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martes, 18 de noviembre de 2014

El fruto de la nada




¿Es en realidad todo dogma religioso acerca de Dios una soterrada e inconsciente negación de Dios? ¿Es la tradición una afirmación total, que se basta a sí misma para ahondar en la divinidad, o antes bien supone un recubrir la nada original? ¿Es preciso mirar a la nada entreverada en el ser, una nada primaria y nadificante?  ¿Y ad-mirarla, nihilizándose? La tradición católica, con la reserva de una cierta teología negativa (todos suscriben que resulta imposible coherentemente mirar de frente y decir a Dios) ha desarrollado respuestas. Pero en el mismo mundo católico, y ya en el Nuevo Testamento, se dan señales de un necesario despojo tanto del hombre como de Dios (San Pablo, epístola Filipenses). Y de hecho, cuanto más se dice, en la tradición, diría que más lejos se está de una apropiación de la divinidad. Ésta parece, cuando se piensa seria y coherentemente, alejarse, como las manzanas de Tántalo, cada vez que la teología y en general el hombre, intentan alcanzar el fin de sus deseos más grandes y desbocados. En estos días estoy apreciando el lado místico, basado en el silencio y la desnudez. Concretamente, voy leyendo o mejor dicho releyendo al protoprotestante Maestro Eckhart, que indica constantemente cuánta nada acompaña (y ha de acompañar) a lo religioso y al propio Dios. Quizás sea la tradición protestante luterana la parte de la cristiandad más sensible con este asunto. Porque hay un terrible silencio, una ausencia de intervención y una imposibilidad en la idea de Dios. Su nada divina contagia al mundo, doblemente, la nada. Es el Dios cuya presencia nadifica al hombre, y al que se halla en las sombras. Impone su inefable grandeza el vaciamiento de todo, del lenguaje, de los conceptos, de las afirmaciones; todo se derrumba ante un fondo del ser absolutamente inconcebible, intangible y extrañamente ajeno. 

Por esa cualidad divina, por su extraño ser creador pero suicida, ha de ser en la escasez y en el desierto donde resuene y sople con más fuerza y libertad. Todo esto no implica que no hagamos nada, sino que tan solo, estoica, senequianamente, se recalca que cuando uno mira donde pisa, no hay sino abismo. Hay un cierto “no” esencial, obvio. A él podemos acceder ascéticamente. Se puede y se debe andar y mezclarse con el mundo, saberse imbuido e impregnado de mundo (somos mundo), pero mientras sucede la ética, la conducta y la verdad escogidas, la mente cabal ha de encajar su debilidad y las arenas movedizas en que se cimenta. De hecho, todas la Escrituras son un inmenso interrogante, con el que empiezan y acaban. No se deja asir sumativamente Dios, sino que se revela sorpresivamente en la operación de restar. 

Es porque el hombre se pregunta cosas que no sabe responder por lo que se ha esbozado para sí mismo un desconocido centro. Una broma severa para el mundo. Un Dios al que apreciamos por su sombra. Un ver sombra, nada más que sombra. Una hipótesis desesperada. Porque aunque distintas tradiciones y sectas intentan esbozar un pálido retrato de su propio Origen, fallan; constantemente la brisa, el gorrión fugaz o el delicado colibrí en los Trópicos, se escapan. 

Ser cristiano, pues, es saberse huésped de una idea de mundo abortada, de una inconsistencia existencial, de una ausencia de explicaciones, que nos hacen removernos peligrosamente, como el ahogado que intenta salvarse manoteando inútilmente en el despiadado océano. En ese removerse habita, tal vez, Dios, y se hace presente. Una presencia irónica, in extremis

Ser cristianos es, también, ser dueños de la idea absurda y fatal. Asumir una normalidad inadmisible, ser fieles a una equivocación constante y reiterada. Es saber que las palabras humanas son ecos de una Palabra soñada. Porque la vida es sueño para el cristiano. El cristiano ve turbio, apenas alcanza a mirar la totalidad que ha construido; ella y él están nublados. Pretende sumar el intangible aroma del invisiblemente bello incienso, su dulzura sin cuerpo, su borrachera, en una densidad añadida que  es humo para el humo. Un querer añadir, pero es un añadir que resta y no suma. Una hermosa e iridiscente pompa de jabón. Un dar más vacío al vacío. Una exuberante despliegue de vacíos. Un teatro de velados significados. Un señalar sin saber lo que se señala; pero queriendo señalar muy lejos. 

Todo ello es obvio cuando se analiza cada torpe intento positivo de nombrar a Dios, mero humo como hemos dicho, y nos topamos con una recreación de innumerables obstáculos o una eterna vaguedad. Podemos arropar ese centro flotante pero perdiendo la limpia desnudez del mismo. La estilizada delgadez, el hilo sutil de la araña, la seda se olvidan porque se nombran. Un cristianismo esforzado en un nombrar que siempre yerra. Nombrar es, de hecho, no dar jamás con el significado. La lección de la teología negativa es, o debe ser, toda la teología. Dios, digamos tan retórica como vulgarmente, brilla por su ausencia. Brilla en su ausencia.
A Dios debemos recordarlo, no nombrarlo, pero sí imaginarlo o anhelarlo. Debatirnos en movimientos de palabras que no son la Palabra, que pululen infinita, retorcidamente en pos de nuestro propio reflejo. Porque es en reflejo de reflejos donde se insinúa y entrevera. Mustiamente. 

No puede irse más allá de un movimiento de pura humanidad, como balbuceos. Eckhart señala que Dios llena lo que primero se ha vaciado. Como el aire que irrumpe en un espacio de vacío, llenándolo todo y como llamado por poderosa llamada. Dios no está patente en las afirmaciones de la tradición (salvo siendo su reverso), sino en la lánguida pureza y el hambre, un hambre más vital que el hambre, un hambre de ser. El camino de Dios es, lo saben todos los cristianos, torcido. Incluso a veces se lo afirma dándole la espalda, en la cruda y contundente negación. Por eso, acaso, Rahner se refiriera al cristianismo anónimo de algunos ateos. Esto es así porque, insisto, Dios es inalcanzable en línea recta. La aproximación ha de ser como un río lleno de meandros. 

Es, en lógica consecuencia, sólo a través de las crisis como entrevemos a Dios. En las quebraduras y pliegues. El barroco lo prueba, época de profunda crisis y desconcierto. A Dios nos conduce, en efecto, un monumental desconcierto, una pérdida de la razón, un autopercibirse sin lugar a dudas como un tarro vacío, una contenida desesperación. Curiosamente, es justo en las épocas de persecución, en la triste renuncia, en la mayor ausencia donde gusta de revelarse. Ahora que fracasa la Iglesia, por el número de fieles que la abandonan y su menor alcance y poder, es acaso el mejor momento para entrever a Dios. La Iglesia debe despojarse y arrojar lejos sus abalorios. Pues acaso sea en la melancolía y el abandono donde está (sin estar) Dios. Dios está, de hecho, porque no está. Éste es el único modo admisible de teología.