viernes, 24 de febrero de 2017

Las tragedias de Esquilo como la heroica lucha por comprender lo incomprensible.



Las tragedias de Esquilo como la heroica lucha por comprender lo incomprensible.
Marcos Santos Gómez


La tragedia representa un nivel más avanzado en la reflexión que Grecia emprende en torno a sus propios mitos, en su intento por objetivar la cultura mítica e irla desprendiendo de su “naturalidad”, de su arraigo en la physis. El mito, al tiempo que se piensa, se va desnaturalizando, de manera que este proceso por el que emerge la razón se da, según Jaeger, en varios momentos. Un indicio de que está ocurriendo esto es el surgimiento de la tragedia, de la poesía lírica y de la filosofía. A su vez, esto puede darse porque hay en la sociedad una fuerza individualizadora por la que la polis parece desintegrarse e integrarse al mismo tiempo, o, mejor dicho, sucede su “integración” mediante la paradoja de la aplicación de la tendencia a pensar el mundo, del modo nuevo y post-mítico que se está dando a partir del siglo VII a. C., que lo deshomogeneiza. O se intenta, en todo caso, nuevas formas de integración por medio de un cierto análisis distanciado que consideramos hoy “pensamiento”.

En realidad, sucede que un mundo toma el relevo de otro, y se debe arrogar la tarea de justificar lo nuevo que se avecina. Acosan nuevas preguntas que son las viejas, las de siempre, sólo que ahora aparecen como nuevas y huérfanas de sus antiguas matrices culturales. Como momento político, entre la sociedad arcaica de la aristocracia y la extrema individualización del mundo de la democracia ateniense del siglo V a. C., tenemos la tiranía, que no es sino una suerte de gobierno de una nueva élite o aristocracia que debe emplear un saber político específico en el gobierno de los hombres, una sistematización y regulación, un orden en el ejercicio del poder, que anteriormente sólo consistía en la poderosa e impresionante inercia de las imágenes míticas y el esplendor que irradiaba en sí la nobleza. Ahora hay que hacer algo distinto, que se va definiendo como logos, pensamiento, filosofía, todo lo cual constituye y es constituido por un modo diferente de ser hombre.

El momento que representa la tragedia ática, más en particular, el drama de Esquilo, será otro intento de objetivar la tradición y racionalizarla, es decir, abordar sus preguntas como el tirano debe abordar “racionalmente” el gobierno de los hombres. Se parte justamente del mito y se lo piensa, en el sentido de que se muestra la problemática esencial del hombre en la forma que adoptaba en los mitos, es decir, como quien sufre un destino impuesto desde fuera y ante lo que el mito no tenía más respuesta que la paciencia heroica de, por ejemplo, un Prometeo. Ahora, en Esquilo, se plantea lo que esto ya significa, el padecer un sino proclamado desde arriba por la divinidad, y que, en el momento que el mito se trata de superar, queda como sufrimiento desnudo e inexplicable. Es esto, más que la narración, o sea el puro sufrimiento en sí, lo que caracteriza a la tragedia de Esquilo. En la conocida Prometeo encadenado, que he releído recientemente al hilo de estas reflexiones, es eso lo que fundamentalmente se nos muestra: el hombre como ser sufriente y, aun más, como víctima de un dolor que sin embargo es el precio que le ha supuesto conocer, el poder optar a la sabiduría. Una vieja intuición de la humanidad, también bíblica, que el mito de Prometeo desarrolla y que en el drama de Esquilo aparece como acto heroico, el acto de soportar la carga o el precio de saber. Mas lo que se sabe, en cuanto al destino del hombre que es decidido y removido por los dioses, es poco en realidad. De hecho, la respuesta racional que plantea Esquilo será simplemente la de una incipiente teodicea que justifica, de algún modo, el dolor por ser lo propio del hombre, que apenas puede saber eso mismo, que su condición no le ayuda, que no es dueño de la misma pero que, dentro de lo incomprensible que le parece, tiene una cierta dirección oculta, unas razones que en su cortedad no puede vislumbrar. Sólo cabe aquí, como en el mito, un heroísmo, pero un heroísmo ilustrado que no renuncia a preguntarse, a cuestionarse las viejas respuestas y que intenta por lo menos replantear lo que los mitos planteaban en un intento de abordar el problema desde los nuevos esquemas lógicos de una sociedad que ya tiende a disolverse y es un mundo de individuos.

Así pues, la tragedia piensa el mito y lo presenta, o lo es, en un modo distinto, que Jaeger vincula con los cambios históricos que estamos viendo que van sucediendo en la Grecia del logos emergente. El logos será, en este sentido, una nueva perspectiva, un modo distinto de posicionarse ante la existencia y de formularse las preguntas esenciales, apuntando a respuestas diferentes de las que se habían asumido bajo la seducción y el hipnotismo de las bellísimas mitologías. Ahora, continúa el hombre conmoviéndose, el espectador del drama de Esquilo, pero lo hace reflexivamente, es decir, planteando en la intensidad del dolor una pregunta y un vacío, una nueva necesidad de respuesta, una insatisfacción y el prurito de recomponer ideológicamente su mundo. Son, creo, y por eso todavía vibramos con estas tragedias, dramas que apuntan a una verdad esencial de nuestra existencia, pero que todavía no son, pues andan a medio camino, más que el escepticismo naciente, el desconcierto y el asombro que permiten que pueda darse el tipo de sociedades individualizadoras que estaban surgiendo en Grecia. Es esa suerte de meditación que hurga y horada los cimientos del viejo orden, que pone en peligro la homogeneidad que veíamos salvada en el modelo espartano (a costa de mantener vivo el heroísmo arcaico de la raza propio del mundo más primitivo), pero que introduce la grandeza, por primera vez en la historia, de quererse crear conscientemente el propio hombre, de procurar ser dueño de sí, contra el incierto y aciago destino decretado por los dioses, en la medida de lo posible y prometeicamente. Esta creación ya apunta y es paideia, en cuanto voluntad de explicarse y construirse el hombre desde sí, aunque sin el grado de conciencia que aportará el movimiento sofístico, o sea, estamos ante el germen de lo que hoy llamamos “educación”. Es esta lucha la que enseña y educa, al tiempo que conmueve, en Esquilo, este parco sentido del sufrimiento, que se torna al mismo tiempo sabiduría y por eso, se alza como la primera gran teodicea de la historia en la que se abordar la problemática del mal asociado a la existencia humana como un precio que el hombre ha debido pagar por su razón y por la civilización. Un dolor esencial e incomprensible que es, sin embargo y en cierto modo, justificado, sin negarle un ápice de espanto y clamor a la existencia, y sin que la incógnita que nos oprime ceda su peso un solo momento.
  

Obra de referencia:

Jaeger, W. (1990). Paideia: los ideales de la cultura griega. Madrid: FCE.