viernes, 13 de octubre de 2017

Filosofar es prepararse para la muerte, dicen.



Filosofar es prepararse para la muerte, dicen.
Marcos Santos Gómez

El hombre apenas tiene posibilidades de lograr una auténtica dignidad, aunque de distintas formas se presuponga esencialmente digno o incluso lo fundamente racionalmente. Pero yo diría que lograr esa dignidad es al tiempo que lo más excelso, algo que no está dado de antemano y que el hombre debe forjarse. Para explicarme, necesito dar un pequeño rodeo en torno a dos conceptos involucrados con la existencia humana, con toda biografía, y que, contra lo que parece, no aluden solamente a lo religioso, es decir, no tienen una única relación con la adscripción personal y libre a un determinado credo religioso. Los conceptos son fe y creencia. Y son importantes en la medida en que en ellos nos jugamos el muy precario e infundado sentido que podemos otorgarle (pues no existe a priori ni obedece a un plan preestablecido) a una vida concreta. No me voy a extender mucho. Realmente no tengo ganas de escribir y quizás no sea exhaustivo en mi presentación y en las necesarias argumentaciones. Estoy cansado.

Mi tesis es que una vida humana plena, realizada, solo puede adivinarse si se ha logrado o no tras la muerte (aunque el sujeto involucrado ya lo anticipe, y aquí voy, en sus últimos instantes o años de vida, si puede ser consciente de ello). Pero resulta que tampoco quiere esto decir que deban juzgarlo los demás. Porque si permanece algún sentido póstumo es solamente vivo y como reverberación del difunto en las vidas de quienes continúan unos años más en el mundo después de él. El que muere no puede aspirar a hallarlo después de su muerte porque, contra lo que digan sus creencias (no fe), no hay más mundo ni vida que estos. Me remito a lo más evidente. Nadie ha vuelto después de morir ni nadie puede imaginar seriamente una vida sin cuerpo, sin tiempo y fuera de la historia y la inmanencia. Para mí, como para Albert Camus, no merece la pena sacrificar mucha energía en demostrar lo contrario. El platonismo es a veces un recurso o postulado tan necesario y razonable como bello, aunque falso. La integración de esta idea que acabo de expresar en una sola frase, sobre el platonismo, por cierto, la tensión latente en ella, es la clave de la literatura de mi querido Borges, pero este es otro asunto.

Además, la clave de la vida realizada o plena, o digna, es lo que llamo “fe”, que puede tener o no una connotación relacionada con la religión. La fe, hay que precisar cuidadosamente, no es lo propio del fanático, sino la creencia. La fe desnuda no es más que la afirmación que se hace con la propia muerte y con la vida, al modo de apuesta (¡Ay, Pascal!) de un modo de ser, o dicho en otros términos, de un valor concreto, de unos contenidos vitales, hallados y heredados en la historia (familiar, cultural, personal) del viviente o muriente (que viene a ser lo mismo, por cierto, pues la vida lúcida es siempre agonía, según parece que escribía Heidegger). Esto implica una suerte de tozudez socrática que estriba en no echarse atrás si uno asiente, racionalmente, acerca de su modo de vida como excelso. Ser excelso es lo que los antiguos llamaban practicar la excelencia, virtud o areté, aunque los sentidos de estos términos han ido modificándose a menudo. Digamos que significa, en lo que ahora estoy diciendo, que entendemos que hay algo en el mundo que puede merecer la eternidad, una eternidad que, abandonado, como hemos dicho, todo conato de platonismo, ya inscritos en la muerte de Dios o pérdida de todo fundamento metafísico que sugiera que el mundo en su contingencia es porque se apoya en algo aparte y necesario, bien sea creencia racional (a la que se llega por la reflexión filosófica) o religiosa (imágenes que se adhieren a una determinada fe y a su fundamento: Dios), una vez, digo, inscritos en la muerte de Dios nietzscheana (y no estarlo significa no estar a la altura de los tiempos actuales, sus logros y posibilidades), hablamos de una eternidad mundana, contingente y temporal. Una suerte de eternidad en el tiempo, pues nada puede salirse del mismo. Esta eternidad, a menudo solitaria, es la que realiza, decía este pasado verano en alguna entrada, el mártir. Un mártir, o testigo, es quien expresa o da testimonio de una fe, es decir, quien con su vida y con su muerte, hasta el final, expresa una excelencia o ideal de vida. De lo que hablamos ahora, pues, es de regir la propia vida por un ideal que, siguiendo de nuevo una estela nietzscheana, afirme a la propia vida, le imprima exuberancia y vitalidad, en lugar de negarla. Una suerte de martirio de vida que nada tiene que ver con la exaltación de la muerte y del sufrimiento en cuanto tales o, peor aun, el pathos del asesino que sacrifica la vida de otros por su creencia, que no fe.

