jueves, 5 de diciembre de 2019

Lectura de "Piedra de estupor" (antología) de César Vallejo



He finalizado la lectura de Piedra de estupor. Antología poética, 1918-1938, de César Vallejo, edición a cargo de Inmaculada Lergo, editorial Renacimiento, Sevilla, 2019. Un buen repaso por los distintos periodos de este peculiarísimo poeta. Tiene poemas muy buenos, impresionantes, con los que he conectado, y que pertenecen básicamente a Los heraldos negros y Poemas humanos. Con el vanguardismo de Trilce siempre me ha costado más entenderme. De todos modos, en toda su producción ostenta un estilo muy característico de sintaxis rota, aposición surrealista de nombres en apariencia sin sentido, recursos como la invención de neologismos, la ortografía cambiada, personificación, dando un resultado de texto nada parecido a otros que yo lea normalmente, extravagante pero muy emotivo al mismo tiempo. El vanguardismo de su operación con las palabras no es frío, sino que transmite constantemente calor humano y compasión. Es esta mezcla de vanguardia y honda emotividad lograda con recursos vanguardistas lo mejor de Vallejo, según creo. Por cierto, digno de nombrarse son los poemas de España, aparta de mí este caliz, seguramente de la mejor poesía escrita sobre la Guerra Civil española. Contra lo que suele suceder al imponer al verso un fin concreto político, en él esto hace que dé casi lo mejor de su producción. Es una poesía comprometida y de guerra que precisamente por ella, y de manera única, alcanza una gran cima expresiva.  

martes, 3 de diciembre de 2019

Lectura de "Ácido sulfúrico" de Amélie Nothomb



He terminado de leer Ácido sulfúrico, de Amélie Nothomb, ed. Anagrama, Barcelona, 2017 (edición original 2005). Escrito con una prosa que aparenta descuido, de frases cortas, diálogos muy dinámicos. No puedo decir que este, ni sus libros, me lleguen al alma, pero son buenos, al menos, están muy bien narrados. Hay detrás una estructura, una idea clara del libro, en esta escritora tan prolífica, que sin duda sabe el oficio. Pero no es mi estilo de literatura el de este libro, por lo menos. Sus libros, (he leído otros dos bastante buenos y un tercero que me gustó menos) son explosivos, auténticos cócteles Molotov que contienen siempre una dosis de violencia y de relaciones malsanas. Tiene otros muchos libros (decenas) que yo no he leído, y al parecer alguno es en un tono más lírico, pero los que conozco son, como repentinas tormentas o tornados que se montan en un periquete y la lían parda. Es una literatura algo loca, con alguna dosis de neurosis, que tacharán de postmoderna y que recoge algo de lo mucho patológico que hay en nuestro mundo y vidas al límite, entre la histeria, el miedo, el asco y el hastío. Un combinado curioso que aunque tiene todos los ingredientes para que me guste, no puedo decir que me haya dejado una huella indeleble. Aunque esto solo puede saberse cuando pase un poco de tiempo. Al menos es bueno, creo, que hoy se escriba también así, con esta prosa a medida de nuestro tiempo, que es lo mejor que parece tener, el haber captado un determinado modo de ser actualísimo y vertiginoso. 




domingo, 1 de diciembre de 2019

Lectura: "Plata quemada", de Ricardo Piglia




He terminado de leer Plata quemada, de Ricardo Piglia. Una narración magnífica, con un ritmo trepidante, con un cierto juego de puntos de vista y  dotada de personajes malignamente atractivos que Piglia retrata con sabiduría. Una trama increíble, pero según dice, basada en un hecho real; con bestial ensalada de tiros y la resistencia verdaderamente heroica de los malos, que están como una regadera... Un tipo de narrativa "realista" que simula la realidad, pero que viene trabajada con una difícil y muy estudiada técnica narrativa. La historia es perfecta, se cuadra y, como digo, es pura realidad... bien elaborada. Una aproximación a la villanía y a la infamia mucho menos apolínea que la borgiana, más sucia, desde una perspectiva literaria diferente. Diferente de Borges, de Schwob.

sábado, 30 de noviembre de 2019

"Poemas", de María Zambrano




He finalizado la lectura del libro Poemas, de María Zambrano, edición de Javier Sánchez Menéndez, ediciones de la Isla de Siltolá. Se trata de una colección de la brevísima producción poética, al menos hecha pública, que escribiera la magnífica filósofa malagueña. Una obra escasa, sobre todo si se piensa lo mucho que dedicó a meditar sobre la poesía y el elevadísimo valor que le dio a esta. Su teoría poética está prefigurada en el siguiente poema-fragmento:

“Estoy demasiado rendida para escribir, demasiado poseída. Sólo podría hacer poesía, pues la poesía es todo y en ella uno no tiene que escindirse. El pensar escinde a la persona; mientras el poeta siempre es uno. De ahí la angustia indecible, y de ahí la fuerza y la legitimidad de la poesía” (p. 67). 

Sus poemas rompen con las formas de la métrica tradicional, salvo alguno que conscientemente adquiere un carácter de cancioncilla no demasiado perfecta en lo formal. La intensidad la logra con las propias palabras que van sucediéndose en versos irregulares, con el sentido, con aquello a lo que cada una, y todo el conjunto, apunta. Es una poesía difícil, no ubicable con facilidad y de ella voy a destacar dos poemillas. Se trata de una elección muy personal, que quizás no destaca otros poemas que deberían mencionarse y más representativos, pero es el tipo de poesía, de la que cultivara la filósofa, que más me ha llegado, quizás por su forma más propiamente poética, pero sobre todo por la hondura lograda en tan pocas palabras. Son dos poemas de juventud, de un momento de pesimismo existencial, bellísimos, que recuerdan algo a la Pizarnik:


Ni los aires vuelvan a correr su vuelo
Hondo aljibe del silencio
deja correr tu tesoro.
Inunda con él la noche,
los espacios, los ciegos corazones.
Para definitivamente el tiempo, 
clava en la noche al tiempo.
Silencio y muerte solos, 
muerte y silencio, quietos.




Otro, fuerte, desgarrado:

Ni brisa ni sombra.
¿Por qué, muerte, así te escondes?
Sal, salte, sácate de tu abismo,
escápate tú ¿quién te retiene?
¿Por qué no borras con tu mirada el universo?
¿Por qué no deshaces las piedras
con tu sombra, muerte, sólo con tu sombra,
con tu mano desnuda,
con tu rostro de estatua, 
desnuda presencia a quien nada resiste?
Enseña, muestra tu cara a los mundos,
que ya no haya espacio,
ni cielos, ni viento, ni palabras.
Quiero hundirme en el silencio.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

RELATO: Retrato grotesco al aguafuerte

Retrato grotesco al aguafuerte

Marcos Santos Gómez


Nació en una posada en el camino Real, a pocas leguas de Alcalá de Henares. A veces el viento traía el hedor de Madrid, sometida a la pestilencia mortal. Corría el año de 1656. Su madre, de la que se sabe poco, murió en el parto y su tía se hizo cargo de ella de muy mala gana. No hubo un día que no le atribuyera la culpa de la muerte de la hermana, pero supo aprovechar sus bracitos para un sinfín de tareas que hacer en la posada. Tenía que trabajar para ganarse el sustento y si no lo hacía, no comía. Otras veces, aunque trabajara, tampoco comía y tenía que sentarse a mirar cómo en la gran mesa los huéspedes daban buena cuenta del puchero donde mojaban sus panes negros. Mas apenas tenía dieciséis años, su tía halló un abominable modo de rentabilizar aún más su presencia entre los clientes, que en jornadas agotadoras gozaban de ella sobre su miserable jergón. Uno de ellos, clérigo tonsurado, le habló arrepentido de Satanás y los castigos del infierno; y desde entonces ella imaginó cuando yacía que la cubría un extraño pero hermoso galán de mirada profunda y rasgos afilados, que, joven como ella, se cuidaba de procurarle el mayor placer. Cuando el huésped, a menudo feo y grasiento, la dejaba exhausta y feliz, nunca acababa de saber por qué. Siempre le arrojaban unas monedas al suelo asustados por su frenesí, para salir del cuarto miserable persignándose.

De vez en cuando debía satisfacer al hombre que compartía lecho con su tía, que lo permitía porque ella decía “él es insaciable”. Entonces, también soñaba con el joven de mirada profunda. De vez en cuando en un rincón de la posada algún hombre de letras o estudiante le enseñaba latines de memoria que ella recitaba sobrecogida, así como los caminos de la teología y el catecismo, divertido de ver cómo ella abría fascinada la boca y preguntaba por qué había mal en el mundo, que eso no acababa de casarle bien con la Bondad de Nuestro Señor. Se forjó una primitiva idea de lo sagrado, que la obsesionaba. No podía discriminar premio y castigo, placer y cuitas, pues todo ello junto la abrumaba en cada miserable jornada. Un estudiante burlón le había enseñado los rudimentos del alfabeto y cuando no la veían, se esforzaba en entender los libros. Pero nada le parecía tan fascinante como aquel hombre gentil y atento con ella, que en sus ensoñaciones tenía una perfumada melena de azabache y la amaba mientras otros gozaban con ella.

