miércoles, 21 de agosto de 2019

Ensoñación de tabaco

Ensoñación de tabaco.

Marcos Santos Gómez


La noche había matizado y, si cabe, empeorado su melancolía. Como siempre. Los sueños que nunca dominaba. Vagamente recordó que se había estado repitiendo hasta la saciedad una escena más viva que la escena mundana que fuera su origen y que acabara disolviéndose con los años como algo fantasmal absolutamente expulsado del mundo. Es cierto que los sueños reiterativos que se despliegan porque sí como secuencias con ligeras variaciones deberían considerarse algo sublime, una anticipación del tiempo en el que se salvarán los soñadores, una repetición que insinúa que lo soñado constituye un preciado objeto digno de eternidad. Sería este el caso si su materia fuera, por ejemplo, una interminable vivencia de brindis y amistad. Una cena, dice Chesterton, con amigos, delicioso vino y sabrosas viandas inagotables que prefigura el Paraíso. Pero también, y este fue el caso de esa ensoñación que aquí referimos, a la par que la escena evocaba el goce de la juventud y la inocente amistad, en su insistencia había algo terrible.

Con sensaciones ambiguas de luz y miseria nuestro soñador despertó esa mañana. Ya quisiera él que la clave de todo lo soñado hubiera sido solo la chanza divertida de aquellos días. Pero la cansina escena no ha parado de soñarle con una vertiente sombría, con algo no nombrado.

En sí, la imagen evocada lo era de algo sucedido muchos años atrás en un colegio mayor, un ameno edificio de aire vanguardista con una insólita pero armoniosa torre octogonal donde se repartían en cinco plantas los dormitorios. Esta imagen de la torre abrigaba para nuestro hombre algo muy valioso. También la evocación de los inviernos de entonces. La escena, que era una en el recuerdo, pero originalmente muchas, se incluía en el lapso de unos años vitales en que se forjaron sus amistades sinceras, de felicidad casi pura, todavía con algo de infantil; también la despreocupación y el afán por las largas conversaciones donde los amigos proclamaban sus credos, sus heroísmos, sus anhelos y elevados ideales. Todo era nuevo y embriagador. Delante no había más que un Olimpo interminable.

En el sueño estaba, entre otras sensaciones y sinestesias, la alergia que le causaba la lana. Ya había olvidado estos brotes en los que la nariz picaba y brotaban eccemas. Un horror. Pero hacía falta abrigarse bien si se pretendía hacer tertulias paseando por el jardín, que era lo mejor del colegio. Bajar al jardín a mirar el agua helada en la fuente, entre tilos, cipreses, álamos y plátanos de Indias. Resistir vanamente la tentación de quebrar la fina capa de hielo, que todos acababan finalmente destrozando, para proseguir en el acto con la ronda de palabras. Además, se sabían mirados por mirlos, urracas, petirrojos, verderones, jilgueros, gorriones, alguna lechuza… Como era un gran jardín, podían hallarse también graciosas ardillas pardas y alguna culebra. Pero sobre todo, lo que importaba era el aire de inmenso claustro monacal por el que andaban como novicios de una orden goliarda.

El día recuperado por el sueño, en particular, parecía ser uno en que andaban con sus recién compradas pipas de fumar. La idea, que Jaime, el más singular de ellos, había tenido era la de disfrutar de un nuevo modo de placer, un juego sibarita y snob, aunque con un cierto tono bohemio. Un placer delicioso, como la cata de buenos vinos o las exquisiteces del bombón o las yemitas de huevo que circulaban entre los colegiales con periodicidad. Todo ello inocuo. Sin embargo, la travesura había consistido ahora en iniciarse en el arte y cata del humo, en el humo cálido, seco y dulzón del tabaco fumado en pipa. El tabaco puede oler muy bien, casi tanto como el jazmín, cortado en largas hebras agradablemente frescas. Fue cuestión de Jaime que todos ellos aprendieran el arte de encender y mantener encendida la pipa, aspirando el humo sin tragárselo. Eran fervorosos partidarios de las mezclas aromáticas de compañías danesas u holandesas, que aportaban al tabaco matices de cereza, wiski con malta o bourbon, vainilla y naranja. A nuestro soñador le entusiasmó sobre todo la mezcla que sabía un poco a cereza o el suavísimo sazonado con aroma de Bourbon. Colmaba la boca el humo denso, como si le entrara a uno una niebla maravillosamente templada, una explosión lenta y calculada en un acto de plena consciencia dirigido a obtener el mayor placer posible.

Y por esa escena soñada, parte real y parte irreal, sin que nuestro soñador supiera en qué sentido había oscilado la realidad o el sueño, se había despertado tres décadas después sabiendo que estaban absurdamente equivocados. Todos ellos. La muerte no era una broma, existía de veras y habría de llegarles. Se había enterado de esto, con el impacto que tal noticia sobre un viejo amigo, aunque ya no mediaran las palabras, podía hacerle a cualquiera. Justo antes de dormir. Un sencillo mensaje de correo electrónico lo había anunciado. Su muerte, el lugar y hora del velatorio corpore insepulto y, finalmente, el entierro en algún nicho del cementerio de su pueblo blanquísimo. No cabía duda. Era Jaime, aquel colegial a quien llevaba décadas sin ver; el joven, ya cuarentón largo, que tantas veladas de ciencia había organizado, tantos experimentos que dejaban a todos asombrados, las observaciones a los astros cuando todos, en mitad de una noche de enero, trataban de mirar y reconocer el cielo de los griegos. Jaime había llegado incluso a estudiar chino y ofrecer alguna conferencia a los propios colegiales en el salón de actos sobre el arte surrealista.

Había muerto. Apenas hacía ni veinticuatro horas. Nuestro soñador había soñado su pálida tez, sus extravagantes patillas, sus gafillas graduadas tipo John Lennon con las lentes rosas. Y de pronto había irrumpido la escena más cordial. El jardín: los cipreses, álamos y tilos, todos ellos embutidos en sus abrigos, la fina superficie helada de la fuente y los restos de una breve nevada deshaciéndose bajo el sol de enero. Paseaban fumando, comentando matices en los aromas, tratando de degustar el tabaco como si fuera excelente vino tinto. A nuestro soñador le sobrevino el recuerdo de sus frecuentes visitas a Gibraltar por entonces, con la finalidad de preguntar en los mejores estancos, las boutiques del tabaco, para comprar buenas mezclas inglesas e incluso algo de polvo de rapé puro o acompañado de aroma de regaliz.

Después, de vuelta al colegio, llegaba la cata y la tertulia. En esta ocasión algún estudiante de medicina, con un cráneo en la mano como Hamlet, irrumpió en el jardín y les dijo de manera inesperada que la nicotina era una droga que en determinadas cantidades y pura podía llegar a matar como el vitriolo, el cianuro, la cicuta o la flor de la adelfa. Pero todo era una broma y el susto no pasó de ahí. Se hablaba de la muerte con recogimiento y sentido de lo trascendental, pero sin creer nadie una sola de sus temerosas palabras.

Y también en enero, le llegó al soñador ese correo lacónico, con austera forma y mensaje.

