martes, 2 de enero de 2018

Notas sobre el Quijote y la poesía (6) Conclusiones finales.



Notas sobre el Quijote y la poesía (6) Conclusiones finales

Marcos Santos Gómez



En el Quijote queda clara la conexión que Cervantes establece entre el universo de los ideales y de lo excelso, como lo hemos denominado anteriormente, y la realidad idealizada y sublimada por el arte, transformación ya operada en su tiempo. En el arte, en la literatura de la época, tanto culta como popular (hasta cierto punto los refranes de Sancho, por ejemplo) se daba con fuerza un mundo “desmundado”, es decir, paradójicamente fuera de lugar, pero que funcionaba como espejo deformador de lo “terrenal”. Un ultramundo seductor, no conceptual, sino imaginativo y poético. Sin embargo, el Quijote también señala la violenta e insuperable quiebra de este mundo ideal y la vida corriente, producto de la evolución histórica específica de Occidente. No sucede en la Europa del siglo XVII como en los pueblos que viven sin fisuras en el mito, sino que, en el occidente heredero de la razón griega, existe desde su origen un desdoblamiento entre la vida “corriente” y la vida “excelsa”. Seguramente algo paralelo a los distintos modos de distanciamiento entre clases sociales y la búsqueda de la distinción dentro de la sociedad y su expresión poética, es decir, la cultura. En el imperio del mito, cuando rige él solo la totalidad social, se da la amalgama por la que se puede vivir una vida exultante acá, en una dimensión real que el hombre pinta y ensalza, extrayendo de ella los “espíritus”, pero de la que no puede escapar. Una paradójica trascendencia inserta en la vida que, no obstante, es también cierre y acabamiento del mundo. Quizás un contacto duradero y constante, acaso frenético, con otras lenguas y pueblos fuera capaz, como en gran medida lo fue en oriente medio y sobre todo en Grecia, de exorcizar estos demonios y ejercer una función liberadora, racionalizante, que engrasara las ruedas de la cultura.

El Quijote es un hito que en nuestra civilización responde a la nostalgia por un mundo embellecido en el que se pueda vivir en compañía de los dioses. Lo que la obra viene a mostrar es que esto es imposible y que dicho embellecimiento, el contacto con lo excelso, ahora debe ser conquistado, como la libertad, y no está exento de problematicidad. No todos los hombres ya funcionan, en este sentido, al unísono y los proyectos de vida a menudo pueden perderse en distintas direcciones. La figura de don Quijote seduce, sin que sepamos lo que realmente Cervantes pensaba de ella, por su querer vincularse con una realidad exaltada, sublime, en la que en nuestro discurrir nos topásemos con los ideales. Los ideales son valores o modelos ejemplares de vida buena, que tratan de justificar la existencia del hombre y tornarla semidivina. En nuestro mundo, para que funcionen así, han de ser en gran medida producto de una elección, de una cierta voluntad que los detecta, los quiere y los busca, independientemente de la presencia que lo educativo haya tenido en la adquisición infantil de los mismos y de su obvia potencia para producirlos. Hay un momento, y sobre todo motivado por el conflicto con una sociedad que hipócritamente, de hecho, les da la espalda, en que el sujeto tiene que decidir si los quiere, implicándose por entero, en su ser, en ellos. Por tanto, hay un momento más allá de la simple adquisición educativa, en el sentido de la educación no reflexiva ni crítica, que sí alcanza hasta un espacio y posibilidad de la autocrítica de la propia paideia.

Don Quijote parte al encuentro con su mundo, con el paisaje, para poner a prueba dichos ideales, en el ejercicio de una vida plena. Los quiere sin pacto alguno con el mundo, se halla tanto iluminado como cegado por ellos. Y el paisaje responde, no los hombres, porque acaso dichos valores tengan más que ver con algo tan esencial y al mismo tiempo tan perdido que solo puede palparse en el mundo silencioso, en la austeridad del clima y la vida a cielo descubierto, en el trato con bosques, meseta, lagunas, serranías o con el caudaloso río Ebro y, no digamos, la luminosa playa de Barcelona en un tiempo en que el mar, incluso el Mediterráneo era aún una suerte de bellísimo monstruo no del todo domeñado a pesar de los descubrimientos. Así lo ve, por ejemplo, Sancho, como algo sobrehumano que le asusta, porque siente que no es del todo para el hombre, que manifiesta el desbordamiento de su propio ser, su abisal sobreabundancia.