Pronto quedó preñada, pero apenas le daba tiempo de entusiasmarse con alguno de sus bebés, pues la horrenda tía, una mujer cada vez más infame, que fue adquiriendo una triple papada sobre el pecho descomunal, se los arrancaba y no volvía a verlos. Después, decían a las autoridades que habían muerto de pestilencia. Los ponían en cuarentena y tras el obligado descanso, todo volvía a su cauce. Se decía que el ama hacía brujería, que comía carne de niño neonato, que practicaba abortos, que guardaba en un diminuto retrato grabado, oculto en un basto anillo de cobre y cristal, el mismísimo retrato del diablo; pero era tal el provecho que el negocio originaba en los hombres de la comarca, que nadie decía de meter mano a lo que allí pasaba. Digamos que se toleraba una rutina que mezclaba el placer con lo más aborrecible, con la suciedad, el pecado y, quizás, el crimen. Faltó poco sin embargo para que las autoridades considerasen que se había celebrado un aquelarre cuando lo que se celebró fue una descomunal orgía. Fue una jornada interminable para la que cerraron tres días la posada y que coincidió con el día de difuntos, en lo que comenzara como danza de la muerte y que acabaron llamando fiesta de los últimos días.

Una vez irrumpieron soldados. Generalmente eran fanfarrones y bulliciosos, pero esta vez fueron cuatro que, aun bebiendo, no abandonaron su sobriedad y comenzaron a contar cosas de la guerra, cosas espantosas, que ella escuchaba tratando de no escuchar; mas las palabras se colaban en los oídos y era capaz de contemplar como en sueños el ambiente estremecedor de pólvora, metralla y cuerpos mutilados que agonizaban pidiendo la salvación. “El mundo –le dijo uno- es malo. Es muy difícil creer que haya nada bueno en él. No salgas de estas paredes”. Pero a ellas esas paredes le parecían el infierno.

En una de las palizas que le dio el hombre de su tía, juró que ya no aguantaba más, y que prefería el hambre y la miseria a seguir con ellos. No tenía veinte años cuando escapó y quedó como mendiga errante en el camino de Madrid. Anduvo y anduvo, hasta dar con una pequeña iglesia, no muy lejos del camino oficial, que parecía abandonada. En realidad, una ermita que a su costado tenía un romántico cementerio con tumbas muy viejas y semihundidas en la tierra. La ermita era un edificio muy simple, perfectamente cuadrado, cerrado a cal y canto y con un discreto campanario sobre la fachada en el centro, que era hogar de una pareja de cigüeñas que, al ser otoño, lo habían abandonado ya.

Le gustaba estar entre las tumbas. Apoyaba su cabeza en las lápidas sobre el suelo y dormitaba. Cuando llegaba la noche se estremecía, pero no quería irse de allí. Acababa dormida escuchando macabros ululares y coros lejanos de perros salvajes. El lugar aunaba una inquietud esencial, como del otro mundo, con un reposo y sosiego que le hacían olvidar los malos tratos de sus padres adoptivos y hasta su hambre. Pero pronto se dio cuenta de que tenía que comer y que necesitaba abrigo. El invierno estaba cerca y no poseía nada, ni casa ni un miserable lecho más allá de la dura lápida de una tumba. Lo único bueno del lugar era que estaba sola, porque nadie se atrevía a pasar cerca y menos aún a pararse allí. No sabía bien, pero había raras supersticiones que afirmaban que aquello era un centro maligno. Justo por eso supo, cuando la poseyó el primer cliente que fue allá a buscarla al correrse la voz de que andaba por allí, que podría ejercer su abominable trabajo sin problemas con la justicia. Era lugar sagrado y, paradójicamente, la comisión del sacrilegio, aun siendo grave delito, aseguraba que nadie iría a buscarla, al menos nadie de la justicia secular, porque el terreno pertenecía a la Iglesia y esta había abandonado el triste cementerio y el viejo edificio de la ermita que casi se caía a trozos. En aquel abandono se dejaba de nuevo poseer con una extraña mezcla de pasión y temor.

Pronto hubo un tropel de fieles clientes que superando su horror, folgaban con ella al amparo, pero también amenaza, de las tristes tumbas. Para ella, sin saber a ciencia cierta por qué, aquel era el lugar perfecto para las correrías amorosas, para su exuberante sensualidad, para su sexualidad quizás algo coja, como, dicen, lo es el demonio. En el trance cerraba los ojos y volvía a ver o a creer que veía al hombre apuesto, majestuoso como un león de color negro, y contemplaba agitársele la cabellera, mirando también, como hincada en ellos, los silenciosos ojos del galán. Era un hombre tan bello como extraño que apenas intercambiaba palabras con ella, mientras retozaban cuando también lo hacía ignorante el cliente de turno. Este, finalizada la tarea, asustado del frenesí de la moza y del lúgubre paraje, corría a persignarse y escapar del lugar. A todos atraía su fogosidad pero, simultáneamente, les horrorizaba el mustio cementerio.

Ella quedaba siempre feliz, acariciando lápidas y cruces de piedra, a la luz de la luna, pensando en los muertos y en su propio cuerpo atrozmente vivo entre ellos, en los fogonazos del placer y en cómo en medio de ese placer las veía, a las calaveras, a los huesos enterrados, a las vidas que allí acababan; y sentía una oleada inmensa, como una gran marejada de fuego, de no ver más que muerte y de que en medio de esa muerte, la poseyera el oscuro caballero y de que en el éxtasis no supiera muy bien si era que su vida se extendía sublime o, por el contrario, que algo le decía “pronto, pronto acabará todo”, mientras el cliente ignorante realizaba su misión sin saber en qué tinieblas hurgaba, hasta finalizar, pagar y salir corriendo.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Reseña de "Vidas imaginarias. La cruzada de los niños", de Marcel Schwob, ed. Valdemar.



Reseña de Vidas imaginarias. La cruzada de los niños, de Marcel Schwob, ed. Valdemar.

Marcos Santos Gómez


He terminado de leer algo que ha resultado ser una auténtica delicia y un gozoso descubrimiento. El autor es Marcel Schwob y el libro Vidas imaginarias. La cruzada de los niños, editado por Valdemar, en su colección El Club Diógenes. Las vidas imaginarias son un sorprendente conjunto de biografías falsas de autores apócrifos o reales, que se desarrolla con una gran belleza imaginativa. La prosa suave con que son narradas, los acontecimientos, la estructura de excelentes relatos y la mera idea de hacer cuentos con vidas amplia y exuberantemente imaginadas son dignos del mayor elogio. El placer de leerlos es muy, pero que muy intenso. Remite a un mundo maravilloso, pero trazado con mayor moderación y sobriedad que los mundos de Lord Dunsany, que leímos también días atrás. Se suceden personajes curiosísimos que van desde filósofos (Empédocles, los cínicos, Lucrecio) a artistas y villanos. De hecho, he percibido con claridad aquí el modelo del libro de Borges Historia universal de la infamia, que desarrolla la misma técnica, pero deteniéndose en los villanos. Hay pasajes de magnífico humor como también los hay dramáticos. Por ejemplo, tengo señalada en el libro la biografía de Paolo Uccello, un extraño pintor que quiso pintar todos los puntos, curvas y líneas posibles en cuadros de abstractas curvas que van y vuelven a un mismo punto. La idea, me ha parecido, es la del Aleph borgiano, el punto que contiene todos los puntos, al que todos derivan, y juraría que el argentino se inspiró en ella para su genial relato. En cualquier caso, son biografías que se leen casi con la convicción de que son ciertas en un juego con la realidad y la ficción que tampoco aquí  me posible desvincular del genio argentino. Del mismo modo, estas vidas imaginarias han marcado, me parece, a Roberto Bolaño. Así estaban todos los ingredientes para que me hayan gustado lo mucho que me han gustado.

Inicia Schwob esta tendencia del juego postmoderno en la literatura actual que ficcionaliza la realidad o dota de realidad a la ficción, lo que es la base digamos ideológica de este estilo de escritura. El maestro francés escribe en el límite entre mundos, divirtiéndose y divirtiéndonos, en lo que en el fondo, como toda buena literatura, es un homenaje a este precario acontecimiento que llamamos existencia. Estas biografías la mejoran, la doran, dan consistencia a la propia existencia del lector con cuyo juego queda justificado, o al menos justificadas lectura y escritura. Quiero decir que el mundo se hace un poco mejor con este tipo de literatura que trata de llenar el mundo, o sea, de ampliarlo con nuevas posibilidades y seres. Aunque ahora que lo pienso, eso es lo que hace siempre la literatura. Quizás por esto me ha gustado tanto leer estas vidas, porque en el fondo, uno siente que todas, también las vidas reales, tienen algo de maravilloso.