Aturdido por la extravagancia de soñar todo aquello, de que su cerebro o su alma quisieran dedicarle toda una noche al amigo muerto y a las amables tertulias, nuestro soñador madrugó y echó a caminar hacia el bulevar, la frontera, la aduana donde muestra el DNI, la pista del aeropuerto que hay que cruzar. Aunque decidió, no como entonces, subir al autobús para ahorrarse caminar por la parte menos bella de Gibraltar. Y en la Calle Real buscó los viejos estancos, donde se confesó principiante en el arte de fumar en pipa, además de hombre que detestaba los cigarrillos porque para él el tabaco sería un arte mucho más recogido, lento y refinado que el de fumar cigarrillos. Así que compró unas mezclas danesas de diversos aromas y volvió a cruzar la frontera. Después, en España, buscó más matices en diversos estancos, alguno muy bueno. Pero lo que el inglés había camuflado y ni siquiera ya recordaba eran los mensajes. Ahora aparecían ostentosos como gritos. Borkum Riff Sungold (vainilla): “Fumar obstruye las arterias”; Borkum Riff Bronze (Bourbon): “Fumar puede matar al hijo que espera”; Amphora Full: “Fumar provoca cáncer de boca y garganta”; Borkum Riff Ruby (cereza): “Su humo es malo para sus hijos, familia y amigos”… después decide afrontar el inglés y lee en las marcas inglesas y escocesas: Clan original: “Protect children: don’t make them breathe your smoke”, Gold block: “Smoking increases the risk of blindness”, etc. Además una marca escocesa, Mac Baren mixture Scottish Blend… y podríamos seguir. En todas ellas, además, “Fumar mata” o “Smoking kills”.

Los había comprado todos, junto con una pipa de principiante, su pequeño equipo de limpieza, sus filtros, sus estuches. Y en la casa, tras leer una vez más los avisos, las terribles y ciertas advertencias, encendió como entonces su pipa y se dispuso a disfrutar del más grande de los placeres.

martes, 20 de agosto de 2019

¡Vaya par de crápulas!


¡Vaya par de crápulas!



Detrás de sí la turbia party queda,
la juerga que termina. Mas el par
de crápulas resiste. Va a cerrar
la disco sin que ninguno ceda.

Uno se balancea, el otro rueda
hasta caer al suelo. Hay que apurar
así la noche. Pálido, del mar
emerge un sol muy leve, como seda. 

Los amigos meditan de qué forma
poder hilar parranda con parranda.
Por lo pronto no van a la oficina.

Se imponen no seguir ninguna norma,
por lo que van andando que te anda 
felices a besarse en la cantina.


Marcos Santos

sábado, 17 de agosto de 2019

El agente secreto


EL AGENTE SECRETO



Cual fénix muchas veces resucita,

profeta de su incendio silencioso;

extremando la trampa, venenoso,

es peón de misión que pone y quita.


Su cálculo no cede ni se irrita

y por glacial, su crimen más hermoso;

la trama que entreteje peligroso

es la noche más hábil e infinita.


Demonio medio vivo y medio muerto;

no escapa, no contempla, no perdona

en su liza de sombras y de espejos.


El mundo que se extiende es el desierto

del hombre que no es hombre ni persona;

el mundo que se extiende cruel y lejos.



Marcos Santos

jueves, 15 de agosto de 2019

Metamorfosis

METAMORFOSIS


Deslumbrado se busca.
Te busca. Deslumbrada
No cesa de querer.
La noche… ¡oh, su luz!
Sublime. Danza. Danza.

Se quiere y quiere. Ángel
Que se alumbra en el beso.
Se eleva infatigable
A los rincones. Se sabe
De retazos. Él. Ella.

Ella que deslumbrada
Y deslumbrado danza.
Quiere ser más pues todo
Adora. Se disuelve
Para la luz futura.


Marcos Santos

martes, 13 de agosto de 2019

A partir de la dispersión




A partir de la dispersión

Marcos Santos Gómez


Ando picando lecturas sobre historia de la literatura y crítica literaria con la intención de aumentar el disfrute de las obras que leo. Cada libro leído incide en los otros, los que se leerán después y los que se leyeron antes, por lo que aunque parece preferible leer menos y leer mejor, hay que señalar que también es necesario leer mucho. Mucho. Nada pesa ni sobra. Y si hemos de dar un consejo desde estas edades que cumplimos es el de la lectura hedónica, que decía Borges, que no es sino leer por el más puro y desinteresado placer. No se lee para llenar nada ni satisfacer vacíos, ni para exorcizar demonios o hacerse un especialista, sino por el más obsceno de los placeres. Y eso es todo. De manera que con esta idea me hice hace poco con Breve historia de la literatura española, de Carlos Alvar, José Carlos Mainer y Rosa Navarro, edición actualizada de 2019 en Alianza, colección Libro de bolsillo. No porque sea filólogo o historiador, que no lo soy, sino por ese principio del placer que estamos mencionando y que por cierto es lo mejor que podemos dejarle a nuestros alumnos, lo que de otro modo llaman algunos “amor por la lectura”.

Claro que hay dos formas de leer, decía Piglia. La que se lleva a cabo en un sótano sin ventanas a la luz de una bombilla de las de antes, cubierta de telarañas, al cual se accedería por tortuosos pasillos. Le dejan a uno la comida en la puerta de esos subsuelos y por lo demás, con una pequeña estufa, se adentra profundamente en el único libro que esté leyendo como si se tratara de un texto sagrado. A fondo y con absoluta concentración. Así leía Kafka, dice Piglia, que era un lector de esta especie de lectores contemplativos y ascéticos. Mientras que el otro modo de leer, desvergonzado, es el que nos enseñó Borges, el que consiste en ubicarse en el todo de una biblioteca, en el centro del abrazo de los libros, sumergido entre ellos. Este lector pecaría de dispersión, de no realizar sino lecturas fragmentarias, de abusar de las enciclopedias, mapas y diccionarios, de literatura secundaria con frecuencia, leídos todos como se deja arrullar uno por una suave tarde frente al mar o con humor podríamos matizar que metido en el feliz ahogo de una pecera.

De manera dispersa, a la Borges, pico este tipo de libros secundarios de crítica e historia literaria; antes fragmentos y capítulos que obras completas. De ellos acabo de terminar la parte dedicada al siglo XX hasta 2010 del ya mencionado, lo que me ha sido grato, porque si no me llega a resultar grato lo dejo, por supuesto. Me ha interesado leer esta zona de la historia en la que estamos. He sentido que necesitaba un resumen que aclarase las líneas fundamentales de lo que en cierta medida sabía. Sus comentarios son buenos, aunque parcos, y alcanzan no solo valores objetivos sino que retratan un gusto personal que el autor del capítulo, como hacemos todos, va condensando en algún que otro juicio de valor subjetivo. Sobre todo, junto con las grandes generaciones, ya considerados clásicos, del 98 y del 27, me ha interesado la literatura a partir del versolibrismo de los 50 en poesía donde he prestado mayor atención. Con acierto resalta por ejemplo el elevadísimo dominio formal, la perfección de la atormentada primera poesía de Blas de Otero, que me encanta. Sus sonetos más conocidos de tipo desarraigado, torrentosos y perfectos. También incide en el enorme perfeccionismo de la escasa, por eso mismo, producción de Gil de Biedma, que despista por su lenguaje sencillo, muy natural. Pero no, él pensaba a fondo y revisaba hasta la saciedad lo que decidió publicar, nunca a la ligera. De hecho, este año he leído su prosa completa titulada Bajo palabra, de una gran lucidez (no el Diario, que todavía tenemos por leer) y varias veces los poemas de su antología en Alianza. Tengo su obra poética completa en Lumen. Ha sido el más grato descubrimiento literario de los últimos meses.

