jueves, 20 de noviembre de 2014

Abundancia y vacío en Blade Runner



La película Blade Runner encierra, en su mayor parte, un derroche de erudición. Como es sabido, las citas y referencias presentes en la película son innumerables, casi inacabables. Hay una riqueza de elementos eruditos en ella que llega a constituir un desconcertante caos. Se acumulan no sólo las citas, sino las interpretaciones del filme, como la interesante cuestión Deckard que se lleva años debatiendo y que ha dado pie a innumerables textos en internet. Se trata de si Deckart es o no un replicante. Una nueva complicación. No es más, esto, que un buen ejemplo de la riqueza explosiva y apabullante del filme. 

Blade runner es, pues, una película caótica y erudita. Y ésta es ya, de por sí, una de sus trágicas ironías. La película teje, enreda. Es una aparente explosión afirmativa que, sin embargo apunta a una ironía, en el sentido de la ironía que salva y contradice lo que en el filme resulta más ornamental. Apunta a su negación. Su exuberante desmesura, su potencia sumativa se transformará en varios momentos en mengua y vacío. Un vacío en la abundancia. Al tiempo que se desarrollan pedazos de película, con sus citas e interpretaciones de todo tipo, hay un fondo trágico que es el sentido nulo, la nada, que acompaña a su profusión, a la profusión del Los Ángeles oscuro del futuro no muy lejano en que transcurre la película. Así, en primer lugar, es, sobre todo, un desarrollo retórico que define, positivamente, el futuro-presente de Los Ángeles. Pero inmediatamente, expele una melancolía a partir del sino y caída de su sociedad, de su carácter tan complejo como plano al mismo tiempo. Hay una profundidad y una salvación irónica, pero hay que captarla entre líneas. 

Pensemos un poco su melancolía. Ésta es, como el Barroco, un saberse nada, un cierto nihilismo que vislumbra retazos de no ser en el ser. Las piezas que la componen cuanto más acumulan, menos dicen; cuanto más planas, más soterradamente ahondan de un modo oscuro e indirecto. Porque a pesar de todo hay una tensa profundidad en Blade runner. Es lo que se insinúa de modo oblicuo. Se trata de un fondo sin fondo, de una nada abisal. Esta nada está en el origen, por ejemplo, de los replicantes. Máximo producto de una tecnología asombrosa que hoy se entrevé, son también productos huecos, sobre todo por la ausencia de recuerdos. Son seres sin memoria en un mundo lleno de cosas pero también desmemoriado como ellos, o sea, sin la costura que traza la memoria. Hay memoria, pero no tanto en la retórica, que es mera inercia y espejo, ni en la técnica maquinal, sino en las ruinas. El fondo de la humanidad perdida se insinúa y señala, benjaminianamente, en lo desprovisto de valor y truncado. Son los solitarios y ruinosos rascacielos donde viven y circulan algunos personajes. Hay humanidad, pero humanidad negada o fracasada. Cuál sea este fracaso se percibe, sin palabras, en los grandes carteles luminosos publicitarios, en las máquinas y, ejemplarmente, en los replicantes. Estos son seres humanos en una plenitud de belleza, fuerza e inteligencia que, sin embargo, nacen y viven vacíos de esa memoria que saben les falta y a la que buscan afanosamente en las casas de las personas “normales”, en forma de viejas fotografías. 

