miércoles, 12 de julio de 2017

Contra el frenesí de la innovación educativa, melancolía.



Contra el frenesí de la innovación educativa, melancolía.
Marcos Santos Gómez

Lleva mucho tiempo oliéndome mal esta pulsión desmedida por la innovación en la educación, tanto en la escuela como en la universidad. Ha sido así mucho antes de que confrontándola con la serenidad de la vieja universidad, en calma, para pensarla, me diera cuenta de dónde puede acaso emanar su desmesura. La impresión de que en todo esto hay algo profundamente equivocado es lo que ya reflejan numerosas quejas (la queja que vislumbra fisuras en lo total, puede ser el primer paso de la sabiduría) en forma de protesta acerca de lo que, en efecto, se vive en la forma de una pulsión o, mejor dicho, compulsión, es decir, obligación que nos arrastra, que sucede invadiendo nuestra voluntad y, como en ciertas patologías psicológicas, se apodera de nosotros. La compulsión se torna lo primero, ocupando todo el centro del comportamiento y de los pensamientos, como un problema perentorio que hay que resolver casi a vida o muerte, pero que no atiende a razones ni tiene un fundamento real. Creo que así se vive, de un modo irreflexivo, esta vorágine que nos saca de quicio en un sentido fundamental, pues, literalmente, nos despoja del fundamento. Es antes, creo, la necesidad, que se promueve por ley y costumbre, con la furia de un torbellino, que la apropiada visualización de las causas que la generan. Aunque oficialmente, desde ciertas Pedagogía o Didáctica cómplices de esta situación, se justifica de manera falaz, es decir, aludiendo a un valor que, sin que la conexión esté clara, requiere esta velocidad en el tanteo y propuesta de nuevos “instrumentos didácticos”. Este valor es, como hemos señalado en varias ocasiones en este mismo blog, la calidad, una calidad que si se define se hace acorde con la flexibilidad y velocidad de los tiempos actuales. Por esto mismo, y ante la mala espina que previamente a las reflexiones que voy a detallar me ha dado todo esto, es necesario que analicemos por qué estos tiempos actuales son tiempos veloces, de cambio constante, en lo cual, además, se cifra toda calidad.

Me parece que hay un error, que podríamos denominar “ontológico”, de partida. Digamos que la escuela, como es lógico, responde a su tiempo, en el que se halla ella y sus vínculos con lo real. Habría, por tanto, que pensar si su “sesgo” proviene de un pathos específico de la Modernidad o se trata de una dinámica reciente y estrictamente contemporánea, quizás relacionada también con un modo de capitalismo. Pues bien, moderna o no, una de las principales características, muy evidentes, de nuestra época actual es el olvido de la muerte. Nuestro mundo está muerto, irónicamente, en la medida en que se ha olvidado de la muerte. Es lo que quiero decir con la idea de que a tanta furia innovadora hay que oponer, valientemente (porque decir esto puede ser muy mal entendido y, de manera acorde con los tiempos, frivolizado), la melancolía. La melancolía, entiendo, es la captación de la mortalidad de las cosas, de, precisamente, este carácter de cultura de la muerte, que padecemos, a, aún más, la captación de que todas las cosas se hallan impregnadas por la muerte en su más íntima esencia. Se trata de un sentimiento que es, también, inteligencia (aprehensión), y que nos expresa algo verdaderamente real, una verdad inscrita en todo lo que vemos, pensamos, experimentamos y somos. Otra cosa es cómo se interprete esta “verdad”. El modo barroco, por ejemplo, ve en esto una tensión, es decir, como si esa muerte constante que, junto con la existencia, somos, tendiera hacia un exterior o trascender desde el cual, además, proyectar una suerte de nostalgia. Algo así como el recuerdo de un origen, a veces ha interpretado el hombre, y todas las maneras de entender o vivenciar el platonismo de nuestra tradición occidental.

La muerte, así, nos traería la posibilidad de otro mundo soñado que ampliara éste o del que éste fuera una mera sombra. Aquí hay que tener cuidado, porque la muerte puede nihilizar, también, la vida, si se la toma en este sentido, subrayando un carácter irreal y perverso en lo que llamamos mundo. ¿Hay en la esperanza utópica por un mundo mejor este peligro que disuelve en el fondo toda posibilidad de mundo? ¿Es este mundo de la calidad educativa un mundo soñado que tapa y pervierte las auténticas y reales posibilidades de mejora? ¿Nos poblamos de sombra en medio de la avalancha de la compulsión por ir un poco más allá de lo dado sin cuestionarnos qué nos impulsa? Porque todo parece basarse en el olvido, precisamente, de la muerte en cuanto finitud, en cuanto límite que, en una aparente paradoja, hace relucir las lágrimas en la lluvia.

