Crónica de mis pesadillas (epílogo inesperado)


Crónica de mis pesadillas (epílogo inesperado)

Marcos Santos Gómez


Con sinceridad, nunca he creído que esto pudiera ocurrir. Todo se ha precipitado en las últimas semanas. Yo mismo me había reído de ello, por muy serio y taciturno que ahora me muestre. Porque era impensable que sucediera. Somos tan ridículos que escribimos de heroísmo ignorando la verdad sobre la muerte, el hecho de que esta ocurre para nada, sin otro horizonte que el olvido.

Mas el oscuro presentimiento que apenas se nombra está fundado; la verdad de que la muerte pueda sobrevenir realmente. Es cierto que antes yo no lo veía así. Por mucho que pensaba en la muerte jamás me había visto en el concretísimo trance de toparme con ella, con algo  inimaginablemente opaco, que nunca podremos entender, una nada terrible, inconcebible. Es esta posibilidad la que me hace entrechocar los dientes y crepitar los huesos mientras sufro. Tengo humanamente miedo y pienso que es razonable que un hombre programado para sentir miedo tenga miedo ante algo que no es algo, ante un algo en el que dejan de ser algo todos los algos y de lo que como mucho solo puede afirmarse que es viscoso. En fin, estoy muy nervioso y me tiembla todo el cuerpo. Me debato en este estado de ensueño en el que quiero creer que esto que está sucediendo no es cierto. Pero resulta que es cierto y me está pasando de verdad.

Cuando me detuvieron me dije que la peor de las ocurrencias que jamás tuve se hacía realidad, que lo que había pasado a otros, ahora me tocaba a mí, y que por fin llegó el momento de sufrirlo en carne propia. No se trata solo de morir, sino de morir así.

Hace una semana fui detenido. Yo lo había esperado toda mi vida, de hecho, ahora sé que, al mismo tiempo que no quería, sí había algo en mí que me hacía desear esto y que incluso lo provocó. Sin duda me lo he buscado. He tenido mucho miedo y a ratos me he aterrorizado. Otras veces he nadado en un mar que quietud. Cuando me sacaron de mi casa a rastras, obedecí a todo y apenas pude sino balbucir algunas palabras, con un raro mareo, como vértigo.

Me supe culpable desde el momento en que asumí una lucha que siendo solitaria, pretendía dirigirse al mundo. Los agentes me enseñaron su documentación y me pidieron que les acompañara. Tuve que dejar las cosas a medias y me angustiaba que fuera así, como sucedería en un incendio, tener que dejar en plena vulnerabilidad mis cosas y mis textos, la periódica actualización del blog y, sobre todo, mi numerosa biblioteca. Toda esta incertidumbre se manifestó en varios “pero… pero”, exclamados con garganta ronca, mientras alguno de ellos, cuya cara no pude apenas discernir por lo muy desconcertado que estaba, me ponía unas esposas. Era la primera vez en mi vida que me esposaban y puedo dar fe de la sensación de vulnerabilidad e impotencia que se siente con las esposas puestas. Uno queda reducido a nada. Temí que las apretaran demasiado y me lastimara la circulación, lo que intenté evitar rogándoles que las aflojaran. Resulta curioso que lo que mejor recuerdo de todo aquel nerviosismo e incredulidad fue la identificación de uno de ellos, de color vivamente amarillo. Parece que es el último color que se pierde cuando uno se vuelve ciego.

Al mismo tiempo yo había sabido, pero no quise encajar, que vendrían de verdad. Me había expuesto y tengo toda la culpa por haberlo hecho, cuando alegremente juraba que estaba dispuesto a cruzar el “punto de no retorno”, es decir, el momento en que tu huella en internet te puede comprometer gravemente en casos como el que ha acabado, asombrosamente, sucediendo. Así que razones, desde su punto de vista, sí había para mi detención, porque aunque jamás incité a cometer delito, mi actitud ha sido despectiva y desconsiderada.

