"El impostor", de Javier Cercas. Ed. Random House


El impostor, de Javier Cercas.

Marcos Santos Gómez


He terminado de leer El impostor de Javier Cercas, ed. Random House. Se trata, en las propias palabras de su autor, de una “novela sin ficción”, en la que da la vuelta a lo usual en la literatura, porque lo que narra (historia, personaje) pretende ser la realidad y la historia de algo ocurrido realmente, en la medida que se va revelando y explicando la impostura de un personaje real y vivo cuya vida y mundo inventado es la ficción. Por tanto, en el “exterior” de la novela está lo ficticio, la trama imaginada, constituyendo el lugar donde se da el ámbito de lo literario, la pura literatura. Todo ello gracias a que la ficción la pone el propio Enric Marco (que es el impostor cuyas tramas se relatan e investigan).

Esta “investigación” llevada a cabo por Cercas nos va implícitamente desafiando con unas cuestiones graves. Estamos de acuerdo que llegar a tal grado de embuste sobre la historia personal, reinventada mil veces por un farsante del calibre de Marco, inspira rabia y enfado. A nadie le gusta que le engañen. Algo muy obvio cuando topamos con una de las consecuencias más hirientes del comportamiento de Marco: la de haber hecho del Holocausto un espectáculo kitsch, exhibicionista, sensiblero, efectista. Porque el hombre llegó a mantener que había estado interno en un campo de exterminio por pertenecer, supuestamente, a la resistencia anti-hitleriana y antifranquista, cuando lo que ocurrió es que fue a Alemania dentro de un proyecto del gobierno de Franco, para participar en la industria de guerra nazi como obrero bien pagado, a principio de los cuarenta del siglo XX. En el plano “real”, el de los hechos, el del mundo, Marco no se alejó lo más mínimo del muchas veces vergonzoso colaboracionismo de la mayor parte de los españoles con el franquismo. Fue uno más que dijo Sí a todo, a lo que estaba de moda, a lo que se imponía desde arriba, evitando grandes problemas mediante la aceptación de lo que se imponía.

Con esta impostura del campo de exterminio (una de tantas) en particular llegó a arrancar lágrimas a chavales en los colegios e institutos. Dio más de mil charlas sobre el tema, contando todo como si lo hubiera vivido en primera persona, incluso con la desfachatez de relatar sus inventados actos heroicos y valientes contra los malignos SS nada menos. Pero también hizo llorar y engañó a profesores, periodistas, sindicalistas, socios de asociaciones de víctimas del Holocausto (presidiendo una de ellas) e incluso a políticos y casi al gobierno de Zapatero en pleno o al propio Zapatero en la época del auge de lo que llamaron (y legislaron) “memoria histórica”. En Internet se puede localizar un vídeo de la fallecida ministra Carmen Chacón llorando a lágrima suelta mientras escuchaba una intervención de Marco ante una comisión de diputados en el Parlamento español. Pero no se queda ahí todo; también llegó Marco a obtener la máxima condecoración al mérito civil concedida por la Generalitat catalana y estuvo cerca de conseguir la condecoración de la Legión de Honor de la República Francesa. Faltó muy poco para que, además, diera uno de sus discursos nada menos que en el acto del aniversario de la liberación de Mathaussen, delante de Zapatero, siendo escuchado y aplaudido por altos mandatarios de la ONU, la UE e Israel.

Cercas, a partir de estos dislates, cuestiona la llamada “memoria histórica” de la era Zapatero, como el ensalzamiento de los relatos de vida, llenos de subjetividad, que si se consideran en sí historia, confunden antes que revelar la verdad acerca del pasado, de las víctimas, la represión y la guerra civil. Con buen criterio señala que lo que debe hacerse para iluminar lo no estudiado aún por los historiadores es, justamente, más historiografía científica por parte de historiadores. Solo así puede conseguirse crear un relato objetivo acerca de las zonas aun oscuras y olvidadas de nuestra historia. Pero dejarlo todo en las manos de vivencias subjetivas, de recuerdos a menudo teñidos y modificados por los sentimientos, etc., aun viniendo de seres que participaron en los hechos como víctimas, solo puede enmarañar y confundir todo lo que pasó, degenerando en sentimentalismo. Esa fue, de hecho, la confusión de Marco que justificó su impostura como si hubiera hecho una labor de concienciación e información imprescindible, al margen, decía, de que no fueran directamente ciertos sus discursos y recuerdos. Pero, según Cercas, no hizo un favor a la historia y al conocimiento del Holocausto haciendo de ello un drama sensiblero contado en primera persona. Lo que él hizo no fue informar y ni siquiera concienciar, sino mero espectáculo y deformación sensiblera de la historia. Incluso en los auténticos protagonistas, se da una limitación y un sesgo ineludible que ha de abordarse con métodos científicos. Si todo lo reducimos a esa forma de memoria subjetiva (memoria histórica) lo más que llegamos es a trivializaciones del tipo de la que hizo Marco. No sería historia, sino espectáculo kitsch; lo que en el arte sería entretenimiento en vez de arte.

