, en el laberinto de la historia. Es esto mismo lo que puede obrar de hipótesis en el estudio de una nueva concepción y conceptualización filosófica de la educación (en el sentido de la creación filosófica de conceptos de que habla Deleuze en ¿Qué es la filosofía?). Es una tarea que nos demandan los tiempos, diría Ortega y Gasset, una tarea de re-conocimiento de las propias circunstancias y de la temporalidad que nos constituye tal como fue esbozada en Nietzsche, Heidegger, el mismo Foucault y Deleuze.