La cruzada de los niños, escrito que sucede a las Vidas imaginarias es una verdadera joya, que relata una cruzada de niños alucinados que buscan lo blanco en Jerusalén y que emprenden un largo camino que es relatado por distintos testigos. El libro es también un prodigio de imaginación con un poderoso efecto lírico, desafiante, polémico, todo lo cual encierra una belleza que me ha dejado boquiabierto. El texto no es muy largo pero sintetiza una mirada mágica, entre lo trágico y lo lírico. La cruzada de los niños es una locura, es un exceso (por el que el papa pide perdón a Dios en un monólogo impresionante), está más allá del cristianismo y ocupa el campo de lo irreal. Es como si también aquí irrumpiera, borgianamente, algo irreal que deja tocada a la realidad, como si de pronto brotaran ensoñaciones en el mundo que produjeran este tipo de movimientos entre los hombres. Quizás en las verdaderas cruzadas hubo algo de eso y esto es parte de lo que Schwob sugiere, pero solo parte, porque el poder de sugerir de este texto es inabarcable. Ha sido una de las mejores lecturas que he gozado en los últimos tiempos, desde Borges y Bolaño.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Lectura y reseña de Cuentos de un soñador, de Lord Dunsany




Lectura y reseña de Cuentos de un soñador, de Lord Dunsany, ed. Alianza.

Marcos Santos Gómez


He terminado de leer Cuentos de un soñador, de Lord Dunsany, ed. Alianza. Aunque tengo el magnífico volumen en pasta dura de la colección Gótica de la muy punky editorial Valdemar, volumen que reúne cinco de sus libros, he preferido abordar solo esta obra, en la más manejable edición de Alianza. La lectura hace años de una antología de cuentos que me hicieron conocer a este curioso autor, tuvo su reflejo en la elaboración de uno de mis relatos publicados. Al principio, su obra me resultó extraña y en exceso fantasiosa, pero en un segundo abordaje me impactó con fuerza. Hallé, y he vuelto a hallar estos días, un peculiarísimo estilo de género fantástico que despliega la pintura de una bella ensoñación, de lo que uno podría imaginar en una duermevela o en un manso estado febril, con un gusto dulce, mágico y muy grato. Los cuentos son deliciosos, de una imaginación desbordante que crea un mundo alternativo, con sus mapas, ciudades y ríos, con su gente, con sus dioses y demonios, por el que vuela más alegre que triste la fantasía.

En ellos, causa todo un efecto de irrealidad que sin embargo se asume como tal; es decir, que se asume conscientemente el engaño, se acepta y prepara dicho engaño con lucidez. No es profecía ni mito, sino la esencia de algo así como lo que Shakespeare llamó “sueño de una noche de verano”. A ratos es exuberante, divertido o, en alguna otra ocasión, se demora demasiado. Es producto de una voluntad post-mitológica de soñar, de tornarse conscientemente primitivo en una suerte de empeño creativo de mitógrafo exiliado. Esta literatura quiere ser como los mitos, sin que cuele, porque hoy esas exuberantes mitologías a plena luz ya no cuelan (cuelan los mitos tratados de otro modo). Este carácter voluntarista, de engaño enfático y consciente, es lo que priva de profundidad a estos cuentos, que solo con un poco más la tendrían (ese poco más es Borges). Quiero decir que todo se queda en una superficialidad narrada, bellamente inventada, pero sin la trascendencia ni la potencia de un verdadero mito o profecía (como sí las hay en las ensoñaciones del poeta Blake).

De todos modos, los relatos ostentan algo poderoso, porque andan rondando la cabeza tiempo después de que se los ha leído y llegan a influir en autores del calibre de Borges o Lovecraft. Su prosa es luminosa, pulida, equilibrada, a ratos dulzona, y desde luego no tiene nada que ver con el tono siniestro y grandilocuente de su discípulo de Providence. Lo que traza Lord Dunsany es la elaboración de una realidad paralela, con todos los detalles, a gusto del soñador, para solazarse en mágicas aventuras que tienen bastante de escape, de deseo, quizás incluso de inconsciente que late medio oculto. Pero todo bastante suave y amable, también en las aventuras con horrendos crímenes, porque llega a relatar el horror y la tortura con una atmósfera de opio (elemento que se halla en Poe en El pozo y el péndulo), como algo que no niega la calma y un plácido bienestar. Este efecto es una clave para la conformación de lo siniestro en otros autores, pues es algo que posee el doble y paradójico sentimiento de ensoñación y placer, por un lado, y angustia por otro. A veces estos sueños aspiran a ser fisuras en la realidad y por eso pueden tender a la pesadilla, aunque en el caso del escritor irlandés en general se cuidan de excederse en lo macabro de un modo macabro.

viernes, 22 de noviembre de 2019

RELATO: Reír y llorar

Reír y llorar

Marcos Santos Gómez


Según mis más recientes y rigurosas investigaciones, el hombre de Neanderthal tenía todos los atributos propios del hombre actual (homo sapiens sapiens), pero padecía una cierta traba o imposibilidad de desarrollarlos. Los homo sapiens neanderthalensis eran plenamente humanos, hombres cabales, mas condenados a serlo a medias, abocados a no poder expresarlo. Esto lo he podido comprobar yo mismo, cuando instruido por cierto relato del escritor irlandés Lord Dunsany, he, digamos, dado rienda suelta a mi espíritu. Es de mi particular método de investigación de lo que quiero hablar primero, para insistir en su pertinencia. Debo aclarar que he estado experimentando e instruyéndome durante varios meses, acaso ya un año entero.

Gracias a este método he visto en acción a los hombres de Neanderthal. Sin ir más lejos, el otro día. Me coloqué bien colocado ante un nutrido fuego de chimenea, quiero decir que me situé sabiamente dispuesto junto al fuego para evitar una peligrosa caída de la temperatura corporal, mientras oía tronar la noche y el invierno fuera de mi casita en Trevélez, en la cima de la Alpujarra granadina. Lo primero que hay que hacer es evitar que el cuerpo sufra en el proceso, situándose a la vera de un buen fuego, en caso de que se esté en la estación invernal. Además, antes del viaje me alimenté bien, bebí lo suficiente y, sobre todo, me metí entre pecho y espalda un gran pedazo de esa sutil esencia que desdobla cuerpo y alma y facilita el tránsito del espíritu con regocijante libertad por todos los tiempos y lugares. Es aquí donde interviene la sabiduría de Lord Dunsany, que recomienda este modo de viajar. Un modo espiritual. Porque de hecho, el espíritu es muy capaz de desarrollar otra vida aparte del cuerpo y ostentar su propio crecimiento. Vuela sin trabas. Aunque al principio puede sufrirse algún impacto, en especial, al coincidir con el espíritu de un amigo. Lo digo porque esto mismo me sucedió, no en esta última ocasión que quise consagrar a la ciencia, sino en otra anterior, con preliminares culinarios y enológicos. Y es que resulta que no es raro constatar que de un cuerpo joven, el del buen amigo y comensal que instantes antes brindaba con uno en la cena, parta un espíritu de horrenda decrepitud, como si hubiese estado escondido con todo su horror dentro de un cuerpo joven y hermoso. La razón es que el futuro de nuestro amigo será, sin duda, un futuro de depravación que todavía no se adivina en las bellas facciones juveniles. A no dudar, tocará fondo.

Así, ocurre que los candelabros, el fuego en la chimenea, la vajilla y cubiertos de plata fina, se han quedado atrás, junto con el cuerpo satisfecho y uno vive en su cuerpo espiritual, en un modo de estar donde otros no pueden verlo. Es una especie de desdoblamiento como el que dicen que ocurre al morir. Y es así, aunque a solas y ya sin este excelente contertulio y comensal cuyas comunes aventuras relataré en otra ocasión, como llevé a cabo la actividad científica a la que he comenzado a referirme. He debido extenderme un poco para precisar mis medios materiales e insistir en que lo que vi, lo vi realmente. Nadie ponga en duda la veracidad de mis observaciones, la potencia del elixir que lo facilita.

Fui flotando a un prado muy parecido a los prados modernos. Solo que estaban ellos. Por fin, los vi a ellos, mi máxima obsesión científica. Por supuesto no me veían. Lo primero que pude constatar fue la confirmación de dos graves interrogantes irresolubles hasta la fecha. Eran, como alguien había deducido, principalmente rubios pero tan variados en facciones y personalidades como cualquiera de nosotros. Lo más fundamental es la primicia que puedo propagar ahora, ya confirmada, de que eran capaces de hablar. No distinguí una sola palabra de su idioma, pero por su comportamiento era obvio deducir que se hallaban en constante conversación. Desde fuera se les veía como a hombres normales. En torno a una hoguera con una especie de mesitas hechas con piedras amontonadas donde habían depositado viandas, trozos de carne asada y un montoncito de lo que parecían moras o frambuesas. Su gesto al departir y masticar era de lo más normal y, observé, usaban vestidos magníficamente compuestos y cosidos, incluyendo excelentes botas de piel y lana. Incluso alrededor pululaban perros. Yo podía acudir para mirar desde todos los ángulos. La sensación es semejante a la que debe de sentir un ángel. Podía sobrevolar toda la escena, acercarme hasta escuchar su masticación y casi darles un beso.

