La muerte que vivifica


La muerte que vivifica

Marcos Santos Gómez


Se dice que Basho, el vagabundo poeta japonés del siglo XVII, el gran Matsúo Basho, que compuso los haikus más hermosos que se hayan escrito nunca, aseguró que escribía cada haiku como si fuera el último. De hecho, escribió uno de los más bellos un día antes de morir, como relata Octavio Paz en su edición de Sendas de Oku, citando además el poema: 

Caído en el viaje:
Mis sueños en el llano
dan vueltas y vueltas 

Se trata de uno de sus haikus más logrados. Es preciso, pero al estilo que lo es un haiku: de manera imprecisa. Apenas sugiere lo que desea mostrar, pues esto no se agota en ninguna imagen o significado. No se trata, en realidad, de adivinar ninguna idea, argumento o trama conceptual, pues justamente trata de situarse en un plano más básico, incluso anterior al Yo, el de la pura afirmación latente ya en la sencilla existencia “natural”. Despliega en el llano el sueño que somos... pues somos a la manera del río de Heráclito. Curiosamente, el texto que tratamos ayer, de Chomei, comienza casi parafraseando a Heráclito, a quien no pienso que hubiera leído nunca o ni siquiera sabido de él. La coincidencia se puede explicar porque nos hallamos, en la metáfora del río, ante una de las intuiciones básicas de cualquier persona que trate de explicarse su existencia. Concretamente dice: “El fluir del río es incesante, pero su agua nunca es la misma”.

El haiku de Basho que hemos citado intenta evocar en medio de la bruma un sabio “mareo” existencial, el carrusel de las ilusiones que girando dibujan nuestra común sensación de la realidad, aun en el precario evento de un viaje, y aún dudándose de la propia realidad. En viajar estamos todos embarcados, solo que este haiku, aun en el cierre del círculo, la vorágine de sueños, como un divertido delirio, parece transmitir una desconcertante lucidez de Buda sonriente. Pero mal se ha entendido su tono si se desprendiera del mismo una conclusión moralista al estilo barroco o en el espíritu de la  obra de Calderón La vida es sueño en alguno de sus conocidos monólogos. Antes bien, todo queda nada más que como la sustancia de un juego intrascendente que no va más allá, ni lo pretende, de sí mismo. Hay una aceptación implícita y casi socarrona de este juego de las ilusiones. En el llano, tumbados bocarriba, si tomamos literalmente la imagen sugerida por Basho, en una cierta quietud de la conciencia, vemos danzar lo que ha sido nuestra vida pero, como ya adivinamos, de un modo semejante al eterno retorno nietzscheano o la rueda de reencarnaciones de la mayor parte de las espiritualidades orientales. Todo exento de tragedia. Antes mansa afirmación total, que angustiosa tragedia griega. La lección del haiku, si es que la hay, es que debemos tomar las cosas un tanto a broma y que en ello estriba la seriedad metafísica.

Si el lector del poema ha llegado a vislumbrar lo que el haiku invoca, si se deja impresionar de veras por él como por un vívido sueño, entonces la vida y también la muerte pierden su aire trágico. Es decir, la presencia de la muerte no produce grandes conmociones, conflictos ni penas, sino, maravillosamente, todo lo contrario: una efervescente beatitud que se eleva sobre nuestros viejos amos los deseos. No es que en sí el deseo sea pernicioso, pero sí lo es su absolutización. Idea en la que el budismo se distancia diametralmente del cristianismo que, en principio, salvo desviaciones gnostizantes, parte del mundo como don real, así como de una potestad poética (creadora) propia del deseo. En cualquier caso, es preciso distinguir ambas fes, en ambas religiones, la fe en que el mundo existe y la fe en que el mundo y hasta la propia fe son un brumoso sueño. Y uno puede en ambos casos, incluir a la muerte en su existencia, la muerte que hace resplandecer nuestra ánima precaria como un efímero fulgor, y torna lúcida la existencia del hombre; o la muerte que se lo traga, como un irrefrenable ácido, y lo disuelve en la nada. El dilema de si absurdo o nihilismo, en los términos de Albert Camus.

