miércoles, 5 de julio de 2017

El teniente Colombo y los agentes del desorden.



El teniente Colombo y los agentes del desorden.
Marcos Santos Gómez

En un extremo en apariencia opuesto a lo que vengo prefiriendo como posicionamiento metodológico y epistemológico para la investigación universitaria en el campo de la educación, se halla el  teniente Colombo, detective de la policía de Los Ángeles. Y lo malo es que me cae simpático. Su labor impugna todo lo que digo en esta torre de marfil desde la que, hemos apasionadamente razonado, argumentado y teorizado que es preciso situarse, en la lejanía de un noble horizonte, para precisamente razonar, argumentar y teorizar. Hay que llegar hondo, he señalado, y he difundido si bien no un aristocrático consejo de renunciar del todo al muy plano empirismo de algunas metodologías de investigación al referirnos a lo educativo, sí la sospecha de que éste apenas “sirve”. Pero Colombo ha profanado este templo y me ha demostrado que muchas torres con sus pulcros habitantes son gigantes con pies de barro.

El error imperdonable ha sido haber creído que Colombo era un agente del orden y despreciar, por ello, sus muy modestas tácticas. Es cierto que se vale de tramas que descubre en el mundo, que lo interroga y que observa, anota y analiza lo que se le presenta, pero descubro que nunca ha sido agente del orden sino, como confiesa en cierta ocasión su primo Pepe Carvalho, y como subrayan Spade o Marlowe confundidos ya con la pose bogartiana del eterno cigarrillo en la boca, todos han sido, en realidad, agentes del desorden. Porque han de asumir que su mirada está manchada por las cosas, que su realismo sucio tiene que tratar con lo peor en los márgenes del heroísmo. Su veloz pensamiento que boxea en el barro, en la prisión de los hechos y en su cadena, apenas puede asomar la cabeza para tomar una rápida bocanada de aire fresco entre combate y combate. Son agentes, y por tanto sirven a un cierto orden que ya no recuerdan, pero cuyo resultado fatal es el desorden. Aunque no lo sepan, algunos son secretos funcionarios de la verdad. Ésa es su bendita condena.

Colombo tiene un perro al que llama Dog, a falta de otro nombre más interesante, conduce un coche destartalado al que en cierta ocasión, en un episodio televisivo memorable, se le cae una puerta al tratar de cerrarla, fuma un abominable cigarro puro que le hace aparecer eternamente envuelto en humo como un pequeño Lúcifer que no acabara de creer ya ni siquiera en sí mismo. Es un gigante del escepticismo desde la más férrea razón y un servidor de la verdad que, por eso mismo, sospecha de ciertas apariencias. De lógica tenaz y habitual, como su consumo de no sé qué receta mexicana que repite sin cesar en sucias tabernas grasientas y, como él, ahumadas. Es emigrante italoamericano, usa una gabardina llena de lamparones, tiene una voz cascada, un ojo de cristal y es, acaso por todo ello, vilmente despreciado por los “malos”. En muchos aspectos, Colombo es bastante vulgar y muy poco admirable.

Colombo habla siempre de su mujer, que nunca aparece en la serie, y que es la otra parte de un matrimonio muy convencional. Porque Colombo es convencional. Da por válida la verdad que le han contado y, por si fuera poco, confía a ciegas en el bien y en el mal, en un bien y en un mal absolutos, muy definibles y acotados, como si la realidad fuera la realidad de los héroes y los santos, curiosamente él tan antihéroe e inconsciente, hecha de blanco y de negro sin matices ni grises por en medio, forjada por el tipo de estructura mental que los sociólogos ubican en las clases bajas. “Simplemente, hago lo correcto”, acaso se justificaría. Quizás ahí sí tengamos un viejo componente aristocrático, que, en nuestro paradójico mundo, como un resquicio, perdura solamente entre el humo de puros baratos. De hecho, Colombo rechaza en cierto episodio el ofrecimiento de un carísimo habano que uno de sus investigados, siempre gente con clase, le hace, porque no le gusta su sabor.

Todo eso le hace ser, en parte, como Sócrates, un Sócrates empirista. Caza con las palabras, ciertamente, a quienes por su orgullo y vanidad se dejan cazar. Pero le van los hechos. Es más, Colombo trata de desaparecer, para dejarlos explayarse. Y entonces, los malos hacen, y al hacer, Colombo los mira y les pregunta. Su elegancia acaba delatándolos. Quiero decir, que tanto Colombo, como Carvalho como los demás agentes del desorden, se fijan en las prácticas. Su método de investigación, podíamos concretar, cuando se les ocurre asomar por la universidad, es un método demoledor, tenaz e infalible, que consiste en atender al discurso de las acciones para contrastarlo con el discurso de las palabras. Es decir, se sirven de un mundo que ha dividido acciones y palabras, para dar toda la importancia debida a las acciones, como clave para resolver si bien no grandes misterios, sí determinados problemas o contradicciones flagrantes. Aplican una hipótesis: el malo (o en versión más académica, el ignorante o el mediocre) son orgullosos. Una hipótesis que los asemeja a Sócrates, pero llevada al extremo de ese Sócrates enloquecido que fue Diógenes de Sínope, el cínico, o sea, el perroflauta. Son, quizás, la detestada e incomprendida autocrítica que la propia universidad en ocasiones hace de sí misma, en una milagrosa kenosis o autodespojo por el que se rebaja a ser pueblo.

Colombo pues, ha rizado el rizo de la ironía. Ha sabido salirse de la verdad para estar en la verdad. La perspectiva ha de ser una perspectiva manchada de realidad, sin aspiraciones ni abolengo. Esta es el arma de quienes cigarrillo en boca, desafiando la ley y el orden, maestros de una higiene a contrapelo, comandos de una academia al revés, para salir, han pensado y han mirado casi como todo hijo de vecino. Incluso de este modo se miran a sí mismos. Y así, sin aspirar a bucear en los abismos, se han topado con el abismo del mal. Postulando tramas, como en las novelas negras o de misterio y como en las novelas de terror, en los márgenes literarios, sociales, epistemológicos y ontológicos, se han limitado a partir de que tú eres lo que haces. Todo lo demás son excusas.

Eso es investigar. Eso es ser verdaderamente útil. Sólo desde un orden que es desorden se podría revertir el mundo. Vana esperanza que en su cinismo (ahora en nuestro sentido, no en el más académico de la palabra cinismo) los Bogart habidos y por haber no desean tampoco creer. Porque no son optimistas, ni grandilocuentes, ni profesan filosofías de la historia por encima de la misma historia, ni adoptan cielos en la tierra o teologías, salvo que llamemos todo eso a este modo modesto de empeñarse en no ver otra cosa que lo que uno tiene ante las narices y que pertenece al más elemental de los sentidos comunes. Son ateos prácticos que no creen en la ultratumba, que no creen en creencias, y por eso ven las cosas. Ésa es su táctica y su fuerza. Ellos siguen la corriente de las cosas, se visten de blanco y realizan sus terrenales pesquisas y observaciones. Siguen el hilo de Ariadna que les guía precariamente en este maremágnum.

Por mencionar a otro de estos detectives, tenemos al Dr. House que es, sin lugar a dudas, un llorón y un indigente, pero al menos goza de la fortuna de haber encontrado la modestia epistemológica que se precisa para mirar a donde hay que mirar, a donde hace falta, y sólo en sus peores borracheras, presentir o añorar el resto.