Y esta tragedia de Los Ángeles es este vacío que revienta como firme acompañante de la acumulación de cosas. Como cuando Zora muere abatida y cae contra unos interminables escaparates llenos de maniquíes. Ella misma parece un maniquí. Muchos replicantes mueren como si chisporrotearan, como máquinas. Y es ese vacío esencial que los constituye el que reclama, para huir de su “maquinidad”, ser llenado. Desde su nada, buscan en un combate ya perdido, llenarse y acumular. Así, en el famoso monólogo final del replicante Roy Batti, éste parece asombrarse, en una queja muy bella que parte de saberse un mundo, un recipiente construido mediante la operación de sumar (los escasos pero emotivos recuerdos que ha logrado contener de su precaria experiencia de esclavo). Pero el llenarse de cosas implica un vacío como sino, trágicamente. Ser fatal e indirectamente vaciado cuando se suman las cosas. Ésta es la profundidad y la tragedia de Blade runner. Es lo que subyace en todo el filme, la amenaza constante de la nada. Los replicantes saben que van a morir pronto, pero en un desesperado cerrar los ojos ante esta coactiva realidad, se hartan de ver, recoger y recordar cosas. Se pretenden humanizar sumativamente, ser algo, ser, mediante una experiencia densificada y almacenada como recuerdos. Son los recuerdos que Roy evoca en su monólogo, las maravillas, los palacios de marfil, la humana y deshumana tecnología que sorprende y pasma. Es lo que él, pobremente, en su corta vida de esclavo en las colonias exteriores acierta a recoger y guardar. Pero hay un momento en el que él huele y sospecha un plus más allá de todo lo acumulado, una suerte de silenciosa superación.

Roy sabe que le llega, calladamente, su muerte, su propia muerte programada. La nada parece vencer, pues todos los recuerdos se disolverán como lágrimas en la lluvia. La muerte y la nada vencen. Pero en realidad, el postrer replicante que vemos morir llega en su aceptación de la muerte a una intensidad sobrehumana, más allá de su vacío. Cuando todo tiende al no ser, entonces se revela una rara, ambigua e incompresible afirmación, no afirmación erudita, de enumeración, producto de una suma, sino el alzamiento de una nueva mirada capaz de superar todas las falsas afirmaciones anteriores. Hay una transformación cualitativa del propio Roy. Roy ha pretendido llenarse para ser, pero ha fracasado en este empeño. Entonces, en su última lucidez ha experimentado la falta de sentido y el fracaso. Ve que la nada se cierne sobre ello, amenazante. Sabe que todo se muere con él.

En este momento culminante, brilla con trágica intensidad la nadificación de todo, el más alto nihilismo de una civilización y una existencia que son nada. Se sabe ya, vacío, perdido. Pero, irónicamente, abandonado a la muerte y cargando con su vacuidad, parece haber adquirido una última y vasta sabiduría. Ha tenido que ver algo, que experimentarlo y sentirlo. Ha debido contemplar la nada, su nada. Debe saber que todo lo que deja atrás es nada. Todas las imágenes. Y al vaciarse parece, de un modo sosegado y sutil, llenarse, esta vez sí, de algo revelador, que lo transfigura precariamente en una paloma que se le escapa volando de las manos moribundas. Se trata de un momento del entendimiento, que es un mirar transfigurador. Roy comprende en el momento de su muerte y muere como ser humano, como persona, en una bella aceptación. El hombre no va a durar, no va a ocupar todo el tiempo, pero en densos instantes, brilla o ha brillado. Algo parece haberse colado, una sutil idea, nueva afirmación, desde la que todo lo anterior se reinterpreta. La película recibe y dona, así, su iluminación. Un iluminar dialéctico que ilumina a-sombrando y negando. Todas las sombras que se han percibido en la película son por fin vistas como sombras. Y es la sombra previa la que ahora se llena de un ambiguo y raro sentido. Un sentido que no es más que la breve y tardía iluminación, que no escapa a la muerte pero que llega acarreado, precisamente, en el mirar a la muerte. Cuando Roy es menos fuerte, más finito y por tanto más hombre, deja tras sí una cierta apertura que irónicamente dice un sí que apenas se había mostrado en toda la película. Hay una rara mística en Roy, que requiere de la abundancia de la nada que desborda retóricamente a la película para abrir un absolutamente nuevo (no acumulativo ni retórico) ámbito. En este ámbito de ilógica y poco razonable esperanza concluye el filme.

