viernes, 29 de marzo de 2019

Marion Poschmann, Las islas de los pinos, ed. Hoja de Lata, traducción de Santiago Martín Arnedo. RESEÑA.


Marion Poschmann, Las islas de los pinos, ed. Hoja de Lata, traducción de Santiago Martín Arnedo. RESEÑA.


He finalizado la lectura de Las islas de los pinos, de Marion Poschmann, en la reciente edición de Hoja de lata, que cuenta con la traducción de mi amigo Santiago Martín Arnedo. Se trata de una novela que teje una sencilla historia a partir de brillos y sombras del Japón. En ella hay un encuentro, por parte de un profesor alemán que viaja por el mero impulso de su frustración vital y profesional, con elementos de la cultura japonesa tan concretos y grotescos como lo pueden ser las moscas que revolotean pesadamente cerca de nuestro acalorado rostro; lo cual, sin embargo, aborda la mística tradicional insistiendo en hacernos creer que esa mosca no existe.

Las cosas nos sabotean. Por eso, lo que el germánico profesor aguardaba como un bello y trascendente paisaje en el admirado Japón, aparece negado por grandes construcciones de hormigón, modernos trenes o la luminosa y descomunal Tokio que tiene poco que ver con la umbría Edo de Basho. Recordemos aquí Elogio de la sombra de Tanizaki, librito que leímos este verano pasado, que es también citado en la novela. Un ensayo que comienza comparando los retretes de tipo occidental y los tradicionales japoneses, para hallar en ellos la esencia espiritual y estética del gran Japón.

El protagonista llega a Japón sin saberse muy bien por qué. Se halla atrapado entre lo trivial y lo esencial, lo claro y lo oculto. A ratos, escasos, lo salva la lectura y composición de algún haiku o la asistencia a una obra de teatro Kabuki. Pero predomina lo trivial, es decir, visto y dicho de otro modo, lo tocado por la muerte. En todo caso, aunque la trama ofrece fugaces instantes de gozosa plenitud, lo hace en medio de un fracaso, de un ansia casi nunca lograda o satisfecha. El tiempo arrolla y desborda, pero rara vez se tiene conciencia de ello. Diríamos que el arte se desarrolla en medio de la presencia no ya de la muerte, de la ausencia, sino de la nada más soez, retórica y modernista.

Abunda la imagen tradicional y totémica del zorro hechicero, que aparece en algunos momentos, o el espectro en sus intermitentes regresos del vacío, de lenta elegancia, imitador o usurpador de lo natural, atrapado en el límite difuso donde se halla el mundo sin saberlo.

Todo en la aventura de ambos (porque el profesor conoce a un joven suicida con quien prosigue su periplo) se torna incierto y vago. El mismo Basho buscado por ellos, que no deja de ser una mera sombra que se les escapa, como la de su ruta de Oku, que tratan de seguir. Existe una imposibilidad de comprender o replicar la experiencia de Basho, tan incomprensible como el acto de los cientos de suicidas que buscan paisajes en Japón apropiados para su final. Subyace todo el rato una pérdida tan frustrante como aliviadora, una pérdida donde sin embargo hay una ganancia.

Japón es irreal. Parte de su irrealidad la suscribe la paradoja (que recuerda a un koan budista) de una sociedad empeñada en los detalles, fanática del consumismo, del trabajo y la limpieza, al tiempo que profesa la fe en que nada merece del todo la pena (ni nuestra atención o esfuerzo).

El instante que se eterniza en la gris persistencia del ser, de los ciclos naturales (a la vez fugaces y eternos) es la imagen (no la razón) del haiku, como los de Basho. Que todo es, como dijo nuestro Calderón, un sueño es una verdad muy presente en la tradición japonesa de los espectros, tanto en leyendas populares, animales totemizados y el teatro Kabuki o Nô, como he señalado. Leí este verano una saga japonesa de historias de espectros caracterizadas por la dificultad de distinguir lo real del espejismo. Los espectros interactúan con nosotros con absoluta normalidad, incluso comen, duermen o hacen el amor, todo muy físicamente y a lo largo de días, sin nada que revele que son un simulacro, hasta que uno cae en la cuenta con el tiempo de que ha estado tratando con un fantasma que ante los propios ojos se transforma, se disuelve o eleva mostrando su condición. Una historia breve que recoge la antología del cuento fantástico de Borges, Bioy y Silvina Ocampo relata precisamente la prolongadísima burla de un espectro que simula ser él el engañado, para revelar después de diez años que todo había sido un golpe, una especie de broma, que se hacía el tonto hasta que, ante los ojos abiertos entre la sorpresa y la humillación de sus amos, los desengaña y sale volando cuando ellos creían que caería tontamente al suelo. Creo recordar que el breve cuento es de Akutagawa o quizás Tanizaki.

Se trata de medios con los que el arte japonés clásico expresa la ausencia de fronteras claras entre la ficción y la realidad que, justamente, es solo eso, apariencia, solo apariencia sobre el fondo eterno y uniforme que invoca o presupone cualquier haiku. Que esto sea liberador o reaccionario es otra discusión en la que no me apetece entrar ahora y, bien pensado, nunca.

