sábado, 28 de junio de 2014

Bucear en la historia





I.
Leyendo a los historiadores Hobsbawm y Josep Fontana, en sus respectivas obras sobre el siglo XX, intento, como así lo confiesa Fontana, aprehender el siglo con el fin de responder a algunas preguntas concretas. Sobre todo, aparte de las grandes catástrofes de las guerras, deseo centrarme en el periodo de la guerra fría. Que la historia es un cúmulo de azares o, si lo preferimos, causas indiscernibles por lo complejo y abundante, es obvio. El estudio del siglo XX nos lo expresa, aun mejor que la locura propia de otro siglo (el XIX), porque es, aún, el nuestro. Su estudio activa, por tanto, sus pesadillas. La de la guerra fría fue una de las más absurdas, por el falso riesgo de guerra total y final que la acompaña.

Ha habido desde luego ya con creces la experiencia de la guerra letal, con armas poderosísimas y muy destructivas que en la Primera guerra mundial causaron espanto. Recordemos la utilización de gases, que producían hemorragias pulmonares, asfixia y ceguera. Los efectos de las mismas limpiaban terriblemente una zona para ser luego invadida y ocupada, hasta que los ejércitos comenzaron a utilizar máscaras. Además, las armas de fuego ya eran muy potentes, así como los explosivos y cañones. La velocidad de las balas hacía que las heridas causadas por las mismas fueran muy profundas y como secuela del fuego artillero estaban los tristemente célebres desfigurados y mutilados (espantosas consecuencias en el rostro que protagonizaron los “cara rotas”).

La Segunda Guerra mundial añadió cifras que casi quintuplicaron a las de la Gran Guerra, y víctimas civiles de atroces bombardeos y operaciones de exterminio conscientemente buscado, en ambos bandos. Ambas guerras son horrores inexplicables en las que se usaron armas de un poder espantoso. Y por supuesto, la bomba atómica. Siempre justificaron su uso apelando a la salvación de miles de soldados norteamericanos que, de todos modos, en breve habrían acabado victoriosamente la guerra. La explosión nuclear cuya tecnología pasó pronto a la URSS concentra lo peor del siglo y buena parte de los miedos que en la guerra fría  nos asolaron. 

Perturba, sin embargo, que todavía hoy muchos no sientan ni vean este horror del pasado cercano y de consecuencias en el presente. El hombre tiene la manía de no aprender de sus errores. Entre otros la debilidad de las diplomacias internacionales, su inutilidad, que es constantemente avalada por hechos. Y ciertos fantasmas. Uno es el del desconocimiento básico de las intenciones del enemigo. Salvo momentos muy puntuales (como la crisis de los misiles en Cuba, cuyo mayor problema consistió para ambas potencias en que las operaciones ofensivas y amenazantes no fueran interpretadas por  el oponente como amenazas reales y reflejo de una sincera intención de atacar), ninguna potencia, señala Fontana, tuvo nunca intención real de emprender un exterminio nuclear masivo. Al margen de esta evidencia que no lo era tanto en los años de la guerra fría, se dibujó, pues, una serie de visiones e histerias clara sobre todo en el bando americano, donde se desataron persecuciones (mcarthismo, caza de brujas) y miedos que compartieron los servicios de inteligencias. Hubo algunas muestras, no sólo la crisis de Cuba, ostensiblemente absurdas, irracionales y ridículas. Así, durante sesenta años, el mundo vivió en un miedo mutuo respecto a algo que nunca fue una amenaza real. 

No obstante, la posibilidad técnica de un exterminio nuclear masivo sí es real. Se sabe. Es decir, hay ya tecnología capaz de hacerlo, y no una, sino decenas de veces. No se acabaría por completo la vida en el planeta, pero sí la vida humana, parece, si se usaran las armas nucleares. 

Es este detalle técnico lo que el siglo XX ha aportado, a menudo complementado por histerias y paranoias, más en el caso del bando americano y los Estados Unidos, con un toque de mesianismo anti-civilización atea y comunista. Este deseo, que hubiera equivalido a la búsqueda de extender el modelo soviético por parte de la URSS, cosa que casi nunca pretendió ni se tuvo en mente, este deseo misional-mesiánico, digo, es de las tendencias más características del siglo XX. En un bando hubo purgas terribles contra el “enemigo” interno, y en el otro, en el bando americano, hubo ciertas automutilaciones y ansiedades de clara patología y también con efectos más moderadamente anti-vitales.

