sábado, 5 de agosto de 2017

Una propuesta de Ética más allá de la Modernidad (primera parte)



Una propuesta de Ética más allá de la Modernidad (primera parte)
Marcos Santos Gómez

Hay distintos modos de replicar a Dostoievski, en su famosa afirmación, puesta en boca de Iván Karamazov en Los hermanos Karamazov, que más  o menos decía: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Para ello, es preciso insistir en la posibilidad de desarrollar éticas que traten de realizar valores, sin que ello suponga una sofística consagración de lo establecido por el mero hecho de su presencia fáctica en la sociedad o la apelación, como termina haciendo el propio Iván o algunos sofistas, a la ley del más fuerte imperante en el ciego mundo de la physis. Esto se puede intentar a partir de fundamentaciones que sin ser teológicas, acudan a otras vías de justificación racional. Desde cierto punto de vista, concretando este desafío, el esfuerzo estribaría en, si como algunos pensadores actuales no cristianos defienden, los valores del cristianismo pueden evitar que este mundo se torne un verdadero infierno, cómo apostar por ellos sin el recurso a una fundamentación ya sea metafísica o teológica (sin el recurso a la ontoteología, en palabras de Heidegger). En todo caso, se trata de tomarse muy en serio, como decía yo en posts recientes, la muerte de Dios anunciada por Nietzsche, pero sin que esto necesariamente suponga el establecimiento de un individualismo atroz de hombres tornados lobos para los propios hombres.

Podemos plantear que sí sea posible desarrollar una justificación de ciertos valores por distintas vías de tipo racional, pero que no involucren ni requieran el aval de un fundamento divino. Sin Dios, la razón puede también, por sí misma, avalar el desarrollo de normatividades, justificándolo desde lo procedimental o desde la necesidad de desarrollar las éticas a partir del reconocimiento de valores imprescindibles y básicos para que pueda existir la propia ética, como es el valor de la protección de la vida. Pero es posible, y lo digo sin haberme detenido en el análisis a fondo que haría falta realmente para afirmarlo, que tras los estilos de éticas derivados de la desteologización y el antropocentrismo propios de la modernidad, nos estemos aún moviendo en un paradigma fundamentalista que incorpora una concepción filosófica metafísica en la que, en cierta medida, todavía permanezca la sombra del Dios abatido. Se suele plantear que, en este sentido, “Dios” sí tiene que existir para que haya una ética y que, por tanto, tras la denominada postmodernidad se ha aniquilado la posibilidad de establecer una orientación acerca de lo bueno o lo malo, pues ya no se puede recurrir a identidades, relaciones causales, sustancias y, sobre todo, al alfa de un origen y el omega de una teleología, dentro de la concepción lineal de progreso o superación hegeliana propias de la modernidad.

Desde las filosofías que han intentado plantarse más allá del bien y del mal, una vez anunciara Nietzsche esta valiente y exteriorizante perspectiva del filosofar, se cuestiona que dentro de las concepciones o fundamentaciones fuertes de la ética que se rigen por un bien universal y absoluto erigido en norma, se haya eliminado lo que era un “Dios” para ellas. Dios, o una causa o fundamento para la trama metafísica, hacen falta cuando se plantea el mundo desde los elementos propios de dicha trama, que lo demanda y lo invoca aun como indefinida sombra. Cuando el mundo se torna una trama para el hombre, o mejor dicho, un todo representable, legaliforme, que funciona acumulativamente, sin saltos cualitativos ni mutar la manera de presentarse salvo en el modo de un incremento, es decir, sin alterar su modo de presentación y apariencia (aún más, su modo de ser) que se toman como forma dada de la realidad, explica, de nuevo el profesor Luis Sáez, la postulación de un origen que causa como derivado o desarrollo al propio mundo o el entramado ético, se antoja imprescindible. Estamos hablando de lo que la revolución científica de los siglos XVII y XVIII introdujo como el modo propio del ser y de presentarse el mundo, que podemos leer bellamente expuesto en Descartes.

