domingo, 27 de enero de 2019

"Catedral", de Raymond Carver, Anagrama, Barcelona, 2015. RESEÑA


Reseña de Catedral, de Carver, en Anagrama.

He terminado la lectura del libro de relatos Catedral, de Carver, ed. Anagrama. Se trata de cuentos escritos con un lenguaje alejado de los estilos más retóricos y en el fondo “ornamentales” en la narrativa. Se agradece este tipo de prosa que va desarrollando historias austeras, de una belleza nada glamourosa, antes bien, una belleza rutinaria, arrancada de una existencia aun menos que corriente. Son protagonizadas por gente que a duras penas van encajando o no en el inmenso monstruo social o simplemente van viviendo como vivimos todos, a trompicones. Perdedores, vidas mediocres y frustradas, gente sin demasiados horizontes, que en los relatos reciben un tratamiento u oportunidad de constituirse en héroes relativos y protagonistas de una épica que se quiere alejar en bastantes aspectos de una épica más al uso. La falta de esperanzas, la densidad plomiza de la vida y el coste emocional que incluye son puestos de relieve.
 
Así que de lo más “corriente” e incluso de lo sórdido Carver extrae una belleza sombría, agridulce, discreta, una belleza que es antibelleza, que es el reflejo pobre y marginal de la otra belleza, la magnificente.

Estamos en la onda de lo que se ha denominado un realismo sucio (muy frecuentado por la literatura reciente norteamericana, me parece), centrado en los muchos olvidados e ignorados, pero sin lección moral (particularmente, a mí cada vez me gustan menos las fábulas y las moralejas, o el buenismo cantamañanas). Por cierto, un tono el de Carver menos humorístico pero de gran parecido, en cuanto al enfoque y la misma prosa, al estilo de la escritura de mi adorado Bolaño que, he sabido, a su vez adoraba a Carver. El lenguaje cuanto más sencillo, mejor (lo que aunque a algunos les resulte extraño, también acerca este tipo de narrativa y de texto al ideal de la escritura del gran gigante, el considerado por Bolaño “gran dios de la literatura del siglo XX”, por supuesto, Borges).

Un realismo sucio, el de Carver, que no incurre en la caricatura o parodia del propio estilo que significa Bukowski. Cualquier exceso forzado, también en el arte, es malo, no funciona. Carver promete buenos ratos de lectura y espero acudir también a su poesía, que me da la impresión de que va a culminar estos ideales artísticos que aúnan lo corriente (incluso sórdido, marginal) con una estructura, seguramente también en la poesía, narrativa, es decir, un texto dinamizado por la pura narración. Y la narrativa no es sino contar bien una historia, y eso es todo. Lo que hacemos cuando volvemos de un viaje, por ejemplo. Seguramente no haya más secreto.

Respecto a estos cuentos en particular, podría escribirse bastante de cada uno. Son magistrales y logran lo que estamos diciendo con los matices bellísimos y concretos de cada historia particular. El último es muy famoso, el que da título al libro, es decir, “Catedral”. El modo en que la técnica narrativa de Carver va llevándonos silenciosamente a las grandes cotas de esa belleza sucia es maravilloso. Sin añadir retórica, incluso desde una intención anti retórica, o, mejor dicho, una poética sin grandes aspiraciones, logra resaltar la belleza cenicienta del mundo y, en el fondo, de los seres humanos, merecedores, a pesar de todo, de una cierta compasión y respeto.

Marcos Santos Gómez

miércoles, 23 de enero de 2019

"El universo en tu mano", de Galfard. Reseña.


He finalizado la gratísima lectura del magnífico libro de divulgación de la física actual “El universo en tu mano” de Christophe Galfard. El autor es un físico discípulo de Hawking, que ha seguido su estela y parece apostar, con todas las reticencias posibles, por la gran unificación de la teoría de cuerdas. Ha escrito una legible obra de divulgación científica, convertida casi en bestseller del género y que puede verse en escaparates de muchas librerías. Debo su compra a mi librero favorito y a la necesidad de darme un respiro del mundo de lo “humano” y de la historia. Es necesario de vez en cuando salir de nuestros tinglados, los tinglados del hombre, de esa curiosa nota pensante, actuante y creadora que somos y que añadimos al mundo o, mejor dicho, que abre con una dimensión propia la realidad. Otra cosa es que la ciencia y los científicos no dejen de ser esos tinglados.

