La Universidad, lo humano y lo eterno.


La Universidad, lo humano y lo eterno. 

Marcos Santos Gómez


Lo que ancestrales bardos acumularan y rehicieran, al proferir sus versos crípticos y sombríos, o bien luminosos y terribles como el sol al que los druidas sacrificaban la quejumbrosa carne de los hombres; lo que constituía su sabiduría henchida de sagas y mitos con los que asir un breve pedazo de pan del cosmos inefable; lo que en hondos trances niños y adultos escucharan extasiados, los fuegos eternos, la voz sentenciosa de feroces divinidades; todo lo que, en definitiva, añadía más vida a la vida, más tiempo al tiempo, era memorizado y repetido por bárbaros que poblaban los hoy verdes prados de Irlanda (entonces negros bosques), paganos que albergaban en su memoria tres veces más de lo que puebla hoy nuestras cabezas. Todo aquello les habitaba como su propia carne, para que el extático oyente inmerso en el fatigoso rito pudiera simular que era mucho más que él mismo y que podía prolongarse en el tiempo. Todo habían de guardarlo como abriéndose las carnes, en sus propias vísceras. Y todo ello personificaba el esfuerzo por ser más, que todos los hombres de cualquier lugar y tiempo han emprendido como una honda compulsión. Ser más de lo que son sus vidas precarias.

Pero esta eternidad arañada en la sabiduría oral es hoy más poderosa y abismal en la palabra escrita. Es en el saber conservado como un incalculable tesoro en el cofre del texto escrito donde la humanidad se mira y acierta a vislumbrar, balbuciente, su nombre. Quizás los dioses que pueden salvarnos anden por ahí y no sean más que una sobreimpresión de formas de ser, de posibilidades, en las que lo humano, lo real, queda escrito, mientras los humanos singulares, los de carne y hueso, como los viejos bardos y druidas, morimos. Fue esta enseñanza, esta religión de la escritura, lo que iniciaron las letras en la disolución del tiempo. En ellas late la clave, proferida siglos o milenios antes de mi nacimiento por quienes sabían más de mí que yo mismo. Es en ese profundo pantano como un inmenso charco del negro betún que brota en los páramos y sierras de Oriente Medio, donde está, engarzada con los muertos, mi alma. Y es ahí donde la busco, donde la buscaré siempre, incansablemente. Donde más allá de mí mismo, en el inasible horizonte, me hallo.

La lengua española sugiere el desdoblamiento por el que una vida, en su mera permanencia animal, puede llegar a ser más que ella misma, sobredimensionándose como en una transformación interior. Así, todos “estamos”, en el sentido de que somos en la mansa placidez del estar ahí, de ubicarnos y enclavarnos en nuestro presente, en la inmediatez del instante. Pero eso nunca basta. Puede el hombre requerir antes “ser” que “estar”, y esto significa, siguiendo a Emilio Lledó (p. 37), “(…) la intuición de que la existencia humana radica en una transformación interior. Una transformación abstracta, teórica, hecha de un tejido casi inaprensible y que constituye, sin embargo, el sustento de la cultura” (p. 37). El hombre, pues, aspira antes a ser que a estar, a eternizarse antes que a dejarse cegar y deslumbrar por el intenso fuego del instante.

Es la toma de conciencia de esta extraña cualidad de la existencia humana, de prolongarse para ser más, cualitativamente, tomando conciencia de su temporalidad, lo que iniciara el milagroso nacimiento del logos griego. Una suerte de hacer consciente, meditado, mirado desde la distancia, lo que en sus trances sibilantes los oráculos proferidos por vírgenes posesas intentaban expresar.

