Borges y yo (tercera parte y final)


Borges y yo (tercera parte y final) 

Marcos Santos Gómez


Lento en mi sombra, enciendo la Smart TV. Hace muy poco tiempo he aprendido que la tele se puede conectar con el router vía WIFI, de manera que es posible mirar en ella vídeos o series en streaming, o sea, que ya puedo disfrutar de los audiovisuales con la alta definición del televisor. El festín, me digo, va a ser copioso. Y como un premio al finalizar el día, empiezo a disfrutar de las entrevistas a algunas personas que me interesan, que están subidas a youtube. Me instalo, pues, para mirar y escuchar la tele en la penumbra, abrazado por miles de libros que agolpo en casa, libros que compro sin parar y que me van invadiendo silenciosamente, a la mayoría de los cuales jamás leeré. Supe el otro día que Borges aun estando ciego compraba libros al por mayor, que él sí podía indicar con toda la razón que no iba a leer uno solo de ellos. Le gustaba sentirlos cerca, acariciarlos, olerlos. Él pudo hacer muchas cosas, como viajar y seguir leyendo o escribiendo porque tuvo ojos de otras personas que le ayudaban. Su madre Leonor, su esposa María Kodama, sus amigos, sobre todo Bioy Casares, al que escuché contar cosas sobre él y Borges, en una conferencia en Granada, en torno a 1995. De esta conferencia recuerdo haber captado en Bioy la sensación de plenitud, de vida lograda, de haber gozado de una vida espléndida en la que se incluye su amistad con Borges. Fui a escuchar a Bioy en calidad de espejo de Borges, a que me mostrara a Borges, ya fallecido casi diez años antes. Más tarde he podido leer a Bioy, que es un escritor extraordinario, con magníficos relatos y novelas de fantasía, de los que se suele citar con razón La invención de Morel.

Roberto Bolaño, Borges. La presencia del anciano ciego con voz balbuciente, que apoya sus manos sobre el báculo indeciso, resplandece con timidez. Hay en él algo de juglar de la filosofía o de la literatura. Compone una figura débil, quebradiza, vestido con un gusto elegante y clásico, con traje de chaqueta del tono adecuado y corbata a juego. Se hace un poco difícil entender lo que dice. Comparte mesa con otros escritores de España, México y Venezuela, en una tertulia organizada por la televisión pública mexicana a principios de los ochenta o quizás al final de los setenta.

El autor venezolano que participa trata de vincular la poesía con la realidad en la que brota, histórica, cultural, económica. Afirma que es imposible escribir desde fuera del propio tiempo, del tiempo colectivo y concreto que uno habita, del tiempo como época, como destino. Por eso, nos guste o no, el poeta escribe a personas de carne y hueso como él mismo, muy próximas, reales, inmersas en un momento histórico y quizás tristes, enfermas o hambrientas. En definitiva, tiene un cierto compromiso con los lectores y la gente. Pero Borges, de un modo radical, replica que la poesía no tiene que ver ni siquiera con el hecho de que se publique o no. Porque pertenece, dice, a un ámbito propio. No puede estar dirigida a alguien concreto. En gran medida el autor o el lector (para el caso son casi lo mismo) se sitúan en un tiempo “eterno” que contiene al otro tiempo lineal y por eso puede dirigirse a su infancia y estar en ella de nuevo o al mundo de sus abuelos o a su adolescencia. El arte se desplaza por esos ámbitos de otro modo que la carne. Se trata de una idea que repite en varias entrevistas: que uno escribe primordialmente para el lector que es propio el poeta. Se escribe para la poesía y el poema se refiere a la dimensión ideal donde sucede el arte. Por eso, presupone un ejercicio solitario que debe juzgar el autor y que sobre todo debe satisfacerle a él. La difusión de la obra es otra cosa, que atañe, dice, a libreros y editores, pero no es cosa del poeta. Menciona el ejemplo de John Donne, que jamás imprimió en vida sus poemas ni fue leído por más personas que tres o cuatro amigos. Leer y escribir constituyen un acto individual, un trato del escritor consigo mismo.

