miércoles, 2 de agosto de 2017

Sobre el actual totalitarismo en la educación



Sobre el actual totalitarismo en la educación
Marcos Santos Gómez

Suelo argumentar que vivimos en un mundo sociocultural totalitario, a raíz de las dinámicas en torno a la “calidad” que hoy se dan en la enseñanza, porque es lo que inmediatamente afecta a este blog (que trata de pensar lo educativo como principal objetivo), pero hablamos de un universo sociocultural cuyo carácter totalitario, como es obvio, se extiende al modo profundo de situarse en el mundo y de mirar la realidad por parte de quienes vivimos como esclavos de su vacío. Soy consciente de lo difícil que resulta para algunos apreciar esta situación actual en todos sus elementos, en su asfixiante falta de libertad, lo que se torna aún más difícil cuando se alude al síntoma de la fiebre innovadora que, aunque no es el único, es el que ahora más me preocupa. Me preocupa porque existe un elemento diabólico en todo esto que consiste en que lo patológico se nos vende como lo propio de una exultante buena salud. Se nos da gato por liebre o, como decíamos en el movimiento 15 M, “lo llaman democracia y no lo es”. Es esto lo que voy a intentar aclarar y analizar en las líneas que siguen.

La ilusión de cambio frenético es, digámoslo ya, una mera ilusión porque no mueve ni se vincula con el humus dinámico del que, empleando las palabras del profesor Luis Sáez en su libro El ocaso de Occidente que nos sirve como fuente para el presente análisis, emerge el cosmos de lo social como un caosmos. Es decir, en la realidad natural (physis), que también engloba todo lo que en niveles superiores definimos como “humano” o “social”, hay un movimiento rizomático (Deleuze) que no es de individuos ni por supuesto sustancias (de hecho trata de superarse la metafísica aristotélica y en general la causalidad de la misma que ha predominado en la mirada y en las explicaciones del pensamiento y la ciencia occidental), sino de fuerzas que interaccionan en permanente tensión y reconfiguración de sus formas, pues son sólo formas, formas que mutan desde sí en un inmanente trascender, que constituyen un desfondado y no fundamentante nivel basal que tanto la filosofía actual como la física tratan de vislumbrar.

Algo así, me ha parecido, aunque no a la manera de un todo panteísta, como el bullicioso ir más allá de sí en que consiste todo lo que es y la vida, que no es producto, esta última, ni de una teleología ni lógica ya preestablecida en el dinamismo que la crea, pues nada obedece a un tipo de movimiento lineal ni de superación hegeliana. Pero este ir más allá, este allende que sí parece propio del dinamismo caosmótico que consiste en la creación de órdenes a partir de una naturaleza no esencialista y caótica compuesta, como he dicho, de tensiones y diferenciaciones antes que de identidades, y a partir de lo cual ha pensado Deleuze, produce figuras que constituyen lo cultural. Lo cultural, en la exposición de Sáez, emerge antes que lo social, ya que lo social es la cristalización en “individuos” y figuras concretas que es la sociedad pero que son en lo basal las tensiones y fuerzas culturales cuando se dan en su concreción histórica. Lo cultural y lo social son dos caras de una misma moneda que no se entienden la una sino por la otra y que deben mantener una cierta relación tensional más que de acoplamiento. De hecho, las patologías de la sociedad y de la civilización (que es un cierto margen epocal que orienta creativamente, en finitud generadora, el movimiento proteico de la cultura) no las concibe Sáez en relación con una norma, sino en función de la paralización y escisión de las figuras sociales respecto al trasfondo cultural y, sobre todo, caosmótico de lo real. La patología sería, pues, la pérdida de la dynamis proteica propia de la vida que bulle y se reconfigura creando sus patrones carentes de todo fundamento y su sustanciación, su derivación y cristalización como un nomos rígido que Sáez asocia, en una interpretación propia, con la fuerza de muerte que Freud denominara en su análisis del malestar de la cultura como thanatos. El thanatos vence y reprime el saludable caos que es génesis de la sociedad, que entonces le da la espalda y se autonomiza, tanto en sus construcciones institucionales, normas y vida política, como en su pensamiento (de aquí surge lo que algunos enfoques marxistas han llamado lo ideológico o, sin corresponder exactamente, la superestructura). Es este pensamiento el que se cierra sobre sí mismo y, lejos de buscar el contacto de un modo también tentativo y proteico con lo caosmótico de la propia vida, impone sus categorías, su definición de lo sano o lo enfermo en función de un concepto de salud, por ejemplo, a la realidad, a la physis  y a la propia cultura para las cuales se torna ciego. Crea un sustituto o sucedáneo de realidad, proceso al que Sáez llama “ficcionalización” que anula y vuelve al dinamismo originario contra sí mismo en lo que denomina “autofagia”. Esto puede detectarse, en gran medida, precisamente en las redes sociales e internet.