Me interesa y asombra hoy todo ese miedo. Esos fantasmas reales (con un doble toque de irrealidad y de realidad bien material) que yo mismo viví conscientemente en los años ochenta. Recuerdo ese pánico materializado en películas como El días después, sobre un holocausto atómico. Era una histeria que vivieron incluso los mandatarios, a pesar de sus servicios de información, que también la compartían. ¿Cómo puede un miedo general azotar a la humanidad y calar hondo? Ya digo que tuve yo mismo mis pesadillas y angustias sobre el asunto. Fue parte de una locura fundamentada en riesgos reales, pero locura. Fontana muestra esto que digo con datos y hechos extraídos de documentos hoy ya desclasificados de los distintos estados. Un clima, en medio de la mayor de todas las tecnologías, primitivo, hostilmente inmaduro, letal. Psicológicamente hubo una enfermedad de la guerra fría, cuyo sujeto enfermo fue el propio hombre.
Intento con mis lecturas rememorar esta neurosis, y entenderla. Entender cómo la propia tecnología ha podido desatar inercias y fuerzas engañosas, turbias y ambiguas, cómo en el marco de la racionalidad burocrática prosperaron una suerte de alucinaciones, una atmósfera de primitivo atavismo. Es esta dicotomía, este miedo y este fantasma el que va constituyendo a la humanidad a partir de la Gran Guerra. Cómo pueden darse la mayor dimensión y constitución técnica con algo vaporoso, con lo expresado en miedos y con patologías que compartieron mandatarios y mandados. Es como si hubiera un fondo primitivísimo y crudo en la humanidad. Un fondo ambiguo, de horror y de, por contra, tranquilidad y sosiego burocrático. El miedo sin forma y la coexistencia de una forma sosegadora en la humanidad. Esto, obviamente, puede ser rastreado en el arte. Uno de los síntomas más evidentes es Kafka, pero hay muchas otras corrientes artísticas y autores que expresan matices de esta desgarradora dicotomía que es el siglo XX.
Había, pues, un miedo que tras el final de la guerra fría ya durante el gobierno de Gorbachov fue disuelto, un Gorbachov cuyo mayor mérito fue el del exorcista que lo intentó desactivar. En efecto, la niebla pareció, con él, diluirse; pero no desapareció. El miedo fue utilizado, abonado y extendido hasta hoy, ya sin la excusa del enemigo soviético, ateo y comunista. Hoy, es la ambigüedad tanto victoria y triunfo como fracaso que vivimos con internet. Este huevo lleno de vida, pero con el corazón vacío, sin embrión, estéril, es internet. Porque hay una traición en lo inmediato y veloz de la tecnología, una impresión de algo falso, una carencia basamental. “Basamental” quiere decir básica, fundamental. Hay un estar situado de un modo, existencialmente, que es una antropología que a su vez arraiga en un modo de ser. Es el absurdo de la guerra fría, de poderosos presidentes de gobierno con armas atómicas que se imaginaban cosas y tenían raras visiones apocalípticas, pero de apocalipsis psicologizante, etéreo y liberal.
  
Habría que ver lo parecido y lo distinto que hoy somos a ese pánico ya intensamente vivido por los gobiernos y hombres poderosos a finales de los años 40 y comienzos de los 50. Ahí, creo, que podemos rastrearnos; en su misma ambigüedad y escisión en la que el hombre es su final, su propia eliminación. Estar en el mundo sabiéndose en proceso de eliminación fue el modo de ser de la guerra fría y que hoy se ha matizado como miedo ecológico a la destrucción de la biosfera. Todo esto se da porque hay una contradicción en lo aludido como basamento. Es como si afirmando técnicamente la materia, nos negáramos. Hay, muchos desde Heidegger lo han destacado, la afirmación de algo que al tiempo que se difunde y afirma, ciega y niega. ¿Razón instrumental, imperio de lo técnico?). Se ha escrito, desde luego, mucho sobre esto. Sobre la vocación de exterminio que acompaña a Occidente en su positividad técnica. Hay algo oscuro en todo esto, una negrura sin fondo, donde arraigamos. Una vocación desmesurada e insensible.  

II.
¿Por qué –se interroga Fontana para dar una respuesta descriptiva de más de mil páginas- han fracasado las buenas expectativas con las que comenzó la posguerra? ¿Por qué el mundo ha seguido siendo algo hostil para el hombre y sus configuraciones? Una descripción histórica sólo puede contar lo que ha pasado. Lo que ha pasado en cuanto a acciones constatables de los hombres, sus actos y las consecuencias de los mismos. Podemos seguir leyendo estas obras que nos relatan, pero no creo que por esa vía se halle toda la respuesta. Puede satisfacer un adormecedor afán de erudición, porque es la erudición un posible modo de abordaje de la realidad humana. Lo es, parcialmente. Uno puede ahondar en las constataciones de lo que los hombres han hecho, y así, tocar a la humanidad. Porque la historia es, sobre todo, un modo de palpar al hombre. Pero en cuanto el hombre es históricamente aprehendido, surgen nuevas preguntas. O mejor dicho, surge una melancolía. En la palpación el “aprehensor” experimenta una melancolía, que nos habla, que ejecuta otro mensaje o relato más callado, pero terrible. Uno toca los factos de la historia, del humano devenir, pero siente o huele que hay algo más. Este es el más perturbador y a la vez gozoso sentimiento. Un sentimiento que es, como todos los sentimientos, sabio. Sabio porque insisto en que insinúa y dice calladamente. Es el discurso insinuado, lo que más nos interesa para comprender. 

