miércoles, 20 de febrero de 2019

"La dama de Rubens", de Cristina Pérez Valverde, Valparaíso, Granada, 2018. RESEÑA


La dama de Rubens, de Cristina Pérez Valverde, ed. Valparaíso, Granada, 2018. RESEÑA. 


He terminado de leer La dama de Rubens de Cristina Pérez Valverde, recientemente publicada en ediciones Valparaíso, Granada. Se trata de una historia que irradia el optimismo propio de un mundo que se explica, que se explica bien, que aunque ostenta  cierto halo de irrealidad y magia, puede aceptarse y comprenderse en general. Estamos en el cosmos lleno de sentido que es propio de las causalidades míticas de las tradiciones esotéricas blancas que elaboran una suerte de teodicea que acaba justificando la existencia y salvándola bajo la égida de un final feliz. Es esta promesa la que salva el valle de lágrimas de la historia y de las historias personales. Un modo antiguo, por cierto, de salvarlo, mediante el amor y el mito. Al final, que cierra y abre magníficamente lo contado, han ido apuntando los hechos, preparándolo. Todo cobra de verdad su sentido en el final magistral e inesperado, pero que ciertamente resulta la elección más lógica e inteligente para coronar la historia. Con sutileza, esta obra va dorando las tinieblas de la vida al mostrarlas engarzadas en algo más bello aún que la propia vida, lo que la protagonista va hallando y descubriendo, las tramas secretas y las afinidades esotéricas que ennoblecen la vida con una épica sentimental, o, en otras palabras, un lirismo épico.

El texto avanza lleno de una constante exaltación de la vida, del buen color de la vida, que ubicaría al mismo, a mi parecer, en la tradición de una literatura feliz, que canta antes a la plenitud y la bondad del instante, como los poemas de Jorge Guillén, que a la desmesura injustificable de dolor que hay en el mundo. Pero cuando uno lee, trata precisamente de llenarse de lo que uno no es, y para mí resulta exótico e imposible este optimismo de la novela que barniza e integra en un bien general los horrores de la guerra o las infancias baldías, por ejemplo. Es una actitud y una decisión de la novela, creo, la de presentarnos un mundo no desprovisto de lógica o de razón en última instancia.

Se podría afirmar que escribir arranca de una apuesta básica sobre tres colores: el negro, el blanco y el gris. Por mucho que el mundo me espante debo reconocer que algunas experiencias lo justifican. Son dos la que aparecen en la novela: el amor y la amistad, en primer lugar. En segundo lugar, el saberse inmerso en una trama mayor de causas, la mayoría secretas, pero causas al fin y al cabo, que sitúan nuestro avatares, circunstancias y formas de ser en algo más grande que, como la historia, eleva a sus protagonistas. El trasfondo mítico, como una ciencia vaga e irreal, da su color y tono a lo real. Este es el anhelo, entre otros, de la protagonista, cuyos pensamientos conocemos en todo momento por el relato omnisciente que traza el narrador en tercera persona. Hay una inmersión constante y pormenorizada en la vida espiritual de la protagonista, en sus actitudes ante el amor, el horror, el miedo. Esta descubre que el misterio que la envuelve, a ella misma y a la mansión, lo que podría ser un lúgubre relato de fantasmas, resulta ser el mundo enriquecido, mejorado, en una concepción, como señalaba al principio, próxima a las teodiceas que han salvado el mundo y el sufrimiento integrándolos en una explicación. De hecho, el esoterismo trata de hacer esto: justificarnos y nutrir nuestras existencia con un sentido, con un final, con una victoria de la felicidad que se halla en lo creativo y poético antes que en lo negativo y destructivo. Toda la novela rezuma de esta magia blanca, compuesta por saberes arcanos de la luz. Un ejemplo de esta victoria de lo bueno es, y aquí mi gusto me llevaría por derroteros mucho más agrios, que incluso los personajes que como el Karpov apuntan a una cierta presencia de lo no logrado, de lo marginal, no son llevados a su extremo, al desarrollo de sus posibilidades. Incluso la marginalidad de varios personajes resulta bella y dulce, hasta cierto punto. Yo me habría centrado algo más, me parece, en este tipo de confluencias, que no dejan de ser tangenciales en la novela, la irrupción insalvable de las cualidades negativas del mundo. Porque en toda felicidad hay latente una ausencia y desafío que aunque están en la novela, insisto, quedan tapados por los momentos felices. Pero esto que digo obedece a un gusto personal y a una disquisición filosófica que están de más, ambos, en la concepción o juicio en torno a una novela. Lo que hay que ver es si la novela es lógica en cuando visión del mundo, es decir, si presenta su perspectiva de manera eficaz y coherente. Y lo hace.

