miércoles, 23 de enero de 2019

"El universo en tu mano", de Galfard. Reseña.


He finalizado la gratísima lectura del magnífico libro de divulgación de la física actual “El universo en tu mano” de Christophe Galfard. El autor es un físico discípulo de Hawking, que ha seguido su estela y parece apostar, con todas las reticencias posibles, por la gran unificación de la teoría de cuerdas. Ha escrito una legible obra de divulgación científica, convertida casi en bestseller del género y que puede verse en escaparates de muchas librerías. Debo su compra a mi librero favorito y a la necesidad de darme un respiro del mundo de lo “humano” y de la historia. Es necesario de vez en cuando salir de nuestros tinglados, los tinglados del hombre, de esa curiosa nota pensante, actuante y creadora que somos y que añadimos al mundo o, mejor dicho, que abre con una dimensión propia la realidad. Otra cosa es que la ciencia y los científicos no dejen de ser esos tinglados.

Yo llevo tiempo nutriendo la ilusión de una inagotable lista de lecturas para llevarme a la tumba, la inmensa mayoría no leídas, con los libros que van aumentando la sección científica de mi biblioteca personal, donde abrí espacios para las mejores obras del género. Y digo bien, empleo la palabra “género” en el sentido de género literario, aun exagerando un poco, porque el divulgador que afronta el desafío de explicar la física del siglo XX y actual sin matemáticas, ha de narrar la física aludiendo a intuiciones, metáforas y hasta un argumento, al estilo de una obra literaria. Compone algo elocuente y bello. Es artista. Está desarrollando como una narración lo que siendo en gran medida producto de especulación, imaginación e intuición, en propiedad ha de expresarse en el lenguaje de Galileo, o sea, las matemáticas. No saber matemáticas, como es mi caso, además de ser imperdonable es una pena, por los ratos de felicidad que supongo dan a los que saben y que me pierdo bellacamente, entre la desolación y la envidia. Tampoco puedo adentrarme en los misterios del cosmos, en su forma matemática, y por tanto estoy condenado a no entender jamás su íntima naturaleza desde la perspectiva de lo dado, lo que se ha llamado “materia” y “energía” (dos caras de la misma moneda, desde Einstein). Nunca comprenderé la física. Esa es mi condena… lo que se encuentra al otro lado del telescopio o los raros fenómenos del magnetismo o la electricidad.

Envidiable es, digo, la felicidad y la paz que puede ser adivinada “mirando” en lo muy grande (el campo de la física einsteiniana) y lo muy pequeño (la física cuántica). Debo de ser muy poco humano (o muy humano, por el contrario), pues no conozco momentos más extraordinarios que el de abandonarse a ese enorme grito que se alza sobre nosotros, al desconcertante espectáculo para nadie del mundo en su pura y mera inercia material.

Galfard plantea el libro con un recurso literario, narrativo, que emplea distintas imágenes y ejemplos curiosos. Al estilo de Sagan, un viaje por el cosmos. Presupone idealmente en el lector viajero unas condiciones que le harían posible la imposible observación tanto de los paradójicos e irresolubles comportamientos cuánticos, como la otra franja extrema de la materia: el vasto espacio, el tejido del espacio-tiempo y la visita a sus grandes y no menos extraños objetos, a distancias inimaginables.

La física de Newton es buena para nuestra especie, para la franja de la vida superior animal, la de quienes como nosotros, por razones de supervivencia, habitamos. En nuestro entendimiento y sentidos funciona. Pero no es más que una franja de lo real, cuya naturaleza física se nos escapa. Un límite evidente sería nuestra incapacidad de ver la luz a ciertas frecuencias infra o supra (microondas, rayos X, radiación ultravioleta, etc). Pero lo más raro es el funcionamiento del universo en su más honda intimidad, donde se burlan e invalidan todas nuestras reglas, el modo en que para nosotros parece que funciona el universo. En realidad, lo que hay, el universo, la materia, se nos escapa. Es pasmoso. Si vamos a lo muy grande o lo muy pequeño, las reglas y comportamientos de la materia cambian drásticamente y nos conducen a fenómenos anti-intuitivos, insólitos y que contradicen las “reglas” de esta mundo, digamos “medio”, en que nos movemos, sentimos, pensamos y nombramos.