La naturaleza y el viaje del hombre tenían entonces un tiempo mucho más sosegado, ambos en contacto estrecho, pues el hombre viajaba a la espera casi de lo que el paisaje, la atmósfera y el clima (alegremente primaveral y el sofoco veraniego) le iban proporcionando. Había algo todavía primario, se marchaba sin grandes prisas, trabajosamente, andando o sobre bestias que tenían su tiempo y necesidades biológicas (no eran máquinas) y se hacía, de hecho, como la humanidad, o en el viejo mundo al menos, se venía haciendo desde hacía milenios. El Quijote transmite muy bien esta sensación y el lector acaba marchando también al paso de hombres y animales, estando como ellos a la espera tranquila, en un paseo contemplativo. En aquel paisaje en gran parte deshabitado, el hombre afloraba a veces como otros viajeros sofocados, inmersos en la lentitud de su desplazamiento, en la escasa orientación, en lo precario de los caminos, a expensas del hambre y el sueño, de la solitaria y terrible oscuridad de la noche en aquella época. Incluso en la tecnología, había un contacto con el medio, un factor natural, que la ligaba con el entorno y que hoy también hemos perdido.

Por todo esto, en cierto modo, el Quijote son sus paisajes, sus rutas. Porque eso era lo que buscaba un caballero andante, una suerte de retorno a la vieja escucha que quizás, podemos imaginar, el hombre primitivo llevaba a cabo inmerso en el tiempo y los ciclos de la naturaleza. De ella extrae, implícitamente, sin que Cervantes lo diga así, don Quijote gran parte de su fuerza. Es como si el caballero andante buscara el espacio de sus sueños, donde invocarlos, que había de ser bajo el cielo abierto y caminando sin un destino claro, dejando transcurrir el ciclo natural, el lenguaje de plantas, animales y minerales y, en definitiva, el propio tiempo (la temporalidad) que se tornaba música, la música inaudible por los hombres pero que en la filosofía neoplatónica de aquel momento se postulaba y se presentía en el más profundo silencio, en el más profundo estar en camino.

Sale, pues, don Quijote a buscar algo perdido. Pero por muy deseable que lo estamos pintando, su propuesta estaba llena de riesgos. Para empezar, su sobrehumano querer ser lo que debe ser, por encima de su cuerpo débil y cansando, de lo flaco de su rocín, de lo prosaico del escudero y, sobre todo, del resto de los hombres, era una empresa que llevaba implícito el fracaso. Su proyecto de vida que quiere retornar a la exultante vida heroica de otros tiempos, ensalza su vida, pero lo condena. Como decíamos en el post anterior, don Quijote vive en una brutal soledad, en el aislamiento de verse como una isla rodeado de una inundación descomunal, que amenaza por doquier, que le reta a dejar su aventura, que refuta sus “teorías”. Es loco lúcido porque nadie ha sido más lúcido y consciente que él a la hora de a fuerza de voluntad decidir su vida. Pero su vida nueva tropieza con lo que se resiste a morir. Emprende, pues, un duelo con la realidad, y el Quijote viene a señalar algunos nexos entre ambos mundos, el modo en que calladamente, el arte sí está más vivo y presente aquí de lo que creemos.

Su elevado proyecto de vida, además, parece tirar de su antítesis: Sancho. Un hombre que sentimos mucho mejor dibujado y más cercano porque se corresponde con el extremo donde generalmente nos situamos. Se trata de la vida sin superación, sin trascenderse, sin horizontes, que genialmente, ya casi al final de la novela, en un diálogo entre ambos, don Quijote describe también como sueño, en su escudero, pero un sueño que es oscuridad, opacidad y el agradable olvido y sopor, incluso muerte, que Sancho alegremente confiesa que es su ideal. Sancho vive como hundido en la tierra, aunque peca, como su amo, de una proverbial inocencia. La inocencia de decir exactamente lo que piensa, la de una especie de guardián de la verdad incapaz de mentir. Así, se expresa como lo que es, y vemos que su mundo es también, para nosotros, ameno y apetecible. Pero fracasa en su intento de lograrlo. Siente poco a poco algo excelso sobre sí, personificado en el caballero al que sirve y sigue, pero no acaba de vislumbrarlo. Simplemente acaba aceptando que está ahí. Sus anhelos son más comunes, pues son los anhelos de hoy, los anhelos de los hombres apegados a su suelo. Gobierna bien su ínsula, aplicando una justicia sincera, sin dobleces, a partir del pensamiento reflejado por los refranes y los chascarrillos populares y un hondo sentido de la justicia. Su buen gobierno se basa, por tanto, en su inocencia, en la fe que tiene en la justicia heredada por los hombres en los cuentos, en el saber más práctico. Pero su espíritu práctico acaba ahí. Tampoco es capaz, como el amo, de mirar bien y percatarse de la trampa mezquina de los duques.

