miércoles, 15 de marzo de 2017

Efecto social de la discusión generalizada y del constante cuestionamiento de los presupuestos. La tragedia de Eurípides y la comedia de Aristófanes.



Efecto social de la discusión generalizada y del constante cuestionamiento de los presupuestos. La tragedia de Eurípides y la comedia de Aristófanes.

Marcos Santos Gómez


Si para Sófocles el mundo griego, en cuanto cosmos, no estaba aún amenazado, para Eurípides, contemporáneo del apogeo de la Sofística y de Sócrates, se expresa un sentido ya moderno de lo trágico. El hombre no es tanto víctima de un orden inapelable que causa su desgracia, aunque, en la teodicea de Esquilo, también, ésta es compensada con la mera contemplación de dicho orden, sino que es víctima de la disolución del cosmos de la tradición e ideología griega por efecto de una poderosa ebullición del nuevo logos. Ya hemos escrito anteriormente que la difusión, tanto en las clases superiores como en las más populares, de la nueva “costumbre” de discutirlo todo, generó una profunda crisis de la cultura y de los valores tradicionales, horadados por el permanente cuestionamiento de lo establecido en que consistió la razón. Entonces, como hoy, fueron carcomidos los pilares que durante siglos habían sostenido el criterio “correcto”, el sentido común exaltado y transmitido por los mitos y poemas aristocráticos-heroicos. Este ambiente, que en lo político generó la democracia y las constantes asambleas para discutir y decidirlo casi todo, así como una nueva modalidad de simposios (banquetes) en los que al anterior hedonismo se añade ahora la conversación seria y analítica sobre los temas políticos y vitales de la actualidad ateniense, donde se ponía en juego esta razón griega-ateniense, supuso desde luego la mayor aportación y novedad que dieron al mundo aquellos hombres y lo que todavía hoy puede humedecer los ojos de quien de manera sensible y piadosa camine por las ruinas que aún pueden apreciarse en la Hélade actual como restos visibles de aquellos gloriosos tiempos que durante siglos han admirado a los hombres. Somos hijos de aquellas discusiones cuya prolongación ha sido, entre otras circunstancias menos gratas, la historia. Y el producto de aquel frenesí indagador y dialógico fue una paradoja que bien señala Jaeger y que referimos a continuación.

Se supone que el proceso descrito abrió una brecha en el homogéneo universo ideológico y cultural en su aspecto “exterior” como “interior” (constitutivo del sujeto y en él presente) que ofreció el caldo para una nueva libertad. Las antiguas cadenas de la tradición y sus determinaciones, en la trama causal que constituía la realidad, quedó desafiada y absolutamente cuestionada. Mas este espacio de nueva libertad que se experimentaba “dentro” y “fuera” de uno mismo, estas grietas en el alma de los atenienses, mostraron que en realidad el hombre era ahora víctima de profundos desconciertos, de indecisiones, de inseguridades que también lo esclavizaban, que llenaban la existencia de un terror diferente, de una amenazante nada que, al modo del viejo destino causal, era ahora la fatalidad que surgía para amedrentar a los hombres. Es esto mismo, esta ausencia desconcertante de certezas en un cosmos deshecho, por la destrucción del orden que vertebraba anteriormente al universo para los griegos, lo que genera el pathos específico de la tragedia de Eurípides. Es decir, éste refleja a la perfección lo que estaba sucediente justo en esos momentos en el alma de sus conciudadanos.

Cita en especial Jaeger la tragedia Ifigenia en Áulide, en la que el choque con la tradición y la fatalidad mítica, entre aquello y las nuevas razones que lo cuestionan, provoca la insufrible tensión del drama, su agónica cadencia. ¿A qué deben obedecer los hombres? ¿Queda algo por obedecer? Son preguntas que superan y actualizaban la antigua tragedia ática de Sófocles y no digamos Esquilo, para quienes el hado era, en el fondo, lo que además justificaba hasta cierto punto el sufrimiento en una suerte de teodicea, como vimos, el peso de un orden inapelable que desbordaba las expectativas humanas, pero que era, felizmente, un orden.

Esta novedosa lucidez del ateniense en el apogeo de la democracia creó la otra cara de la moneda. Por un lado el trágico Eurípides, precedente de Platón y crítico-continuador de la tradición mítico-aristocrática, y por el otro el comediógrafo Aristófanes. Que existiera la comedia sólo pudo ocurrir y permitirse en medio de este maremágnum de críticas y discusiones que era la Atenas del momento. Es justamente esto, que desde la perspectiva de la paideia consistía en la guerra entre la vieja y la nueva educación (sofística) lo que constituyó el tema y argumento de bastantes comedias, como la conocida Las nubes. La comedia se ríe de los absurdos producidos por el reinante escepticismo, por su potente efecto disolvente del “sentido común”. Esto tenía, según Aristófanes, “serias” consecuencias éticas, como era el triunfo de lo injusto, gracias al poder de los discursos, sobre lo justo. Es como si el ciudadano en las comedias se diera un respiro de alivio respecto a tanto ajetreo acarreado por la nueva razón. En realidad, matiza Jaeger (p. 339), Aristófanes no llega a ser un reaccionario, sino que su actitud es la del esperable desconcierto de los atenienses ante los vertiginosos cambios “espirituales” que estaban viviendo. Expresa su desazón cómicamente. El presentimiento de que el nuevo logos pudiera también ser usado para dominar (en las asambleas, por ejemplo, es decir, en la política). Contrapone, pues, la Sofística a la tragedia y la música (herederas en gran medida del mundo aristocrático que intentan reflejar, con el que juegan y que, en el caso de Esquilo y Sófocles, tratan de salvar hasta cierto punto o conciliar con los nuevos tiempos). Resulta curioso percibir la dependencia que, en este sentido, la comedia tenía de la tragedia, representando el anhelo de ésta, de su mundo, cuando ya no era posible vivirlo en la vida real. La comedia es, señala Jaeger, en este sentido esencialmente educadora, pues toma conciencia de estos conflictos, de la necesidad de la tragedia que los atenienses habían exiliado de sus vidas, en cuanto grandeza mítica y confrontación heroica (y racional) con el destino (p. 344). Es decir, la comedia escoge y ostenta la responsabilidad por afrontar los nuevos tiempos y las necesidades, desconciertos y anhelos que estos producían en las personas, tema que también entraba, hemos visto, en el universo de la tragedia de Eurípides, mucho más evolucionada y actualizada que la de Esquilo y Sófocles. 

Obra citada:
Jaeger, W. (1990). Paideia: los ideales de la cultura griega. Madrid: FCE.