Desde Grecia, la Grecia posthomérica, este proceso de “clarificación” fue organizado en ásperos rollos de papiro que comenzaron a poblar las bibliotecas. Un proceso, ciertamente, anterior, pues no inventaron los griegos la escritura, que anteriormente había existido en caracteres cuneiformes sobre tablillas de arcilla. Del mismo modo, tampoco inventaron la escuela como centro de aprendizaje de la escritura para funcionarios escribas. La escritura, en Oriente Medio, fue el medio donde poco a poco el hombre se fijaría, como en un soporte extraño a la balbuciente carne humana, como si se objetivara lo que otrora habitara en la viva lengua del chamán o el anciano. Sería la escritura el comienzo de este mundo ideal, o segundo mundo (o, más acorde con la terminología de los tiempos actuales, el mundo 2). Un mundo que acabaría en gran medida siendo más que sus propios creadores y que como un inmenso Golem portaría todo el sufrimiento en las letras del alfabeto que el engendro de barro, en la sinagoga, portaba impresas en su frente. Un mundo más real que el mundo originario y un mundo exclusivamente humano, como un paisaje donde solo nosotros, en todo el reino animal, andaríamos, y que permanece en su inmensidad invisible a los ojos del perro fiel al que echado junto a nosotros acariciamos. El mundo de los significados que el ser humano pare apenas con abrir la boca. El mundo del animal racional y político que lo es, ambas cosas, porque es antes animal semántico.

El hombre es, pues, lo que dice ser. Pronuncia su ser. Su existencia es hoy texto que se engarza en otros textos. Desde los inicios de la escritura, o sea, de la civilización, es esfuerzo principal de cualquiera de nosotros, lo sepa o no, decirse, engarzarse en ese gran texto que señalamos con veneración como la “humanidad”. Una humanidad de símbolos y caracteres donde nos instalamos y somos. Solamente desde ella, sumergidos en su seno, llegamos a ser individuos, en una aparente broma paradójica. Tenemos que caer en brazos de la noche de los tiempos para ver la claridad del ahora y aspirar a la existencia.

Como tantas veces he señalado en este blog, es solamente en ese momento de lucidez y conciencia, cuando propiamente nace la educación. Desde los matices y punto de vista que estamos adoptando en el presente escrito, la educación de los filósofos apuntaba al lenguaje como el lugar de la existencia humana. Algo que distintas tradiciones filosóficas contemporáneas recogen, sobre todo la hermenéutica. Somos, para esta, o para ciertos estructuralismos, apenas un texto que se va escribiendo a partir de lo que otros hace siglos han escrito misteriosamente sobre uno. Este juego por el que nuestra semilla aguardaba en un inconcebible pasado mil veces muerto, en épocas que ni siquiera vislumbramos, con estilos de vida exóticamente perdidos, es el juego de la única forma de eternidad a que podemos aspirar. La eternidad de dar la mano a quienes no podemos ver, para actualizarlos, hacerlos presentes, y al mismo tiempo, nosotros sobredimensionar cualitativamente nuestro momento actual.

Es, pues, un cáliz difícilmente soportable el del educador y el de la escuela. Porque, como señala bellamente Hannah Arendt, los padres y los adultos que ayudan al niño a traspasar el umbral hacia esta eterna urdimbre, son la humanidad que se presenta encarnada en ellos, vivificada en su aliento y sangre. Los faraones, las tablillas de barro, los primeros códigos de leyes, las ciudades estado, el regadío y la agricultura, el largo y misterioso Paleolítico, poblados todos de símbolos y héroes, todo ello, entra en el dormitorio del niño cuando sus padres entran a acunarlo. E igual que ellos lo aúpan y elevan en sus brazos, lo auparán más tarde sus maestros y la escuela.

