martes, 25 de julio de 2017

La divulgación como cháchara.



La divulgación como cháchara.
Marcos Santos Gómez

En ciertas críticas que acometí tiempo atrás contra la institución escolar, lo que vine a defender es que superar la escuela significa trascender lo que ésta tenga de banalización del saber y por eso he podido sugerir que la buena pedagogía es aquella que aun tomando conciencia de las limitaciones de su medio y justamente por ello, es capaz de apuntar más allá del mismo. Pero el asunto plantea numerosas dificultades y no se responde con soluciones simples. Hay que preguntarse si, a partir de la conocida verdad expresada por McLuhan de que el medio es el mensaje, la escuela determina cualitativamente lo que en ella pueda decirse de una manera fatal; lo que, por cierto, intentó señalar Iván Illich con su concepto de “curriculum oculto” (que fue el primero que lo utilizó dándole una importancia fundamental como clave explicativa en el análisis de la escuela). Es decir, existe un mensaje de hecho, fáctico, que la escuela aporta en cuanto que es escuela y que cierra posibilidades para la contradicción o para la creación de saberes en disposiciones alternativas a la escolar. Es esto mismo que nos planteamos cuando se realiza la reducción del conocimiento a un lenguaje desprovisto de densidad y de historia, en lo que llamamos “divulgación”, lo que nos preocupará en las siguientes reflexiones. Lo que voy a defender es que el modo plano, esquemático y sintético de presentar las cosas propio de lo divulgativo transmite una imagen falsa y empobrecida de lo que realmente significa una disciplina y oculta de la misma lo esencial, de un modo paradójico, porque su pretensión es presentar precisamente lo esencial.

Si partimos de la escuela, nos preguntamos: ¿Oculta el entramado burocrático de la escuela el elemento poético que caracteriza a lo educativo? O, refiriéndonos al modelo actual, ¿resulta intrínsecamente pernicioso el tipo de escuela que estamos creando, sin maestros ni contenidos, que confunde, muy al estilo neoliberal, libertad con ausencia de regulación? Del mismo modo, en la vorágine de las nuevas tecnologías de que también se nutre hoy la innovación escolar, cabe que nos preguntemos por las limitaciones que imponen y que también constituyen una forma de mensaje; la forma y la estructura que afirman una concreta perspectiva acerca de lo que es “pensar”. Me refiero a internet, las redes sociales, las plataformas virtuales y a este mismo blog. Internet como ámbito en que cualquiera puede decir cualquier cosa, que infunde la creencia de que para pensar sólo hay que hablar sin escucha, preparación ni tiempo. Un ámbito para hablar de una manera desmedida sin meditar lo que se dice. ¿Está lo técnico invadiendo nuestro decir y nuestro pensar en su superficialidad como modo único y absoluto en la aprehensión “racional” del mundo? ¿Están lo técnico y su cháchara absolutizados y omnipresentes convirtiendo nuestro mundo en la peor de sus posibilidades?

Solamente desde el fatigoso abandono de lo cotidiano es posible aproximarse lúcidamente a lo real. La libertad en el pensar se obtiene al tomar la distancia teórica que demanda la mejor captación de la realidad y que nos inmuniza para no ser arrastrados por aquello mismo que pretendemos comprender. Hay un poder emancipador en la teoría que sólo puede extraerse cuando ella es capaz de fundar un ámbito propio y dirigirse al mundo desde un interés libremente escogido, en el que operen conceptos y no ciegas fuerzas sociales. Lo que se da en el pensamiento que quiere extraer de la praxis sus consecuencias, no es una confusión entre teoría y práctica, sino, en todo caso, una dialéctica entre ambas en la que ninguno de los polos silencia al otro, para lo cual, el estudioso ha de saber recibir lo que el mundo expresa mudamente. Si se quiere hablar y pensar con propiedad, se precisa, por tanto, de esta costosa tarea.

Desde una voluntad esclarecedora y emancipatoria, se torna preciso reivindicar paradójicamente un elitismo en el pensar, como practicara T. W. Adorno. Porque el pensamiento deja de serlo cuando cede a la tentación de divulgarse, en la medida en que al abandonar el ámbito conceptual tiene que adoptar formas banales de expresión que no ahondan en lo que quieren ahondar pues abundan en la inconsciencia y en la inconsistencia. Por eso, la filosofía posee sus “tecnicismos” que sirven a esta tarea de la mejor aprehensión de la dimensión real cuyo estudio asume. Estos “tecnicismos” son, en el caso de la filosofía, los conceptos que se han empleado, discutido y analizado a lo largo de una antigua tradición en la que ha habido pocas respuestas y muchas preguntas. En esta larga discusión entre autores vivos y muertos, se ha ido puliendo a sí misma para eludir auto engaños, desde una altísima exigencia y rigor, que son su principal virtud. La areté del filósofo es, justamente, esta fidelidad de la filosofía a sí misma que ha garantizado su distanciamiento respecto a la confusión de inercias que representa la vida corriente. El buen filósofo, antes que el ingenio, la creatividad, la penetración, la agudeza o la inteligencia, ha de haber encarnado el puro amor por la filosofía en sí, que es a su vez, un amor precario e imposible por la sabiduría, un estar permanentemente en el camino del saber, pero no en el mismo saber.