martes, 18 de noviembre de 2014

El fruto de la nada




¿Es en realidad todo dogma religioso acerca de Dios una soterrada e inconsciente negación de Dios? ¿Es la tradición una afirmación total, que se basta a sí misma para ahondar en la divinidad, o antes bien supone un recubrir la nada original? ¿Es preciso mirar a la nada entreverada en el ser, una nada primaria y nadificante?  ¿Y ad-mirarla, nihilizándose? La tradición católica, con la reserva de una cierta teología negativa (todos suscriben que resulta imposible coherentemente mirar de frente y decir a Dios) ha desarrollado respuestas. Pero en el mismo mundo católico, y ya en el Nuevo Testamento, se dan señales de un necesario despojo tanto del hombre como de Dios (San Pablo, epístola Filipenses). Y de hecho, cuanto más se dice, en la tradición, diría que más lejos se está de una apropiación de la divinidad. Ésta parece, cuando se piensa seria y coherentemente, alejarse, como las manzanas de Tántalo, cada vez que la teología y en general el hombre, intentan alcanzar el fin de sus deseos más grandes y desbocados. En estos días estoy apreciando el lado místico, basado en el silencio y la desnudez. Concretamente, voy leyendo o mejor dicho releyendo al protoprotestante Maestro Eckhart, que indica constantemente cuánta nada acompaña (y ha de acompañar) a lo religioso y al propio Dios. Quizás sea la tradición protestante luterana la parte de la cristiandad más sensible con este asunto. Porque hay un terrible silencio, una ausencia de intervención y una imposibilidad en la idea de Dios. Su nada divina contagia al mundo, doblemente, la nada. Es el Dios cuya presencia nadifica al hombre, y al que se halla en las sombras. Impone su inefable grandeza el vaciamiento de todo, del lenguaje, de los conceptos, de las afirmaciones; todo se derrumba ante un fondo del ser absolutamente inconcebible, intangible y extrañamente ajeno. 

Por esa cualidad divina, por su extraño ser creador pero suicida, ha de ser en la escasez y en el desierto donde resuene y sople con más fuerza y libertad. Todo esto no implica que no hagamos nada, sino que tan solo, estoica, senequianamente, se recalca que cuando uno mira donde pisa, no hay sino abismo. Hay un cierto “no” esencial, obvio. A él podemos acceder ascéticamente. Se puede y se debe andar y mezclarse con el mundo, saberse imbuido e impregnado de mundo (somos mundo), pero mientras sucede la ética, la conducta y la verdad escogidas, la mente cabal ha de encajar su debilidad y las arenas movedizas en que se cimenta. De hecho, todas la Escrituras son un inmenso interrogante, con el que empiezan y acaban. No se deja asir sumativamente Dios, sino que se revela sorpresivamente en la operación de restar. 

Es porque el hombre se pregunta cosas que no sabe responder por lo que se ha esbozado para sí mismo un desconocido centro. Una broma severa para el mundo. Un Dios al que apreciamos por su sombra. Un ver sombra, nada más que sombra. Una hipótesis desesperada. Porque aunque distintas tradiciones y sectas intentan esbozar un pálido retrato de su propio Origen, fallan; constantemente la brisa, el gorrión fugaz o el delicado colibrí en los Trópicos, se escapan. 

Ser cristiano, pues, es saberse huésped de una idea de mundo abortada, de una inconsistencia existencial, de una ausencia de explicaciones, que nos hacen removernos peligrosamente, como el ahogado que intenta salvarse manoteando inútilmente en el despiadado océano. En ese removerse habita, tal vez, Dios, y se hace presente. Una presencia irónica, in extremis

Ser cristianos es, también, ser dueños de la idea absurda y fatal. Asumir una normalidad inadmisible, ser fieles a una equivocación constante y reiterada. Es saber que las palabras humanas son ecos de una Palabra soñada. Porque la vida es sueño para el cristiano. El cristiano ve turbio, apenas alcanza a mirar la totalidad que ha construido; ella y él están nublados. Pretende sumar el intangible aroma del invisiblemente bello incienso, su dulzura sin cuerpo, su borrachera, en una densidad añadida que  es humo para el humo. Un querer añadir, pero es un añadir que resta y no suma. Una hermosa e iridiscente pompa de jabón. Un dar más vacío al vacío. Una exuberante despliegue de vacíos. Un teatro de velados significados. Un señalar sin saber lo que se señala; pero queriendo señalar muy lejos. 

