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martes, 2 de diciembre de 2014

Florecer sin porqué




Hay una gratuidad de las cosas que en sí, en cuanto mera gratuidad, conmueve. Se trata de lo infinitamente tierno de todas las cosas en su titubeante florecer, en su risueña seriedad de ser. Hay en ellas un darse inacabado, una válida invalidez, una gozosa herida y una carencia. Hablamos de la honda belleza de lo que se nos da por el hecho de darse, mansamente; una belleza que nos vence y que se muestra llena de oquedades. Palpamos la equívoca presencia cuyo fugitivo carácter asimos imposiblemente; vemos y pensamos lo que se derrama, las cosas inocentemente ofrecidas a la comprensión. Vemos en ellas la máxima luz en una máxima oscuridad, lo más lejano en lo más cercano. Las mira un ojo que cede a la proximidad de la cosa pero también a la distancia, en un mirar más allá del mirar. Es un ofrecimiento de lo gris. Es la irritación y prurito de ser fatalmente. Es una suerte de mentira en las cosas, un doble juego, un baile jubiloso. Un guiño fugaz, huidizo y juguetón. 

Existe una desnudez de las cosas que, contrariamente, puede ofrecerse donde parece no estar; una mengua y una reducción en el exceso; una ligereza en la opulencia. Puede ejercerse, así, el recargado retorcerse del mundo exprimido hasta llegar al alma chispeante. Pero también hay un vago rococó, que encubre y calla el mundo diciéndolo en una explosión que se lanza sobre la cualidad silenciada; un ser menos jugando a ser más. Una apuesta ornamental que de abismo barroco se ha tornado afectación. Un inverso ascetismo de la posesión y del disfrute frívolo de los bienes.

Se enfatiza en lo rococó la ironía del traje que encubre nuestra desnudez, el juego insólito de la ropa. Se trata de nuevo de las cosas, de su silencio y de su halo. Nos revolcamos en la gratuita exhibición queriendo ser falsamente en un elocuente olvido de la intimidad vibrante. En el adorno la cosa demanda su contrario, como una suerte de profundidad en la exhibicionista superficie, y que cuanto más insiste en lo mucho, mayor es la sombra proyectada. La cosa, escandalosamente expuesta, se torna disimuladamente sombra liviana e insondable en el exceso plano. La cosa admirada pone en riesgo y postula nuestra inanidad cuanto más nos seduce. Porque mostrarse en demasía, escandalosamente, llama a su contrario, tiende secretamente a las toneladas de silencio que arrostra la cosa sin la ropa. Cultivar ese silencio en la desmesura, multiplicar los recubrimientos que acercan a lo que es inasiblemente lejano por callarlo. Porque hay una callada lejanía en todo, un guiño, un juego de agarrar y esquivar, de eludir e ignorar que se es mirado. Es una peculiar lozanía de las cosas del mundo, de las rosas. 

Ora conmueve y ora regocija la suma delgadez de las cosas al pensarlas, cómo caen los velos. Puede reducirse el pensamiento a un escuchar las cosas que nos hablan mudas. Es preciso ejercer un pensar que sea un asir en la pura desnudez más allá de toda opulencia, que sepa ver la ciénaga cegada por tanta jungla y desmesura, bajo ella, sustentándola. Nos conmueve la cosa cuando se ofrece en un acto pasivo e inconsciente, involuntario, que capta el paseante, sujeta al tiempo y al olvido, al riesgo y a la nada. Hay un conocer las cosas como nadas.

La verdad oculta es tan simple que provoca las lágrimas. La sencilla desnudez que acecha en las cosas, que a su vez nos desnuda. Apenas husmeamos el abismo que se abre inagotable bajo las raíces, que se dice en nombres y afirmaciones impronunciables. Para ser consecuente con el abismo hay que callar en un nombrar sin nombres. Nace en nosotros una cálida ternura ante esta situación bella y alarmante, ante el frío de la desnudez expuesta. Conmueve saber que la cosa es íntima explosión más allá de todo lenguaje y mirarla en cuanto apertura que se cierra. Todas las cosas están, en un momento dado, sometidas al tiempo, que las zarandea. Las cosas parecen bullir afirmativamente al mismo tiempo que se someten a la amenaza de no ser.

Pero no se trata de que moralicemos a partir de la temporalidad. Porque hay una amoralidad en el tiempo. Hay una dimensión exenta de nombres en el tiempo, que parece obrar en algunas cosas, especialmente en las naturales, como hundimiento impávido en la nada constituyente. Hay una fiereza básica, inasible por no ser buena ni mala ni nombrable, que está por debajo de las cosas. Un efímero alzarse a pesar del lastre aciago; un estar sobrepasado por lo más allá del propio nacimiento. Este tener raíces en lo otro que no es, este afirmar desde la negación, esta precariedad, esta lastimosa impotencia, este breve resistir de la flor liviana al viento que la agita, es lo que hemos considerado al principio como lo conmovedor, lo bello que es aciago, de las cosas mundanas.