Todo empezó hace unos tres años, cuando decidí arremeter con el problema de los desahucios. Eso me hace culpable, como digo, desde cierto punto de vista y el gobierno no carece de lógica al detenerme. Un gobierno que calificaría de pulcro, sistemático, de artesano del orden. Todo encaja y no puede achacársele falta de organización. Tenían que detenerme. En estos momentos sé valorar su consistencia como un añadido necesario a la vida humana, como un suelo imprescindible, como un engranaje de inercias que operan para evitar mayores molestias a los ciudadanos. Es cierto que hay abusos, pero son un mal menor, y he comprendido demasiado tarde esta necesidad racional. Así que estaba francamente equivocado, por culpa de la vieja universidad y los libros. Lo extraño de esta situación es que soy reo por haber faltado a un gobierno al que hoy amo; fatalmente tarde. Era mi paz. Me lo dieron todo para mi bienestar. Sí, digo bien, incluso después de las atrocidades vividas en la última semana. He concluido, por fin, que era peor el remedio que la enfermedad, que la sociedad debe estar enferma porque el hombre debe seguir enfermo.

No todo han sido sombras en estos días de arresto. Después de experimentar la reclusión, la desorientación, los interrogatorios, los golpes, he visto la amistad. Debo decir que esto es, dentro de lo que cabe y si no fuera por la certeza de la muerte, hasta cierto punto llevadero. Al principio intenté negociar, después del sobresalto inicial, de la ansiedad por dejar atrás mi casa, momento en que me decía a mí mismo que mantuviera la calma, lo cual no me fue posible cumplirlo. Insistía, con actitud razonable y frases cortas, claras, en mi inocencia o, digamos, en mi escasa y menor culpabilidad.

Una vez llegado al lugar de detención, mi reacción fue desternillante, es decir, me sobrevino una carcajada infinita junto a un franco deseo de bromear y de confesar todo con sinceridad, mirando con tristeza a los ojos de los agentes pero muerto de risa. En el lugar donde me han traído, un hombre metódico dijo paternal “¿Es que crees que esto es un juego?”. Y tenía razón, era una expresión llena de lógica ante mi risa disparatada y mis intentos de confraternización. Admito que actué con ligereza, sin la seriedad propia de la situación. Pero mis razones no cuentan. La cruda verdad es que he sido infiel a quienes me dieron de comer y el cobijo, los libros, la casa. Ahora, ya tarde, lo he visto en medio de mi desgarro, y lo que quisiera hacer con toda el alma es arañar el tiempo y recuperar mi vida inmaculada lejos de la lucha sin futuro, que en mi caso ha sido extraña y paradójica.

Tengo que admitir que todo ha salido mejor de lo que hubiera podido salir. Lo principal del interrogatorio ha sido el método, la forma de hablar, que, enseguida, se tornó conciliadora. Lo atribuí a una cara redonda y llena de paz que creí haber visto. Alguien estaba ayudándome. No sabía quién, pero estaba seguro de que en estas ocasiones muchos que participan lo hacen de mala gana y no dejan de manifestar sensibilidad, sobre todo en los primeros momentos de desconcierto nacional en el que cuesta reorganizar todo el aparato gubernamental. Yo insistía en manifestarme como soy realmente, bondadoso y humano, aunque me llovían golpes que hicieron que ahora me cueste abrir los ojos y por los que tengo la cara hinchada. Poco a poco me dije “esto es lo que se siente”, “esto es estar a punto de morir, esperar la muerte inminente”. Es decir, estaba sucediendo. 

