domingo, 26 de marzo de 2017

Primera definición de lo específicamente trágico, a partir de la tragedia ática.



Primera definición de lo específicamente trágico, a partir de la tragedia ática.
Marcos Santos Gómez

Nos debemos preguntar, en relación con la tragedia griega, en qué medida ésta apunta a cuestiones verdaderamente esenciales y universales que atañen a todos los hombres. El hecho de que sus personajes sean tipos heroicos, procedentes del mundo homérico, no hace sino subrayar la inseguridad básica en que cualquier existencia humana se desarrolla. Algo que ya aparece en las epopeyas homéricas y que, es nuestra hipótesis, se manifiesta con especial virulencia tras el proceso de emergencia del logos griego, presente ya en el propio mito y en los mencionados poemas épicos. Esto ocurre porque la situación en la que el hombre queda, tras el tantas veces aludido en el presente blog desmenuzamiento de la propia tradición por la vía de un pensar que inventa y fabrica una distancia para contemplarse a sí mismo y a sus contenidos, desnuda al hombre y lo enfrenta categóricamente con su sino. El mito tiende de un modo divergente a ambas cosas: enfrentar al hombre con su sino y, al mismo tiempo, apaciguarlo. Pero la novedad griega estriba en que ya no hay apaciguamiento posible tras la ruptura que llamamos “logos” que no tiene vuelta atrás y que por tanto es irreversible.

La tragedia es un grado en la toma de conciencia de esta realidad, por la que el ciudadano ateniense debe percatarse de la naturaleza y repercusiones de su propio proceso de emergencia. En ella aparece desnuda y crudamente esta intuición que los grandes autores expresan con absoluta eficacia. Lo trágico, así, consiste en un estigma, algo de lo que no nos podemos librar, al modo de un destino ineludible que una decisión inoportuna humana ha sellado. El propio hombre, así, se eleva en fatal dueño de su fatalidad, artífice de un destino por el que al final sólo queda la nada y el vacío. Aunque las tragedias griegas no siempre tienen este final irresuelto, ya que ciclos como la Orestiada de Esquilo ostentan su happy end, o sea, su propuesta de reconciliación en el último momento. También recuerdo, en este sentido, el Edipo en Colono de Sófocles. Pero en cualquier caso, el mal y el sufrimiento han existido y pesado hondamente, dejando su terrible huella y resultando, por mucha reconciliaciones que se planteen, algo inseparable de la vida. La exultación de las bacantes, en Eurípides, por ejemplo, va asociada al horror y al crimen. Es como si el hombre ateniense del siglo V reflexionara sobre sí mismo y sobre la senda de ambigua vitalidad que había tomado, en la que la vida obtenía un nuevo brillo, pero al mismo tiempo, la muerte multiplicaba sus efectos. A esto acompaña el esfuerzo por conciliar que significan las incipientes teodiceas que vemos en algunas tragedias, rasgo esencial en el Prometeo encadenado de Esquilo. Porque el hombre que decide explicarse el mundo siguiendo lógicas y causalidades implícitas ya en sus anteriores mitos, está obligado a postular una respuesta. Lo único que la respuesta surge teñida también, a su vez, de tragicidad, es decir, de no respuesta, de carencia y apertura en el final.

Se ejemplifica y fomenta en las tragedias, desde su función educativa, un abordaje racional del mundo que inventa nuevos dolores, de un mundo con nuevas fuerzas opuestas y tensiones, que inicia su curso ineludible. Una función educativa que no debemos entender como didactismo o poesía moralizante, en absoluto. Estamos ante la propuesta y realización de un modo de vida, su invocación y encarnación en el propio texto, en el poema y el curso de la tragedia en sí. A eso llamamos su “función educativa”.

La intuición de que a cualquier bondad y éxito humano le acompaña, e incluso lo ha requerido, un ingente sufrimiento es, contra lo que yo creí mucho tiempo, no sólo judía y bíblica, sino griega. Hay mitos bellísimos que subrayan esto y tenemos las razones del famoso discurso fúnebre de Pericles, por ejemplo, relatado por Tucídides. El mundo desborda al hombre que no es del todo dueño de su experiencia, pero que se ve forzado, en una suerte de antinomia básica, a abordarlo. Es este último prurito lo que llamamos logos o razón, quizás, la tendencia a dar razones de sí y a traducir en términos legibles la propia experiencia. Esto es lo que Occidente representa, una vía para desarrollar esta antinomia que es propia de todos los hombres y tiempos. En la medida en que la tragedia griega es ya incipiente reflexión y toma de conciencia de las propias tensiones, es un invento específicamente griego y por tanto occidental, aunque en el libro de Murray, recuerdo haber leído un excelente estudio del paralelismo entre el abordaje trágico esquíleo y prometeico, por un lado, del dolor inextricablemente ligado a la existencia, y el impresionante libro de Job en la Biblia. Curiosamente, las soluciones y planteamientos son muy similares. O mejor dicho, las no soluciones, o sea, el fracaso, en el fondo, de toda teodicea, expresado entre líneas por la propia teodicea. Esto último es un rasgo fundamental, a mi juicio, de la tragedia griega, una vez más, y, como decimos, no sólo judío (cabe recordar los frecuentes y profundos contactos del judaísmo presente en el Antiguo Testamento con el mundo griego, muy obvio en numerosos libros de la Biblia). Es decir, no hay liberación posible del dolor y de un final sombrío que el propio hombre se ha buscado en gran medida. Es esta sensación la que, creo, entristece también nuestra época y, siendo atrevidos en las comparaciones, también el universo barroco, la de que el reloj de la historia que avanza imparable nos aboca a un final que no acabamos de querer, a pesar de ser en gran medida responsables de ello. Es decir, la tragedia griega, como el barroco, subrayan que cualquier decisión humana es peligrosa y ambigua, pues se acaba volviendo, a menudo, contra nosotros y porque desencadena un curso imprevisible. Es esta incertidumbre la expresada por los griegos, en su faceta más dolorosa y temible, acaso. Tenemos aquí la idea principal del Edipo rey, por ejemplo. Y conocer las causas y circunstancias de la fatalidad que uno ha elegido y dibujado o pre-dibujado, es, en una nueva paradoja, a la vez fuente de alivio (Prometeo encadenado) o prolongación y abundancia en el propio horror (Edipo rey).  

P. S. : Tras lo que escribo en el post me acosa una duda: ¿y si la "función educativa" de la tragedia griega y de la buena paideia griega sea subrayar la imposibilidad de toda educación? ¿Y si antes que la construcción del nuevo sujeto tenemos la certeza inefable de que cualquier nuevo sujeto o simplemente sujeto está destinado al fracaso? En cualquier caso, la tragedia griega es fuente de dudas y dilemas corrosivos...