Todo ello es obvio cuando se analiza cada torpe intento positivo de nombrar a Dios, mero humo como hemos dicho, y nos topamos con una recreación de innumerables obstáculos o una eterna vaguedad. Podemos arropar ese centro flotante pero perdiendo la limpia desnudez del mismo. La estilizada delgadez, el hilo sutil de la araña, la seda se olvidan porque se nombran. Un cristianismo esforzado en un nombrar que siempre yerra. Nombrar es, de hecho, no dar jamás con el significado. La lección de la teología negativa es, o debe ser, toda la teología. Dios, digamos tan retórica como vulgarmente, brilla por su ausencia. Brilla en su ausencia.
A Dios debemos recordarlo, no nombrarlo, pero sí imaginarlo o anhelarlo. Debatirnos en movimientos de palabras que no son la Palabra, que pululen infinita, retorcidamente en pos de nuestro propio reflejo. Porque es en reflejo de reflejos donde se insinúa y entrevera. Mustiamente. 

No puede irse más allá de un movimiento de pura humanidad, como balbuceos. Eckhart señala que Dios llena lo que primero se ha vaciado. Como el aire que irrumpe en un espacio de vacío, llenándolo todo y como llamado por poderosa llamada. Dios no está patente en las afirmaciones de la tradición (salvo siendo su reverso), sino en la lánguida pureza y el hambre, un hambre más vital que el hambre, un hambre de ser. El camino de Dios es, lo saben todos los cristianos, torcido. Incluso a veces se lo afirma dándole la espalda, en la cruda y contundente negación. Por eso, acaso, Rahner se refiriera al cristianismo anónimo de algunos ateos. Esto es así porque, insisto, Dios es inalcanzable en línea recta. La aproximación ha de ser como un río lleno de meandros. 

Es, en lógica consecuencia, sólo a través de las crisis como entrevemos a Dios. En las quebraduras y pliegues. El barroco lo prueba, época de profunda crisis y desconcierto. A Dios nos conduce, en efecto, un monumental desconcierto, una pérdida de la razón, un autopercibirse sin lugar a dudas como un tarro vacío, una contenida desesperación. Curiosamente, es justo en las épocas de persecución, en la triste renuncia, en la mayor ausencia donde gusta de revelarse. Ahora que fracasa la Iglesia, por el número de fieles que la abandonan y su menor alcance y poder, es acaso el mejor momento para entrever a Dios. La Iglesia debe despojarse y arrojar lejos sus abalorios. Pues acaso sea en la melancolía y el abandono donde está (sin estar) Dios. Dios está, de hecho, porque no está. Éste es el único modo admisible de teología.  

martes, 11 de noviembre de 2014

Credo quia absurdum est





Hace frío en el scriptorium. Todo en la habitación es nítido, diáfano. Se siente un lento gotear del tiempo, un raro almíbar secretado por el aire quieto y helado. Escribir es como un cristalizar de este frío, una pausada creación de estalactitas, dentro de lo que no es más que una habitación o un despacho. Sólo importa aquí el profundo latido que se siente, las bocanadas de la atmósfera interior. ¿Por qué el tiempo parece tornarse visible en invierno? ¿Es como néctar o miel cuajada, casi sólida, como una honda promesa de algo que no se sabe ni se nombra? Pienso en lo que sucede en la habitación, en el scriptorium, que de puro frío recuerda los recintos de dura piedra gris donde se componían y copiaban los manuscritos en los monasterios. Es, ciertamente, un frío monacal que se soporta con atletismo muy actual. Y el frío parece hablar, parece atesorar algo que por más que rumio y doy vueltas a las palabras no tiene nombre, aunque habla. Debe detenerse todo y en la inacción, incluso en el cese de la escritura, eso habla, eso lejano que adopta visiones austeras de otro tiempo, que quiere salir aquí ahora, penetrar en mi tiempo y en mi era. Lo escucho mientras me derrito de frío.