Se ve que he sido un afortunado en poder mantener esta lucidez hasta el final, aunque es cierto que no recuerdo exactamente quién es mi alma gemela, quien en medio de todo este fregado me está ayudando, la cara redonda. Por momentos he olvidado mi propio nombre, no sé si es de día o de noche, desconozco a qué lugares me han ido trasladando, nadie me ha informado sobre mi ordenador, mi casa, mi perro y mis libros, pero he sabido usar defensivamente el humor. Anteriormente la risa me había salvado y en estas singulares circunstancias he querido, también, partirme de risa. Pero ellos no han entendido mi alegría y mi franqueza, por lo que se sucedieron golpes en las costillas hasta tornarme de nuevo apesadumbrado y taciturno. De hecho, acabé aprendiendo que debía disimular mi risa ante ellos, sobre todo para no empeorar la situación de mi alma salvadora, del ser angelical lleno que se compromete por mí y ha permitido que dentro de lo malo, esto haya sido un poco más llevadero. Es esta misma alma bondadosa quien me ha prestado papel y un bolígrafo para poder culminar decentemente mi vida. Esto es un enorme privilegio, porque lo que suele suceder es que nadie te da tiempo a nada, que por definición, estas situaciones consisten en que te despojan en todos los sentidos de la dignidad y del favor de unas últimas palabras. Quizás sea esa alma caritativa que me ha dado los útiles para escribir la que en algún momento me ha dicho, porque creo que alguien me lo ha dicho, que me preparara para morir y que por no sé qué amistades, me permitía dejar un último testimonio que yo he pensado que debía ser un poema, apresurado pero hondo, real, sincero. El poema, una vez acabado, resplandecerá como mi testamento. Para siempre, aunque me consuma en el infierno.

¿Debo dejarme llevar? ¿Debo suplicar? He decidido no hacer esto último porque ya se ha manifestado que es inútil. Pero en una suerte de heroísmo he visto que debía morir como murieron muchos grandes hombres, con dignidad, sin rogar más veces por mi vida. De hecho, se muere una vez, y es para siempre, con lo que queda registrado, por así decirlo, cada acto que acometemos, paralizado, helado. El gesto final.

En esta hora definitiva sé que debo concentrarme en la inmortalidad. Se trata de dejar una huella quizás para nadie, pero dejarla. Mi corazón se abisma y puedo otra vez tomarme en serio la verdad y el destino, sin la ominosa carcajada que he estado profiriendo todo el rato. El problema es que resulta duro, absurdo y cruel verse así, con una culpabilidad a medias, o con la única culpabilidad de haber escogido una absurda militancia. Pero ahora se trata, como me ha informado mi ángel, de morir, y confieso que, igual que jamás habría creído seriamente que podía haber un  estado de excepción como el de hoy, me ha costado y me sigue costando encajar que voy a esa opacidad que está más allá de los adjetivos que se usan para calificarla, donde uno ya se queda muerto para siempre. No puede decirse nada de ella, ni que es lúgubre, ni luctuosa, ni terrible. No importa lo que se diga.

He escrito “¡Oh universo que se precipita, yo te modulo!”. Es mi último mensaje, porque todo el poema debe concentrarse en un único verso, ya que no hay tiempo para más y me pegan, debe ser por tanto un aforismo que viva por mí, que permanezca para siempre. Por esto mismo, mi verso debe ahondar en la atmósfera hiriente, rasgando la materia. No se trata de hablar al universo, que después de todo no sabemos qué es, sino de seguir siendo hombre para siempre, por lo que corrijo mi verso y lo recompongo en este sentido: “Oh vida, oh muerte atroz, tú me modulas”. Creo que esta versión corresponde mejor a la realidad, pero todavía hay algo vago e impreciso. Así que recompongo una vez más mi verso como “Oh, universo, yo quise y quiero ahora”. Ignoro si alguien, una inteligencia extraterrestre, vería en estos términos siquiera mi sombra. Porque un cierto sucedáneo del gran testigo o la gran memoria serían las inteligencias extraterrestres para las cuales uno puede brillar en su singularidad. Así que ahora me dirijo a ellas: “Oh, extraterrestre, he brillado”. Pero recuerdo que también el sol está condenado a apagarse.

Me desespera comprobar que no sé qué debo escribir, y esto me lastima, me hace morir más insulsamente. La verdad es que no sé qué pensar, qué decir en mi último minuto. No he sabido nada, estoy pagando el precio de una prolongada estupidez, no me he aclarado jamás, no he sabido nada y lo que es peor, se me antoja que esto no vale para nada, que mi empeño de dejar un verso también es inútil. Sigo sin saber qué decir ni qué hacer ni qué pensar. Admito que es imposible legar nada incorruptible. Así que podría decirse que muero de manera que solo sobrevivirá este desconcierto, esta grave equivocación que ha sido mi vida acaso unos segundos más tras mi muerte. Y por mucho que quiero reírme a mandíbula batiente, ahora no puedo, esto es demasiado serio, de una gravedad que me supera.

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