Hay que precisar que Borges en ningún momento niega el suelo histórico en uno. Seguramente, quiera o no el poeta, la época le acompaña hasta en la última coma que escribe y de un modo oculto está también en el poema puro. Pero no se trata de esto, de negar esta obviedad, sino de que la literatura funda un ámbito sustancialmente original, único, ideal. Es un embellecimiento del mundo, una sublimación. Esta concepción es hermosa: el mundo poético es un añadido al mundo, en cierto modo un paraíso que lo mejora, que posee sus propias reglas y en el que se hallan poemas, poetas y lectores cuando leen o escriben. La poesía cuando irrumpe en el mundo funda un ámbito propio e ideal.

En consecuencia, la poesía no tiene razón de ser, ni puede esgrimir una causa ni encaja en una sistemática o no sistemática explicación de lo real. No es filosofía. Se sustenta en el sencillo florecer porque sí de la rosa de Silesius (“la rosa florece porque florece”). De manera que la poesía es una forma del misticismo y del éxtasis que hiere con mayor fuerza, nótese bien, al agnóstico, porque por esencia pertenece a quien solo tiene su nada y su bruma.

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Es preciso ahora advertir que se han deslizado errores en mis anteriores textos sobre Borges. Pero solo mencionaré uno de los errores, que solo ha existido en un ínterin, y al final no lo era tanto. La pesadilla ha pasado. Se trata de lo que en el fondo sospechaba: ¿Cómo iba Borges a desconocer el japonés o a carecer de maestro de esta lengua para sus últimos días en Ginebra? Como es bien conocido, su viuda, María Kodama, era hija de padre japonés. Aún más, en alguna entrevista ella se proclama en esencia japonesa, incluso antes que argentina, pues su padre la había educado de forma esmerada en la cultura y lengua japonesa. El caso es que yo recordaba, y recuerdo, vivamente que en la entrevista en que ella relata los días postreros de su marido, decía exactamente lo que yo he casi he transcrito; es decir, que tuvieron que contratar a un profesor de árabe, al no hallar buenos profesores de japonés. ¿Será un error?, me pregunté.

Habiéndolo comprobado, he confirmado que en efecto resulta verosímil que buscaran a un profesor de la lengua y literatura japonesas. Porque ambos asumieron que María Kodama no podía satisfacer sus exigencias. Buscaban probablemente a un devoto profesor del idioma, refinado, alguien que hubiera tratado a fondo con los avatares de la lengua oriental y en el que latiera la pura esencia de la civilización japonesa. En alguna entrevista hecha un año antes de su muerte, Borges admite que no lograba aprender japonés, a pesar de los esfuerzos de su esposa. Así que es verdad que María Kodama hablaba japonés y que a pesar de esto, buscaron profesores de japonés.

¿Qué diría Borges de internet? De algo tan gigantesco y monstruoso como la Wikipedia irrumpiendo en medio de las demás enciclopedias que ya nadie consulta y colando errores constantemente, inventando reinos y lenguas más reales que los reales. Hay versiones de la misma en idiomas inverosímiles, como uno de los creados por Tolkien para El señor de los anillos o también una lengua hablada en un país inventado como el Reino de Redonda y en islas que son un minúsculo peñón deshabitado que ni siquiera aparece en los mapas ni lo tienen en cuentas las cartas de navegación; también acaso el idioma hablado por un farero y su mascota, un hurón, en las heladas noches de invierno cuando suena el mar despiadado golpeando el faro. Hay versiones de la Wikipedia en latín y sospecho que pronto habrá en lengua sumeria, la primera que se pudo escribir en tablillas de arcilla; o dialectos que corresponden al habla de un puñado de vecinos que habitan los pisos de un bloque determinado en una intersección de sucias calles en Harlem, Nueva York; o en Eslavo, madre de las actuales lenguas eslavas, como el ruso. En otros casos incluso se ha inventado una escritura para lenguas hasta el momento sin escritura, solamente orales. Se han desarrollado ex profeso para la Wikipedia. Pronto irrumpirán también los alfabetos y los distintos sistemas de escritura, por cientos, miles.