Pues bien, lo que estamos intentando defender es la tesis de que hay ética posible tras el derrumbe de la modernidad y abandonando su cosmovisión. Para ello, hay que plantear los cambios, la dynamis específica de la physis donde se genera ese caos que deriva en órdenes que no son normativos como cambios cualitativos (y de ahí la dificultad de captar, para nuestras imaginaciones e inteligencias impregnadas de la metafísica tradicional, desde el platonismo hasta la mencionada Revolución científica, que mira el mundo desde la “norma” o la categoría). Es decir, la realidad es pura forma sin sustancia, que se rehace desde sí misma en un tenso trascender inmanente que no podemos entender tampoco, so pena de incurrir de nuevo en la mirada platonizante, como una aspiración a lo ultramundano. El ser es mundo y se manifiesta en el propio aparecer del mundo, abandonando, pues, toda comprensión dualista.

Dejando aparte, como estará notando algún lector, la corrección que la modernidad hace de sí misma en la denominada reilustración de Habermas o Apel, que no vamos a comentar en estos momentos, retornamos a alguien que, por cierto, sí lo ha hecho muy bien, aunque para seguirlo por otros derroteros. Se trata, una vez más y siguiendo el hilo de su último libro El ocaso de Occidente, del profesor Luis Sáez. Retomemos ahora lo dicho en el post anterior en torno a lo que el mundo es en su “naturaleza”, como océano de fuerzas que son en cuanto que se diferencian pero que, en esa misma tensión de su separatidad, forjan siempre provisionales dibujos y niveles obedeciendo sólo a su ir allende de sí, por el que son, y que no obedece a modelos, normas, ideas o sustancias. Una imagen que nace del esfuerzo por captar la esencia de lo real en su devenir de un modo cualitativo, a diferencia del estilo moderno o metafísico, como pura transformación desde sí que crea épocas y civilizaciones, en todo caso, que son finitudes desde los que se generan los movimientos o figuras propios de una época pero como puro movimiento, desde una cierta cadencia improvisada, sin constituirse en moldes. En algún momento creo recordar que Sáez alude al elocuente ejemplo del jazz en su curso improvisado. A menudo, por cierto, la música parece explicar mejor la realidad que las palabras, pero este es otro tema.

La crítica a esta posición que pretende situarse más allá de la metafísica, o en lo que Nietzsche denominaba “más allá del bien y del mal”, que podría formularse desde el punto de vista de la ética, volvamos a repetir, es que no daría pie a ninguna orientación clara para el ethos del hombre. Esto parecería justificar la tan cacareada acusación a las filosofías catalogadas como “postmodernas” de que se está propiciando el relativismo ético por el que no es posible sopesar y comparar, juzgándolas, civilizaciones o modos de vida o cultura.

El profesor Sáez, precisemos para evitar una peligrosa interpretación de su “ontología crítica” caosmica que él mismo desmiente en su obra, no está propiciando lo que sería justamente una visión profundamente contraria a lo que expone, como es la de la constitución del mundo de los hombres como una suerte de coexistencia de naciones o culturas sustantivizadas que son porque se dan la espalda, en la medida que no son el otro, en las distintas formas de separatismo ideológico que pueden existir. Es decir, su filosofía de la separatidad y diferencialidad de lo real lo que verdaderamente implica es que el hombre vive y se desarrolla en el intersticio de lo real, en las grietas, que se forman por el movimiento centrípeto y a la vez centrífugo que caracteriza al ser y a la dimensión vital. El ser no es, para él, y recordando acaso la visión heideggeriana, una cosa definible y concebible, que es lo que Heidegger siguiendo la terminología escolástica llamó “ente”, algo que emula el carácter sustantivo de las cosas, que fundamenta y causa, vinculándose de un modo externo (cual eidos platónico o como la causa primera de Aristóteles) como acoplamiento o por participación, en los entes que lo poseen, estando en ellos, repito, sustentando una identidad; sino que el ser es errático, o sea, puro dinamismo sin orden preestablecido que tiende a expandirse desde un centro hacia allende.