Así, nosotros apuntamos a una comprensión más oblicua, callada y vaga de lo que ha sido el siglo XX y las preguntas que plantea. Es donde queremos bucear, es como un humus o lodos que nos hacen y rehacen. Es el vértigo del suceder histórico lo que acontece, lo que surge como señal, como pena elocuente. La historiografía y la historia, pues, nos arrojan una pena elocuente en la que hay símbolos. Estos símbolos intentan describir, también, pero sin precisión, sin posibilidad de ser mostrados y constatados. En lo no dicho está dicho lo principal. Este es el principio que atraviesa toda la historia humana y su estudio por la historiografía. El hombre va afirmando, llenando el mundo con algo, pero es una afirmación triste cuya naturaleza se capta melancólicamente. 

Creo que, estableciendo un paralelismo con la psicoterapia, es a esta melancolía a lo que hay que atender. En ella debemos enfangarnos y, como Teresa de Ávila con Dios, engolfarnos. Darnos un baño de realidad, a sabiendas de que según la melancolía ni todo está dicho ni todo está hecho.   

domingo, 15 de junio de 2014

La historia como acontecimiento



La historia puede ser entendida como una aprehensión de lo que la humanidad va destilando, de la figura concretísima que el hombre adopta en el tiempo. Esta es desde luego, una tarea inabarcable que se basa en una táctica no carente de cierto pathos. El pathos o sesgo inicial es el originado en la necesidad de generalizar y abstraer. Además, la recolección de datos, que en ocasiones reduce la labor del historiador a cuantificador de la realidad. A la historia, o mejor dicho, a la historiografía le ocurre algo parecido a lo que pasa en otras ciencias. Hay una reducción de lo humano que trata, paradójicamente, de agotarlo y explicarlo en pocas palabras técnicas. Como método y disciplina no es que esté mal. Diciendo esto tan solo advertimos de la necesitar de nunca absolutizar una descripción o explicación historiográfica. Hecha esta advertencia, el hecho de pasear por el pasado con una mirada semejante a la que nuestra civilización arroja e impone al presente, puede sugerir algunas esencialidades.  Una cosa es lo que dice la historia y otra lo que sugiere. Lo mejor ocurre cuando leemos alguna descripción del pasado tratando de ir entre líneas, de concretar y vibrar con el acontecer humano. Esto mismo que puede insinuarse en las afirmaciones de la ciencia, bellísimas y sugerentes en la medida en que se superan yendo más allá de sí mismas.

Yo, por motivos profesionales, me he dedicado a leer algo de historia de la educación, y me centro en las obras que describen o narran lo sucedido en torno a la escuela y el sistema educativo. Pero siempre sé que hay un inasible plus que desborda toda actividad cuantificadora. Así pues, yo me sitúo en la cuantificación, pero con cierta ambición por trascenderlo. 

También sé que no puede aislarse el estudio de la relación educativa objetivizada del estudio más genérico de la historia en su conjunto. Por eso, de un tiempo para acá, he leído algunos excelentes ensayos que tratan de cierta época y sociedades. Este tratamiento, como he dicho, es de índole cuantitativa y factual, pues no trata directamente del acontecer humano, sino que lo abarca reductivamente, en el modo de hechos observables y medibles. Es lo que hace la historiografía. El pasado puede ser visto como mole, como piedra, en la medida en que se ha cristalizado cuando no es afectado por el tiempo. Pero en esa cristalización hay una nostalgia del tiempo, del inaprehensible ahora, que fue, y por tanto, sigue estando el hondo ingrediente temporal. Por eso, hay una cierta religiosidad en el estudio de la historia. Uno vibra con el vendaval del tiempo que pasa. No tendría sentido estudiar la historia pasado si no fuéramos históricos, es decir, tempóreos. No nos interesaría. 

Es precisamente lo inasible del ahora que fue el pasado lo que lo hace inabordable e inagotable, a pesar de la petrificación de que es objeto. Con esta prevención y aspiración llevo meses leyendo historiografía. De ésta pueden desprenderse teorías de la historia, si permanecemos en el pathos cuantificador y objetivante, o algo más. Es justo y legítimo aspirar a ambas finalidades.