Hay también que deplorar la avalancha de datos equivocados y ruinmente falsos, en nuestras vidas. De todo se escribe flagrantes contradicciones. Por mucho cuidado que se tenga los bulos se extienden coreados incluso por fuentes serias. Los blogs… La mayor Babilonia de toda la historia. Mientras Borges afirmaría que se hace urgente retornar no ya a los libros de papel impresos, sino a los manuscritos, como el bueno de Donne. El mundo se está derritiendo o fluidificando, abandonando su vieja solidez, como por otro lado confirman númerosos filósofos. Lo artificial compite con lo natural, igual que lo falso con lo verdadero.

A principios de siglo, yo disponía de la obra impresa completa de Borges, algún documental en DVD y sobre todo entrevistas que se podían leer online, pero todavía no verlas. Fue entonces cuando de manera paralela a la creación de mi biblioteca personal, que hoy me desborda, comenzó mi auténtica obsesión por Borges. Lo primero, claro está, fue adquirir los clones de aquellos libros que me prestaron en Ceuta. Y lo hice en una librería granadina que ya no existe: la Urbano. Con las pilas de volúmenes sobre mis pobres antebrazos, apoyadas en el pecho, me acerqué feliz al mostrador. Supe que cargaría con esos libros durante décadas. Siguen en un lugar preferente de mi biblioteca; los ejemplares de la Biblioteca de Autor de la colección de bolsillo de Alianza. Pagué unas veinte mil pesetas y los llevé a mi casa. Hace unos dieciocho años.

Leí sin parar a Borges y a lo que él leía y mencionaba en sus obras, me sentía más determinado por el mundo de Borges cuya belleza, solo en apariencia fría, la producían el irónico dudar de todo, la erudición vasta e inútil como algo fatal y la desmesura de las enciclopedias tratadas como obras de literatura fantástica. Me di cuenta de que Borges había postulado el canon para leer y escribir que hoy nos rige, el modo de comprender la lectura, de interpretar el río de autores, épocas y obras. Sé que habito, que habitamos, el espacio que funda y que miramos el mundo y el arte con sus ojos... ciegos.

Borges me emocionaba como nunca lo había hecho ningún otro escritor. Durante la primera década del nuevo siglo puedo afirmar que lo leía  a diario, y así ha sido durante diez años. Hoy también debo recurrir a veces a su estímulo, como quien visita un templo. Encontraba un consuelo en su escepticismo y me seducía la amargura sublimada en bella aceptación estoica y envuelta en fina ironía inglesa. Me enseñó que saber es ahondar en la herida, como asevera el Eclesiastés, y hacer que lo real amenace con dejar de serlo. Restar importancia al mundo es el mejor consuelo del mundo que existe; cosa que también han sabido las religiones, que en demasiados casos han fundado la Creación en lo contrario de ella, como también han justificado el puro odio como puro amor, o han llamado alegría a la mayor de las tristezas, o vida a la muerte.

Numerosos párrafos, frases, versos de Borges conseguían que llorara. Y muy a menudo. Siempre era lo mejor que me había dado el día y lo que incluso lo justificaba. A veces la mitad de una frase o una sola palabra tocaba no sé qué fibra. Sus enumeraciones del universo; Proteo en la “unánime noche”; la muerte del autor, que no deja de ser una muerte y que sería un tópico de la filosofía de velatorio en la segunda mitad del siglo XX; el ser escritos por otro y ser apenas sombras inventadas por Homero…; la melancolía y el tiempo; la salvación en una bronca de malevos con cuchillos “sintió el solitario cuchillo en la garganta”; el llanto devenido canción en la Odisea; los dioses y arquetipos que aguardan invisibles; la nacionalidad griega que en secreto ostentamos, pero también la huella de civilizaciones acalladas, periféricas; las lecturas de una persona como su alma; el destino escrito para su cumplimiento en un libro que pertenece a Dios; la esfera de Pascal.

A veces llegaba a estar todo esto en un solo soneto. ¿Cómo podía lograr tal intensidad en los poemas? Es asombroso el modo en que conmueve con la simple elección afortunada de un solo adjetivo. Borges ha construido un paraíso para nosotros.