Yo llevo tiempo nutriendo la ilusión de una inagotable lista de lecturas para llevarme a la tumba, la inmensa mayoría no leídas, con los libros que van aumentando la sección científica de mi biblioteca personal, donde abrí espacios para las mejores obras del género. Y digo bien, empleo la palabra “género” en el sentido de género literario, aun exagerando un poco, porque el divulgador que afronta el desafío de explicar la física del siglo XX y actual sin matemáticas, ha de narrar la física aludiendo a intuiciones, metáforas y hasta un argumento, al estilo de una obra literaria. Compone algo elocuente y bello. Es artista. Está desarrollando como una narración lo que siendo en gran medida producto de especulación, imaginación e intuición, en propiedad ha de expresarse en el lenguaje de Galileo, o sea, las matemáticas. No saber matemáticas, como es mi caso, además de ser imperdonable es una pena, por los ratos de felicidad que supongo dan a los que saben y que me pierdo bellacamente, entre la desolación y la envidia. Tampoco puedo adentrarme en los misterios del cosmos, en su forma matemática, y por tanto estoy condenado a no entender jamás su íntima naturaleza desde la perspectiva de lo dado, lo que se ha llamado “materia” y “energía” (dos caras de la misma moneda, desde Einstein). Nunca comprenderé la física. Esa es mi condena… lo que se encuentra al otro lado del telescopio o los raros fenómenos del magnetismo o la electricidad.

Envidiable es, digo, la felicidad y la paz que puede ser adivinada “mirando” en lo muy grande (el campo de la física einsteiniana) y lo muy pequeño (la física cuántica). Debo de ser muy poco humano (o muy humano, por el contrario), pues no conozco momentos más extraordinarios que el de abandonarse a ese enorme grito que se alza sobre nosotros, al desconcertante espectáculo para nadie del mundo en su pura y mera inercia material.

Galfard plantea el libro con un recurso literario, narrativo, que emplea distintas imágenes y ejemplos curiosos. Al estilo de Sagan, un viaje por el cosmos. Presupone idealmente en el lector viajero unas condiciones que le harían posible la imposible observación tanto de los paradójicos e irresolubles comportamientos cuánticos, como la otra franja extrema de la materia: el vasto espacio, el tejido del espacio-tiempo y la visita a sus grandes y no menos extraños objetos, a distancias inimaginables.

La física de Newton es buena para nuestra especie, para la franja de la vida superior animal, la de quienes como nosotros, por razones de supervivencia, habitamos. En nuestro entendimiento y sentidos funciona. Pero no es más que una franja de lo real, cuya naturaleza física se nos escapa. Un límite evidente sería nuestra incapacidad de ver la luz a ciertas frecuencias infra o supra (microondas, rayos X, radiación ultravioleta, etc). Pero lo más raro es el funcionamiento del universo en su más honda intimidad, donde se burlan e invalidan todas nuestras reglas, el modo en que para nosotros parece que funciona el universo. En realidad, lo que hay, el universo, la materia, se nos escapa. Es pasmoso. Si vamos a lo muy grande o lo muy pequeño, las reglas y comportamientos de la materia cambian drásticamente y nos conducen a fenómenos anti-intuitivos, insólitos y que contradicen las “reglas” de esta mundo, digamos “medio”, en que nos movemos, sentimos, pensamos y nombramos.

Como siempre, darse un baño de estrellas (o cuantos) es reparador. Gustan estos paseos por el cosmos y entender a medias y de muy lejos lo que se ha expresado con complejísimos desarrollos matemáticos. Hawking no fue menos y por lo que cuenta su discípulo se metió en el planteamiento de una teoría más eficaz en su explicación del cosmos que lograra o contribuyera a lograr o sencillamente fuera un paso más, en la anhelada unificación, en una teoría del todo. Y todo ello es un puro desarrollo teórico que Hawking hizo, con algunos colaboradores y colegas. Porque el gran escándalo de la física actual es que la naturaleza sea infinitamente más compleja de lo que Newton o nosotros hemos sido capaces de creer. La humanidad ni siquiera pudo durante milenios imaginar esto. El cosmos rompe nuestros moldes. Los problemas, los enigmas asaltan por doquier, nos atenazan. Esta inmensa vastedad impersonal, que podría entenderse sin nada que la contenga ni trascienda, que se explica a sí misma, como decía Hawking, es reconfortante.