Sin embargo, desde primera hora sentí que había algo raro. Entre sus expresiones había algunas que parecían quedarse a medio camino. Abrían las bocas hasta enseñar las muelas, en un conato de carcajada, pero algo misterioso se les resistía. Comprendí, tras observar un rato, que les resultaba imposible reírse. La risa es atributo del hombre. No hay otro animal que pueda reír y ellos ni lo hacían ni dejaban de hacerlo. Es, lo confieso, extraño de explicar. Reían, sí, a su manera.

Lo comprendí cuando vi que alguno se apartaba del resto y rodaba por la hierba. Lo hacían con total seriedad, sin gestos que lo acompañaran, con el rostro inmutable. De repente, tras escuchar las risibles palabras de otro, abandonaban el grupo y con el mismo gesto serio que eran incapaces de cambiar, rodaban y rodaban. Un ser humano, aparte de reír, habría dado palmetadas, gesticulado aparatosamente, acaso brincado. Incluso los monos lo hacen. Pero estos raros humanoides se limitaban a deshacer la formación rodando cada uno por su lado, varias veces, subiendo y bajando la leve cuestecilla que tenía el prado.

Cuando se cansaban volvían. Y yo sabía que se “reían” por algo gracioso que decía alguno. Se notaba algo, un deje particular en el tono, en la voz, una elocuente rapidez al proferir lo que parecían frases de sencilla sintaxis.

Imagine el lector que esto ocurriera entre nosotros. Serios, incluso adustos, ante un chiste de Chiquito, nos daríamos la espalda, o se la daríamos al televisor, para arrojarnos como muñecos de trapo al suelo y en posición de firmes, comenzar a rodar frenéticamente por el salón. Eso es reír para los hombres de Neanderthal.

En otros momentos vi que se apartaban y se ponían a mirar el horizonte, serios, sin venir mucho a cuento, incluso ayudándose con una mano puesta en la frente al modo de visera. Tras observarlos y meditar, me percaté de que así lloraban. Mirando resignados al infinito. Sin lágrimas.

Me ha supuesto una fuerte conmoción la experiencia de ver a una humanidad diferente, no menos humanidad, aunque con alguna importante imposibilidad como la de llorar o reír a nuestro modo. Me costó abandonar a tan singulares seres, inexpresivos y teatrales al mismo tiempo, pero el elixir de Lord Dunsany iba dejando de hacer su beneficio y yo me fui reencontrando con mi cuerpo, hasta entrar de nuevo en él. Por suerte esta vez no me había helado hasta casi la hipotermia como me pasara en un anterior viaje, pero sí me había chamuscado las cejas al haberme quedado en la posición de mirar el fuego de cerca, que, como es sabido, ejerce una antigua fascinación en el ser humano.

Los diferentes modos de expresar algo tan específicamente humano como son el llanto y la risa aportan una nueva comprensión del fenómeno y algunas notas sobre la esencia de la sociabilidad y el lenguaje. Se diría que los humanoides explotaban por no poder reír ni llorar. Su corazón iba por delante de su cuerpo. La pena con que se apartaban del interlocutor, dándole la espalda para mirar al infinito, sin que un ápice de lágrima o sollozos saliera de sus habituales canales, era, doy fe, más sobrecogedora y enigmática que lo son nuestra pena y nuestro llanto.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

RELATO: En un tiempo ominoso


En un tiempo ominoso…

Marcos Santos Gómez


El Señor más terrible que ha pisado la tierra, cuyo nombre ha sido piadosamente cercenado de los anales del mundo, suscribió la más vana e inútil de las herejías. Cuando aún no se hablaba el sagrado pali ni el vigoroso sánscrito poblaba el mundo con los vedas, las upanishad y el Bagavadguita, que enseñan que nada es cierto, este hombre aborrecible creyó en su propia existencia. Había nacido deforme, con el cuerpo plagado de tumores y una segunda cara en la nuca que balbuceaba y gemía cuando intentaba dormir, privándolo de descanso.

Así, quiso consagrar las largas noches de insomnio convocando a una virgen de entre sus súbditos durante mil y una lunas. Él sujetaba con firmeza el rostro de la joven y la obligaba a mirarlo. Esta, conteniendo su espanto, le confesaba, distinta pero la misma noche tras noche, que él era y sería siempre el hombre más bello de todas las edades. Pero el ominoso déspota no buscaba regalarse con mentiras los oídos, sino que procuraba, anhelaba, la confesión de su deformidad, que nunca, noche tras noche, se atrevían a proferir las vírgenes aterrorizadas.

Entonces, a todas, a la misma, las hacía decapitar por su mentira. No era la negación de sí, la burla, lo que buscaba con todo su poder, su imperio y su magia, sino la verdad, la verdad de su abominable doble rostro cándidamente reconocida al fin y pronunciada por una mujer; porque solo así, asido al horror de su carne, sabría que era único como los dioses. Quería cerciorarse de que aquel espanto, no vencido por su imperio de llanto y de sangre, era cierto. A través de la confesión de las jóvenes renuentes a la misma quería saber que era. Las mentiras eran burlas insultantes. No quería ser hermoso, solo quería ser.

Hasta que una mujer, tras mil y una lunas, le hizo comprender que las mentirosas que balbuceaban sobre su belleza inconmensurable, lo hacían porque aquel doble rostro, aquellos tubérculos y bulbos, eran reales. Su asco y su miedo confirmaban su existencia, ya que la repugnancia y lo innominable son atributo del ser, porque no poder ser visto era signo de la divinidad, porque el miedo es el sentimiento más apegado a la realidad, el más perentorio, el menos traidor.

Así creyó bárbaramente que era.

lunes, 18 de noviembre de 2019

RESEÑA: Edith Hamilton, El camino de los griegos, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002.





RESEÑA: Edith Hamilton, El camino de los griegos, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002.

Marcos Santos Gómez


He terminado la lectura de El camino de los griegos de Edith Hamilton, ed. Fondo de Cultura Económica, 2002, primera edición original 1930. Es un libro que se lee muy bien, ameno, exento de gran aparataje crítico, notas y bibliografía, a cuya autora le interesa básicamente definir una tesis con bastante sencillez. Esta consiste en la idea de que la genialidad griega y la profunda sensación armonía que producen sus obras de arte, se deben a la maravillosa conjugación de lo que ella llama “mente” y “espíritu”. En el espíritu se halla lo sublime e inexpresable, tal como lo vive un alma grande, en la cúspide del sentimiento artístico. Hay que decir que no se trata exactamente de lo que Nietzsche llamó “dionisíaco”, ya que la presencia de esto, en sí misma, no produce nada ni es agradable, para Hamilton, y ni siquiera puede ser considerado lo más relevante del espíritu griego. Las vivencias del individuo extático  o del espíritu no son nada si no se vinculan con un examen de la vida, del mundo y de la naturaleza casi en los términos de la ciencia, del saber empírico; examen al que precede un amor por lo vivo, por el mundo, por lo exterior. Es esta pautada observación que regula lo irregular lo que traza la “mente” y lo que permite, en conjugación con el espíritu, el desarrollo de una conmovedora armonía en el pensamiento y en el arte griegos.

Lo salvajemente individual, la vivencia concreta y singular de un individuo que, por ejemplo, sufre, es vista sub specie aeternitatis, o sea, en su lugar dentro de un paisaje (dentro del paisaje humano), en sus vínculos con un contexto que participa de la propia expresión. Es, dice, el caso de un templo griego, siempre colocado en función del paisaje, frente al desbordante exceso singular de una catedral gótica. Así, en la arquitectura, la literatura y el teatro, el individuo aun manteniendo su estatuto de individuo y no de “tipo” general, se pone en conexión con lo universal, con lo que pertenece a todos los hombres, lo que puede arrastrar en la catarsis mostrando el mayor nivel de sublimidad de un dolor elevado, no como pathos, sino como una suerte de enseña. Es como si se destilara del individuo una esencia o perfume universal. Los griegos, y Shakespeare en sus tragedias y comedias, lograron esto, lo que puede entenderse, dicho de otro modo, como la realización de un arte volcado con el mundo, preocupado por este, referido a este, aun tratando de lo más subjetivo, interior e inasible del individuo. El genio griego, de hecho, comienza con esta exaltación de la vida y la naturaleza, que se asumen sin escapatorias, que se piensan, que se atienen a reglas, frente a la desesperada impotencia del individuo perdido en un mundo hondamente inasible de terrores y fuerzas ocultas, como fue el mundo para Egipto y Mesopotamia. También oriente, el oriente indio, el budismo, centran la mirada en una interioridad que desvincula al hombre de su mundo y torna la experiencia en sueño, lo que en occidente tenderá a hacer cierto estoicismo.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Lectura y breve reseña de "Los miserables", de Víctor Hugo, ed. Alianza, edición y traducción de 2015.