Trato de evitar que esto degenere en confesión o teñirlo de mí, pues en verdad a nadie importa eso. Pero es preciso resaltar que la decisión borgiana de no creerse demasiado el mundo e instalarse en el carpe diem de la literatura se ha constituido, miedo da reconocerlo, en un proyecto de vida. Un proyecto de vida que incluye el éxtasis. El éxtasis mayor que el mundo. Pero un éxtasis ambiguo, peligroso, que deslumbra. Como señaló Bolaño en alguna ocasión, quien se acerca al éxtasis se quema. Su salvaje llama fulmina. Por tanto, fundar una vida en él es también condenarse. Hay que pagar un precio, porque finalmente escribir significa borrarse uno mismo.

Cuando en otra entrevista le preguntan al escritor qué es la poesía, dice que solo nos cabe expresarlo con la misma palabra “poesía”, sin más, sin justificarla con sinónimos, siempre más pobres, ni deslucirla con explicaciones que habrán de situarse en un nivel inferior de palabras imperfectas y menores en relación con la sencilla afirmación que se invoca con la palabra “poesía”, ella sola.

Con el nuevo siglo, me reencontré con relatos y poemas que desde entonces no he dejado de releer. En el caso de los poemas, además de los tres volúmenes, en octavilla, de la colección de bolsillo en Alianza Editorial que contienen su obra poética completa, he adquirido recientemente esta misma obra poética completa en un magnífico volumen encuadernado en pasta dura, que corresponde a una reimpresión de 2011, publicado en la editorial Lumen. También incidieron con fuerza sus ensayos, que me acabaron de noquear. A menudo la confusión entre géneros literarios, típica de Borges, recorre toda su obra, para mayor peligro y desconcierto. Destacaría un librito límite, de este tipo, con breves e intensos textos en prosa y poemas inolvidables, como el poema de los dones o los sonetos sobre el ajedrez o Spinoza. Los suelo leer a los alumnos en el comienzo de mis clases. Creo que este libro es la obra que más me ha emocionado nunca. Se trata de El hacedor.

En un intento de cristalizar el tiempo ligándolo con el mito, decidí leer todos los 23 de abril, por ser el día del libro, algunos textos de este libro, El hacedor, pero siempre uno fijo: Aquel que titula en inglés Everything and nothing; siempre este. Como otro texto cuyo título es también El hacedor y que trata del poeta por el que solemos creer que existimos, es decir, de Homero y la épica, el mito y la ceguera.

Se trata Everything and nothing de un breve recorrido sobre algunos aspectos de la vida de Shakespeare. Sobresale uno de ellos: que nada de lo que se dice sobre el Shakespeare de carne y hueso, cuya muerte el mismo día que la de Cervantes determina la celebración del día del libro, nada de eso, digo, es cierto. La verdad es que la figura del Shakespeare no existe y se confunde con su obra, que es lo único real, lo que perdura y puede atribuirse a un “Shakespeare” ideal. Al mismo tiempo que el inglés ejecutó una obra abundante, su persona concreta desapareció, quedó ensombrecida por su propia obra. Igual que ocurre, creo, con la figura (la triste figura) de Cervantes. Todo lo que se les atribuye a ambos no está probado, no podemos creerlo con absoluta certeza. Se han tejido mitos sobre ellos. Incluso los famosos retratos, al parecer no son verdaderos y los rostros famosos que han quedado para la posteridad como sus fieles retratos, no son sus retratos. Ni la perilla de Cervantes ni el pendiente del inglés son atributos de los hombres de carne y hueso que fueron.

Ante esta rara impresión de que al hablar de Shakespeare estemos refiriéndonos a un fantasma y que no haya nada más que la propia obra y sus funciones y relaciones con otros textos a los que invoca o incluso debe postular (y no a la reprobable existencia de un autor), ante esta potencia del texto como tal, que absorbe a su propio autor, traza Borges su escrito, cuyo final cito:

“La historia agrega que, antes o después de morir, se supo frente a Dios y le dijo: ‘yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo’. La voz de Dios le contestó desde un torbellino: ‘Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estabas tú, que como yo eres muchos y nadie”.