Pero el colmo, lo que se presenta como gran unificación de esta incongruente bicefalia de la física actual (no es solo que haya dos grandes teorías sobre el mundo y la materia, sino que se contradicen, que desde una no puede darse la otra), desemboca en la imaginativa, complejísima y no demostrada aun empíricamente teoría de cuerdas. Una teoría que implica, para mayor asombro y sobrecogimiento nuestro, tristes humanos, la coexistencia de universos paralelos en los que se dan otras posibilidades, que son alternativas formas del nuestro. En este caso, en otra de esas posibilidades, yo sería matemático y me quejaría, seguramente, de cómo se me escaparía el adorable desorden de la historia, envidiando a humanistas e historiadores y deseando ardientemente salir de los cristales para incendiarme con los tinglados propios de nuestra especie.

El libro alude a universos que contienen más universos, a la posible unificación de la física con la comprensión exacta de lo que sucede en un agujero negro (en esta línea trabajaba Hawking), las distorsiones temporales, la enigmática materia oscura, los comportamientos de la materia (si es que era materia) y la energía en los momentos del Big Bang, en el que nace el tejido actual del espacio tiempo, por lo que hay que comprender que el tiempo en sí mismo comienza en ese “momento”, cuando de hecho lo que hubiera se hace “momento”, es decir, tiempo. Antes del Big Bang no había un pasado, no había nada mínimamente concebible por nosotros. No era otro estadio temporal del universo, sino algo antes del tiempo que tampoco era un antes. Sencillamente no había ese flujo o duración que para nosotros es el tiempo (relativo y no absoluto desde Einstein, desmarcándose de la visión estática del tiempo y el espacio propia de Newton y de nuestro sentido común). Nuestro empieza con la gran explosión y el crecimiento de ese tejido de espacio y tiempo que es el actual universo. Lo demás es inconcebible y sí que escaparía a todas nuestras reglas e intuiciones. Ya es de sobra complicado entender el espacio tiempo como curvo y relativo, como algo que se expande, pues no son las galaxias las que se alejan de nosotros cuando no las atan la gravedad a nuestro “centro”, el lugar desde el que observamos. Se aleja el propio espacio, el “lugar” en que estamos. Se dilata nuestro espacio y con esta dilatación parecen huir los confines que apenas podemos mirar. Comprender la propia luz o su inexistencia en estadios opacos, primigenios, del universo. Todo es desbordante, inasumible, infinitamente raro, más allá de las apariencias a las que consideramos el mundo.  

Reseña de El universo en tu mano, de Christophe Galfard, Barcelona, Blackie Books, 2016.

jueves, 3 de enero de 2019

"Un antropólogo en Marte", de Oliver Sacks.


Un antropólogo en Marte, de Oliver Sacks


He terminado la lectura de Un antropólogo en Marte, de Oliver Sacks, ed. Anagrama, Barcelona, 2015. Ya había leído hace unos meses el libro Despertares, en el que conocí el estilo de escritor y científico neurólogo de este famoso autor, cuya autobiografía tengo también en lista de espera para leerla. Este libro en particular, es menos pormenorizado que Despertares y abarca además siete casos diferentes de vidas profundamente afectadas por la enfermedad. En el estudio y relato que Sacks lleva a cabo de cada una se perfila un principio que resulta toda una lección para el lector. Este principio consiste en la idea de que la enfermedad, aun siendo un grave hándicap en los sujetos, en la medida que merma algunas cualidades necesarias para la supervivencia presentes en las personas sanas, no deja de ser una forma concreta y singular de experiencia humana, de forma de ser. Gracias a las anomalías, los enfermos tienen acceso a vivencias únicas en torno a las cuales reordenan sus vidas.

Son, desde luego, casos sorprendentes. El último de ello, por ejemplo, es una joya porque se trata de una mujer autista, pero con un tipo de autismo que no resulta totalmente inhabilitante y sobre el cual puede ella observar, reflexionar y aportar teorías. Es una profesora universitaria de zoología que a ojos de los demás puede parecer “rara”, pero cuya experiencia vital y sobre todo su autoanálisis son verdaderamente dignos de ser conocidos. Ella nos enseña a sí misma y a nosotros cómo es ella y cómo somos nosotros los “normales”. Ella ha pasado la vida estudiándose a sí misma y a las personas "normales". Se sabe limitada emocionalmente, pues es incapaz, dice, de comprender las emociones y sentimientos ligados a experiencias complejas, como las sociales, estéticas, poéticas. Sabe que carece de la capacidad de asombro de los demás. Por ejemplo, aun siendo una gran científica no llega a sentir la conmoción por la naturaleza de los demás biólogos o por los paisajes, o la curiosidad y la devoción sagrada por la vida como acicate de la ciencia y la biología. A los paisajes los ve simplemente "bonitos", pero reconoce que no puede siquiera imaginar nada más, ni por supuesto sentir una experiencia de tipo religioso. Puede deducir la existencia de algo parecido al Dios del que hablamos, pero no se vincular de manera religiosa con el mismo. No la emociona. 