El texto va avanzando de manera equilibrada, con una prosa de belleza clásica, bien contado, como visión muy personal que la autora aporta. Su estilo es sereno, su construcción equilibrada, llena de frases muy bien hechas. El estilo de la prosa es cuidado, con un registro de vocabulario muy rico y, felizmente, no recargado ni falsamente retórico. El texto en sí tiene personalidad y la autora ha logrado, en este sentido, la voz propia e inconfundible para su creación literaria. Escribir una novela es una tarea muy difícil, supone una enorme cantidad de trabajo, desde la documentación hasta la ideación de una trama bien estructurada y que confluye con otras tramas secundarias. Algo, en definitiva que muy pocos hacen pero a lo que Cristina se ha atrevido aprovechando sus grandes cualidades literarias y su comprensión cabal de las claves de la ficción y la narrativa.

domingo, 3 de febrero de 2019

La costumbre del café


LA COSTUMBRE DEL CAFÉ

Marcos Santos Gómez
 

Tomas sorbos de tu café con fruición, disfrutando incluso del bello panorama que te ofrece la taza de porcelana. Pero sobre todo, te dices, está el placer del sabor profundo y amargo bajo el azúcar o la leche, el calor que te brinda en invierno, el lazo que tiende para unirte a tus amigos y persistir cíclicamente en la rutina de la tertulia, donde invocar a la amistad y la ciencia. Vas sintiéndote mejor. Es lo que buscas. Con moderado ímpetu el café te ha situado donde tú querías, donde puedes rozar esa felicidad y mansa satisfacción que cantara el poeta Jorge Guillén. Todo está bien, piensas. Todo basta. Es el imperio del café donde se entreveran trabajo y ocio, juventud y vejez, luz y sueño.

Hoy vences con él, una vez más, a la muerte. La hermosa taza con el negro aroma es tu cómplice y se sitúa vigilante de nuevo a tu vera, como un ángel. Beber con sorbos cortos es un ritual sereno del que callas muchas razones e incluso las ignoras; una salvación que imploras oscuramente; un remedio que lo es porque existe una condena que te ensombrece y mata el alma. Amistad y ciencia buscas. Lo tomas y te aferras a la hora. Gozas de la arábiga semilla que exalta con discreción.

No obstante, no puedes tomar un segundo, solo un segundo, café. Entonces tu corazón latería con sobresalto y de nuevo, gloria y muerte regresarían. No puedes permitirlo. Tu intención es justo la contraria. Vencerla, vencerla un día más inundando de paz la hora. Te solazas donde no habita la muerte, donde no acecha y donde llegas a confiar en que nunca vas a encontrarla.

"Jaime Gil de Biedma. Conversaciones", Austral, Barcelona, 2015. RESEÑA


He terminado de leer Jaime Gil de Biedma. Conversaciones, con distintas entrevistas a Jaime Gil de Biedma. Austral Editorial, Barcelona, 2015. 

Lo he leído en el contexto de un progresivo interés por su poesía, que leo y releo en la antología de Alianza y que va sugiriendo un interesante camino poético. Las conversaciones son unas cuantas entrevistas que nos muestran a un poeta muy sensato, conocedor de los límites y las trampas de la literatura, de gran sencillez y calidad humana, además de albergar un profundo y extenso conocimiento de la historia de la literatura y la poesía. No parece haber despreciado nada, y sus orígenes y fuentes van desde el Siglo de Oro, al Romanticismo, a Baudelaire, Euden, T. S. Eliot, los latinos, a la Generación del 27. Solo recuerdo de esta lectura un único reproche, más que desprecio, contra la actual (la actualidad de los setenta y ochenta del siglo XX) metapoesía, que juzga una moda inútil por el poco interés del tema. Sencillamente hacer del tema de un poema el propio poema o la poesía en sí, resulta aburridísimo. Un afán culto e intelectual sin mucho sentido, que no puede ligarse a emociones reales.

Su poesía, repite a menudo, tiene dos temas: el paso del tiempo y el yo. A ambos los elabora en poemas que adquieren, como es lógico, una necesaria forma narrativa. Su concepción del poema, a pesar de que se le ubica como autor de poesía de la experiencia o en el realismo social aparecido en los cincuenta (años también en que se introduce con fuerza y hasta hoy en España el verso libre), es curiosamente poco realista. Es decir, no cree que un poema ni pueda ni deba equivaler y menos sustituir a la vida. La vida es lugar de experiencias vitales, que nunca son poéticas. El momento (y el artificio) de la poesía es autónomo, implica un ámbito propio que aunque quiere, no puede confundirse con la vida. Uno puede ir a él, pero no quedarse en él, por mucha carne que uno ponga en el asador. Por tanto, Gil de Biedma explica el apelativo de poesía de la experiencia, en su caso, como el que apunta a una idea del artificio poético que adopta la forma de la experiencia vital, la imita y la transpone, pero siempre como algo aparte del origen vital de esa experiencia. Un a menudo frustrado y vano intento de imitar poéticamente lo real, o de sublimarlo y por ello tornarlo un objeto diferenciado, que ya no es la vida.