“Hace frío en el scriptorium. Me duele el pulgar”… me duele escribir, diría Adso de Melk, estas pobres notas que ahí quedan, como resina de este algo ajeno, lejano, monástico, medieval. Lo que se invoca cada invierno. 

Resulta incierta esta invocación de historias, pues no es más que una apropiación de inconsistentes imágenes cinematográficas o de una novela que se pregunta por lo que nombra el nombre de la rosa. Pero es un buen primer paso. Hay que escuchar el frío, es preciso tener helados los dedos, como metidos en el agua limpia y transparente de un arroyo, más rígidos de lo normal, más agudamente presentes, más estilizados. Y viene, en efecto, la torpe asociación de ideas e imágenes. Es como oxígeno puro. Tras esta bocanada de pálido scriptorium, hay que pensar. Y pensar no es más que reventar el instante con paradojas, o nombrar lo inefable. 

La paradoja retuerce el universo. Ella vaciando ofrece la posibilidad de otra cosa. Hay que estrujar las ideas, que devanarlas, que combinarlas como si una idea diera un bocado a la idea previa, su madre, en la cadena triste y helada, de hierro huraño, que es increíble promesa de infinito. Es esa cadena la que se extiende y arroja al mundo. Es la cadena que tira, la cadena de paradojas, la salmodia de absurdos, lo que se lanza, retorciéndose, como al agua o al aire infinito, en un invierno de revelación desnudo y gris. Así, pensar es fabricar y arrojar la cadena, como un ancla monótonamente sin fin en su caída en las profundas aguas. Pensar es estirar la cadena, enredarla sobre sí, haciendo eslabones uno tras otro. Hay que pensar asuntos como “sentido del sinsentido”, “vida eterna”, “cruz salvadora”. Porque las imágenes de la religión, en efecto, son ideas motrices. Tiran, estiran, rompen y vacían. La religión nos ilumina en su pensar paradójico, en el pensar que desafía y abre, que fuerza, que enreda y desenreda conjuntamente. 

Pensar puede ser tejer con las paradojas. Buscar una verdad arrancando pedazos de la verdad, desintegrarla en el ir y venir de ideas contrarias. La clave que extraemos de la mística y el ascetismo, es lanzar las paradojas una vez el frío nos ha obligado a limpiar las palabras y a desprendernos de toda retórica. El árbol es más visible cuando las hojas caen. Más primario, más brutal. 

Este frío es, en efecto, la visita de algo primario que apenas rozamos puliendo las palabras. Es un frío poético, que fuerza a parir. Y en la pálida pantalla del monitor se puede ir vislumbrando algo, en la habitación donde Adso se queja del dolor de su reumático pulgar. Lo que él también quiso (qué digo, Adso nunca existió… pero ¿acaso puede negarse la existencia de una novela y de un personaje? A ambos, autor y personaje une una misma inanidad. Es un asunto viejo y escrito por desolados creyentes sin fe como Unamuno). Lo que Adso, decía, quiso, era ese centro que llamamos verdad. O más bien lo temió y rodeó toda su vida, hasta desear hundirse en el Uno infinito o en el duro y estremecedor océano que es la divinidad únicamente despojada. Su rodar en torno a un vórtice intangible y severo. Se equivocó él y se equivocó su maestro, William. Ambos se equivocaron y todos nos equivocamos. Sólo queda asumir maquinal y salvajemente el error y ser consecuentes con el mismo. Nadar en el remolino en torno a lo que hay que venerar y temer, sin que sepamos más de ello, al punto ciego, al sinsentido que nos dona un cierto sentido.