Conoce a los demás por deducir y registrar empíricamente sus comportamientos, se hace una idea, pero no empatiza. Cree entender cómo son a partir de los datos empíricos que observa en ellos. Llega a imaginar y a echar en falta esa capacidad de conmoverse, propia de las personas "normales", por ejemplo enamorarse (ella no entiende qué pueda ser ni es capaz de mantener una relación afectiva-sexual con ninguna pareja, como parte de su limitación sentimental). Se hace una idea de cómo somos, pero no lo siente.

Sin embargo, el cálculo, el estudio y el trabajo bien organizado, las operaciones útiles, las clasificaciones, las listas y enumeraciones de la ciencia son ideales para ella. Es capaz de vivir trabajando todo el tiempo y de mantener una gran creatividad y nivel en su labor de investigadora y profesora de zoología. Vive focalizada en ello, pues su trabajo es parte natural de sí. De hecho, el ámbito académico es ideal para ella, el estudio y la ciencia, desenvolviéndose con gran comodidad en esta dimensión laboral y científica de su vida. Es como si tuviera muy desarrollado el cálculo y la razón operativa, pero no pudiera implicarse ni vibrar con la conmoción que late tras la ciencia. Ser así la convierte en un sujeto único e interesantísimo, con una perspectiva vital tan extraña como admirable. Ha logrado vivir, o sobrevivir, de su trabajo y disponer de una vida propia, aunque su relación e interpretación de la realidad se halla profundamente filtrada. Para ella significa una aventura intelectual tratar de discernir cómo somos los demás, a lo que ve tan raros como nosotros la veríamos a ella. En definitiva, un caso que supone un extraordinario viaje para ambos. No obstante, Sacks sí descubre y deja entrever una básica emoción en ella, una soterrada capacidad de conmoverse con algunas cosas, incluso con ella misma.

Del mismo modo, otros casos presentados por Sacks manifiestan este desafío intelectual, filosófico y antropológico. El primero es un pintor que por un accidente pierde la visión del color. Se da el agravante de que era un gran pintor que se basaba en su excelente conocimiento del color, en el dominio y perfección que manifestaba en el uso de los colores en la pintura. Cuando todo parece darse la vuelta al ser solo capaz de ver en blanco y negro, tras un periodo traumático y desconcertante, se reinventa como pintor en blanco y negro, llegando a una mirada artística antes inexistente para él y para sus admiradores. Cambia su sensibilidad y su expresión, sin dejar de ser pintor.

Otro caso tiene que ver con la incapacidad de recordar a corto plazo de un joven que llega a olvidarse incluso de que está ciego. Es quizás el caso más brutal y conmovedor, del que uno aprende, no sabe si triste o alegremente, que a su manera, el joven anclado en recuerdos de su época hippie en los sesenta, vive con una cierta felicidad y llega a logros precarios y limitados que Sacks relata y valora con pormenor.

No menos espectacular es la experiencia de un ciego de nacimiento, prácticamente, que recupera la vista. El caso que me lleva fascinando desde niño, es decir, imaginar cómo se puede sentir alguien que jamás haya tenido vista al ver por primera vez. Pero lo que parece una bendición, se torna una experiencia sofocante. El joven ciego no es capaz de desenvolverse en un mundo visual y va regresando poco a poco a una ceguera, de origen neurológico y psicológico, o sea, a su mundo de siempre, en el que el tiempo y la duración, junto a la dimesión táctil, son la realidad, frente al mundo de espacios, formas y dimensiones más allá de lo que el tacto aporta propios de los videntes. No acaba de comprender las distancias, la luz, las dimensiones, los colores. No encaja el mundo canalizado por al vista. Todo su yo peligra al ser despojado de su condición de ciego, en la que se hallaba cómodo y feliz. Quiere seguir siendo ciego y lo consigue. Tremendo.