Por supuesto, me acuerdo de Schopenhauer o Schopenhauer me ha conducido a esto. El caso es que hay, como el alemán resaltaba acerca de su filosofía, un mismo trasfondo, una misma imprecisión en lo que aparece preciso. Esto es una de las claves, creo, de la novela y, en todo caso, de la interpretación que de la esencia japonesa realiza la autora.

En la novela no ocurre nada logrado, acabado, redondo. Todo se queda, o da la sensación de ello, a medias. Como hemos dicho, lo que se esperaba (yo lo esperaba) que sería una descomunal experiencia mística y estética, la ruta de Basho y sus paisajes, queda velado, negado y profanado por la realidad, o, mejor dicho, por el hormigón, el acero o el turismo. La sensación que transmite la novela es que al llegar a los respectivos paisajes de la poética del gran autor japonés del siglo XVII, resulta que “no era para tanto”. Parece cierto que algo se ha perdido, pero de algún modo es también cierto que aún está ahí y que “sí era y es para tanto” aunque siempre en constante fuga. O quizás haga falta la distancia.

En resumen, tenemos en esta ficción o ideación literaria los siguientes elementos: 1) lo “auténtico” y esencial se esfuma; 2) fracaso, frustración y decepciones en cada imagen o estela que perseguimos 3) omnipresencia de la muerte 4) una cierta gracia budista que se esfuerza por estar en el mundo sabiéndose muerto todo el rato.

Vivimos en el límite en el cual apenas somos sino un breve quiebro que, como en los haikus, perturba quedamente la calma del antiguo estanque para volver a ella, al “lugar” de la extinción y de la salvación.

miércoles, 13 de marzo de 2019

"La cura Schopenhauer" de I. D. Yalom (Destino, Barcelona, 2017) RESEÑA


Yalom, I. D. La cura Schopenhauer, Destino, Barcelona, 2017. RESEÑA

Marcos Santos Gómez 


La cura Schopenhauer es la tercera novela que leo de I. D. Yalom. Este es un afamado psiquiatra norteamericano que en sus distintas novelas ha expuesto su teoría acerca de la vida, obra y carácter de Nietzsche, Spinoza y el ideólogo nazi Rosenberg. En el caso de la novela que nos ocupa el planteamiento es, en el contexto de los distintos paradigmas en la psicología clínica, abordar aquel enfoque basado en la filosofía para sanar problemas psicológicos (no trastornos graves que requieren de un tratamiento médico) que está teniendo cierto éxito. Fue eso que empezó con el boom que tuvo en los noventa lo que se llamó “terapia filosófica” o “consejería filosófica” que comenzara con el bestseller Más Platón y menos prozac.

El protagonista, el psiquiatra Julius, trata de sanar a un sanador que se supone se había sanado a sí mismo mediante los consejos de los grandes filósofos. La cura que este segundo personaje protagonista llamado Phillip desarrolla para sí mismo y para los demás se orienta como un entrenamiento del pensamiento y del enfoque de las relaciones y problemas de la vida según un estoico, budista y schopenhaueriano alejamiento de sí mismo y los propios apegos. El hombre había padecido una adicción sexual y un abordaje cosificador del mundo humano afectivo. Tanto antes como en medio de su propia terapia, el dr. Julius le encuentra una patológica evitación de aquello que no ha resuelto de manera efectiva en su vida. En concreto, al turbulento pero gratificante mundo de las relaciones humanas Phillip ha opuesto una especie de barrera que se hace bien patente en sus comentarios e incluso su comportamiento y la posición del cuerpo y la mirada. Esto resulta evidente cuando por determinadas razones acaba participando en una terapia de grupo coordinada por su antiguo terapeuta, que había fracasado con él en una ocasión anterior.

Julius, el psiquiatra, se halla en una situación personal muy dura, pues le han diagnosticado un melanoma maligno que le da de plazo un año de vida. En ese tiempo, Julius decide vivir como ha vivido siempre y seguir trabajando el desafiante y maravilloso mundo de las relaciones humanas. Su terapia, que aplica a sí mismo y a los demás, implica reforzar la capacidad de vincularse con las otras personas y tender lazos afectivos que en sí, en el contexto de la terapia de grupo, ayudan a definir los sentimientos, a conocerse a través de sí y de otros, y a paliar los problemas verbalizando las preocupaciones y escuchando las impresiones y reacciones de los demás en el grupo.

Tal como lo plantea Yalom, a mi juicio muy erróneamente, habría un violento contraste entre una terapia basada en la evitación y otra basada en lo contrario, en el fortalecimiento y establecimiento de vínculos de afecto y amistad con los demás. Como señalaré a continuación, esta maniquea contraposición implica una simplificación impropia.

El asunto de la novela se desarrolla con la espada de Damocles de la muerte, por lo menos la de Julius en breve plazo, aunque lo informa a su grupo y todos deciden continuar con los encuentros. Julius no evita tener muy presente que se está muriendo, pero tampoco deja que esta realidad que acepta con sano estoicismo le sobrepase y le destruya lo poco que le queda de vida. Y su vida ha sido y será seguir ayudando, dice, a los demás y no recurrir a fantasías sobre la otra vida. Quiere morir maduramente agnóstico, como ha vivido.