Tanto es así que el tema y la preocupación por el yo es el del fracaso constante en la construcción de un yo real. Es decir, la pretensión romántica de que el poema expresa directa y verazmente al poeta, a su yo, a su ser íntimo, es tachada por Biedma de falsa. Es legítimo que el autor escriba motivado por sus temas y su vida, pero al escribir, transpone su vida a un yo ficticio, que es el personaje del poeta, tan inventado y artificial como el propio poema. Este sereno e inteligente escape de las pretensiones del realismo poético, y el reconocimiento de que el poema existe en otra dimensión, no quita que el poeta busque construirse, palparse a sí mismo, por medio de la creación o lectura de su obra. Obra que ya nace distanciada y pronto adquiere una autonomía y existencia aparte, como algo que escapa del control de su autor. Hay conexiones con la vida, cierto, pero todas terminan en fracaso. 

La historia del yo del poeta es tan inasible y confusa como la del yo real. Biedma admite haberse ido recreando poéticamente en distintos yoes que responden a sus momentos y edades en que escribió poesía, dando además una impresión de que el poema queda, en la distancia que el tiempo va poniendo entre el autor y su propia obra, como algo más firme y real que el hombre, aunque también es víctima del tiempo y la caducidad que empañan a las palabras y el lenguaje. El poema, como su autor, aunque acaso años después, terminará también muriendo para siempre.

Quizás una clave de Biedma sea el rechazo por los viejos estilos poéticos más retóricos, con un lenguaje y métrica que no puede hoy (en los años cincuenta hasta hoy) escribirse igual. Resulta muy curiosa la concepción negativa de la rima consonante en la poesía en español, que por la fonética propia de nuestra lengua, da una sensación de monotonía y repetición, una especie de traqueteo que hoy por hoy fastidia la expresión antes que la fortalece. Biedma consideraba este camino de la métrica tradicional agotado y por tanto lo poético acude a otros recursos más elocuentes.

No denomina a sus poemas verso libre, no los considera, pues verso libre de verdad es el versículo, los versos largos, tan largos, que ya son casi prosa, y sin rima ni siquiera asonante. Él emplea asonancias muy expresivas y potentes en sus poemas, que de un modo algo subliminar van equilibrando y armando una cierta construcción musical. Al efecto musical y rítmico del poema, es decir, rimas asonantes internas y acentuación, le dio muchísima importancia. Es decir, que técnicamente sus poemas son poemas muy bien elaborados, aunque algunos aspectos del momento de la creación y re-creación y correcciones del poema hayan variado según las edades del poeta.

Escribió cuando tenía algo que decir, de verdad, algo imperioso que tocar. Lo que venía a ser la expresión de una emoción concreta mediante un modo único y distinto de provocarla. Por eso, no se puede glosar un poema, ni explicarlo en prosa. Recuerdo, en este sentido, la anécdota que se cuenta de Beethoven que, ante la petición por parte de alguien de que explicara lo que quería decir con una determinada balada, el genio se sentó de nuevo al piano y la interpretó entera.

Biedma maneja recursos técnicos, más o menos improvisados, según tema y momento, pero siempre pulidos y bien estudiados, con reiteradas revisiones que no deben nunca llevar el origen del poema a otro sitio, es decir, deben responder al interés y fin inicial que motivara su creación. Por eso corregir poemas de juventud equivale a matarlos, pues se deben al ya lejano y casi inconcebible momento de la adolescencia y juventud que el poeta viejo no puede ya ni imaginar en su propia vida. Su buen hacer de excelente poeta conocedor de las palabras y la música que se halla en estas es, se da uno cuenta, apabullante. Leía poesía en inglés, catalán y francés, comprendía la sonoridad del español, buena para algunas cosas, pero un lastre para lograr determinados efectos. Por cierto, añade que, aunque muchos no se hayan percatado, básicamente escribe endecasílabos que salen casi del tirón, como verso natural hoy en la lengua española. Nos hemos acostumbrado a él por haberlo leído tanto desde cuando tomado del italiano, arrasara en la lengua española. El alejandrino ya es otra cosa, más difícil, el verso de los llamados sonetos franceses, verso que Biedma parece que usó menos, aunque tengo pendiente seguir leyéndolo y releyéndolo para comprobarlo.

El dominio del poema aparentemente sencillo y coloquial o similar a la lengua hablada, provoca un refulgir de lo poético penetrante, sutil, que emociona con serena intensidad y sombra de melancolía, con veracidad, diciendo, aunque no siendo, la experiencia vital. Su modelo, por tanto, son las reverberaciones soterradas, sencillas, de la lengua hablada. Una poesía que en gran medida es musical y funciona con el oído. Hay que resaltar la enorme dificultad de la escritura en verso libre, que como bien decía Borges, del que de manera deplorable me creo casi todo e incluso tomo en serio muchas de sus payasadas, es mucho más complicado que el verso medido y las estrofas clásicas.

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