Como siempre, darse un baño de estrellas (o cuantos) es reparador. Gustan estos paseos por el cosmos y entender a medias y de muy lejos lo que se ha expresado con complejísimos desarrollos matemáticos. Hawking no fue menos y por lo que cuenta su discípulo se metió en el planteamiento de una teoría más eficaz en su explicación del cosmos que lograra o contribuyera a lograr o sencillamente fuera un paso más, en la anhelada unificación, en una teoría del todo. Y todo ello es un puro desarrollo teórico que Hawking hizo, con algunos colaboradores y colegas. Porque el gran escándalo de la física actual es que la naturaleza sea infinitamente más compleja de lo que Newton o nosotros hemos sido capaces de creer. La humanidad ni siquiera pudo durante milenios imaginar esto. El cosmos rompe nuestros moldes. Los problemas, los enigmas asaltan por doquier, nos atenazan. Esta inmensa vastedad impersonal, que podría entenderse sin nada que la contenga ni trascienda, que se explica a sí misma, como decía Hawking, es reconfortante.

Pero el colmo, lo que se presenta como gran unificación de esta incongruente bicefalia de la física actual (no es solo que haya dos grandes teorías sobre el mundo y la materia, sino que se contradicen, que desde una no puede darse la otra), desemboca en la imaginativa, complejísima y no demostrada aun empíricamente teoría de cuerdas. Una teoría que implica, para mayor asombro y sobrecogimiento nuestro, tristes humanos, la coexistencia de universos paralelos en los que se dan otras posibilidades, que son alternativas formas del nuestro. En este caso, en otra de esas posibilidades, yo sería matemático y me quejaría, seguramente, de cómo se me escaparía el adorable desorden de la historia, envidiando a humanistas e historiadores y deseando ardientemente salir de los cristales para incendiarme con los tinglados propios de nuestra especie.

El libro alude a universos que contienen más universos, a la posible unificación de la física con la comprensión exacta de lo que sucede en un agujero negro (en esta línea trabajaba Hawking), las distorsiones temporales, la enigmática materia oscura, los comportamientos de la materia (si es que era materia) y la energía en los momentos del Big Bang, en el que nace el tejido actual del espacio tiempo, por lo que hay que comprender que el tiempo en sí mismo comienza en ese “momento”, cuando de hecho lo que hubiera se hace “momento”, es decir, tiempo. Antes del Big Bang no había un pasado, no había nada mínimamente concebible por nosotros. No era otro estadio temporal del universo, sino algo antes del tiempo que tampoco era un antes. Sencillamente no había ese flujo o duración que para nosotros es el tiempo (relativo y no absoluto desde Einstein, desmarcándose de la visión estática del tiempo y el espacio propia de Newton y de nuestro sentido común). Nuestro empieza con la gran explosión y el crecimiento de ese tejido de espacio y tiempo que es el actual universo. Lo demás es inconcebible y sí que escaparía a todas nuestras reglas e intuiciones. Ya es de sobra complicado entender el espacio tiempo como curvo y relativo, como algo que se expande, pues no son las galaxias las que se alejan de nosotros cuando no las atan la gravedad a nuestro “centro”, el lugar desde el que observamos. Se aleja el propio espacio, el “lugar” en que estamos. Se dilata nuestro espacio y con esta dilatación parecen huir los confines que apenas podemos mirar. Comprender la propia luz o su inexistencia en estadios opacos, primigenios, del universo. Todo es desbordante, inasumible, infinitamente raro, más allá de las apariencias a las que consideramos el mundo.  

Reseña de El universo en tu mano, de Christophe Galfard, Barcelona, Blackie Books, 2016.

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