Con él, otros grandes que adoro. Un poco más sofisticado, Ángel González, más formal, de impresionantes y también cuidadísimos poemas, que tengo en varias ediciones. De hecho, ahora que nombro lo de las ediciones y obras, voy a esforzarme en leer obras, títulos completos, porque el poeta se expresa realmente, dice lo que quiere decir, en sus libros, por lo que si el gusto y el goce me lo autorizan, leeré libros completos de poesía y sobre todo los releeré y releeré. Ahora estoy con otro grande, José Ángel Valente y picando de Emily Dickinson y Neruda.

Pasa este capítulo de la historia literaria por otros muchos autores, muy buenos, y no solo poetas, claro, sino prosistas de novelas y relatos. Todo el panorama de lo que leído en muchos años queda desplegado ante uno, como un abanico, que puede contemplarlo mitad ahíto, mitad insaciable.

De lo demás en este capítulo último que comento, solo quiero quedarme para estas letras con las dos últimas páginas que describen una suerte de bicefalia actual en la literatura española (y mundial) en su vertiente mínima, por un lado, que tiende a la composición y lectura de piezas brevísimas (aforismos, microrelatos) u obras larguísimas (sagas fantásticas, desmesuradas novelas históricas). Esta contraposición se da también en otro sentido: como una vuelta a formas tradicionales para el consumo masivo y la que mantiene viva una tradición de innovaciones e incluso reflexión o expresión vanguardista (en definitiva la dicotomía entre una literatura de masas y la gran o alta literatura, lo mismo que pasa desde inicios del siglo XIX, nada nuevo por tanto). Sí resulta interesante que en cualquiera de las “modalidades” se está respondiendo al siglo, a los tiempos recientes de la irrupción de estos dos modos de lectura.

En la poesía pasó algo parecido en los ochenta, señala el autor, pero buscado por cierto interés de escuela, que fue la bipolaridad entre la llamada poesía de la experiencia por un lado, más emocional, más directa, de lenguaje sosegado y sencillo y las formas más vanguardistas del refinamiento formal e incluso de la metaliteratura. En cualquier caso, de ambas aprendemos.

Y por supuesto, Internet, que ha producido fenómenos insólitos; algo abrumador, que nos arrastra y en lo que estamos todos metidos, como este mismo blog y su autor, está claro. Por un lado hay una escritura y lectura de tono muy público, rápida, de textos breves, dispersos, algunos leídos y olvidados, de cierto aire consumista (¿un modo borgiano de lectura, no ya en cuanto a la profundidad, sino en cuento al modo de leer?); y otro tipo de lectura más reposada, lenta, íntima, efectuada en los ámbitos interiores y serenos, en soledad y concentración kafkianas, como diría Piglia. Es la paradoja  que hoy tenemos gracias a la tecnología. Esta segunda tendencia es la que se despliega en la moda de los diarios íntimos, las memorias, los libros de viajes, las biografías y autobiografías (género que aumenta a lo largo del siglo XX hasta hoy).  Aquí la idea es detenerse a leer, frente al modo apresurado y disperso fabricado en gran medida por Internet. Dos formas que coexisten y también dos formas de escritura. No digo con esto, ni dice el autor, que internet haya desvirtuado nada, sino que al contrario ha desplegado un mayor abanico de posibilidades de lectura y de escritura. Todo significa nuevos matices, nuevos goces.

Por cierto, no se tenga en cuenta ni muy en serio el abuso tanto de Kafka como de Borges que hemos hecho… de sus nombres y de sus estilos de lectura. Podrían intercambiarse sin problemas y podrían abrumarnos sus infinitos matices como una inundación. Kafka, Borges; Borges, Kafka.


Referencia bibliográfica:

Alvar, C., Mainer, J. C. y Navarro, R. Breve historia de la literatura española. Edición actualizada. Alianza, Madrid, 2019.





lunes, 12 de agosto de 2019

Rayuela de Julio Cortázar, relectura y reseña.





Rayuela de Julio Cortázar, relectura y reseña

Marcos Santos Gómez

He finalizado la relectura de Rayuela, de Julio Cortázar, en la reciente edición conmemorativa de la RAE y Alfaguara. He optado por otro modo de lectura de los dos sugeridos por Cortázar (en realidad hay muchos más posibles) distinto del que empleé en mi primera lectura hace muchos años. Si la primera vez llevé a cabo la que sin duda es la mejor opción, la que salta de un capítulo a otro siguiendo un orden aleatorio y pasando además por los denominados por el autor “capítulos prescindibles”, ahora he leído seguidos los primeros cincuenta y seis capítulos que supone la forma más convencional de lectura. He echado en falta algunos pasajes (¿paisajes?) interesantísimos y el papel de Morelli que apenas tiene presencia en la lectura seguida. No obstante, la novela, se lea como se lea, sigue eso que he denominado “orden aleatorio” o “caos ordenado” que para Cortázar evoca la imagen del juego de la rayuela. Se lee mejor a saltos, transgrediendo el orden cronológico y enriqueciendo la que sin duda supone la lectura más pobre, la que yo he acometido en esta relectura, es decir, la serie cronológica.

La esencia de la novela, su forma y su mensaje, es el de una pintura un tanto impresionista, sin omnisciencias ni voces o narradores al estilo tradicional, sin profundas prospecciones en el interior de los personajes que se definen sobre todo no ya por lo que hacen, que apenas hacen nada, sino, a lo sumo, por lo que hablan unos con otros. Rayuela es como una escritura sin demasiadas comas, rápida, intensa a ratos, que se desarrolla de muchas maneras, que se propone como perspectiva acerca de cómo es el mundo y cómo acontecen las relaciones humanas, que se basan en momentos interesantes, momentos significativos que solo significan a sí mismos pero también a la vida entera, al oficio de dejar pasar la vida. La vida, lo que resulta, es la aposición de esos momentos. También podríamos señalar una voluntad de superficie, de no necesitar postular profundidades para gozar del mar. 

A Cortázar le interesan esas acciones y diálogos que van desde hechos más o menos baladíes a sesiones de charlas eruditas de jóvenes intelectuales (algo cargantes) en el París de principio de los sesenta o finales de los cincuenta. Pero todo queda al nivel de una pose, de un modo de estar, por el que se pasa por los libros como por la vida, o sea, como uno puede y creyendo, entre lo ridículo y lo heroico, el propio papel que uno juega en el juego. La novela pinta el paisaje de un extravío amoroso y la convivencia de jóvenes latinoamericanos o europeos en París. París y Buenos Aires como dos formas de locura, de la locura del protagonista.