Relataba Borges, en otra ocasión, que Jonathan Swift, el obispo irlandés autor de Los viajes de Gulliver, anduvo loco en los últimos años de su vida, sin recordar quién era ni su propio nombre. Recorría como un sonámbulo las estancias de la casa que habitaba en Dublín, y solo se le oía decir, cuando franqueaba las puertas de las habitaciones un bíblico “yo soy el que soy”, “I am who I am”. Se afirmaba para ser, se recordaba a sí mismo que existía, que era real y que estaba vivo, a pesar de haber olvidado su propio nombre.

Pero no somos dueños de nuestro destino. A menudo Borges también señaló que los dos primeros viajes de Gulliver han acabado siendo cuentos infantiles, en un libro cargado de ácido sarcasmo y amargura, que pretendía abordar lo que somos, emprendiendo críticas a la mentalidad e ideas modernas, a la tecnificación del mundo o incluso al colonialismo, evocando la miseria de su propia Irlanda. En cierto famoso opúsculo desarrolla Swift una ironía brutal, que se pasa de la raya, cuando defiende apoyándose en impecables cálculos, sopesando los costes y los gastos, que para acabar con el hambre y con las clases pobres generadas por el capitalismo, solo había que dar a los ricos de comer los niños pobres engordados para ello. Los pobres deben crecer felices, con lo que se ahorraría sufrimiento, pero para ser sacrificados y comidos por los ricos una vez lleguen a la edad adulta. Todos salimos así ganando. Se cancela el sufrimiento y se ahorra problemas al sistema, además de amortizarse los gastos que para el Estado representan los pobres. No he leído páginas más bestiales en mi vida.

Señala además Borges, en otra entrevista, las versiones que nos han llegado del bíblico “yo soy el que soy” con que Yahve respondió a Moisés cuando este le preguntó su nombre. La versión más acertada es la que con razón entiende la mayoría de los teólogos: que Dios se presenta como el único con derecho a decir que es. Todo lo demás, la Creación, los hombres, formamos parte de su sueño. La segunda la expuso, señala Borges, mi muy querido filósofo judío Martin Buber, que atribuyó a Dios en su respuesta una cierta aversión a decir su nombre, que prefirió ocultar pronunciando en cambio la extraña frase que recoge el libro del Éxodo.

Apenas quedan unas migajas de las lecturas, pasadas y futuras. La principal es el consuelo que hallamos en una singular fe inversa: que ni el mundo ni el hombre ni ninguno de nosotros, usted lector y yo triste amanuense, existimos. Todo invita a creer que la verdad, el ser, la realidad, están del otro lado y, aun peor, quizás no haya nada al otro lado. El lado de los arquetipos, los símbolos, los mapas y esferas, de las enciclopedias, de los libros. Pero lejos de vivirse esto como una tragedia, es sublimado por Borges en una experiencia estética. Es el mito lo que se sitúa al principio y al final, o la poesía. La lectura de Borges nos ha conducido a este manso nihilismo. Fundar en esta nadería que afecta también al Yo, la experiencia del mundo puede parecer un triunfo del infierno, pero invoca también el Paraíso.

Que fuera esto lo que presintiera bañado por una luz diferente en un verano perdido en los perdidos ochenta es apenas un postulado que puede esbozarse hoy. Si fue dicha tensión y aporías de lo terrenal lo que me sedujo en secreto, no formulada ni verbalizada entonces, este boceto ostentaría la belleza del círculo, su perfección. Según esto, nunca habría escapado yo de aquel año y podría decirse que todavía me baño en aquel mar y existo bajo aquel sol. Pero a estas alturas no se puede afirmar ya nada, ni siquiera esta bella idea, ni la otra más hermosa de que en algún futuro retornarán la playa, los diagramas escritos en la orilla y la avidez por Borges. Quizás vuelva a no entender a Borges, pero desearlo. Quizás tampoco lo entiendo hoy. Quizás no importa Borges. En cualquier caso, el argentino que ironizó con su propia nada ha supuesto, a su pesar, el papel de un símbolo que ha persistido como algo constante, como un arquetipo cuyo lugar se desconoce, más verdadero que yo mismo. Mito, sagas heroicas, la prosaica llanura manchega devenida en sueño, confundida con el texto, para que la habiten todavía el caballero y el escudero. Seguirán existiendo después de que dejemos de existir, como lo último que resiste obstinadamente a la corrupción y el tiempo.

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