La creencia, por tanto, es lo que se ha llamado “imágenes de Dios” que como bien cuestionara Feuerbach, quien a juicio del teólogo Küng fuera quien elaborara la mejor teoría atea, son proyecciones con las que el hombre tiñe un cierto ideal porque es ideal situado, platónicamente, en un imposible lugar ultramundano. Es lógico que así, fuera de la inmanencia, operen las fantasías y los deseos humanos que construirían algo que por definición y sentido común no existe.

De manera que en esta actual oscilación de eso que llamamos “persona”, exenta de las viejas seguridades, y si continuamos la senda de los tiempos valientemente, que no significa adscribirse a una moda tan solo, sino a un cierto final de la historia y del pensamiento que ha llegado o vuelto a la lucidez expresada por Nietszche  o Foucault, la de una auténtica Ilustración capaz de comprender el propio origen de su “verdad” y entenderla o buscarla por las vías de una crítica del conocimiento (el conócete a ti mismo de Delfos) o del cuidado de sí (una afirmación de la verdad en cuanto lo que “fabrica” un modo de vida y de hacerse el propio sujeto, es decir, la verdad como lo que el sujeto postula para hacerse desde sí o desde lo que el poder externo crea también al sujeto). Me refiero a un pensamiento capaz de situarse más allá de Descartes, en el lugar de la confusión y la remodificación del sujeto y el objeto, de quien piensa y lo pensado. Hasta ahora yo he visto este movimiento no solo en el actual momento de la filosofía y la cultura, sino en los albores helénicos de la civilización que dieron origen a nuestro actual modo de ser, lo que se dio en llamar “Occidente” aunque somos reacios a emplear un término que injustamente puede ser tachado de etnocéntrico. No obstante, una de las crisis actuales también estriba, en relación con lo que estamos señalando, en un desfondamiento del sujeto y del mundo, y diría que del propio Occidente que era ya preexistente en los mitos que lo antecedieron, como tanto se ha señalado y escrito.

Pues precisamente, el momento actual, y contra lo que se dice, no es la fácil e irresponsable asunción relativista de creencias, en plural, o relatos, sino su destrucción. La clave es que las creencias, en la lucidez actual, no pueden regir ya nuestras vidas y que si algo ha de regirlas es lo que estoy llamando “fe”. Volviendo a ello, la fe es simple y llanamente una fidelidad, o voluntad de insertarse en un cierto linaje, lo cual parece una vuelta al mito, y es cierto. Al mito o a la vida ya abordada estéticamente, como punto último de la razón. Hay que fabricar la vida personal, lo cual, en realidad, siempre se ha hecho y ha sido así, como muestran los estudios de Foucault, sobre todo del último Foucault, en un sentido estético, es decir, de darle una forma, de constituir la propia verdad y la propia sustancia que uno quiere y elige ser (esta libre elección es la manera actual de ser, como Foucault, ilustrado). Y esta libre elección se hace, como se halla implícito en la Filosofía de la historia de Kant y su conocido opúsculo sobre la Ilustración, en la profundización en la propia historia y la visualización de los “tutores” o fundamentos que hasta el momento nos han hecho. La Ilustración es atreverse a pensar, por primera vez, sin ellos o avanzar en un pensar que los relativice o incluso desintegre. Así que lo que hace falta para pensar es, no tanto inteligencia, dice Kant en la interpretación de Foucault que a su vez yo también estoy interpretando, sino valentía. Pensar es agarrar el toro de la historia, o sea, de lo que uno es o puede ser, por los cuernos, y por tanto, no comienza como una negación de la historia, sino como su afirmación precisamente y la profundización en la misma. Estamos, de nuevo, como al comienzo de este breve escrito, en los más estrictos términos nietzscheanos de la inmanencia. Porque, por cierto, ni podemos, ni queremos, ni debemos estar en ningún otro sitio fantasmagórico que tan solo han servido para dominar.