El núcleo de la novela acaso sea esa relación entre la Maga y Horacio que sucede en la primera parte, en París, y que después pesa, se siente como ausencia pero reaparece estrepitosamente al final de esta segunda parte “del lado de acá” (Buenos Aires). Es tópico afirmar la relación evidente que el estilo de Cortázar tiene con el jazz. Según le he escuchado en una reciente conferencia en youtube, a Vargas Llosa, el autor argentino la escribió de manera casi totalmente improvisada, sin un plan previo, sentándose a la máquina de escribir sin saber qué iba a escribir. Esto, que casi ningún novelista es capaz de hacer, contribuyó, desde que fuera engendrada, al tono improvisado, de suaves variaciones sobre un tema en el que se insiste sin que lo parezca y que finge constituir una trama que no es trama. Por eso, la novela es excelente para que quien trate de ser escritor o novelista sepa las posibilidades de la forma en la escritura, de la estructura de una historia (incluida la estructura que se improvisa y se cumple en el momento de la lectura, con el modo de lectura). Como también tanto, y de manera igualmente tópica, se dice, a partir de la expresión atribuida a Mc Luhan, que el medio es el mensaje.

Lo mejor es cómo Rayuela muestra la vida como juego, entreverada de locura y espantos, pero digna también de sátira y broma. La refrescante y suavemente alocada novela de Cortázar nos lo enseña.

domingo, 4 de agosto de 2019

"Yo, robot", de Isaac Asimov RESEÑA




Isaac Asimov, “Yo, robot”, ed. Edhasa (ed. Original 1950) RESEÑA

Marcos Santos Gómez


He terminado de leer Yo, robot de Isaac Asimov, ed. Edhasa, publicada originalmente en 1950. Un clásico de la ciencia ficción que, como toda la buena ciencia ficción, imagina y piensa el alcance de los elementos tecnológicos y sociales que ya existen y que de hecho hoy mismo ya hacen realidad lo predicho o imaginado. Estas novelas o relatos son en realidad prospecciones sociales y utópicas a partir del presente, de lo que hoy incipiente o soterradamente está ocurriendo. Así pues, lo predicho por Asimov, casi en su totalidad, existe hoy. La ciencia ficción toma en cuenta la tecnología y la ciencia en su nivel actual para pensar especulativamente e imaginar un futuro dentro de las posibilidades de futuro que se plantean en el momento de escribir la novela y en el uso de las distintas tecnologías. Es un género desarrollado en el siglo XX, aunque sus inventores pertenecieran a la segunda mitad y finales del siglo XIX. Representa un ejercicio artístico que no es nuevo realmente, salvo en que el elemento de mayor perturbación, el combustible para pensar, lo da la moderna tecnología vinculada a la computación y la inteligencia artificial. De esto sigue el asombro y el temor por que las máquinas alguna vez sustituyan al hombre o quede clara la superioridad de las mismas en la medida que soslayen nuestros defectos.

Asimov desarrolla en su novela una historia de la inteligencia artificial que se vincula con distintos tipos de robots que van unos sustituyendo y superando a los anteriores. Desde primera hora, en esta avanzada sociedad que él imagina situada a lo largo de todo el siglo XXI, se mezcla recelo y satisfacción por el invento. La peculiaridad es, según van mostrando los hechos de la novela, que un robot se haría a partir de una suerte de código ético que garantizaría su bondad, algo que en el anticuado ser humano no está en absoluto garantizado. Son, o acaban siendo, como personas buenas, lo que físicamente se determina en una suerte de pistas en sus cerebros positrónicos. Se fabrican obedientes a unas leyes de la robótica, proclamadas por la influyente corporación que los fabrica, y que son las que Asimov enuncia al principio de la novela y cuya ejecución será lo que va a ir dando juego al argumento y lo que finalmente marcará hasta extremos y matices no controlados por sus fabricantes, sus decisiones. A partir de aquí, cuanto más evolucionan las máquinas, o, mejor dicho, el cerebro positrónico, los robots (Asimov incluye el ordenador en su concepción de robot) van adquiriendo propiedades desde los originales mudos hasta las complejas máquinas que ya han llegado a sustituir, por decisión propia y secreta, el buen destino de la humanidad que ha comenzado las colonizaciones interplanetarias.

Hoy día, leyendo la novela, recuerdo conversaciones sobre esa especie de inteligencias o memorias que ya existen para gobernar una casa, potencialmente, como Alexia de Amazon. Viéndola funcionar, con asombro, descubrí hecho realidad el robot que tanto hemos esperado, o la inteligencia artificial, capaz de sentir (o simular) emociones, sesgos personales, de pensar, recordar y calcular, por supuesto, y hasta de generar una personalidad. No salgo de mi asombro al saberme ya en cierta medida en el mundo predicho por Asimov. Aunque lo que él plantea es aún más: el hecho de que los robots son mejores que nosotros, porque piensan y deciden todo desde un sesgo hacia el bien general de los seres humanos, los cuales son incapaces de ser fieles al mismo. La máquina supera al creador. Esto es la última consecuencia de aquel pequeño código ético inserto en el ADN de las máquinas. Son mejores que nosotros y nos gobiernan mejor.

Esto puede ser tomado de dos maneras. Una amenaza a la libertad de la especie o una ayuda para vivir del mejor modo posible sin fallos (y en un mundo capitalista, además), sin los sesgos inmorales del hombre, sus deseos egoístas, sus odios, sus violencias… El personaje que resulta un testigo en directo de este proceso de unos cien años de duración es, curiosamente, una psicóloga. De hecho ella, junto con un matemático, trabaja para la corporación que fabrica los robots (por tanto con más poder que el mismísimo gobierno). Esto quiere decir que para Asimov, o para su novela, el primer problema que plantea la robótica es el de las reacciones de los robots para la acción (¡producto de silogismos y de la resolución lógica en última instancia de dilemas de conducta sobre qué hacer en medio de la necesidad cada vez mayor de aplicar el código de las tres leyes de la robótica!). Y, claro, por esta misma razón, el trabajo de la psicóloga se apoya en el avanzado conocimiento de la resolución matemática de problemas que aporta otro analista, un matemático. Hay en todo momento una consecuencia moral positiva, según el escritor, en la aplicación de una razón estratégica y cuantificadora. El mero cálculo en realidad, que ya es anticipado por un primitivo modelo de robot que nace... cartesiano. Los robots son, en el fondo, racionalistas.

De este modo se genera una ética limpia, libre pero determinada a hacer lo que sea mejor para los seres humanos. Los gobernantes, una vez resuelto el desconcierto y el comportamiento loco, irregular, de los primeros tipos de robots, que se basaba en cómo había que interpretar y aplicar las tres leyes de la robótica, no hacen más que delegar en las máquinas. Estas ya se fabrican con la suficiente experiencia para resolver estos incipientes dilemas y llegar a gobernar la economía mejor que cualquier ser humano. Y mejor porque aprenden, por ejemplo, a mentir para hacer el bien, entre otras decisiones polémicas para resolver sus dilemas lógico-morales. El cerebro positrónico es capaz de anticipar las conductas humanas e incluso de “leer” el cerebro de sus interlocutores, con lo que toman el dominio de la sociedad, pero a costa de guardar secretos y engañar bondadosamente a los hombres.