De este modo, exploro los modos de contarse la historia. Desde la historiografía del dato empírico y de los hechos históricos, a la más explicativa. Y sigo el proceder del historiador, pero con pretensiones filosóficas. De este modo trato de entender, también, el proceso educativo en todas sus formas. A veces, sin embargo, uno da el rodeo por lo demás, por lo otro que es el hombre, más allá de la educación. Una obra excelente para entender lo objetivo de los procedimientos pedagógicos es Historia de la educación en la Antigüedad, de Henry-Irenee Marrou. A ella nos dedicaremos, seguramente, en próximos posts y comprobaremos cómo nos fuerza a entender también hoy, hablando del pasado remoto. Hay algo que ha  cambiado desde entonces, y algo igual que ahora. De su discernimiento tratarán esos futuros y posibles posts que prometo aquí.

Pero la historia de la educación es historia. Por eso, hay que dar lo que son, en apariencia, rodeos por el resto de lo humano. Es lo que la obra Sesenta millones de romanos, de Jerry Toner, me ha ayudado a realizar. El subtítulo de este ameno trabajo es La cultura del pueblo en la antigua Roma. Y ya alude a lo cotidiano en la historia, lo común, que es como únicamente, cuantificadoramente, hay que asir lo que ha pasado. Hay una obvia y necesaria mirada que explora datos en otro lugar distinto de lo que el autor ha denominado “étite” para centrarse en lo que nombra como “no étite”. O sea, apelamos a la misma mirada objetivante que a partir de los textos y algunos restos arqueológicos como las ruinas excavadas en Pompeya. Pero una mirada que intenta describir la vivencia de lo concreto-factual en el hombre o mujer romano que, con una probabilidad de 99 por ciento, ha nacido esclavo, pobre libre, liberto, ciudadano libre de lo que hoy llamaríamos “clase media”, los ejecutores de los oficios. Se trata de hacer como si nuestra tensión existencial enmarcada en el aquí y ahora materiales, se trasladara, como si viviéramos entonces con la misma intimidad que lo hacemos ahora.

Esto sólo puede hacerse con los textos. Básicamente es texto y escritura donde viven estas realidades históricas que nos admiran. De hecho, es texto y símbolo, en todos sus amplios y ramificados sentidos. En esa experiencia de lo íntimo que nos nutre, de lo concreto, es fundamental el lenguaje, y la vivencia del constituyente trasfondo hermenéutico que nos sitúa un poco todavía allí. Es lo que líneas arriba he denominado “lo igual”. Hay algo que no cambia y es precisamente la experiencia filosóficamente glosada desde aquellos tiempos, del cambio y el paso del tiempo, de la incesante transformación. En este sentido somos hombres como los que vivieron en Pompeya.

Toner alude a una cultura del pueblo práctica y conservadora, objetivizada en proverbios y fábulas. La dureza de la vida había creado una mentalidad del poco riesgo en las apuestas prácticas de la vida. Un pronóstico prudente en relación con las ganancias y los riesgos asumibles. Asimismo, la mencionada dureza originaba trastornos mentales que pasa a recoger y estudiar Toner en su libro. El trastorno mental, o válvula que permite aflojar tensiones, exactamente igual que las saturnales y otras celebraciones que ponían el mundo al revés. Todo ello en un mundo de abundantes sensaciones, táctil, visual, musical. No es el universo refinado de la alta literatura que cultivaban las étites, sino un océano sensual, a veces grosero y grotesco. Mundo en el que a veces se daban rebeliones y con el que las autoridades tenían que negociar.
Toner trata de aprehender la experiencia y cultura del “pueblo” o no étite. Y se puede imaginar. Porque lo que el historiador puede hacer es sólo eso, imaginar, de un modo similar al arqueólogo que deriva un universo a partir de una mandíbula. En este libro nos damos un siempre escaso baño en lo popular, como si pudiéramos verlo en imágenes, como tal vez lo recogería una cámara. 

La sensación es, como siempre sucede con la historia, de vértigo. Porque somos llevados a imaginar, de nuevo, el tiempo como cosas que pasan. Creemos ver un ahora inasible que no es más que, en el fondo, ficción historiográfica. El único modo de superar la ficción historiográfica es entenderla y saberla, precisamente, ficción narrativa. Sólo así trascendemos y superamos, fatalmente, lo dado. La historiografía debe ser consciente de esta contradicción entre su método y lo que realmente pasa. Pero es por estas imperfecciones, incoherencias e imposibilidades, por lo que el mundo se nos muestra. Es el elemento “religioso” del acontecer histórico en su inevitable traición por parte del historiador.