Entender esto parece complicado o puede resultar extravagante pero no debemos olvidar que la comprensión de lo real ha derivado hoy por lo inverosímil, ya que trata de tocar precisamente lo intangible, no porque lo basal sea ese flujo o fuerza mística de las pseudorreligiones hoy al uso, sino porque, siendo algo real que aborda la física cuántica, no pertenece al mundo de lo que Kant o Schopenhauer podían entender como “representación”, que es la realidad bajo la mirada organizadora del hombre que obedece a las categorías de su razón y de su percepción. Yo no lo hago aquí pero el profesor Sáez se esmera en una exposición rigurosa y precisa de lo que quiere decir que a su vez se apoya en filosofías muy complejas que es donde realmente esto se afina y matiza. Yo, ya digo, estoy sencillamente haciendo una somera síntesis de lo leído para cuya cabal comprensión se exigiría, propiamente, varios años de ardua e intensa lectura de, entre otros autores que son bastante difíciles, Deleuze. En cualquier caso, como he señalado en otras ocasiones, pensar no es en absoluto fácil porque la realidad es abismalmente compleja cuando trata de captarse (incluyendo, he repetido a menudo, lo educativo).

En cualquier caso, la perspectiva de Sáez enfatiza el papel que lo caótico tiene en la génesis y “esencia” de lo real y cifra en un desbloqueo de, como hemos dicho, las fosilizaciones normativizadoras e institucionales de la sociedad, o las rígidas categorías de un pensamiento dogmático, la superación de la patología actual de la civilización, cuyos síntomas son, entre otros, los que he indicado al comienzo de este escrito. Frenesí pseudoinnovador y obsesión por la pseudocalidad.

Concretando, precisemos que este caos no funda nada. De hecho se trata en gran medida del caos o la desfundamentación vista ya con claridad por Nietzsche bajo su conocido aserto de la muerte de Dios. La muerte de Dios significa, para el genio alemán, la carencia de fundamentos sólidos o de tramas metafísicas, contra el platonismo, que opera en lo real y en la que pende la propia vida, que ajena, por tanto, a toda sustancia ni causalidad, es solamente mera tensión por dar más de sí, a recrearse proteicamente. En un post anterior yo he demandado a quienes han escogido explícitamente formas agnósticas o ateas de ubicarse en el mundo y de comprenderlo, que sean, de hecho, consecuentes con esta desfundamentación anti-metafísica, en su ethos. Es lo que Nietzsche demandaba, por cierto. Vivir sin la sombra del Dios asesinado. Tener ese coraje. Y yo denominé “creyentes” en el contexto de la escuela y la universidad, a quienes no han sido capaces de renunciar a las viejas seguridades cristalizando su pensamiento en “respuestas” dogmáticas, o sea, creencias, por muy laicas que fueren.

El diagnóstico de Sáez es que esto mismo se está dando hoy con pavoroso poder que anula lo propio de la vida, que es sencillamente y como estamos repitiendo, su tensión a ir allende de lo dado que “hereda” o porta en cuanto lo rizomático originario es su fuerza. Nuestra civilización es totalitaria porque asfixia este juego de lo real y de lo vital con un pensamiento cosificado que lo anula, que lo pinta a su medida y que ciega para actuar y vivir en el juego proteico en que consiste la vida. Se da entonces un vacío que es esclavitud, esclavitud a formas detenidas de su devenir que producen un falso movimiento de reproducción de lo mismo. Sólo logran, en su impotencia, repetirse, habiendo perdido su contacto con el caosmos de lo cultural en su vínculo con la vida y con lo real. Y esto se da, desde una interpretación freudiana, como gigantesco y colectivo mecanismo de defensa. Por eso, el diagnóstico de Sáez implica, como él mismo tanto insiste en varios foros, que el malestar no se resuelve desde lo político o lo económico, sino que precisa que apuntemos al subsuelo de lo cultural donde se proyecta lo ontológico.