Pero no debemos comprender esta presencia de la vasta humanidad, sobrecogedora, en la mente del niño que se impregna de ella, como algo estático, como una presencia igual a un bloque de hormigón. Si atendemos a los escritos sobre pedagogía de Kant, refiere Lledó (pp. 42-43), la educación es puro dinamismo. Ya desde Grecia era entendida como una vida paralela y añadida a la vida natural, contagiada del mismo afán o pulsión de ser más, de ir más lejos, como una fatal tensión presidiendo la existencia de cada hombre. Pero, todavía más aún, tampoco debe entender este proceso natural y artificial como un recorrido lineal hacia una meta estable y asegurada, sino que lo realizado por la educación al hacer que la cultura toque al niño, es abrirle un panorama de posibilidades. El trato con las épocas pasadas tiene este efecto en la propia vida, como si nos sumáramos, en silencio, a una vasta comunidad de muertos que nos invitan a vivir mejor. Así, se cumple el precepto de la Pedagogía sobre la aspiración a una mejora de la existencia. Y a esto se refiere también Kant, en su conocido opúsculo sobre educación (Pedagogía, publicado en Akal), a que la educación ha de ser ilustrada “no basada en la información sino en la creación, en esa disponibilidad interior, por la que el hombre es principio y sentido de su mundo” (p. 44).

Pues bien, el espacio donde hoy propiamente emerge y es fundada esta humanidad “ideal” es la escuela y la Universidad. Aunque la Ilustración manifestó dos concepciones casi opuestas de la Universidad y su función. La primera, que hoy predomina, es la de una deriva del saber hacia lo técnico, que en la Pedagogía personificó Herbart. Así, tanto la educación (universitaria) como su estudio en la Pedagogía científica copó esta forma de Ilustración que determinó a la Academia desde la Ilustración. Pero la segunda concepción es la humanista que personificaría Humboldt y que concede a la Universidad el honor de ser el fértil terreno donde se cultiva la tradición cultural que es, hemos dicho, propiamente la humanidad. Así, lo que diferencia a ambas maneras de entender la universidad será la utilidad, como tanto hemos resaltado en nuestras entradas anteriores en este mismo blog. Para unos la universidad se agota en lo útil, para otros comienza precisamente en lo inútil.

Si nos centramos de nuevo en Humboldt, como hicimos aquí, hallamos que al modelo de la Universidad humanista le son asociados dos principios, señala Lledó (p. 48): la soledad y la libertad. Por soledad se entiende el aislamiento, precisamente, de lo útil, la impermeabilización respecto a los afanes pragmáticos que rigen fuera de ella. Hay que establecer, en una suerte de celda monacal, un ámbito bien diferenciado desde el cual pueda darse la reflexión desinteresada. Señala Lledó (p. 48): “Con la idea de soledad se opone Humboldt a cualquier concepción pragmática y utilitaria en los años de formación universitaria. En lugar de ofuscarse con las urgencias utilitarias que la sociedad propone al estudiante, los años en la Universidad deben fomentar, al lado de la reflexión sobre la ciencia y los distintos conocimientos, la creación de una cultura moral (Sittlichkeit) que, en principio, aleje al joven de los corruptos ideales de lucro con que la sociedad utilitaria le encandila. Lo cual no quiere decir que sea exclusivamente abstracto e ideal el tipo de conocimiento con que tiene que enfrentarse. Pero todo saber ha de estar alimentado de principios teóricos y filosóficos que lo organizan y fecundan, y ese suelo imprescindible a todo saber posterior ha de roturarse y sembrarse en la Universidad”.

Así también lo entendió Schelling. Con él, de manera un tanto provocadora, se puede afirmar que la Universidad requiere aristocratizarse para poder cumplir bien su misión pública y democrática, su compromiso ciudadano. Porque la actual reforma amenaza esta elevada misión con un fenómeno contrario: la proletarización de la Universidad, de su profesorado y estudiantes; lo que implica la reducción de la Universidad a lo útil que, como un boomerang, se vuelve contra estudiantes y profesores, al lograr también la reducción y dominación de ambos. Flaco servicio se hace así a ninguna democracia. Esto es lo que advirtió Schelling, dice Lledó (p. 49), en pugna con el modelo de universidad ilustrada volcado hacia lo útil. Le unía con Humboldt la misma visión de la Universidad que acabaría llenando de gloria a la gran universidad pública alemana hasta nuestros días. Se trata de la defensa de la cultura ideal y moral que debe presidir lo universitario por encima de su reducción a lo útil.