Este tinglado psicológico-lógico-moral será, por fin, lo que elimine del hombre sus peores sesgos y logre, por tanto, gobernar como lo harían los filósofos de la República de Platón. Una utopía planteada por Asimov de un modo un tanto naif, pero con efectividad literaria, es decir, con el ingrediente necesario para ponernos a pensar este asunto. Me ha parecido, en este sentido, una lectura ideal para los jóvenes de los institutos de enseñanza secundaria y bachillerato. Por esto mismo, por su limpieza expositiva (a costa de hacer reducciones de los problemas y de sobrevalorar el alcance y universalidad del cálculo), muestra una posibilidad que, como he dicho, ya hemos visto casi totalmente realizada. 

Es un libro que se lee bien, para el verano, y que nos ha generado ganas de seguir leyendo novelas del autor, para imaginar con él o contra él.

viernes, 2 de agosto de 2019

Patria y regreso

PATRIA Y REGRESO

Marcos Santos Gómez


El regreso siempre me supo a poco. Abandonar los oropeles del mundo universitario y dejarse caer en el soñoliento verano de piedra, estrellas y fuente, sin que ningún cenáculo ocupe la mente, volviéndose a reducir el mundo a un par de objetos queridos y viejos juguetes en la buhardilla, a una gran casa, a los padres austeros, a un pozo, a una higuera y a la fidelidad de Kira. Sentir angosta la patria, aun tratando de enroscarme en ella y tal vez salvarme.
En la aldea todo se extiende en el horizonte de cardos y trigales. Eso pienso mientras viene Kira a que la suba en la cama o la coja en brazos. Mientras insisto en mis caricias, consiento en que ella me bese las manos con frenesí, las mejillas, las orejas, el pecho, los antebrazos. Es un animal enemigo de toda violencia, inmerso en su linaje natural, leal a la especie.
Atrás dejo provisoriamente el otro mundo, ajeno a este y tan distinto de este espacio de perros, gallinas y cochinos, de naranjos, de cosechas, de vencejos. Todo esto me sabe ahora como si fuera el cuento que noche tras noche resuena idéntico pero feliz en los oídos del niño que se duerme siempre estrenándolo.
Arrobado, transijo a esta materia, cediendo a este oro primordial que había olvidado, abandonándome, dejando que Kira prosiga con sus lametones. Esta ternura del reencuentro con la graciosa perrilla, me percato, no es única ni original. Ya se ha vivido y se vivirá muchas más veces. Morirá este momento, que más adelante volverá a nacer.
Mi retorno estival lo es a las entrañas, a las vísceras secretas, al callado poema inmemorial, o, mejor dicho, a los poemas que se abrazan al solo poema originario. En mi origen, en el más inocente de los lugares y tiempos, con Kira emerge algo que vislumbro en los redondos ojos de azabache que destacan en su carita blanca.
Un eco, me digo. Algo que siempre se atrapa en el regreso, en el momento de avistar la propia tierra. La perrilla me contempla desde un pozo que no entiende, que no puede entender. No sabe que yo veo a otro perro en sus ojos, un manso animal que recibe al viajero, que lo nombra oscuramente, que ladra saltando de alegría, anterior a nosotros y también posterior. Entonces caigo en la cuenta de que ella es Argos y yo soy, una vez más, Ulises.

viernes, 26 de julio de 2019

Roberto Bolaño, Nocturno de Chile, ed. Anagrama RESEÑA






Roberto Bolaño, Nocturno de Chile, ed. Anagrama RESEÑA

Marcos Santos Gómez


He terminado de leer otra novela corta de Bolaño, publicada en vida y totalmente acabada. Se trata de “Nocturno de Chile”, editada por Anagrama. Merece mucho la pena leer el Bolaño de las novelas breves, que dan la sensación de que son, cada una de ellas, una obra única, singular, en la que el autor explora modos de narrar distintos, con su personalísimo sello, poético y borgiano, o mejor dicho, borgiano punky con la velocidad de los beat. 

La temática que desarrolla es algo que la humanidad y muy en particular la del siglo XX, nunca ha dejado de pensar. Se trata del tópico del horror, que supera al mal, que es más que el mal, aunque lo contiene; la isla de horror que entrevemos, que sabemos en algún punto en el mapa de nuestras vidas y tratamos de sortear para seguir sumergidos en el mar de la costumbre. A veces lo avistamos cerca, en momentos de frenesí y peligro, de desesperación, de asombro, a pesar de que nuestras vidas se extiendan en un páramo de languidez. El reto de Bolaño ha sido llevar este tema al Chile del golpe militar de Pinochet, desde la perspectiva del protagonista narrador, que es un sacerdote católico próximo a cierta derecha en la Iglesia. Y lo hace como a ninguno se nos hubiera ocurrido, desde una perspectiva nueva.

La voz de la novela es, como es obvio, una voz católica que, confiesa Bolaño en la presentación de este libro, le costó mucho esfuerzo lograr. Porque el ser que narra en una angustiosa mansedumbre, vive y siente con las contradicciones propias del modo de fe que profesa. Una fe que quiere anticipar la visión gloriosa y vivir en esa eterna calma donde todo se justifica y se salva sin necesidad siquiera de mirar. Experiencia muy diferente, como cabe suponer, del carácter y vida de Bolaño, que tuvo que documentarse, pues no había pisado una iglesia en treinta años.

El protagonista cuenta su vida, que ha sido amable, igual que sus aficiones literarias y su frecuentación de los círculos literarios de Santiago, junto a poetas y narradores que continuaron su vida como si nada hubiera pasado tras el golpe y la junta militar. Poco a poco se intuye que en esta experiencia hay un horror que, con sus racionalizaciones y vericuetos morales, en realidad ha justificado. Se sabe extrañamente cómplice de algo que siente terrible y estremecedor, pero que no mira. De hecho su vida ha girado en torno a ello sin quererlo saber. Y es que el protagonista está situado en un nivel liminar, ambiguo. No acaba de entender el daño que intuye mientras prosigue su ascenso en sagrada quietud a la que se opone lo numinoso, lo demoníaco amenazante. Pero no logra librarse. Persiste con eso innombrable al acecho. Las ideas del cristianismo dulcifican su experiencia y, al mismo tiempo, le impiden una posición vivamente hostil en contra del mal.

El horror aquí se liga, sin perder la gran dimensión que siempre le da Bolaño, con la política, pero es mucho más. La atmósfera de espanto que transmite Bolaño apunta a algo, decimos, básico y mayor que todo ello. El horror que se ancla en la historia y como un parásito, en el bien. El desarrollo de esto, de este conflicto es todo el libro. O, dicho de otro modo, la narración de cómo este ser de tormenta contenida y negada, acepta el mal para evitar el conflicto inevitable.

Lo bueno es que Bolaño trata esta problemática de un modo originalísimo, pues la novela es otra de las mejores novelas breves que escribió, por lo que resulta casi imposible contarla aquí, contar esto que estoy diciendo. Realmente no se puede entender a este personaje si no se lee la novela. El tratamiento de este personaje lo hace único, no se parece a muchos clichés en los que cualquiera se hubiera empantanado como narrador, cayendo en los fáciles lugares comunes que suelen acechar en la literatura si nos descuidamos. La mirada de Bolaño presenta un hombre débil, en verdad, que no es malo y que disfruta de la cultura y el arte. Mas es precisamente este remanso de bellas sensaciones que puede ofrecer la gran literatura, lo que lo inmoviliza, o aún peor, lo que lo aproxima al horror en agria combinación con la experiencia. Vive en un limbo existencial, es muy culto y se entrega sin pensarlo mucho y sin fuerza como para oponerse, a la corriente cultural del nuevo régimen chileno. Esto ha perturbado mucho, siempre, es decir, en qué medida el paraíso del arte puede tener unas consecuencias morales. Algo ya muy debatido en la tradición occidental, como es la discusión sobre el arte comprometido o puro, sobre la comprensión del arte desde una teoría crítica o desde la famosa torre de marfil. Se trata de un debate sobre las consecuencias morales de algo que no puede explicarse en términos morales.