Si, en cambio, la melancolía se despoja de toda la carga pesimista que disuelve el lugar en el que estamos, puede reconciliarnos con la vida. Puede obrar como una callada percepción de un orden que no es teodicea o justificación racional de nada, ni metafísica, sino pura congratulación por un ser que o es en el mundo finitamente, o no es. Este es, creo, el presentimiento de Séneca en cuanto a un orden desconcertante en la realidad que sólo se capta cuando captamos el carácter mortal de todo lo que es. Me parece que la interpretación de María Zambrano en el bello librito que dedicó al autor hispanorromano apunta a ello. Una suerte de comprensión de que la vida humana existe y puede ser vivida sólo en la medida en que “encajamos” que moriremos como todo muere y porque ser es morir. Desde esta perspectiva, resulta bestialmente irrisorio todo el movimiento de una civilización por el despliegue sin fin de sí misma, entendiéndose mejor en un sentido cualitativo (calidad) siendo más, es decir, en la cantidad. Esta es la confusión, de honda raigambre, vivida en la escuela que pervierte todo lo que toca, o sea, el conocimiento y la cultura. Ambos se cuantitivizan (de ahí los rankings, por citar un caso, que miden la innovación y la calidad según, como decía Illich, “paquetes mensurables de conocimiento”). Por tanto, a la innovación constante hay que oponer, de un modo sabio y curativo, y además en la pretensión de que del mismo resulta una auténtica educación, la melancolía que des trivialice este movimiento sin fin.

En clase se pueden confrontar modos de esta melancolía, como aquí hemos nombrado dos. Escuchando a Camarón, cuyo hedonismo se vive en el espejismo perfilado por la constante y terrible amenaza de una mortalidad nihilizante, propia de vidas deshechas, podemos preguntar qué simas y terremotos abre su cante. Hay algo horrible en él que se me resiste a catalogarlo en el cajón de esas melancolías estoicas, aunque, según el palo flamenco que toque, es cierto que puede haber más o menos estoicismo en él. De hecho, en el flamenco ha habido estoicismo, mucho, pero más aún, como dice el tópico que es totalmente cierto, “desgarro”, “arrancarse”, partirse el alma. El frenesí de mundos desdoblados, la tensión que salva matando, lo brutal y la imposibilidad de llegar a ningún fondo cuando se parte de un fondo y se lo busca… saetas, seguiriyas. En Camarón se encuentra incluso, y sobre todo, en la bulería. Terrible.

Pero tras la lectura de dos hermosos poemas de Goethe, de purísima y honda serenidad, la melancolía que creemos puede contrarrestar esta civilización de negación y de oculta pataleta por la finitud es la de una asunción serena, crepuscular, del carácter temporal y siempre a medio hacer de la vida humana (de manera que nos moriremos a medio hacer e incluso la humanidad terminará a medio hacer). Hay, por tanto, en esas pedagogías “acabadas”, de la escuela que imparte “saberes” (o competencias), que tiende a una plenitud que fracasará a todas luces, que se cimenta en la ilusión de lo infinito, un terrible pathos, acaso peor que la propia muerte real. El frenesí y el teatro que es la vida en el barroco calderoniano. El colmo de morir en vida, quiero decir, el de una vida muerta, hecha toda de muerte y negada desde la cuna a la sepultura. Quizás, en efecto, con la denuncia de esto corresponda el clamor barroco, su dramática protesta, su poesía plagada de espirales. Pero leyendo unos pocos y pobres versos de Goethe, que dedicó toda su vida al frenesí de saber pero que encuentra o intuye en su crepúsculo la única forma, noble y serena, de una verdad precaria, retomo que la melancolía sabia es la última. Es la que capta, en el momento de la propia agonía o en el de tantas agonías que se incluían en la memoria de los vivientes en otras épocas más proclives a saberse finitas, el otoño de lo real. El otoño que es lo real; el otoño que es siempre la vida. No la prolongación de la tormenta trágica del “luz más luz” que se le atribuye, quizás falsamente, como últimas palabras, sino la lucidez de saber que hay una posibilidad, hoy tan próxima como remota, de paz en la tormenta.