Marco engañó a todo el mundo. También a los anarquistas en la Transición, que lo hicieron nada menos que secretario general de la CNT, cuando el propio sindicato se estaba autodefiniendo y resurgiendo tras la muerte del dictador Franco. Todo gracias a que tenía un carácter afable y seductor que convencía, un particular talento para mentir. Pero debía haber levantado sospechas. En el uso y tratamiento del Holocausto que llevó a cabo, manifestó no haber entendido en absoluto la realidad del Holocausto o de los campos de exterminio. A menos que se piense el asunto, queda claro que hacer del holocausto un espectáculo o una sensiblera exhibición es un cruel insulto a las víctimas reales y manifiesta en quien lo haga, no haberse ni enterado siquiera de lo que fueron los campos nazis de exterminio. Sé que hoy en Auschwitz cuidan esto escrupulosamente cuando reciben visitas, es decir, evitan con cuidado la conversión del testimonio y la huella en espectáculo.

Como daño colateral puede afirmarse que su impostura ha insultado a todo tipo de víctimas, a los verdaderos y minoritarios héroes de la lucha antifranquista, a los verdaderos milicianos, a los auténticos cenetistas de la guerra y muchos más. Esto explica la repulsa que, en principio, inspira. Pero eso es un modo plano de verlo, porque en la novela que es la vida de Marco, la del hombre de carne y hueso, se entreveran verdad y mentira o ficción y realidad de un modo inquietante. No hay una diferencia clara entre los planos real e imaginativo en su biografía.

Cercas esboza sin extenderse demasiado unas cuantas e inquietantes “verdades” a partir de la historia de este “héroe”. Uno llega a preguntárselas si se adentra en Marco, con su propia colaboración, en cientos de entrevistas que ha concedido tras el descubrimiento de su impostura en 2005. Una colaboración con el propio Cercas, por cierto, cuyo último fin tampoco queda claro, porque la interpretación que pueda hacerse oscila desde la afirmación de que le mueve un hipotético deseo de redención a la posibilidad de que todo sea uno más de sus números teatrales, otra reinvención, otra mascarada. Nunca se puede abandonar el ámbito de una zona gris en la que podemos ser cualquier cosa, él y nosotros; un lugar donde las identidades acaban topando con un desfondamiento de vértigo, un oscurísimo e interminable pozo o el vacío dentro de la armadura. Hay que preguntarse seriamente quiénes somos, en qué consiste nuestra identidad o nuestro Yo.

Ya hacia el final lo que la novela cuenta es el asunto de la identidad personal, que, no solo en Marco, sino en todos nosotros consiste en una acumulación de capas de pintura o un palimpsesto en el que somos lo que hemos contado de nosotros mismos y lo que en ese momento constituya nuestro pasado-presente que aparece en una dimensión de fábula y autointerpretación. En esta asombrosa “psicología” e incluso antropología y metafísica, a partir del caso Marco, topamos con nuestro hondo vacío y oquedad, sin que pueda señalarse una verdad firme acerca de quiénes somos cada uno de nosotros. La diferencia entre nosotros y Marco es solo de grado.

Todos nosotros vivimos en un entorno con mucho de ficción porque, como repite Cercas, la ficción salva y la realidad mata. Nos construimos un pasado a medida sobre todo de nuestros miedos y debilidades presentes. Aquí Cercas interpreta el mito de Narciso como el de cualquiera de nosotros (seguramente todos nosotros) que no pueda ni quiera ni acepte ver quién es de verdad, contemplar su verdadero rostro que es justamente lo que alguien como Marco ha intentado ocultar desesperadamente. Marco es un puro reflejo, uno o mejor dicho, muchos espejismos, una ilusión, imagen y performance en la que se define, pero disolviendo todo substrato verdadero junto con toda verdad, la verdad de su persona y la del mundo que somos. Detrás de la máscara no hay nada.

La novela de Cercas para ser ficción ha tenido que darse la vuelta y tornarse verdad o no ficción, pues su fin es narrar la verdad detrás de tanta mentira. Lo inquietante es que se acaba intuyendo que nuestra existencia, la del lector o la del propio Cercas, incluso la novela que nos lo está contando, todo ello es muy parecido a la impostura de Marco. Hemos jugado, como él, con máscaras y ficciones para salvarnos. Nuestras vidas se completan y salvan como tramas ficticias, en la mentira, igual que, señala Cercas, el caso de don Quijote. Leyendo la novela se llega a un momento en el que se comienza a derrumbar todo, en el que quiénes seamos no obedece más que a una serie de imágenes de uno, sin modelo real ni trasfondo cierto y consistente. Desembocamos en la imposibilidad de desenmascarar a Marco, porque dentro no hay nada; no hay rostro detrás de la máscara y como en la vieja etimología, resulta que persona es solo su máscara. Cuando se comprende esto, el sentimiento de enfado con el impostor se mitiga, se matiza y acaba convirtiéndose en una especie de lástima. Detrás de todo el glamour y la mentira está la verdad de un pobre hombre.

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