El sacerdote, en particular, vive el conflicto que quiere ignorar y que solo se resuelve en la solitaria confesión que va hilando, con sus desesperadas preguntas, según sucede la novela. Es fácil, parece querernos decir Bolaño, que el arte absorba y seduzca hasta el punto de distanciarse uno de la propia moral, la moral personal que debería conducir a unas prácticas distinta. Pero, ¿y si el arte fuera amoral? Es una cuestión que encuentro aludida por Bolaño con frecuencia en muchas de sus novelas, que han escogido miradas malignas, de personajes malvados, que hacen una literatura nazi, anclada en el horror, que la nutre y al que ella nutre. En este sentido es magistral la novela Estrella distante.

Lo mejor es ver cómo se ha enfrentado a esta temática Bolaño, con su sello tan personal siempre y con una genialidad que aflora en cada palabra. Recuerdo que al principio, cuando empecé a leer a Bolaño me chirrió, inexplicablemente, su prosa, porque fui engañado por su estilo en apariencia informal. Engaño que duró poco, hay que decir, pues uno se percata con rapidez de que en realidad sus textos son muy formales y literarios. Es pura literatura que trasciende el discurso del compromiso pero, a un nivel superior, lo recoge de manera oblicua y silenciosa, como si se deformara en el espejo de su obra. Funda una nueva manera de ser borgiano, desde la presunción de que nadie puede librarse hoy de Borges.

Otra clave de Bolaño, a la que él siempre se refirió, es la poesía. Sus textos tienen la fuerza de una poética diría que apocalíptica, en bastantes ocasiones. Apocalíptica y casi marginal. Desde luego, se vive en el horror como uno puede y el personaje utiliza el arte como sedante, todo lo contrario a la tormenta (de mierda) que vive. Es prosa y poesía a la vez, es en realidad otro modo de la poesía narrada que Bolaño reinventa y que al lector le proporciona un nuevo matiz que se añade a los matices de la historia de la literatura. Todos sus escritos en prosa, se da uno cuenta, son sus mejores poemas que pasan por otra cosa. Su narrativa rezuma poesía.

Ciertamente, es fundamental e  imperioso releer a Bolaño.

miércoles, 17 de julio de 2019

Nuevo balbuciente Post escrito por un trémulo comentarista de las conferencias de Piglia sobre Borges.


Nuevo balbuciente Post escrito por un trémulo comentarista de las conferencias de Piglia sobre Borges.

Marcos Santos Gómez


Abordar la lectura, es decir, los modos de leer que existen, sea por ejemplo el modo que funda Borges o acaso el de un monje copista del siglo XI, significa abordar el orden. La literatura existe como vehículo para dotar de una cierta unidad a la experiencia humana, tarea por otro lado imposible. De ahí que dijéramos en el artículo anterior que esa literatura que brota y se expande como la enciclopedia sobre Tlön y el mundo llamado Tlön que crea, es la verdad, la consistencia y la columna vertebral de lo que llamamos mundo, el mundo de los hombres. Por eso, la literatura es idealista por naturaleza; es profesión idealista y nunca realista, si entendemos que la materia a la que insufla el espíritu es un caos indiscernible. 

El orden, nunca definitivo, se invoca en el mero hecho de nombrar, como manifiesta la más fervorosa enumeración caótica de la historia de la literatura, aquella que obra el narrador del cuento El Aleph. Como nos recuerda Piglia, consiste en la descripción de lo que se ve en ese centro mágico que Borges llama aleph: “Vi A, vi B, vi C”… ad infinitum o, mejor dicho, ad nauseam. El orden del universo es aquel orden puesto por un sujeto que mira, o mejor dicho, un punto de vista; pero es preciso resaltar vivamente que nunca lo es la burda réplica que del cosmos pretende componer el poeta rival del protagonista que en el mismo cuento emprende la absurda e imposible tarea de repetir todo lo visto en el aleph (vg. el horrendo verso “hay una blanca osamenta en un poste de una valla en Texas”, que cito de memoria). El lenguaje y la literatura no pueden ser realistas y menos referir virginalmente las cosas. Aquí, por ejemplo, la palabra "osamenta" que trata de señalar un prosaico amasijo de huesos o cráneo de alguna bestia en lo alto del poste de una valla, no es pura, no logra transmitirlo con total objetividad, como si fuera la imagen de una cámara, porque lo que transmite es algo que nos llega impregnado con numerosas connotaciones, se quiera o no. La palabra "osamenta" transmite feamente aquello que refiere, en emulación áspera del objeto referido del que no se escapa el símbolo. 

La técnica de Borges, o del protagonista de su cuento, es otra, más precisa, ejecutada por este, que mira entre el espanto y la alucinación. La visión del aleph, es decir, de la desaforada suma que constituye el universo, en un mismo instante y lugar, inspira un vértigo que Borges salva mediante la enumeración de unos pocos elementos que siendo pocos y escogidos, lo nombran todo. Solo así se puede postular el universo, algo que ningún hombre, en realidad, puede ni siquiera concebir. Hay que echar mano del arte para nombrar provisoriamente lo que tal vez no exista, como es la pretendida unidad del cosmos. ¿Cómo mencionar en una siempre caótica enumeración de los seres, con su tiempo y sus estados, la identidad de todo ello? Imagínese, por ejemplo, nombrar los perfiles que muestran todas las cosas, la geometría y el conjunto infinito de los números, el minucioso crecimiento del cabello y las uñas, todos los hombres con todos los segundos de sus vidas vistos desde todos los ángulos, los seres que existen y los imaginarios, los más de cuatro mil millones de atardeceres azules en Marte, la cadena de vientres que llegan hasta uno, las sagas de la épica, los eclipses y conjunciones de los astros, los momentos de la inspiración y de la abulia, los inagotables rostros del hambre, el giro de una ruleta en un casino de Zurich un día nublado de agosto de 1899, todas las horas de insomnio del escriba favorito de un faraón de la undécima dinastía… este todo inagotable aguarda en un punto, en la recóndita escalera de un sótano en un suburbio de Buenos Aires. Todo se da en un despliegue cuya sola observación deja exhausto. “Sentí infinita veneración, infinita lástima”, añade Borges a su lista que se atreve a nombrar ese todo gracias a su renuncia a nombrar todas las cosas. Son esos espacios en blanco, esas infinitas palabras, seres o latitudes que no se refieren, que no se pueden referir, que ni siquiera la memoria guarda, las que aportan la melancolía de la lista en el relato, que brilla porque nos hace casi visible lo invisible, o postula no ya el orden, sino el anhelo de ese orden.