He terminado de leer Los miserables, de Víctor Hugo, considerada con justicia una de las mayores obras de la literatura universal. Aunque se dice, y es cierto, que trata de la redención, la redención se da porque obra como motor la caridad. De hecho, creo que es, aparte de los evangelios, el texto donde mejor narrada, descrita, “razonada” está la caridad. La trama va matizando, como en un claroscuro constante, algo que por otro lado no cambia, pues perdura y permanece inmutable como si de un testigo recogido de otro corredor se tratara. La caridad aparece como un modo purísimo de amor al que caracteriza el desinterés y la fe tremenda y sobrecogedora en el otro, en darlo y hacerlo todo solo y exclusivamente en bien de los demás, superando toda egolatría egoísta y narcisismo. No he leído poco en mi vida, pero cuando reflexione sobre el asunto a partir de ahora, no voy a dejar de lado esta magnífica novela. Cuando se trate este tema, habrá que nombrarla.

Su maestría es tal que no se da la tentación de abandonar la lectura en ni una de las más de mil cuatrocientas páginas que, todas ellas, están por algo. Sin duda es un modo de narrar (y por tanto enfoque del asunto) muy propio del siglo XIX, lleno de pasión y mesura al mismo tiempo, de elocuencia, de suavidad en la prosa, de trama muy bien pensada y oportuna en todos sus momentos. Falta, si hay que reprochar algo, la sombra que aportará la mala fortuna del siglo que continuó a este, su un tanto cándido optimismo, su visión bella de la vida, que en la literatura del XX no hubo más remedio que abandonar. Digamos que la miseria, nombre original de la novela, de algún modo se salva en la remota posibilidad de redención que se muestra. La miseria, desde luego es mala desde muchos puntos de vista, y así lo entiende el escritor, que no elude vilezas y aberraciones de todo tipo (el villano Thenardier), ruindades y fracasos absolutos (como la aparente “buena fe” del impertérrito agente Javert) pero vence esa caridad purísima, volcada en el otro, que vive para el otro y que solo se interesa en el bien del otro. Algo que pocas veces se da. En la novela es la figura del obispo Bienvenu que deja, al comienzo, un impacto en el lector que alumbrará todo el posterior recorrido del protagonista Jean Valjean. El ejemplo, por un lado, y la luz que difícilmente se mantiene encendida en tales tinieblas será lo propiamente épico de esta historia. Es más que lírica, más que bello sentimiento; es recorrido de la bondad a través de los accidentes de la vida en un relato que sustituye las viejas batallas por los avatares del bien puro. Es esta épica o esfuerzo del bien lo que en Victor Hugo supera, creo, a la melosa bondad de muchos textos de Dickens. No hay en absoluto en Hugo una sociedad reconciliada, una superación definitiva del mal, pero, hasta cierto punto, basta que brille un poco para que el bien, también, habite el mundo. Para que habite heroicamente el mundo, diríamos, aunque en un modo de heroísmo que para que el bien sea sin contradicción, ha de ser hermano del silencio.

He leído la magnífica edición y traducción de María Teresa Gallego Urrutia, en la reimpresión de 2018, de la editorial Alianza. Parece que la primera traducción íntegra y sin censura al español y con un texto fino y delicado que trasluce, me parece, al gran autor que anda “detrás”, nada menos que Víctor Hugo. La impresión y el tamaño son buenos para que lo lean ojos que ya cruzaron ampliamente, como en mi caso, los cuarenta años.


martes, 12 de noviembre de 2019

"El gallego y su cuadrilla", de Camilo José Cela





He terminado de leer El gallego y su cuadrilla, de Camilo José Cela. Son breves relatos y pasajes de aquellos que Cela denominó “apuntes carpetovetónicos”. 

sábado, 9 de noviembre de 2019

Crónica de un banquete

Crónica de un banquete
Marcos Santos Gómez


Últimamente no escribo demasiadas notas de lecturas publicables por este medio, por la razón de que mi forma de leer en estos días está siendo muy dispersa, picando de uno y otro libro, pasando de la prosa a la poesía, del ensayo y el libro científico a un puñado de relatos… y desde luego sin más ley que la del puro placer y disfrute. Un banquete sazonado con alguna buena entrevista o reportaje a un escritor, de los que por fortuna abundan ya por youtube. Más pereza da el escribir, que aunque se disfrute escribiendo, después de todo no deja de ser un trabajo que no siempre sale a mi gusto. Así que me limito a dar fe de mi intensa relectura de poemas de Borges, en particular, los libros “El otro y el mismo”, “Elogio de la sombra” y “El oro de los tigres”. Borges es, junto con Quevedo, el poeta que más he releído porque el placer que me procura desde hace muchos años (un par de décadas ya) es inconmensurable. Su texto equilibrado, elegante, lleno de armonía y estoica serenidad, transmite, contra las apariencias, una intensa sensación vital y fuertes emociones que laten, aun mitigadas por el símbolo y por los temas elevados. Cabe recordar que no puede haber buena escritura sin una implicación en cierto modo autobiográfica del autor, por mucho que nos pese. Borges confesaba que en él, como en todos los escritores, se daba este fenómeno incluso en los relatos de tipo fantástico.

Además, voy picando de manuales de literatura. He vuelto con el de Carlos Alvar et al., en Alianza, cuya sección medieval me he metido entre pecho y espalda. El resultado ha sido que ahora tengo unas ganas insufribles de releer el Libro de buen amor y alguna otra obra de la exótica Edad Media. Una mina va a ser la colección de ediciones críticas magníficas que la RAE está lanzando al mercado, de todos los grandes clásicos de la lengua castellana. Una lengua y una literatura incipientes y titubeantes en el Medievo hasta llegar a la consumación en el Siglo de Oro, que tuvo que inventarse; tarea de la cual los autores eran conscientes, siempre bajo la sombra del latín e incluso de lenguas romances consideradas más nobles, como la galaicoportuguesa o la provenzal. A no dudar, debe sentirse una amplitud extraordinaria, un regocijante sentimiento de vacío ante sí cuando se tiene toda una literatura por hacer.

La sección dedicada al Siglo de Oro ha consolidado mi ya larga decisión de leer y releer a Cervantes, Fray Luis, San Juan de la Cruz y, siempre, Quevedo. Voy a acudir a la mencionada edición de la RAE. En especial, recordando mi gratísima lectura del Quijote hace un par de años, mi ánimo me impulsa hacia las Novelas ejemplares que han de disfrutarse, sin duda, como el Quijote. Todo el genio de Cervantes abunda en ellas, contemporáneas del gran libro, y las leí hace ya muchos, pero muchos años. Así que ya va tocando. Hay siempre tanta belleza esperando… pero los manuales, como este de literatura española y otro de retórica que he picoteado han de ceder su tiempo y lugar a las obras directas, las de los grandes, las que tanto nos hacen disfrutar. Alguien con o sin malicia, al hilo de estos apuntes, podría sentir que tanta literatura se aleja del campo en que uno se mueve a nivel laboral, o sea, el de la pedagogía y la educación. Pero yo siempre siento como un diablito que me dice: ¡Todo! ¡Tiene que ver todo con la educación! Un diablito que no resulta muy visible para muchos, entiendo, y que a ratos resulta insoportable e injustificable, pero que va dirigiendo a golpe de hedonismo mi transitar por lo más bello. Solo deslumbrados por la belleza podemos transmitir algo valioso en las clases, en la medida que la función de profesor sea transmitir algo (que yo creo que sí).

Tenía ganas también de inaugurar la librería de segunda mano que acaban de abrir en Granada y de releer a Cela. Pues bien, acabo de cumplir ambos objetivos y ya me he puesto con “El gallego y su cuadrilla” que acabo de comprar y que incluye parte de los conocidos “apuntes carpetovetónicos” del escritor que, sobre todo, me parece un fiel discípulo de Quevedo, o casi el propio Quevedo que hubiera resucitado en el siglo XX. La prosa de Cela es muy elegante, clásica e inteligente en el uso de la palabra, en la expresión bella y certera de lo que quiere decir, con un cierto impulso conceptista en el lenguaje, un gusto por la pura lengua, por el estilo, por el modo de decir. La broma de Cela, así como su seriedad, son la seriedad y la broma de Quevedo. Son tal para cual.

Y en esta crónica de lecturas añado que voy lentamente caminando por Los miserables de Victor Hugo, que se acerca a su final. Creo que merecerá un extenso comentario en su momento.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Lecturas varias: Borges y Bolaño, de nuevo.



En las últimas semanas he vuelto a leer a mi querido Borges. Relectura, pues, de Historia universal de la infamia, Ficciones, El Aleph y el libro de ensayos Otras inquisiciones. El goce siempre como si hubiera sido la primera vez, con nuevos felices hallazgos y un placer inefable. Sí recuerdo, frente a mis más antiguas o primeras lecturas, que en numerosos relatos he hallado un constante sentido del humor en cada frase de Borges, en especial, en los relatos de Ficciones, como Tlon… o Pièrre Menard. En concreto respecto al de Pièrre Menard, autor del Quijote, la elegante gracia e ironía, el propio valor del relato, me han parecido aún mayores que en anteriores lecturas. En él se ven recursos que, por ejemplo, Bolaño empleará en abundancia: los autores ficticios, las listas de obras irrisorias e inverosímiles, la reflexión sobre el Quijote y la literatura. Es un relato genial. Pero todos los relatos son perfectos, inigualables. He disfrutado también más que antes de la relectura de Historia universal de la infamia.