Es este estar en la realidad el que, paradójicamente, y vuelvo a mi tesis, nos proporciona esa forma de eternidad o excelencia no exentas de la contingencia y la precariedad del modo mundano de existencia que nos es propio. Pero es cierto que, como señalaba este verano en alguna otra entrada, la excelencia requiere que incorporemos una tensión o locura a nuestro ethos, a nuestro comportamiento, al dibujo que somos, al sujeto que creemos o postulamos ser. Esta tensión es la que creamos al pretender continuar en un horizonte todavía no realizado pero posible, lo que hemos afirmado con nuestra vida. Por eso, morir dignamente, hallar la dignidad tanto en la vida como en la muerte, suponen lo que hablando con un amigo llamaba “ser cabezón” (¡vaya coloquialismo!!), o sea, empeñarse en morir o vivir siempre siendo aquello que se es, en el sentido no sustancialista ni platónico ni aristotélico que estamos indicando. Ser es querer ser de un modo determinado, como Don Quijote, pagando el precio que haga falta y en la resistencia a las fuerzas que nos pueden conducir a traicionar flagrantemente dicho ideal de realización. Ser es, como supo el gran Séneca y toda la escuela estoica, resistir. En los términos de la pedagogía, disciplina a la que pertenezco y en la que me muevo profesional e intelectualmente, esto quiere decir que la educación no es tanto una paideia, sino una contra paideia, o sea, el esfuerzo por cuestionar, sopesar y elegir si nos gusta y queremos o no el proyecto de vida humana en que hemos sido educados. Claro que esto es más complejo. Puede significar que nos oponemos a unos determinados valores imperantes, pero elegimos otros que afirman y continúan un determinado linaje, que se escoge y cuyo valor se realiza libremente. La Ilustración o la lucidez, tan dolorosas ciertamente, no consiste pues en la mera rebeldía, sino todo lo contrario. El rebelde o fanático es un creyente, mientras que insisto en que estoy hablando de fe o fidelidad (fidelitas). Ese modo de salvar precariamente a los que nos anteceden, o los que en un reciente soneto, he podido aludir como “la sangre de los inocentes”. Querer inscribirse en este linaje, en esta nobleza humilde, silenciosa e ingrata, puede ser un proyecto de vida y un producto tanto del arte como de la razón.

Básicamente, esto era lo que quería decir. Después hay matices en los que uno anda definiéndose. Por ejemplo, la paradoja de que la más cristiana de las vidas y de las muertes (por hablar, ahora sí, de una fe religiosa particular) sea la que rompe con la creencia cristiana, de manera madura, lúcida, sincera, ejemplar y coherente. Esta paradoja, quizás sugerida por el  llamado por Rahner “cristianismo anónimo” (si ahora recuerdo bien el concepto) se da cuando justamente movida por una fe cristiana, la persona sabe lo que Jaspers señalara (leíamos en su libro este verano): el inasumible escándalo de que la gran mayoría de los cristianos viven vidas anticristianas, es decir, vidas que niegan su verdad. Es la apostólica defensa de esta verdad, precisamente, la que lleva a otros muchos a morir sin querer recibir, por ejemplo, los sacramentos. Esto es, a mi modo de ver, modélico, pues subraya una vida entera y le da una fuerte coherencia y fidelidad aun en los momentos en los que el miedo pudiera hacer flaquear las fuerzas. Lo que se pide, pues, es que el cristiano lo sea de verdad y el ateo, también, afirmando sobre todo un modo de ser, bien sea en la identificación con un linaje de inocentes antes que con los miedos, sinrazones y chantajes del presente. Así, en el silencio y la aparente negación (de la creencia, que no de la fe), puede morir una persona y aspirar a esa absurda e imposible eternidad de que su sangre se funda con la sangre de los mártires. Aquí está, en efecto, la verdadera fe. Los desaparecidos, los sin nombre, los excluidos, los muertos y santos que murieron en el más completo desconocimiento tras vidas cabales que los valores de un mundo anticristiano o la existencia miserable del horror o la enfermedad arruinó, la de una bondad sin glamour que cumplió el modelo ascético de los Padres y anacoretas de negarse a sí mismos para señalar algo más importante, algo excelso y grande a lo que apuntaron. Quizás, como tan bien estudió Foucault y parece evidente, esto ya no es la Antigüedad pagana y su construcción por ejemplo estoica de la subjetividad, sino la de los primeros pensadores cristianos, pero en cualquier caso es uno de los modos de hacerse y de ser que nuestro mundo parece haber preparado para nosotros, y para el cual ha sido preciso también preparar una cierta forma de verdad que, eso sí, sigue la estela griega, estoica y cínica, de la verdad como ethos, o del ethos como el lugar de la verdad.

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