Cualquier selección de los seres basta y es al mismo tiempo insuficiente. Cualquier organización por muy realista que se pretenda, es un modo de fraude. Porque no conocemos la unidad o primera identidad que contuviera todas las cosas. Y no faltan razones para anhelarla. Así, Borges suele imaginar el universo como laberinto, lo cual es grato, porque un laberinto, aun siendo indescifrable, habría sido creado según una lógica y tendría un centro donde acecha un Minotauro o una divinidad o un demonio. Esto es bueno y terrible pues cabe al menos la posibilidad de imaginar un plano del laberinto, un hilo de Ariadna, aunque en el centro esté el infierno. Lo infinitamente peor que esto es que el universo ni siquiera sea un laberinto, sino el más ininteligible caos.

A pesar de este anhelo un tanto platónico, Borges ironiza con los órdenes humanos, aunque desea el orden. Aspira a hallarlo, mientras se burla al mismo tiempo de la manía de fabricar taxonomías, mediante la alusión a una supuesta clasificación china de los animales que cita Foucault al principio de Las palabras y las cosas. Algo inspirado seguramente en la tradición oriental y concretamente tomado de un género literario clásico en lengua japonesa, operado por mujeres y consistente en forjar listas de seres con un fin muy subjetivo y personal, en suave burla de lo objetivo. La cima de esta literatura es el Libro de la Almohada de la cortesana Sei Shônagon escrito hacia el siglo X.

Por la necesidad de hallar nuestro hilo de Ariadna, no podemos prescindir de la lectura, que tampoco es una y única. Los modos de leer se suceden, como explica el relato Pierre Menard, autor del Quijote. Las ideas, la cultura, los arquetipos, se inventan y se insertan en la materia. La organizan. Un idealismo en el que la interpretación antecede a la lectura pues viene de otras lecturas anteriores. Los seres humanos insistimos en forjar clasificaciones u órdenes que se añaden al mundo, pero este los repele.

Este segundo Quijote de Pierre Menard añade una suerte de trama ideológica y cultural que no existía cuando se escribió por primera vez el Quijote. Se trata de una virtud de la escritura, que resulta aún más patente en el acto cerebral y artificioso de la traducción, que para Borges consiste en una reescritura del texto. A menudo bromeaba con que las traducciones puedan superar al original. Piglia relata anécdotas divertidísimas protagonizadas por el propio Borges. Él condujo esta verdad a sus más atrevidas consecuencias cuando traducía. Llegó a cambiar la puntuación en textos de Faulkner, a suprimir párrafos de relatos de Poe, etc. De esto trata en el libro Historia de la eternidad, en su ensayo dedicado a las traducciones de Las mil y una noches, lleno de sutileza y fino humor. Lo que menos importa es el original, pues nunca acaba de saberse su origen ni versión primera en árabe, ni a quién atribuirlo, y las distintas traducciones del siglo XIX al francés, inglés y alemán, son, de hecho, otros libros, que difieren de la fuente y de las demás traducciones. Cada traductor, persiguiendo un fin distinto y desde la sensibilidad de su pueblo y de su lengua, hace en realidad una obra propia. 

Según el argentino, traducir no significa necesariamente traicionar, como señala el conocido tópico italiano, sino que es una forma de reescritura de la obra original que le añade matices siempre distintos que pueden mejorarla. Y no solo la traducción, sino toda la creación literaria, en la actualidad, es una forma de repetición de textos mediante citas o plagios que aun siéndolos, han variado en matices. Nadie puede escribir de manera virginal ni nombrar como lo hizo Adán en el Edén. Jamás la cita, ni la repetición, son exactas respecto al original. En el paraíso-infierno de las bibliotecas, en el torbellino de la memoria también, solo cabe la originalidad pagando el precio a lo ya hecho previamente por otros. Así que leer es releer y escribir solo puede ser reescribir.

Varían los modos de lectura y esto modifica los textos. Justamente esta es la mayor enseñanza de Borges. Y así ha resultado que hoy se lee al estilo de Borges. Lo que no resta un ápice al deseo de hallar una última e íntima unidad de lo leído y de las lecturas. Quizás ahora Borges se ha convertido en el orden provisorio y balbuciente que profesamos. El orden de la literatura o el de cualquier enciclopedia no es realmente ese orden secreto que intuimos o anhelamos, pero lo suplanta. Las enciclopedias, las bibliotecas, los libros, son más reales que el mundo, hasta llegar a confundirse con el mundo, al que acaso acaban devorando.  

viernes, 12 de julio de 2019

Balbuciente Post escrito por un trémulo comentarista de las conferencias de Piglia sobre Borges.


Balbuciente Post escrito por un trémulo comentarista de las conferencias de Piglia sobre Borges.

Marcos Santos Gómez



Las conferencias de Piglia sobre Borges que aguardan en youtube, realizadas para la televisión pública argentina, cuatro charlas de casi dos horas de duración cada una, han tenido la virtud de hacerme despertar de un cierto letargo, mientras se han ido desarrollando en mi televisor. Un letargo que mezcla la ansiedad y necesidad de que lleguen las vacaciones, junto con un sordo cansancio que desploma mi cuerpo. Me han conducido a releer algunas líneas de Historia de la eternidad y, de paso, al propósito de releer toda la obra de Borges, una vez más.

Transmite la relectura del argentino una sensación curiosa: la de que se le está leyendo siempre por primera vez, en una suerte de primeras veces reiterativas sobre un fondo brumoso y a las que siempre supera la más reciente. Decir que su prosa y poesía son inagotables por ello, es utilizar un lenguaje pobre y rebajado, indigno de lo que trata de decir. Cualquier frase o palabra de Borges resplandece con no previstos colores que se funden con los viejos. Quizás sea esto, como señala Piglia, por el secreto magisterio de Quevedo. Cada palabra en Borges, la adjetivación, la austera belleza de las frases, su laconismo está preñado de palabras que no se llegan a decir, de bellas incertidumbres y ambigüedades que aletean alrededor de nosotros, del texto, como ángeles mudos. A menudo están también poderosas tensiones, poderosas, digo, estéticamente, porque devienen en un arte plagado de tiempo y de eternidad, de individuos y especies que trata de emular al universo. Un arte que, como Tlön, se desliza al mundo y compite con él. 

Dámaso Alonso escribió el verso “Quevedo prensa pensamiento hirviente”, que podría en cierta medida aplicarse a Borges, aunque alejándolo de un sentido tormentoso. La hipersensibilidad, la intensa emoción de Borges autor y, es preciso conjeturar, Borges persona, despedazados por la diferencia y el tiempo, son sublimadas en un sereno estoicismo. Hay ímpetus y tempestades que solo puede expresar una palabra serena. El vaivén que, en Quevedo, conduce de lo chocarrero y obsceno a la nobleza de sus grandes sonetos de temática filosófica y religiosa, en Borges se remansa y se da entre una elegante ironía (en palabras de Lázaro Carreter) y el sosiego a medias pesimista de un bello escepticismo.

Aquí es preciso dar imagen a los dos mundos que lo constituyen, según Piglia. Nombrémoslos con parquedad: biblioteca (también eternidad y Paraíso) y en el otro extremo, fuera de la biblioteca, la carne, la materia, la barbarie, el tiempo, la pasión, el infierno. Borges se debe a ambos y los contiene al uno como sombra que impugna al otro. Borges es la genialidad de esa contradicción que soportan sus textos, una contradicción jamás resuelta, en la que oscila.