Así lo expresa otro gran alemán, Schiller, citado por Emilio Lledó: "Es lástima que por las presiones utilitarias el hombre, con instrumentos tan nobles como la ciencia y el arte, no tenga, en su manejo, otros horizontes que convertirse en jornalero de la miseria" (p. 49). La Universidad no debe ceder al chantaje de valores ajenos, como tanto hemos señalado en este blog, ajenos al conocimiento puro y, en definitiva, a la tradición que es el lugar, propiamente, de lo humano. Frente a la deriva técnica y utilitarista de la Universidad a partir de cierta lectura de la Ilustración, es preciso retornar al otro modelo ilustrado de Universidad humanista. Lo cual también quiere decir, como señalaba Fernández Liria en el libro que comentamos días atrás, que la Universidad debe volver a ser pública, o, dicho de otro modo, inmune e impermeable respecto a otros intereses privados que no sean el de la cultura ideal, el conocimiento puro y la teoría. Si se pierde esto, se viene abajo el carácter público de la institución. Se trata, siguiendo a Humboldt, de que el saber permanezca independiente, de que los científicos se den en total entrega a la ciencia y a la cultura intelectual donde vive lo mejor del hombre, donde somos más allá de cualquier ofuscación e interés transitorio. Porque, curiosamente, sólo se sirve a la cultura material si se sitúa el conocimiento en lo ideal. Esta es la clave de la universidad humboldtiana. De este modo, la Universidad se aleja de la vida burguesa.

Ni los mencionados autores decimonónicos ni nadie hoy pretende con esto defender un modelo de enseñanza añejo y rancio, sino que, como ellos señalaron y se ha ido desarrollando en la Universidad alemana, el centro del proceso educativo es la biblioteca y el profesor que transmite su amor por la cultura, acompañando al alumno en su propio pensar (como quiso también decir Kant). No estamos defendiendo un ideal anquilosadamente escolástico, académico en el peor sentido, sino la presencia viva y bullente de aquel viejo caldo que hemos comenzado señalando como el palacio donde la humanidad se hace eterna. Lo que requiere un contacto fértil, gozoso, vivo con los textos. La Universidad sería, propiamente, el lugar donde reside lo humano, donde el hombre, el estudiante, se eternizan. Para estar cabalmente en el mundo, ha de estarse en otro mundo. Este es el principio que atraviesa todo el cuerpo universitario, como su alma.

Y, por realzar que no estamos elucubrando con ninguna rara abstracción, insistamos en que esto fue, precisamente, el ideal de la Institución Libre de Enseñanza en España, el de una absoluta independencia del saber que era cultivado en ella con amor. Una independencia que protege de intereses espurios, los de las élites que con su pragmatismo se mofan de todo esto y que, siendo la verdadera aristocracia social, la de quienes detentan dinero y poder, echan por tierra el divino espacio donde habita lo más excelente que la humanidad ha ido dejando en el tiempo. Menciona Lledó una cita de Antonio Machado, del libro en que justamente desarrolla su pedagogía, que es el Juan de Mairena (sí, Antonio Machado es un clásico de la pedagogía y sería preciso estudiarlo como tal en las facultades de educación): “De Platón no se ríen más que los señoritos, en el mal sentido, si alguno hay bueno, de la palabra” (p. 52). Son los nuevos feudalismos y señores quienes pretender imponer su interés privado, como los antiguos aristócratas, para dominar, rebajar y desactivar la auténtica excelencia, el bendito néctar que, más allá de horrores y mezquindades, destila el hombre (o la palabra) en el tiempo. 


Bibliografía:

Lledó, E. (2018). Sobre la educación. La necesidad de la Literatura y la vigencia de la Filosofía. Barcelona: Taurus.

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