Hay otro impactante caso del cirujano y piloto de aeroplano que salvo en esos ámbitos y operaciones que requieren sangre fría, sufre de grotescos e inhabilitantes tics involuntarios. Un mundo también singular, entre gente que se va acostumbrando a su rasgo patológico y admirando su finura, increíble, en las situaciones que justo requieren un mayor control del propio cuerpo y el pulso. 

Además, hay algún otro autista, mucho más inhabilitado que la mujer a la que nos hemos referido, que no acaba de sobrevivir solo, pero cuya profunda patología lo torna asombroso. Este, y quizás otro caso de alguien que gana una capacidad fabulosa de formar y almacenar recuerdos, son casi los más extravagantes. Uno es un pintor que se halla anclado en el pueblo de su infancia, anterior a la Segunda Guerra Mundial. Dedica su vida a hacer dibujos y cuadros de sus rincones con un estilo muy detallado, como los denominadas “idiotas sabios” que desarrollan espectacularmente una cualidad, acaso una impresionante memoria fotográfica capaz de recordar lo más nimio de un paisaje o monumento con solo mirar entre uno y tres segundos. Pero en el resto carecen de la mínima capacidad, sobre todo, la de síntesis y control desde un yo generalista y abstracto. Recuerdan todo porque no filtran la experiencia sensible. El desafío de estos “cerebros” es precisamente su funcionamiento, su modo de operar y mostrar el mundo al enfermo. Suelen ser cualidades un tanto mecánicas y desprovistas de apego sentimental, en el caso de muchos autistas. Sus proezas son para nosotros admirables (memoria, cálculo, observación), pero Sacks sugiere que fallan precisamente por no incorporar en la observación un componente afectivo y emocional. Cuenta el caso de un juez que pidió abandonar la judicatura al perder justamente la capacidad de empatizar con sus "objetos" de análisis. Es decir, no podía ser buen calibrador objetivo de los demás sin tener un mínimo de comprensión y empatía con ellos.

En definitiva, el libro de Sacks presenta estos casos en un intento de comprensión más allá de lo objetivo, buceando lleno de amor y admiración en las “limitaciones” de sus pacientes. Sí hay por último que resaltar algo que a menudo se olvida en un mundo lleno de buenas intenciones y ganas de ayudar a los discapacitados: la anómala y dura realidad en sí que significa la discapacidad, el modo de ser como víctima de una patología cuya realidad y crudeza no debe ocultarse. La discapacidad es una experiencia humana que inhabilita para numerosas operaciones y circunstancias de la existencia, dificultando considerablemente la vida. Sin embargo, supone una oportunidad de oro para entender la vida, pues son un modo concreto de la existencia humana del que los demás "sanos" o "normales" no podemos hacernos idea. En cualquier caso, el modo de canalizar sus limitaciones y tornarlas productivas por parte de las personas protagonistas de este libro resulta admirable y alentador, toda una lección.
   

martes, 1 de enero de 2019

"El impostor", de Javier Cercas. Ed. Random House


El impostor, de Javier Cercas.

Marcos Santos Gómez


He terminado de leer El impostor de Javier Cercas, ed. Random House. Se trata, en las propias palabras de su autor, de una “novela sin ficción”, en la que da la vuelta a lo usual en la literatura, porque lo que narra (historia, personaje) pretende ser la realidad y la historia de algo ocurrido realmente, en la medida que se va revelando y explicando la impostura de un personaje real y vivo cuya vida y mundo inventado es la ficción. Por tanto, en el “exterior” de la novela está lo ficticio, la trama imaginada, constituyendo el lugar donde se da el ámbito de lo literario, la pura literatura. Todo ello gracias a que la ficción la pone el propio Enric Marco (que es el impostor cuyas tramas se relatan e investigan).