Y veo en medio de este frío al Dr. House, escéptico testigo de todo esto, durmiendo y roncando en medio de su capítulo, sabedor también de tortuosas paradojas, siendo él mismo, ficción real, una efervescente paradoja. House es para nosotros otro eslabón paradójico del pensar. También da igual que sea un personaje de ficción. Ahí la gran incongruencia queda todavía más patente. ¿Cómo emerge tal fuerza de una imagen o idea inexistente?

Este frío me ha hecho pensar, o sea, impulsarme. ¿Cómo puede gustar este frío? ¿Cómo puede amárselo? El mundo viene sutilmente convocado en el inhumano y áspero scriptorium. A fuerza de palabras e ideas que se agolpan y a fuerza de renuncia. Todo un universo en una soledad invernal, en un páramo inhóspito y agresivamente extendido. Muchas caras en él, una única agonía. Mil personas pero un solo Dios. Ya sé de dónde viene este frío; qué es este frío. Es una remota infancia, golpeando y arando en la tierra helada. Si nos alejamos del centro, centrífugamente, nos aguarda el frío. Y si centrípetamente, tendemos al centro… a esa infancia, no hay más que frío, nada más que rodar en torno al inconcebible vórtice.

Dios es, en efecto, muy lejano. Para Adso, para House, para William. Todas sus vueltas no llevan a ninguna parte. La mística del Adso viejo y final, el sueño de grotescos ronquidos de House, la trama de causas y efectos de William. Todo acaba claudicando ante el frío. Mil personas pero un solo vacío.
     

lunes, 3 de noviembre de 2014

Hedonismo literario





He decidido leer voluptuosamente. Esto quiere decir que me prometo potentes dosis de placer y “engolfamiento” con los libros; que si se leen con placer, se explayan en un juego, embriagándole a uno con una euforia carnal, como veremos ¿Se trata de que uno se trague los libros o son ellos los que lo tragan a uno? Mi intuición me dice que el proceso es, cuando se lee amorosa y placenteramente, ser tragado por el libro. Así, según los judíos, las Escrituras sagradas “manchan”, es decir, contagian algo al que las lee. Leer es, por tanto y también, un contagio y una plenitud de existencia cumplida. Puede además aseverarse que la metáfora por la que el libro es alimento es justísima. Se trata de buscar lecturas que eleven, que iluminen, pero todo eso como mejor se logra es leyendo hedonísticamente. Leer por puro agrado, por epicúrea devoción, lo conforma a uno. 

Así, yo he leído muy placenteramente a Schopenhauer, Thomas Mann, Kafka, Dickens, Borges, etc. Ahora estoy con un texto que requiere atención en la lectura y con el cual me dejo pulir y labrar como un cristal en un mundo de cristal. Se trata de Spinoza, último de mis banquetes, con el que como y respiro estos días. Porque no hay una regla que restrinja el placer sólo, por ejemplo, a los textos literarios. Los filosóficos pueden leerse en una alegre conmoción. Pero insisto, como decía Borges, hay que leer en el momento que corresponde. Depende de inabarcables razones, pero ocurre que hoy es “tal libro” el que uno se bebe. Hay una voluptuosidad intensa en dejarse esculpir por un libro. Hay una educación por el libro que antes que nada debe rehusar a imponer una lectura. Se trata de la búsqueda de una afinidad perfecta en la lectura entre el lector y el libro. Cuando esto ocurre se siente casi físicamente la integración del libro en la propia vida, su inserción y mezcla, como en una suerte de exaltación, de danza, de rapto.