Todo orden con el que organizamos lo real ha de ser posterior al ser y, de algún modo, no perder tampoco el carácter fluido, proteico y tentacular del propio ser si quiere captarlo hasta cierto punto. Esto contradice la tendencia, que en forma de inercias (las inercias son ya fuerzas doblegadas en los habitus sociales cuando éstos no incorporan tensión ex - céntrica) nos lastran hacia lo sólido, tanto en la percepción del mundo como en su comprensión o incluso en el modo de ubicarnos en el mundo como habitantes de una cultura. Pero estas limitaciones que restringen y encorsetan el flujo de lo real son ficticias. La dolorosa lucidez estriba, creo, en ser capaz de asumir, al modo nietzscheano, lo desfondado de estos “fondos” o centros culturales, como diversas corrientes contemporáneas de la filosofía han mostrado, y la necesidad de contrarrestarlos con la tensión exteriorizante capaz de relativizarlos. Desde esta perspectiva filosófica, pues, lo que se da es un modo de no absolutizar el propio universo cultural, que es, a su vez, consecuencia del primero de los “mandatos” de esta ética que no puede cristalizar sino como deber de proteger aquello que hace posible a la ética. Es decir, la vida, pero la vida no doblegada, para que sea vida fruitiva y floreciente. Un primer “mandato”, hasta cierto punto semejante al que orienta la reflexión ética en Dussel, que será corregido por un segundo “mandato” que en su momento vamos a explicar, en el post que constituirá la segunda parte del presente escrito.

Como yo me permito en este entorno de la divulgación ser bastante menos preciso, esmerado y riguroso que el profesor Sáez, me arrogo el ominoso derecho de, incoherentemente, ubicar esta mirada caosmótica y antimetafísica que él presenta bajo la etiqueta de un “anarquismo” teórico que, y aquí es donde voy, posee una vertiente práctica y ética, como otra cara de la misma moneda no como fundamento, por supuesto. Porque, siguiendo a Deleuze, que en gran medida expusiera una imagen semejante de lo real y del ser, y cuya difícil lectura en profundidad tengo aún pendiente, nos podíamos quedar con una ética consistente en el desbloqueo del bloqueo vital que puede darse en las civilizaciones. De hecho, de este ocaso o pavoroso bloqueo actual de nuestra civilización es de lo que principalmente quiere hablar el libro de Luis Sáez. Un bloqueo que no supone ni “degeneración” ni un “curso” en esto que llamamos nuestra civilización occidental, como debería ya ir quedando claro.

Lo que ocurre en el momento actual de Occidente es que hemos dejado de respetar a la vida o, mejor dicho, la tememos, siguiendo el diagnóstico de Nietzsche y reinterpretando el de Freud. Ha habido un complejo mecanismo de reacción y resentimiento contra nuestro propio ser como proteico devenir a nivel colectivo, se ha ido creando e invocando o materializando ese miedo atávico del hombre, en su desnudez e inteligencia, ante la exuberante y amenazadora naturaleza que le recuerda su soledad y desfundamentación, que le roba sus seguridades y que se opone a los anhelos de construir tramas en el universo. El hombre se ha revelado incapaz de pensarse, es decir, de contemplarse y de escuchar el demoledor silencio que impugna muchos de sus deseos y que calla ante sus mayores preguntas. Quizás, interpreta el que escribe estas líneas, se ha dado un gigantesco miedo a la libertad, en las bellas palabras de Erich Fromm, en el mismo Occidente que se situó en la encrucijada llena de bifurcaciones de la mera existencia solitaria del hombre, que quiso desnudarse de mitos para verse en su desnudez, en el momento que inventó el juego del pensar exteriorizante. Aunque el mito, recordemos, siempre retorna, incluso dentro de la tradición filosófica, en la forma de veneración y enamoramiento por la “Verdad” que he descrito e incluso ensalzado en posts anteriores.