Pensar no puede ser una tarea fácil ni puede ejercitarse con la claridad descriptiva o explicativa que nos gustaría, ya que la realidad es complejísima. Lo complejo no puede ser dicho sin complejidad y la claridad del filósofo que se ha afirmado que es su cortesía es acaso cortesía hacia quien ni quiere ni puede ni está obligado a adentrarse en la tradición filosófica, pero no rendimiento de cuentas a la realidad. Siendo cortés con el profano, no se es cortés con la realidad. Lo mismo sucede con la física, por ejemplo, y nadie lo discute.

La complejidad del propio hombre en sus dimensiones ética o política requiere no sólo de descripciones y argumentos, a los que hay que recurrir constantemente, sino también de otras vías que incluyen lo narrativo. La experiencia que es en sí la propia existencia humana, sólo puede decirse narrativamente o “señalarse” de maneras tangenciales, oblicuas que acaso resten claridad referencial al lenguaje empleado porque deba adentrarse en el pre-universo que ha de darse antes de hablar del universo. Esta tensión intrínseca en el decir filosófico o en el pensar, se manifiesta en el dilema de cómo hablar ordenadamente del orden, cuando lo estudiado rige previamente lo dicho (las preconcepciones que en realidad siempre tenemos cuando incluso creemos referirnos linealmente al mundo natural). Este problema de tener que tratar con aquello que ya viene dado en su propio instrumento, es el que ha angustiado el devenir filosófico. El de una suerte de constante trascender inmanente, de juego de fugas y tensiones por el que una definición jamás puede agotarse. La filosofía funciona quizás donde el mostrar sería más elocuente, pero su misión es decirlo, con lo que ha de tensar el lenguaje y el propio pensamiento.

Si abandonamos el canon estricto de la referencialidad, la filosofía ha practicado caminos para hablar del mundo desde el propio mundo, como si, al modo hegeliano, el espíritu hubiera de hablar de sí mismo desde sí mismo a sí mismo, asumiendo lúcidamente la carga de mundo que porta en su intento de referirse al mismo. Esta lucidez no equivale tanto a eliminar prejuicios, como se ha dicho, sino a ser capaz de tomar conciencia de ellos, de reconocerlos y tornar el juego entonces un juego lúcido.

Para ello, se ha dado una tensión que fatalmente ha de acompañar a todo filosofar y que requiere la valentía de la constante pérdida del suelo que nos sostenía bajo nuestros pies. Es este peligroso vuelo de la lechuza el que ha caracterizado el filosofar desde los orígenes griegos. Esta suerte de autoconciencia por la que el mundo parece tener que despojarse de sí mismo para contemplarse. Una tarea que además, por ello mismo, está condenada a resultar trágica, es decir, irrealizable, un afán destinado al fracaso.

Así que resultaría contradictorio que se ejecute este modo de complejo vínculo con lo real en formas banales, sin el apoyo de conceptos trabajados ni su inserción en una larga y noble tradición de audacia y profundización intelectual. Estamos hablando de un pensar difícil que además de captar lo real, debe él mismo pulirse, pulir sus conceptos interminablemente. Este trasiego, este ir y venir a lo presupuesto no es fácil ni se logra con un pensar que se constituya como frases hechas. La divulgación es esto mismo, la exposición de un movimiento que no puede serlo ella misma. Por eso, como se dice de la traducción, siempre traiciona y falsifica. Es lo que quería decir Kant cuando indicaba que sólo se puede aprender filosofía filosofando, sólo se puede profundizar o recoger la complejidad del mundo de manera activa y costosa, no precisamente adhiriéndose a frases hechas que ofrecen fragmentos petrificados de la infatigable búsqueda.

Lo grave es que esta ausencia de reflexión está ya presente en la utilización de conceptos “vulgares”, en los propios conceptos empleados por la exposición divulgativa que no ofrece sus razones, que no indica sus caminos. Algo así como aprender física sin matemáticas. El profano en la física, como yo lo soy, puede acaso captar algunas de sus bellísimas y conmovedoras ideas, captar algo del proceso que las ha creado, hacerse un plano de cómo es la cosa y emocionarse, pero jamás paladeará de verdad la física. Es una condena que debemos aceptar y que, en la línea de lo comentado en posts anteriores sobre la mortalidad y la finitud, implica precisamente aceptar nuestros límites. Es una forma en la que, también, la muerte nos saja y nos recuerda que hay una belleza inasible en el cielo estrellado que es más, mucho más, que cualquiera de nuestras pobres vidas.

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