Así que, leeré en lo posible llevado exclusivamente de la intención hedonista, en pos de una fogosa delectación. Escribir y leer son dos procesos distintos, pero yo prefiero, infinitamente, leer. Para que el mundo se me complique placenteramente y haga más complejo, quiero leer. Leer, también, complica. Y es esa complicación o complejidad lo que donan los libros. Es la riqueza del mundo. Gozo sobre gozo. Este hedonismo que empezó con los primeros textos sagrados, con los cánones de que hablaba en este post, es regocijo. Leer te acerca vasos de agua fresca a la boca. Te esculpe. Te completa. 

Porque cuando uno lee es pobre. Leer proviene de una pobreza. Falta algo al lector, que se dispone a que lo llenen, porque hay carencias que demandan lluvia para su seca tierra. Leer es dejarse llover. Revolcarse desnudo bajo la lluvia que se exalta y canta con nosotros. Es decir, que leer es cobrar cuerpo, tener cuerpo. Es una función del organismo, una necesidad. Se lee en medio de una pobreza que, sin embargo, mira en las ventanas de los libros que mejor se saborean. Te sitúa en una cierta apertura. Creo, además, que en realidad, todos los libros son sagrados, como la Biblia, uno de los más exquisitos que pueden devorarse. Hay, pues, una lectura lúdica y lujuriosa de la Biblia, como de todos los demás libros que uno aborda en el momento justo, cuando debe exclusivamente dirigir su lectura al texto que seduce con una mayor voluptuosidad. Se trata de que la lectura nos llene.

¿De qué pobreza hablamos y de qué riqueza? ¿Desde qué carestía llegamos al libro? El libro nos da, sobre todo, una trascendencia. Decía que nos eleva, lo que es igual a decir que nos amplía y estira. Se trasciende. Se desdobla uno en los límites de la inmanencia, donde en el frágil mundo se agrietan las paredes. Hay una afectación que el libro nos causa, como una enfermedad y peligro. Cada libro bien leído nos abisma. E incluyo en estas operaciones incluso a la novela negra o el género de terror. El libro nos sujeta en un abismo que él mismo labra. Nos llena, decía antes, como si nos alimentara, pero es que nos llena, acierta uno a decir cuando se reflexiona esto, nos llena, digo, de agujeros. Nos horada y la ampliación y trascendencia que otorgan en el mundo es una revolución de huecos. La lectura nos produce atracones de huecos. Es un proceso, por tanto, complejo y un crecimiento “negativo” el que obra en nosotros. Trascenderse es otear los huecos que amenazan nuestra firmeza y equilibrio. Trascenderse es llenarse de negatividades.

¿Queda claro, ahora, de qué trascendencia hablamos? ¿A qué nos referimos? Vamos a lo hondo, a una verticalidad que enraíza en no sé qué subsuelo donde parecen habitar y extenderse los libros. Oscuridad, penumbra. Ésta es la religión que nos dona el libro, que siempre es objeto sagrado. Cosa invasiva. El tiempo se cumple siempre, todos los días, en cada segundo, y se cumple densificado en el papel y la tinta. Hay una revolución que lo es del tiempo en el libro. Una extensión que se pierde en los horizontes. Los libros señalan finitudes y límites. La propia Biblia, que abre incendios y hondas simas. En el plano austero y claro del mundo, lo trascendente es lo que arranca bocados al impecable material que lo constituye, que constituye la inmanencia. 

El libro es carne, por tanto. Carne que se añade a la carne. Más carne. Trascender gozoso, danzante, y gloria de la carne. Las miras son altas, se hallan situadas muy altas, en carne sobre carne. Leyendo somos revoltijo en un mundo incendiado, como con la poesía. Ese incendio, esa carne chamuscada, es la trascendencia que dona y fabrica el libro. 

¿De qué agujeros se llena el mundo con los libros? ¿De qué grietas? Curiosa y venenosa plenitud que parece no ir a ningún sitio. Este trasiego a nowhere que llamamos libresca trascendencia, como si el mundo se poblara de quebraduras, como si sólo pudiera aspirar a ello el hombre que crece. Como si sólo pudiera aspirar a quebrarse.