Sólo una broma podía darle, en la novela, su deseado gobierno a Sancho. Una broma que se prolonga a todas luces excesiva, cruel, desmesurada y vergonzosa. Leyendo el Quijote se llega a sentir lo soez del ensañamiento de los duques. Los duques, miembros de la clase social que era aquella aristocracia que encarnó siglos atrás lo excelso, protagonista de los sueños épicos y los mitos de sus admirados siervos, expresa la mentira de todo aquello. Nunca hubo caballeros andantes, ni los habrá. No saberlo fue la locura que don Quijote confiesa, en las puertas de la muerte, haber tenido. Nunca el fuego del que se alimentaba incendió realmente el mundo de los hombres. Sólo eran quimeras.

La fina ironía del narrador contrasta con la gracia burda y desquiciada de los duques. Su farsa llega a ser cada vez más vergonzosa. Carecen por completo de inocencia y viven en la distancia social, de dicha distancia y privilegios, pero sin fe en su propia ideología. Un modo,  también, muy civilizatorio, occidental si se quiere, de vivir lo aristocrático, porque presupone la ya mencionada fisura llevada a cabo por el pensamiento en el mito. Los duques son plenamente conscientes de su juego, de lo que hacen, pero se ríen, sin saberlo, de ellos mismos, pues su juego desmesurado, su vida de placer y comodidad, los sitúa en un nivel de imbecilidad aun peor, y ya sin dignidad ninguna.

Así, el Quijote se va manifestando también como un juego que consiste en mostrar el lugar de los ideales en la vida y en el pensamiento de los hombres, tras la quiebra entre la razón y el mito. Hoy esto lo entendemos mejor como el vivir en la permanente conexión, mostrándola, de lo humano con lo excelso, conexión que acaba derivando en la disolución del “mediador” que lo señala, aniquilado y pulverizado por la rosa que quiere mostrar, con el fuego que se atreve a traer, como Prometeo, al mundo. Además de este cierto aniquilamiento del yo, o plena inmersión de este en el mucho mayor caudal de su ser donde habita lo excelso, donde se realiza idealmente (en el modelo de vida distanciada del Quijote), traer el cielo a la tierra no funciona ni gusta a la mayoría de los hombres. La inocencia y credulidad del caballero es duramente castigada y choca con la realidad de los hombres (no con la grandeza del paisaje y de la propia existencia como tal), con lo que los hombres han construido. Los hombres que tratan con don Quijote han dado la espalda a lo que él viene a traer de nuevo. Su artístico y ético embellecimiento de la realidad no es comprendido más que en los libros. La vida no puede ser ya una pintura lúcida y libre del propio modo de ser. Occidente es, en este sentido, inercial, rastrero, porque además se sabe rastrero, no como ese otro inocente que anda por los suelos que es Sancho Panza, tan entrañable y adorable como su amo. Se ha perdido justo aquello que más caracteriza a la pareja: la verdad, el afán de ser auténtico, de reflejar o encarnar la verdad que se profesa ya solamente, exiliada del mundo, en las obras de arte, en la literatura. Así, para los hombres, el ámbito donde están verdaderamente, es un ámbito a medias entre la tierra y el cielo: el del “objeto” literario. Sólo que este, a su vez, deriva en otro laberinto donde resulta fácil perderse. Es la mentira donde ha de vivir, excomulgada, la verdad. Y es la atmósfera que durante años, en su provinciana aldea, solitario, ha ido respirando el viejo hidalgo Alonso Quijano, llamado, ya al final del libro, el Bueno. Su bondad estriba en querer, seriamente, lo bueno, en pretender resucitarlo, en, cual nuevo Prometeo de lo excelso, recuperarlo para los hombres y para la existencia.

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