Además, he terminado de leer A la intemperie, libro de conferencias, entrevistas, crítica y reseñas de Roberto Bolaño. Otra obra que me he bebido sin darme ni cuenta. Porque a estas alturas hay que leer solo por purísimo gusto.

domingo, 27 de octubre de 2019

Lectura de "Flores del Buda", de Buson




¿Qué viento conduce a uno de libro a libro? Llevo semanas en un modo de leer por contraste, pasando de la prosa a la poesía, de esta a la prosa, de poema a poema, de capítulo de un libro a capítulo de otro. Un festín de símbolos y melodías. Así, en medio de la lectura de Las flores del mal, he terminado una obrita encantadora de la magnífica editorial Satori: Flores del Buda, del haijin Buson, 2017, Gijón. Unos cuantos haikus del gran maestro del siglo XVIII Yosa Buson, de los que me quedan resonando especialmente estos dos, en la traducción del niponólogo Rodríguez Izquierdo:

Toda la noche
cae en silencio la lluvia
sobre unos sacos.

Aunque me gustan poco reflexivos y naturalistas, destaco esta breve observación llena de sentido, que sin duda llega con una mirada contemplativa y serena:

El ermitaño
es humano; y es ave
el cuco asiático. 

RELATO: Ménage à trois

Ménage à trois
Marcos Santos Gómez

Bebí del surtidor el agua casi helada mientras el sudor me resbalaba por la frente. La caminata había sido larga. Sandra nos había dicho “sois tan distintos”, sin haberse decidido todavía por mí o por Juancho. Agregó: “os quiero a los dos”. “¿Distintos? –pensé-, “si es mi mejor amigo… somos iguales”. Pero en realidad, admito, nunca hemos sido iguales.

Supe que a horas tan calurosas del mediodía, en Andalucía y en verano, el agua era como un regocijante tesoro que había que gozar sin concesiones. Eludí mirarla, una vez más, y llené mi cantimplora con agua de verdad. Pero para Juancho estaba demasiado fría. No llenó su cantimplora y me percaté de que no había bebido nada cuando yo había ya agotado el agua de la mía que estaba llenando en la fuentecilla. Del lugar nos había hablado un cabrero que después resultó que le pagaba el ayuntamiento para fomentar las visitas a la sierra. Me pareció increíble que Juancho no bebiera. Pero no era algo nuevo. Siempre hemos compartido penas y glorias, solo que a la inversa. Cuando para uno penas, para el otro glorias. Cuando él ganó su premio literario con Descomposición de un castillo de arena en el instituto yo perdí el mío, y cuando yo gané mi premio en el colegio, con el relato llamado En construcción él no consiguió ni siquiera la mención. Tenía imaginación, y la sigue teniendo. Muy diferente, eso sí, a la mía. Porque cuando yo invento y digo chaladuras constantemente (se dice que mi verborrea a ratos es divertida, a ratos insufrible), él siempre calla, por lo menos en los momentos de mi mayor inspiración locuaz. Su perenne silencio me exaspera. Habla lo justo y yo no puedo refrenarme, pues hablo sin parar con euforia, con agitación, con miedo. De hecho, es muy reservado. Su mirada profunda y lánguida no se parece a la mía esquiva y nerviosa. Si jugamos al póker él gana y yo pierdo, pero si yo gano, él pierde. Sus miserias son mis dichas, mis desdichas sus logros. Tanto es así que jamás nos coordinamos en las timbas de mus. Pero siempre vamos juntos. Somos muy amigos.

Por eso, lo mejor era, concluí, que cada uno hiciera lo que sabía hacer bien, y así se lo dije a ella. Que decidiera Sandra. No podíamos estar en el mismo sitio, a pesar de llevarnos tan bien. Ella insistía en lo del ménage à trois, pero yo le aseguré que jamás mantendríamos el vigor viril los dos al mismo tiempo, por la mencionada razón, es decir, que cuando uno exulta, el otro languidece. Si para uno llueve, para el otro hace sol, si uno se adormece en la siesta invernal junto a la chimenea, es porque el otro sueña con el verano. Si en la casa de uno todo son tonalidades rosas, en la del otro son azuladas. Si a uno le hace la coba un gato que ronronea, al otro le muerde un perro. Si uno quiere melón, el otro sandía. Tenía, pues, nuestra chica que inventar otra cosa, otro modo de fundirnos los tres, en un equilibrio de contrarios, en una armonía de lo divergente. Y pareció ver la solución sin palabras, con un leve fruncimiento del ceño. Se dijo, “creo que ya lo tengo”.

En la noche, algo aparte de la hoguera en torno a la cual todos cantaban, dejó que me explayara. Me escuchó como nadie lo había hecho, asiendo mis manos con las suyas, comiéndome con los ojos. Mi verborrea era entonces, como lo es siempre en el fondo, muy triste, así que se me iban empañando los ojos contándole todo, al tiempo que el cuba libre me empañaba el sentido. Finalmente ella dijo, “esto es lo que quieres” y me dejó dormir un poco bajo la higuera y el cielo más que estrellado.

Cuando desperté, todavía de noche, lo comprendí. Era el momento. Yo debía llorar. Debía llorar mirando, junto a ellos, sentado a su bendita vera, salpicado por sus efusiones. Mientras yo había estado soñando, lo habían preparado. Toda la acampada dormía, pero se habían acercado el uno junto al otro y se arrojaron mutuamente a la más carnal noche de amor, haciendo Juancho lo que sabía hacer, buscar el gozo sin límites, mientras yo, que comprendía la jugada a la perfección, me senté a mirarlos muy cerca, pero con miedo de tocarlos, sin siquiera rozar a Sandra y arrojando una copiosa lluvia de lágrimas junto a hondos y guturales gemidos de desconsuelo que solo calmó el amanecer cuando irrumpió el final extático de ambos. Ella no había dejado de mirarme, ora furtiva, ora descarada, mientras Juancho la amaba a mi lado. ¡Qué sabia estrategia!

domingo, 20 de octubre de 2019

RESEÑA: "A la intemperie", de Bolaño y "El libro de arena", de Borges.

RESEÑA: "A la intemperie", de Bolaño y "El libro de arena", de Borges.

Marcos Santos Gómez


He terminado la lectura de A la intemperie, de Roberto Bolaño. Este libro recoge toda su producción de artículos, ensayos, conferencias, que a lo largo de los años noventa, en especial, fue dejando dispersa. Se reconoce con claridad una impronta borgiana. De hecho, este tipo de escritos fueron muy abundantes en la producción de Borges, a quien se nota con claridad que Bolaño tiene como referente. Él es, por supuesto, un Borges menor, un Borges sucio, que traslada la fina boutade del maestro argentino a un entorno de rabia y lucha entre escuelas de escritura que da la sensación de una carrera de coches deportivos. Bolaño es más impulsivo, más primario acaso, pero no deja de afinar y tener buena puntería. Se sitúa en este papel que eligió; en realidad jamás tuvo la opción de hacer otra obra y vivir otra vida, lo por cierto nos pasa a todos. 

Al mismo tiempo, he releído El libro de arena, de Borges. Un librito del tamaño mínimo de todos los suyos, lleno de relatos cortos y que, como dice en el epílogo, son muy lineales, lo que me parece le vino mejor para escribir ya totalmente ciego en los años setenta. Varios de estos relatos aparecen en la magnífica película Los libros y la noche, que recomiendo; un film sobre Borges y, por supuesto, borgiano. Por ejemplo, el relato titulado El otro, que cuenta un encuentro del Borges septuagenario con el veinteañero. También, el elegante Ulrica, que tocando algo insólito en Borges, como es el tema amoroso, enhebra su estilo precioso y sereno con una trama breve de encuentro sexual, bastante sexual, según se vislumbra. La mezcla de ambos tonos, o el tema narrado con la estoica serenidad del argentino, es lo mejor del relato y el peculiar efecto que logra, como si dotara de una divina trascendencia a una suerte de caída, no ya infernal, pero caída. Dicho lo cual, advierto que ni a mí ni a nadie nos interesa la trayectoria de Borges en su vida personal y nos quedamos en una apreciación del relato como debe ser siempre, en el margen del propio relato que es lo leído y lo estudiado. Eso debe ser todo. Me irrita sobremanera quien confunde, a estas alturas, el narrador de un relato, aun cuando fuera en primera persona, con su autor. Es una indecorosa desviación de lo que es y debe ser la literatura. Importan las obras, no los autores.

En El congreso de nuevo protagoniza la trama una vasta empresa de compendiar el universo que acaba confundiéndose con el universo, como aquella otra brevísima historia creo que de El hacedor, en la que un mapa llega a sustituir la tierra que representa.

El relato El espejo y la máscara, cuenta la progresiva ganancia en intensidad y al tiempo corrupción de una expresión poética que comienza con la perfección de una saga nórdica y sus claras metáforas, hasta ir hundiéndose, junto al rey que la pide y el poeta, en algo abisal que incide y va abismando las distintas versiones hasta quedar solo una línea que lo dice todo, lo maravilloso pero también el espanto y el fracaso de toda poesía, pues, como dice Borges, un poema es un fragmento que trata de decir el Poema, y así, todos los poemas son frustrados intentos de decir un único poema que recoja toda la maravilla y el espanto del mundo.