Esta “investigación” llevada a cabo por Cercas nos va implícitamente desafiando con unas cuestiones graves. Estamos de acuerdo que llegar a tal grado de embuste sobre la historia personal, reinventada mil veces por un farsante del calibre de Marco, inspira rabia y enfado. A nadie le gusta que le engañen. Algo muy obvio cuando topamos con una de las consecuencias más hirientes del comportamiento de Marco: la de haber hecho del Holocausto un espectáculo kitsch, exhibicionista, sensiblero, efectista. Porque el hombre llegó a mantener que había estado interno en un campo de exterminio por pertenecer, supuestamente, a la resistencia anti-hitleriana y antifranquista, cuando lo que ocurrió es que fue a Alemania dentro de un proyecto del gobierno de Franco, para participar en la industria de guerra nazi como obrero bien pagado, a principio de los cuarenta del siglo XX. En el plano “real”, el de los hechos, el del mundo, Marco no se alejó lo más mínimo del muchas veces vergonzoso colaboracionismo de la mayor parte de los españoles con el franquismo. Fue uno más que dijo Sí a todo, a lo que estaba de moda, a lo que se imponía desde arriba, evitando grandes problemas mediante la aceptación de lo que se imponía.

Con esta impostura del campo de exterminio (una de tantas) en particular llegó a arrancar lágrimas a chavales en los colegios e institutos. Dio más de mil charlas sobre el tema, contando todo como si lo hubiera vivido en primera persona, incluso con la desfachatez de relatar sus inventados actos heroicos y valientes contra los malignos SS nada menos. Pero también hizo llorar y engañó a profesores, periodistas, sindicalistas, socios de asociaciones de víctimas del Holocausto (presidiendo una de ellas) e incluso a políticos y casi al gobierno de Zapatero en pleno o al propio Zapatero en la época del auge de lo que llamaron (y legislaron) “memoria histórica”. En Internet se puede localizar un vídeo de la fallecida ministra Carmen Chacón llorando a lágrima suelta mientras escuchaba una intervención de Marco ante una comisión de diputados en el Parlamento español. Pero no se queda ahí todo; también llegó Marco a obtener la máxima condecoración al mérito civil concedida por la Generalitat catalana y estuvo cerca de conseguir la condecoración de la Legión de Honor de la República Francesa. Faltó muy poco para que, además, diera uno de sus discursos nada menos que en el acto del aniversario de la liberación de Mathaussen, delante de Zapatero, siendo escuchado y aplaudido por altos mandatarios de la ONU, la UE e Israel.

Cercas, a partir de estos dislates, cuestiona la llamada “memoria histórica” de la era Zapatero, como el ensalzamiento de los relatos de vida, llenos de subjetividad, que si se consideran en sí historia, confunden antes que revelar la verdad acerca del pasado, de las víctimas, la represión y la guerra civil. Con buen criterio señala que lo que debe hacerse para iluminar lo no estudiado aún por los historiadores es, justamente, más historiografía científica por parte de historiadores. Solo así puede conseguirse crear un relato objetivo acerca de las zonas aun oscuras y olvidadas de nuestra historia. Pero dejarlo todo en las manos de vivencias subjetivas, de recuerdos a menudo teñidos y modificados por los sentimientos, etc., aun viniendo de seres que participaron en los hechos como víctimas, solo puede enmarañar y confundir todo lo que pasó, degenerando en sentimentalismo. Esa fue, de hecho, la confusión de Marco que justificó su impostura como si hubiera hecho una labor de concienciación e información imprescindible, al margen, decía, de que no fueran directamente ciertos sus discursos y recuerdos. Pero, según Cercas, no hizo un favor a la historia y al conocimiento del Holocausto haciendo de ello un drama sensiblero contado en primera persona. Lo que él hizo no fue informar y ni siquiera concienciar, sino mero espectáculo y deformación sensiblera de la historia. Incluso en los auténticos protagonistas, se da una limitación y un sesgo ineludible que ha de abordarse con métodos científicos. Si todo lo reducimos a esa forma de memoria subjetiva (memoria histórica) lo más que llegamos es a trivializaciones del tipo de la que hizo Marco. No sería historia, sino espectáculo kitsch; lo que en el arte sería entretenimiento en vez de arte.

Marco engañó a todo el mundo. También a los anarquistas en la Transición, que lo hicieron nada menos que secretario general de la CNT, cuando el propio sindicato se estaba autodefiniendo y resurgiendo tras la muerte del dictador Franco. Todo gracias a que tenía un carácter afable y seductor que convencía, un particular talento para mentir. Pero debía haber levantado sospechas. En el uso y tratamiento del Holocausto que llevó a cabo, manifestó no haber entendido en absoluto la realidad del Holocausto o de los campos de exterminio. A menos que se piense el asunto, queda claro que hacer del holocausto un espectáculo o una sensiblera exhibición es un cruel insulto a las víctimas reales y manifiesta en quien lo haga, no haberse ni enterado siquiera de lo que fueron los campos nazis de exterminio. Sé que hoy en Auschwitz cuidan esto escrupulosamente cuando reciben visitas, es decir, evitan con cuidado la conversión del testimonio y la huella en espectáculo.