En lo que a estoicismo se refiere, el camino de Phillip es muy diferente, pues se basa en no aceptar lo problemático de la vida y del trato con los demás recurriendo a citas de autores estoicos principalmente. Para resaltar esto, la novela caricaturiza (en muchos momentos de manera gratuita e injusta) la vida y carácter de Schopenhauer y su filosofía pesimista de fuerte tono estoico e incluso budista. Siento que eso es despachar de manera muy simple y por supuesto equivocada al autor de una de las mayores obras de filosofía de todos los tiempos, que escribe con una prosa bellísima y desarrolla con claridad ideas muy serias y profundas. No es justo apelar al argumento ad hominem trazado por sus debilidades e incoherencias en la propia vida particular, lo que todos sabemos acerca de su misantropía, misoginia, orgullo, temores, contradicciones, tendencia a la soledad, etc., y rebatir algo que es mucho más serio que una simple estructura mental o psicológica. Quizás porque creo, yo al menos, en una cierta autonomía y potencia en las ideas.

Aunque los estoicos, el budismo e incluso el yoga, y, por supuesto Schopenhauer (también Nietzsche) se orienten a un punto de vista práctico (todos dan numerosos y valiosos consejos prácticos en sus obras), resulta falaz reducir tan profundas reflexiones a eso mismo, cuando son respuestas a toda la historia de occidente y la filosofía. No creo que sea racional abordar a Schopenhauer como si él fuera solo un terapeuta, como si su obra fuera un tratado para la psicología clínica. El abordaje “clínico” de la filosofía tiene sus valores pero también sus límites. No existe una sola clave para comprender al hombre.

Los propios terapeutas que desde una formación filosófica abordan la ayuda clínica a pacientes no graves o sanos, conocen sus límites y en ningún caso van a aconsejar al paciente la ridiculez insensata de tornarse un ermitaño y romper sus vínculos con los demás. Me da la impresión de que Yalom es injusto y utiliza no tanto esas filosofías y filósofos, sino sus biografías y caricaturas. No es eso lo que dice un Séneca, por citar a uno de los grandes estoicos. Nadie ha negado nunca el valor de la amistad, por ejemplo. Además, el conocimiento psicológico de una persona no puede dar respuestas a muchos de los problemas que las personas se hacen, tejidos en la cultura, y ahí es donde entra en juego la filosofía como algo más.

Aunque Yalom, a su personaje Phillip o Schopenhauer los presenta de modo que caigan bastante mal al lector y sean demagógicamente vilipendiados, lo que ofrece son meras caricaturas de lo que es un potente y sobrecogedor trasfondo filosófico y existencial que proyectan las mencionadas filosofías. Es cierto que hay una soberbia natural en el pensamiento (y en la ciencia), en el acto de pensar, es decir, un empuje, una acometida e incluso un embate de olas contra las rocas del acantilado. Tiene que ser así. Pensar requiere arrojo. Pero confundir esto con un desplante soberbio y orgulloso contra los demás o el propio universo es inapropiado. Yalom, para combatir ciertas filosofías, las ha rebajado y reducido para manejarlas en la estrecha franja de la clínica. No es buen método ni buena clave hermenéutica.

Ciertamente, se trata de una novela que resulta curiosa. En gran medida presenta los diálogos desarrollados en un año de terapia de grupo. Yalom explica implícitamente su enfoque y técnica, los innegables valores de sanar en grupo y ello está bien. Pero, como hemos dicho y por muy maestro de la sospecha que fuera  mi querido Freud, no resulta legítimo y es muy reduccionista aplicar solamente la clave psicológica y personal al autor, para entender en toda su amplitud, hondura y alcance una determinada filosofía.

Creo que son bastante mejores sus otras novelas, pero esta, como las demás, también plantea ciertas conexiones de las filosofías con determinadas patologías personales. Aun así, recuerdo a las otras novelas más respetuosas y redondas. Desde luego, es curioso y sugerente psicoanalizar o diagnosticar, como hace Jaspers y tantos psiquiatras y psicólogos a “egregios locos” (como los llamaba en los ochenta el bestseller de Vallejo Nájera). Pero ningún enfoque agota la verdad. Si se parte de aquí, ciertamente es un bonito y literario espectáculo tratar de discernir quiénes eran esos personajes que por lo que sea nos motivan a preguntárnoslo, pero eso nunca sustituye la lectura de las obras. Yo últimamente suelo decir, por cierto, que me interesan las obras (literarias, ensayísticas, filosóficas) de las personas, pero no las personas, es decir, los autores. Lo más sano es tratar con los textos, y punto. Solo saber de ellos, solo quererlos a ellos. Todo lo demás es morralla y entra en el terreno de lo extraliterario.

Ensoñación de tabaco

Ensoñación de tabaco. Marcos Santos Gómez La noche había matizado y, si cabe, empeorado su melancolía. Como siempre. Los sueños q...