En Utopía de un hombre cansado Borges imagina el futuro de una humanidad que ha vencido muchas de nuestras imperfecciones y que viven una vida beata que solo el suicidio, el momento elegido de la muerte, corta cuando la abulia supera a la expectación. Un cuentecillo de la mejor ciencia ficción o género fantástico, si es que queremos malear a Borges considerándolo autor de género. Lo cierto es que su elucubración sobre el futuro de la humanidad es de las mejores que he leído nunca. Borges no para de ironizar con nuestros sueños actuales y, en el fondo, habla de aspiraciones universales de los hombres, de una sabiduría final que conforma a una humanidad plácida y mansa pero cansada. La mera existencia continúa siendo una carga a menudo no percibida, pero como hoy lo es.

Otro, El disco, desarrolla la existencia de un objeto imposible, un disco que en nuestra dimensión, no tiene volumen y solo presenta una cara, o, lo imposible de un volumen que solamente incluya un plano, y no los infinitos planos que todo volumen debe contener. Creo haberlo entendido así.

Y por no abundar más y hacernos eternos, nombremos, aunque sea, al relato que da título al libro, El libro de arena, otra metáfora borgiana del infinito que pinta un libro que contiene infinitas posibilidades, tantas, que una página puede aparecer con una extraña numeración y tras pasarla, ya no verse más. El libro no tiene principio ni fin. Como siempre, transmite el sereno vértigo y acaso horror propio de las innumerables páginas que fatigara el argentino, de todas las páginas y vidas por realizar, siempre inagotables. En medio de tanto abismo y desmesura, es milagroso que existamos y, encima, que no nos volvamos locos. Todo pende de un hilo.




viernes, 18 de octubre de 2019

RELATO: La perversión

LA PERVERSIÓN
Marcos Santos Gómez

Dedicado a H. P. Lovecraft

Ayer satisfice la más audaz de mis perversiones. Era un secreto a voces que existía la sala y solo tuve que hacerme el visto a menudo en el lupanar, tres o cuatro días a la semana, para que en un mes alguien con voz queda y temblorosa, confiando en mí, me lo confirmara, añadiendo que sus puertas me esperaban abiertas. Es extraño lo que hoy siento: las agujetas, mi cuerpo moldeado por el recuerdo de un untuoso abrazo que me llenó de azulados cardenales redondos y dispuestos en tiras, el eco de una euforia incontenible, el fatal frenesí que podía ser de amor o de muerte o de cualquier inconfesable profanación, el resto en mi alma como de haber cometido un macilento sacrilegio, el saberme ya más allá del límite que nunca esperé cruzar.

Acompañó mi noche de amor el olor a tierra quemada, azufre y coco. Más unos incentivos líquidos que podríamos considerar estupefacientes que fueron, de hecho, muy necesarios, para soportar su volumen. Me administré la ingesta con alma de boticario y corazón de don Juan. Me dijeron que debía hacerlo y no tuve reparos salvo el de no reconocer ninguno de los brebajes. No eran drogas al uso, creo, si es que eran drogas. Podían ser, y quizás lo fueron, simples zumos de frutas tropicales y cócteles cuyo secreto perteneciera al avezado barman. Pero la euforia que me produjeron hoy me hace sospechar de lo que verdaderamente tuve que ingerir, de su naturaleza profundamente ominosa.

En realidad no sé qué cosa era nada en aquel ritual grotesco de los preliminares. Los zumos, la vestimenta acorazada, el balón de oxígeno. Me previeron que tendría quizás, como en otros casos de selectos clientes, problemas para respirar. Me hicieron advertencias en este sentido, todas terminantes y singulares. A nadie interesaba que aquello acabara mal. Pero lo que me esperaba superaría con creces todo, todo lo peor, lo más abominable y abyecto que un ser vil como yo haya podido experimentar en su vida disoluta y depravada. Creo que anoche me nació el escrúpulo moral, lo que me hace pensar que todo escrúpulo moral no sea sino un mecanismo de defensa frente a lo peligroso. Yo debía haber imaginado que me ponía en peligro.

Solo puedo recordar que me dejaron de pie y vacilante en el piso de arriba, mirando hacia abajo la escalera, en el rellano. Llevaba puesta una escafandra. Como estaba abierta a mi izquierda la puerta de la sala, miré de reojo su incongruente mobiliario. Era tal vez una alcoba donde había quizás una cama que acaso no era tal. Antes bien, parecía un mueble fabricado para soportar en peso alguna forma poco común, rareza que avalaba la grúa sobre este raro lecho, compuesto de huecos y bultos para apoyar algo numeroso. Uno conoce un objeto si conoce bien a qué se acopla y el uso que se le destina. Por ejemplo, una tijera. Conocemos el objeto y el uso y la naturaleza y formas a los que se destina. No era este el caso de ninguna de las cosas que podían verse en la sala. Una cama para humanos debe ser un objeto preparado para sus usuarios. Pero un lugar de reposo y amor para otra cosa debe acoplarse a formas que en ningún momento yo fui capaz de reconocer. Aquello no era una cama. Era algo inexplicable que desprendía una sensación de agonía. Sobra decir que a pesar de los incentivos químicos un cierto resquemor comenzó a ocuparme el pecho. ¿Dónde me estaba metiendo? ¿Quién o qué venía a hacer el amor conmigo? Aquello poco a poco dejó de gustarme. Alguien gritó riendo, desde el piso de abajo: “ahora ya no puedes echarte para atrás”. Y entonces sucedió. Sucedió que empezó todo.

Vi que algo lento y opresivo y plural subía por la escalera.

miércoles, 16 de octubre de 2019

RESEÑA de La memoria de Shakespeare: ¿Se puede filosofar con Borges?


RESEÑA  de La memoria de Shakespeare: ¿Se puede filosofar con Borges?

Marcos Santos Gómez


He releído el último libro de relatos publicado por Borges, en 1983, que aunque ciertamente no iguala a los anteriores, impacta y da que pensar. No porque Borges pretendiera en ningún momento hacer filosofía, disciplina con la que, antes bien, jugaba y gustaba de considerar, igual que a la teología, como un subgénero literario dentro del género de la literatura fantástica. Él solo desarrolla este modo de aproximación literaria a lo filosófico, entre lo narrativo y lo poético, y solo así él es capaz de pensar y de hacernos pensar. Dicho de modo más explícito, su forma de pensamiento es la duda más corrosiva que he leído nunca. En este libro, de poquísimas páginas y que puede ser abordado en apenas una o dos horas, toca temas que sin ser nuevos, los dice de otro modo, lo que es el único modo de orden admisible por Borges, el orden que juega a hallar simetrías, identidades y reglas donde no las hay.

Son cuatro relatos. En el que da título al libro, La memoria de Shakespeare, un hombre compra en cualquier calle de la India un objeto bastante particular: la anodina memoria de Shakespeare. Es decir, no su obra ni sus invenciones, sino algo que estuvo siempre ajeno a una obra en la que el autor jamás habló de sí mismo (quizás ni siquiera en sus famosos sonetos), pero que siempre habló, claro está, de otros. Él no fue ninguno de sus personajes. En un famoso pasaje de El hacedor, que suelo recordar a menudo, Shakespeare se supo frente a Dios, antes o después de la muerte, porque este detalle de estar vivo o muerto carece de importancia. Entonces le pide a Dios, quien le contestará “desde el torbellino” o la tormenta (como a Job) que le haga ser un solo hombre, uno y verdadero, y no muchos y ninguno de ellos, como lo había sido en su obra. La contestación desconcertante que le brinda Dios es: “Yo también he soñado el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estabas tú, que como yo, eres todos y nadie”. Si la memoria prestada de Borges no me falla, así cuenta nuestro indeciso y conjetural argentino que admite el Creador algo sorprendente, como es la incerteza de aquello que, como dijo Descartes, más cierto era. Lo que ocurre es que esta veleidad de lo existente se eleva al infinito con Shakespeare, cuyo misterio es que es un autor que ha desaparecido por completo de su propia obra, que dedica a todo lo que él mismo no es. Hay, en todo caso, una presencia negativa o como paradójica impresencia en toda autoría, en especial en la del inglés que se postula como autor de Macbeth, etc. Un golpe, por otro, a la literatura de corte más narcisista y romántica que pretende ser la expresión, por lo menos sentimental, de un yo.

He tenido que dar este breve rodeo para que se comprenda en toda su trascendencia ese objeto comprado por el protagonista del relato… nada menos que la memoria anodina, decía, de quien nada tuvo que decir sobre sí. Lo interesante de Shakespeare, se afirma en el relato, se confunde con los mejores momentos de Hamlet o Macbeth; está en los textos, que eclipsan y quizás salvan, al mismo tiempo, una vida cuyo mayor logro fue obtener unas rentas para vivir media vida sin tener que escribir más y en el más absoluto anonimato para sus coetáneos y para nosotros. Esa peculiar memoria de alguien que quiso ser nadie es lo que al protagonista atormenta: olores y sabores, músicas buenas para tararear, alguna borrachera, los goces del amor y el sexo… nada del otro mundo. Así que nuestro hombre no aprende nada de Shakespeare, o, mejor dicho, de su obra. Sencillamente se ve inmerso en un océano de mediocridad.