Como daño colateral puede afirmarse que su impostura ha insultado a todo tipo de víctimas, a los verdaderos y minoritarios héroes de la lucha antifranquista, a los verdaderos milicianos, a los auténticos cenetistas de la guerra y muchos más. Esto explica la repulsa que, en principio, inspira. Pero eso es un modo plano de verlo, porque en la novela que es la vida de Marco, la del hombre de carne y hueso, se entreveran verdad y mentira o ficción y realidad de un modo inquietante. No hay una diferencia clara entre los planos real e imaginativo en su biografía.

Cercas esboza sin extenderse demasiado unas cuantas e inquietantes “verdades” a partir de la historia de este “héroe”. Uno llega a preguntárselas si se adentra en Marco, con su propia colaboración, en cientos de entrevistas que ha concedido tras el descubrimiento de su impostura en 2005. Una colaboración con el propio Cercas, por cierto, cuyo último fin tampoco queda claro, porque la interpretación que pueda hacerse oscila desde la afirmación de que le mueve un hipotético deseo de redención a la posibilidad de que todo sea uno más de sus números teatrales, otra reinvención, otra mascarada. Nunca se puede abandonar el ámbito de una zona gris en la que podemos ser cualquier cosa, él y nosotros; un lugar donde las identidades acaban topando con un desfondamiento de vértigo, un oscurísimo e interminable pozo o el vacío dentro de la armadura. Hay que preguntarse seriamente quiénes somos, en qué consiste nuestra identidad o nuestro Yo.

Ya hacia el final lo que la novela cuenta es el asunto de la identidad personal, que, no solo en Marco, sino en todos nosotros consiste en una acumulación de capas de pintura o un palimpsesto en el que somos lo que hemos contado de nosotros mismos y lo que en ese momento constituya nuestro pasado-presente que aparece en una dimensión de fábula y autointerpretación. En esta asombrosa “psicología” e incluso antropología y metafísica, a partir del caso Marco, topamos con nuestro hondo vacío y oquedad, sin que pueda señalarse una verdad firme acerca de quiénes somos cada uno de nosotros. La diferencia entre nosotros y Marco es solo de grado.

Todos nosotros vivimos en un entorno con mucho de ficción porque, como repite Cercas, la ficción salva y la realidad mata. Nos construimos un pasado a medida sobre todo de nuestros miedos y debilidades presentes. Aquí Cercas interpreta el mito de Narciso como el de cualquiera de nosotros (seguramente todos nosotros) que no pueda ni quiera ni acepte ver quién es de verdad, contemplar su verdadero rostro que es justamente lo que alguien como Marco ha intentado ocultar desesperadamente. Marco es un puro reflejo, uno o mejor dicho, muchos espejismos, una ilusión, imagen y performance en la que se define, pero disolviendo todo substrato verdadero junto con toda verdad, la verdad de su persona y la del mundo que somos. Detrás de la máscara no hay nada.

La novela de Cercas para ser ficción ha tenido que darse la vuelta y tornarse verdad o no ficción, pues su fin es narrar la verdad detrás de tanta mentira. Lo inquietante es que se acaba intuyendo que nuestra existencia, la del lector o la del propio Cercas, incluso la novela que nos lo está contando, todo ello es muy parecido a la impostura de Marco. Hemos jugado, como él, con máscaras y ficciones para salvarnos. Nuestras vidas se completan y salvan como tramas ficticias, en la mentira, igual que, señala Cercas, el caso de don Quijote. Leyendo la novela se llega a un momento en el que se comienza a derrumbar todo, en el que quiénes seamos no obedece más que a una serie de imágenes de uno, sin modelo real ni trasfondo cierto y consistente. Desembocamos en la imposibilidad de desenmascarar a Marco, porque dentro no hay nada; no hay rostro detrás de la máscara y como en la vieja etimología, resulta que persona es solo su máscara. Cuando se comprende esto, el sentimiento de enfado con el impostor se mitiga, se matiza y acaba convirtiéndose en una especie de lástima. Detrás de todo el glamour y la mentira está la verdad de un pobre hombre.