Justo en este alejamiento de lo cultural respecto a su origen basal consiste la ilusión de que hablaba, la de una libertad que oculta la profunda falta de libertad para decidir, como proclamaba Nietzsche, la propia vida. Una ausencia de salida, de futuro, de movimiento real en el modo de ser que significa la cultura. Un vacío, por la desconexión con la dynamis de la vida, que ha de llenarse con la esclavitud o condena a la repetición. Ya no hay diferencia ni tensiones diferenciales, sino una nueva linealidad o reduplicación de lo dado que no abandona lo dado. Lo diferencial se sustituye por lo reproductivo. Es con este fenómeno cultural y social que yo asociaba esa frenética propensión de la actual pedagogía y didáctica por la innovación. Una innovación que, si se estudia desde esta perspectiva en sus manifestaciones y ejemplos concretos podríamos verlo y entenderlo mejor, consiste en la mera acumulación cuantitativa que no se autotrasciende (ha perdido su ímpetu, diríamos) y que por tanto no cambia, no es capaz de evadir realmente lo dado, en lo que sería una innovación en lo cualitativo.

Me gustaría que esto pudiera señalarse, en el análisis concreto de cada movimiento innovador cuantitativo, su vacío, su carencia de vida y su complicidad con un thanatos consistente en la doblegación de la vida al pensamiento fosilizado y autocomplacientemente incapaz de trascenderse. Algo que yo he estudiado y relacionado, en algunos trabajos publicados, con la transformación de la razón, señalada por Horkheimer y Adorno, en razón técnica e instrumental, en razón estratégica, que desde el resentimiento, o reacción contra la exuberancia desafiante de la vida, trata de domeñarla. Sólo que, como bien señalaron estos autores inspirados en la misma idea freudiana, la vida se toma su venganza y son el propio hombre, la cultura y la sociedad, los que acaban rígidamente encarcelados en la sociedad administrada del imperio fatal de la burocracia que anula y absorbe todo lo que intenta escapar de ella. Es este imperio de la normativización y del control totalitario el que, decía al principio, estamos viviendo en la vorágine del cambio regulado que llaman innovación y calidad que amenaza con destruir lo que a mi juicio es la esencia del pensamiento, la ciencia y la educación, como he detallado y seguiré concretando en posts que están por venir en este blog.

Porque cuando hablamos de pensar, hablamos de algo que trasciende y desborda el corsé conceptual de las competencias. Por mucho que exista la innovación que se pretende “progresista” (la palabra ya lo dice todo, irónicamente) o crítica, o incluso competencias en “pensamiento crítico”, lo que se da con estas perspectivas es un absurdo oxímoron o paradoja. Ser crítico implica ir más allá de lo competencial que, por definición, alude a destrezas y habilidades para sobrevivir, desenvolverse o adaptarse a lo dado, sin que se pueda abandonar lo dado. Pensar, enseñaba Hannah Arendt, que es lo que hay que enseñar principalmente en las clases de los Grados en Educación, supone un momento de excentricidad por el que lo céntrico que es el mundo de la vida o lo cultural es visto como un “algo” ajeno. Lo que quiero resaltar es que pensar es casi sinónimo de extrañarse, para así ser capaz de visualizar lo que uno es. Es lo que faltó, decía Arendt, al nazi Eichmann, promotor y ejecutor intelectual del Holocausto, que siendo un ingeniero eficiente y un perfecto estratega, no fue capaz de preguntarse por lo que estaba haciendo. Al menos, indicó ella, polémicamente, esto fue evidente en el famoso juicio en Jerusalén que acabó con su condena a muerte. En realidad, son precisos, matiza Sáez en su libro a partir de lo que ya indicara en un nivel ontológico, con el ser, en su anterior obra Ser errático, dos movimientos en lo que llamamos pensar. El de lo céntrico, o fusión o vinculación con unos contenidos culturales, y, a partir de ellos, el de lo excéntrico, que es capaz de, como acabo de indicar, extrañarse de lo “natural” desnaturalizándolo. Es lo que llevo casi un año estudiando y escribiendo, en varios artículos de pronta publicación, en relación con el logos griego y que hoy nos sirve, a afectos muy prácticos, para el análisis y la crítica de la pedagogías de moda que son pedagogías asumidas como algo dado, justo por lo cual, es preciso y perentorio extrañarse de ellas.

Referencia bibliográfica:
Sáez, L. (2015). El ocaso de Occidente. Barcelona: Herder.

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