Omitiré el cuarto de los relatos, pero deseo referirme a los dos restantes, bellísimos. El llamado Los tigres azules es una maravillosa metáfora sobre la locura, en el contexto onírico-idealista de la filosofía (sic) borgiana. Un hombre se hace con unas piedrecitas muy bellas de color azul que no responden, acaso solo ellas en el orbe, a las más elementales reglas de la aritmética. Por más que realice operaciones matemáticas con las mismas, bien restas, divisiones, multiplicaciones o sumas, el resultado es siempre incierto. A menudo, la mitad supera al todo, por ejemplo. Las dichosas piedrecitas suponen un obvio desafío a lo único que nuestra alma cartesiana erige como certeza, además del yo. Las serenas operaciones de las matemáticas. Solo esta certeza, señala el protagonista, sostiene y salva al mundo, porque todo lo demás (como por cierto también dijo un personaje de Shakespeare) es sueño y locura. El modo de vivir sin volvernos locos, sin hacer de la propia existencia solo caos y azar es la confianza que todos tenemos en que dos más dos sean cuatro. Así, las piedras parecen provenir de una pesadilla que, como todas las pesadillas, amenaza a nuestro sueño. Las piedras, como las pesadillas, rompen el fino hilo que nos ata a la seguridad y la certeza y por tanto nos hacen desembocar en la locura.

Y el otro relato, el más bello y conmovedor, se titula La rosa de Paracelso. Para ser sincero debo mi relectura de esta obra postrera de Borges a su discípulo nada díscolo Bolaño, quien resume este cuento en su volumen de mini escritura reseñista y ensayista borgesiana A la intemperie, publicado por Anagrama y que recoge el de menor extensión que se tituló Entre paréntesis. En el relato borgiano, Paracelso, cansado de su soledad, pide a Dios, al Dios incierto de su obra, que le conceda un discípulo. Éste llega, en efecto, y se presenta con una bolsa de monedas de oro y una rosa. Le pide al maestro que realice el milagro de resucitar la rosa de sus cenizas, pues la tira al “escaso fuego” de la chimenea. Paracelso le explica, sin magia, que todo lo que ha hecho reposa en la fe en que vivimos ya en el Paraíso, pero en el modo infernal que lo desconoce. Al estar en el Paraíso todo es ya pleno e inmortal y por eso las rosas, enseña el maestro a su discípulo, no pueden morir ni destruirse. Este, decepcionado, insiste en que solo ve cenizas en vez de rosas y Paracelso le hace creer que su obra es falsa y que solo vive de su prestigio también falso. Él no hace milagros. El discípulo cree esto y ante la imposibilidad de ver un milagro (lo que supone un quiebro en la continuidad del mundo, no lo olvidemos y que es justo lo opuesto a lo que Paracelso le estaba tratando de explicar), lo abandona con pena. Entonces, como en otro relato de Borges, obra para sí el “milagro” secreto que restablece o consagra un orden y la rosa vuelve a ser lo que era, lo que siempre será, lo que es, renaciendo de sus cenizas en su mano. Al discípulo, con fe en los milagros, le faltó la verdadera fe.

sábado, 12 de octubre de 2019

Belleza y crueldad


Belleza y crueldad

Marcos Santos Gómez


El magnetismo que irradian las grandes obras de arte, en la belleza más portentosa y sublime, uno siente, si le quedan palabras, que ha trascendido lo moral, el buen gusto, lo bonito y decorativo e incluso lo conmovedor. Difícil es confesar para quien tiene a la bondad y el amor como ideal, que en el ideal de lo bello no se halla bondad ni maldad. El flujo de esa belleza sublime desborda su objeto e irradia con un esplendor que es difícil rechazar pero, también, aceptar. Así, un puñado de lecturas recientes y casuales me lo han sugerido. En especial, porque hace un par de horas que lo he leído y aún agita mi mente un estremecedor soneto, horrible y magnífico, de Baudelaire, de Las flores del mal, que se me ha colado en esta tarde de sábado. Es el soneto XXXII, pero podría ser cualquiera de muchos de los poemas que lo acompañan en este libro terrible. En él, hay un halo inhumano, pérfido, cruel en los ojos de la avejentada prostituta inmune ya a tanto dolor, que irradia y capta al poeta desde sus fríos ojos no velados por las lágrimas. La belleza que mira y busca Baudelaire es belleza a contrapelo que se rescata del triste paseo por la modernidad.

Es exactamente esto lo que canta y exalta Alejandra Pizarnik en muchos poemas, la peligrosa belleza de la rosa que pulveriza los ojos que la miran. Algo premeditado y elegantemente diseñado por su pulcra y poética prosa en el relato La condesa sangrienta o la desesperación de su Diario que en sus primeras páginas he dejado de leer para darme un respiro y no ahogarme entre sus letras y noches. O los ángeles de Rilke. Estamos, pues, en la zona más sombría de lo bello.

Desde esta órbita de crueldad se me antoja escrita la tercera novela que he leído en algo más de una semana, de la escritora belga-japonesa Amélie Nothomb. Es la que la lanzó a la fama, la primera, la que en Estupor y temblores alude como un puñado de folios manuscritos inéditos. Con estupor y temblores, por cierto, ha de dirigirse el súbdito al emperador, un emperador que no es ya hombre, que en gran medida es irreal por muy de carne y hueso que sea, que apunta a un ámbito de perfección y sublimidad, donde se forjan las tormentas y los copos de nieve, donde se diseñan la flor del cerezo y el crisantemo, más allá de nuestro pobre alcance. Y es esta dimensión regia de donde emana algo que solo podemos recibir, en muchas ocasiones, con estupor y temblor.

Hilando lecturas, desde Amuleto de Bolaño y, en realidad, todo Bolaño (cuyo libro de escritos breves y ensayos titulado A la intemperie ando husmeando) a los relatos de espectros del Japón, su ritualizado e hierático teatro Noh e incluso el humor negro grotesco del siglo XX; a los ángeles de Rilke, pasando por la Pizarnik y Baudelaire, llegamos a la prosa de Nothomb que, si bien a años luz de estas experiencias estéticas (nos parece) sí es cierto que asume como leit motiv precisamente este carácter cruel y terrible en el arte. Higiene del asesino plantea una tensa relación del protagonista, un espantoso y odioso escritor cuyo cuerpo semeja el de una gran oruga pálida y pelada, que solo hace comer asquerosas combinaciones de grasas diversas y dulces, pero que ha ganado el premio Nobel. Su carácter es propio de abusador, de irrespetuoso monstruo que falta a la dignidad de los demás y que aniquila dialécticamente a cuatro periodistas que salen llorosos y espasmódicos de su encuentro con la bestia. Pero llega la horma de su zapato de la mano de una mujer aun más fría y cruel que lo va derrotando emocional y dialécticamente hasta hacer que se arrastre por el suelo y confiese un ominoso pasado que ha de culminar, necesariamente, con la muerte. Es un argumento horrible, son personajes odiosos pero lo que está en juego es la capacidad de la literatura y lo bello de situarse más allá de sus creadores y cultivadores. El arte puede emanar crueldad porque su lugar es más allá del bien y del mal, de toda discusión sobre moral y costumbres, de toda finalidad política; es decir, el arte es mito, está en el mismo lugar donde nos magnetizan los mitos y de hecho nos magnetiza de la misma manera. Esta cualidad hipnótica y resplandeciente de la belleza es a lo que las tramas de crueldad del hombre con el hombre que desarrolla la Nothomb, apuntan como propio de lo genuinamente bello. Es terrible e indeseable que sea así, pero es cierto que lo es.

Dos personajes se hacen todo el daño del mundo; Baudelaire pide a la decadente meretriz que logre derramar lágrimas en medio de un horror que adormece la pena y que esas lágrimas velen el fulgor gélidamente irresistible de sus pupilas blasfemas y pecaminosas; los ángeles de Rilke cuya mera contemplación puede insuflar muerte y locura; la rosa de la Pizarnik y su condesa sangrienta a las que uno cede más allá del pudor hasta aceptar que pueden existir objetos tan insufriblemente bellos como mortales. Todo ello, digo, para hallar algo hermoso en los tristes seres humanos, como el humor en la desesperación, como broma de la magia que nos torna esclavos de un ominoso ritual vudú. Es toda esta poética la que abusa de nosotros por poner la belleza donde no quisiéramos que estuviera. Pero el arte tiene que resistir a su manera, a su modo extramoral, dionisíaco, y solo en estos modos de la perversión y el delirio cabe imaginar lo que tontamente se creyera y se llamara “arte comprometido”.

Hace falta leer mucho más, mucho, pero mucho más, a Bolaño.