En el caso del japonés Basho la postulada (y real) presencia de la muerte a la vuelta de la esquina produjo una sintonía con el núcleo mismo del ser, que solo puede captarse, paradójicamente, cuando uno se siente morir. Un asunto bellamente tratado por Jaspers (y por Heidegger) que se convierte en su intuición filosófica central. El peligro aguza los sentidos “interiores” y sobre todo induce a ser sincero. Si hay algo que decir, se dice. Y además, se dice con pocas palabras, con pocas palabras preñadas de significaciones, como el haiku de Basho. Su poesía era siempre escrita como cosa última, porque el esfuerzo por palpar y expresar lo esencial en pocas palabras se pulía in extremis. Pero no con la violencia del conceptismo barroco, sino con la templada sencillez de concretos amaneceres y crepúsculos.

Si se ha buscado toda la vida el código, el alfabeto, la clave que rige la existencia humana, con la sombra de la nada en ciernes se llega a mirarlo de cerca. Aunque esto no quiere decir que haya un mensaje explícito, como en el modo medieval de morir entre los seres queridos, asistido hasta el último momento por ellos, y profiriendo unas últimas palabras y recomendaciones a quienes velan. Más allá de las recomendaciones particulares, las últimas palabras cuentan lo esencial por encima de las palabras, que se traduce en haber vivido rodeado de esas mismas personas y considerar que esto, aun constituyendo la muerte un infinito abismo, es ya una respuesta. Sí habría una respuesta humana y cordial en este abismo de soledad en que cosiste morirse: los seres amados son el sentido de la vida. Lo que se haya podido amar o ser amado. Si a partir de aquí pretendemos moralizar innoblemente, diríamos que ese núcleo de personas buenas que asisten en los últimos momentos da la clave de lo que es verdaderamente el mundo teñido por lo humano. Ante las batallas de la vida, es esta humanidad sincera y bondadosa la clave de lo que debería haber regido para toda la humanidad.

Pero la muerte es demasiado seria como para que nos dediquemos a moralizar buscándole sentidos. Porque es el sinsentido básico que hay que arrostrar. Así que, desde otra perspectiva, buscamos una repercusión estética de la misma, es decir, su presencia vivificante en la poesía.

Como en un alambique se destila el alma del poema y se dice, de una vez por todas, lo que se ha querido decir siempre. Pensemos en la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández, que forma parte de El rayo que no cesa, libro compuesto en su mayor parte de sonetos al estilo clásico, pero con la voz más personal del poeta. Aquí la presencia del duelo y la muerte ha acristalado el verso, lo ha dotado de precisión para hablar de ella. Sin mucho tiempo para él o para el amigo, o incluso en el duelo, ya fatalmente fuera del tiempo, la voz del poeta capta lo esencial, porque le va la vida en ello, porque se juega todo, porque debe expresar su verdad en la conmoción de la muerte. Aquí, no obstante, nos deslizamos hacia una grave tragedia, en los sonetos sobre toros y tauromaquia y, como hemos indicado, en la Elegía. Las últimas palabras siempre resuenan como un eco largo y veraz. Apremia decir lo que ha tratado de decirse toda la vida, pero con una condensación y autenticidad casi insufribles.

La tesis que esgrimimos es que el poeta siempre debe escribir como si estuviera escribiendo sus últimas palabras, como Basho, sin que medien los objetivos de la vida corriente. Claro que después el poeta o los lectores pueden utilizar la obra en un sentido muy poco “definitivo” o grave. Pero tanto el momento de la creación como el de la lectura deben conquistar un enclave en el territorio de la verdad.

En Basho lo que consiguió la muerte fue que sus haikus señalaran el meollo del ser en su transitoriedad y mundaneidad, como aura intangible de las palabras sin asomo de retórica. Tocar este nervio de lo real implica que se esté teniendo presente la mortalidad, que esta aceche, para que el poema no recurra a la mentira de una palabra retórica o académica, o el sopor de una floritura que cubra y vele antes que mostrar.

Señalar la esencia es señalar lo que no podemos tocar, lo que nunca se agotará en la palabra o el poema. Este es el espíritu del haiku. Lo intangible en cuanto intangible. Así, poesía y religión se entrecruzan como actos in extremis, en los que lo trascendente tira de todo, aún no pudiéndose ir más lejos de la propia pregunta. Se despliegan las imágenes en el haiku para finalmente vaciarse de ellas. Da igual que el poeta no quiera hablar de ello ni sienta la cercanía del final; si su poema es bueno, este, que siempre vivirá mejor que el autor, vagará por la eterna frontera.

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