Una civilización, según Luis Sáez, no sigue ningún curso o cauce, ni por tanto, deriva, crece o decrece como creía Spengler. Sáez no está refiriéndose a una decadencia de lo que llamamos Occidente. Sino que el ocaso del que escribe consiste en el pathos de un cierto miedo a la libertad y a la propia vida que la normativiza y judicializa nomológicamente dejándonos ciegos para nuestro propio humus, ajenos al dinamismo proteico tanto de la vida como del ser. Una cosificación dada en la cultura y la sociedad para olvidar el vacío originado por esta temerosa desconexión con lo caótico basal (llamado también por Sáez natura naturans, empleando el participio latino de presente activo que infunde la idea de creación, el movimiento del puro acto creativo anterior a cualquier resultado, lo que se señalaría, en este segundo caso, con el participio de pasado pasivo natura naturara), para no ver lo insoportable. Este horror vacui conduce a lanzarse en brazos de un cosmos de normas y leyes, un nomos, que lo llenan ilusoriamente tratando de generar seguridades que sin embargo se vengan de nosotros, al modo en que según Freud operan las represiones.

Nos fabricamos una esclavitud para eludir el vacío de un mundo desprovisto de vida ante el miedo a tener que hacernos propios del modo de ser que llamamos “hombre”. La forma de ser inteligente del hombre acarreó este tener que hacerse. Así que es el desbloqueo, decíamos, de la vida, en su proteica dinamicidad, su fluidificación, lo que constituye el papel de una ética. Una suerte de ética deleuziana de claras reminiscencias nietzscheanas y que nos conmina, en nombre de una salud no normativa, es decir, no basada en una norma acerca de lo sano o lo bueno, a dejarnos ser. Una salud más allá del modelo médico de lo sano y de lo enfermo en función de patrones. Ten el valor de vivir, podríamos indicar que sería su mandato; y el valor afirmado en el ejercicio de una vida ética, sería la propia vida, retornando a ella, como dimensión imprescindible que daría su norte y su sentido como fluidificación a una “moral” carente de sentidos metafísicos.

En especial en las páginas postreras de su libro, el profesor Sáez especifica, con gran acierto, la figura concreta de estos dinamismos con los que la cultura occidental, en su ocaso, oculta todo auténtico dinamismo, desde la conversión de lo cualitativo en cuantitativo. A nosotros, desde el objetivo de este blog, nos interesa destacar y lo desarrollaremos en posts posteriores, sus “efectos” o fenomenología en el ámbito de lo educativo. Aunque nos podemos preguntar ahora, por lo pronto: ¿Es posible una pedagogía que fluidifique y retorne al ocultado modo de ser del hombre en relación con su dimensión vital? ¿Está condenada la pedagogía a ser consecuencia del proceso de normativización de la cultura cuyo inicio ya hemos visto en la antigua Grecia y que ha producido una escuela que en otros escritos publicados hace bastantes años por mí había yo denominado “muerta”? ¿Puede la escuela desde la fosilización que la ha creado superar dicha fosilización y retornar a un carácter vivo de la cultura que transmite? ¿Es solamente posible en ella el tipo de innovación actual que de un modo compulsivo y ciego olvida que lo propio del hombre y de la cultura es tantear en modos de ser, es decir, en “innovaciones” cualitativas que desafíen y nos conduzcan a la sana mirada exteriorizante capaz de impugnar lo dado en la medida en que lo dado nos enferma? Y retornando a un viejo tema, que como un relámpago vuelve ahora pero que en realidad ha estado siempre presente en todo lo que he escrito: ¿es la tolerancia, cuando resulta auténtica, en todas sus manifestaciones, tolerancia a la vida y, por ende, la intolerancia, como ya apuntaba hace muchos años, intolerancia al carácter proteico y desafiante de la propia vida? Y por último, aludiendo a otro campo de mis investigaciones: ¿Es posible entender los valores e incluso la justificación del carácter “universal” de algunos en relación con esta fluidificación/ocultamiento de lo vital en la civilización recuperando un “tratamiento” nietzscheano de lo que significa valorar como afirmación de modos de ser?

Estos interrogantes serán abordados más adelante, aunque primero, en el próximo post que será la segunda parte del presente, habremos de referirnos a un segundo “mandato” de esta ética “post  moderna”, por poner una etiqueta un tanto absurda, que corregirá un problema que acarrearía el que solamente nos quedáramos con este primer momento o mandato y que el profesor Luis Sáez subraya y detecta en la “ética” deleuziana.  

Bibliografía citada y utilizada:
Sáez, L. (2015). El ocaso de Occidente. Barcelona: Herder.

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