Vive encerrado en su biblioteca, en su ciudad, la de mayor número de librerías del mundo, en su país, que tiende a serlo todo pero sobre un vacío, sin la prolija tradición colonial o prehispánica tan evidente y rica en Perú o México, por ejemplo. Al menos, así estuvo antes de los años cincuenta, cuando, una vez publicados sus mejores libros, se dedica ya ciego a viajar y a ver el mundo, y, también, a ver cine, atento a una amplia filmografía que escucha absorto, en la sala, y que le cuenta al oído la voz susurrante de Kodama en la penumbra de él y de todos. Insiste Piglia, con razón, que es una tragedia quedarse ciego, que Sartre no resistió pero que Borges aceptó sin queja.

Borges es un postulante a platónico, como dije en otro escrito ya concebido y vivo en algún sitio, mas esperando pronto su lugar en el mundo, su carne y su forma. Pero el platonismo y aún más, el neoplatonismo, reclama su precio en tensiones y trágicos desgarros. Al mismo tiempo ama y se resigna en la frontera de la fabulación. También la aspiración a la unidad y a la identidad en Borges puede ser asociada con el platonismo. En este sentido, el genio argentino no resulta tan fragmentario como se dice. No lo es al estilo de la escritura fragmentaria que hoy se estila, sino que es fragmentario en la medida que presupone una última identidad en el mundo que solo con sus más hermosas metáforas, como el Aleph, puede expresar. Aspira a ella. Siente su nostalgia. Este orden invisible que presiente preside de modo inconcebible el caos inasible que son, que somos, los individuos.

Pero, ironiza en Historia de la eternidad, ¿son más reales los individuos o la especie? Muchos cuentos se desarrollan a partir de esta pregunta y de una perturbadora sospecha sobre la respuesta (Funes el memorioso, por ejemplo). En relación con esto Borges no es capaz de sustraerse a la broma afirmando que, contra Funes, para todos nosotros los gorriones son uno, un espécimen, el único, al que no vemos y del que antes escuchamos los trinos. Tratamos a todos los gorriones como a un mismo gorrión, los superponemos en él. Y esto es, por cierto, parte de nuestra experiencia más concreta y sensible. Además, todos los leones se superponen en un único y majestuoso león al que vemos en cada uno y cuyos rugidos oímos en cada león que ruge.

Como en Quevedo, la tensión hace brotar su poesía, su narrativa y sus ensayos que son, sobre todo, obras literarias. Mejor dicho, todas sus composiciones, en esencia, son poesía. Borges es, creo, sobre todo poeta; tanto, que quizás por eso no escribió novelas y por supuesto, aunque compuso ensayos no es ni por asomo un filólogo o un historiador en el sentido más académico. Es, como el genio barroco, Quevedo, ficción conceptual o filosófica, que no se debe tachar de metaliteratura, como yo he dicho falsamente en otras ocasiones. No es reflexión sobre textos o literatura, sino que pretende ser reflexión viva, sobre el espontáneo curso de las vidas, que se explican literariamente.

(Al oprobio de haber confundido el tema de Borges,  hay que añadir el de haber sido largamente objeto de las bromas de Borges hasta haber llegado a tocar, como Santo Tomás toca la llaga de Cristo, al escritor ciego, anciano, balbuciente, de espléndida estampa que en los años cincuenta escribiera sus dos grandes libros de relatos. Esta visión de gloria se cimenta en el error. Habría que anteponer a ella la verdad de un Borges con vista, joven, anterior a la fama, sin bastón y algo más feo, que fue el verdadero autor de Ficciones y El Aleph en los años cuarenta del siglo pasado. Su esplendor literario ocurrió cuando era joven, incluso bastante joven).

Pero, continúo. La diferencia entre hacer metaliteratura o literaturizar el mundo, tratarlo como literatura, distancia a Borges y “posmodernos”. Es preciso entender si la literatura es en sí el objeto, o lo es la vida que solo ocurre literariamente. La literatura usurpa la vida, pero para serla, para insuflarle verdad. No sé cuál de ambos escepticismos gana al otro o, confieso, si son el mismo. En Borges, tratar sobre la literatura es tratar sobre la vida y la existencia, su obra no es la de un académico. La literatura brota al mundo y lo conquista, no es un oficio ni una pose, de manera que incluso nuestra identidad personal es activada por los textos. No existe una usurpación de la vida por parte de la literatura, sino la vida salvada y perfeccionada en la literatura, en la forma literaria.

Anciano y ya ciego, Borges fue autor de libros menores, señala Piglia, que son sombra de los otros anteriores porque para escribir hace falta ver el propio texto que uno escribe. Fue también conferenciante. De hecho, uno de los mejores conferenciantes del mundo gracias a dos imperdonables defectos: que partía de la duda, sin salir de ella, salvándola solo por la belleza, y que balbuceaba al pronunciar sus conferencias. Si en el español, el nacido en España, según Piglia, está el modo asertivo de expresarse, con discursos duros, seguros, sin fisuras, que aparentan ser la verdad, en Borges está lo contrario. Fue un conferenciante cuya seducción obraba por el hecho de dudar constantemente, lleno de titubeos su discurso y de hacer creer inteligentes a sus oyentes debido a su fe de que todo el mundo, como él, es literatura. 

La genialidad de Borges estriba en que conduce a la perfección la expresión literaria del estigma que todos portamos, el de ser hijos de tensiones, de los desequilibrios en el mundo y la cultura. Pero su ética es estoica. Como hemos dicho, nunca se quejó de su ceguera, a la que consideró una sabia ironía de la Divinidad inexistente que le dio, como a todos nosotros, a la vez los libros y la noche. Una maldición que él destacó antes como bendición y broma sagrada. Su noche es la noche de todos nosotros y su paraíso, su caótica identidad relatada en los libros, es también nuestro paraíso. Sin embargo, la biblioteca no deja de ser una maldición y él también lo sabe. Lo es por ser cerrada, como cueva de ermitaño, limitado infinito, orden todo lo bello y clásico que queramos, pero insuficiente. Fuera de sus muros late, seduce y amenaza otro mundo de individuos y no de especies, de caída y de muerte, antes que de eternidad. Porque somos ese tiempo que nos va despedazando como un tigre y ese tigre somos nosotros. Existir es ser devorado por algo a lo que no podemos renunciar sin inmediatamente precipitarnos en la nada. El tiempo es una sucesión de pedazos desgajados de la eternidad. En el tiempo, en la Creación, el museo de hieráticos y fríos arquetipos es humillado por la obscena e incesante efervescencia de sombras y de espejos.

Estas ideas me han sido dictadas o inspiradas por la primera de las cuatro conferencias sobre Borges de Piglia y se deben también a un ímpetu, a un breve momento de entusiasmada lectura (relectura) de Historia de la eternidad, primer ensayo del libro con el mismo nombre. De la palabra hablada, he pasado con alegría al texto y del texto a la escritura vivificante. En el fondo, la pasión me ha forzado a juntar letras sin haber siquiera acabado la lectura del texto cuyas dos últimas páginas prometen ser lo mejor.

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