martes, 30 de abril de 2019

Fernando Rodríguez-Izquierdo, El haiku japonés. Historia y traducción. Ed. Hiperión (edición primera 1972). RESEÑA


Fernando Rodríguez-Izquierdo, El haiku japonés. Historia y traducción. Ed. Hiperión (edición primera 1972). RESEÑA

Marcos Santos Gómez


Terminé de leer, hace tiempo, El haiku japonés. Historia y traducción, de F. Rodríguez-Izquierdo, uno de los principales traductores y divulgadores de textos y cultura japonesa clásica y contemporánea. Un libro ya reconocido de sobra, que ha reeditado hace poco la editorial Hiperión. Y he leído algunos más, como Aware, de Vicente Haya y un constante transitar haikus y tankas en las mejores ediciones y traducciones directas del japonés que ya va habiendo. Como señala Carlos Rubio, uno de los grandes niponólogos españoles (igual que lo es Rodríguez Izquierdo) en su introducción a la literatura japonesa que ya estoy leyendo con la esperable fruición, va habiendo más versiones de clásicos (y contemporáneos) japoneses en español que parten de los originales.

Por cierto, el libro que me suscita la mencionada fruición es Claves y textos de la literatura japonesa. Una introducción, editorial Cátedra. Magnífico. Estoy en ello. Ahí señala su autor que nos podemos fiar de las traducciones de la editorial Satori y por supuesto de Hiperión. De esta última editorial estoy paladeando los haikus de Instantes. Nueva antología del haiku japonés, edición bilingüe de Jose María Bermejo. Tiene una extensa colección de antologías y libros de haikus. Loco estoy por hacerme con la del Kokinshi, antología clásica que forma parte del canon de la poesía en lengua japonesa, elaborada en el esplendor de la era Heian, en nuestra Edad Media. Parte de esta antología medieval de poesía la caté en otra edición de Trotta, editorial que también se está atreviendo con la traducción de literatura clásica japonesa, en prosa y verso. Acabo de saber también, por cierto, que hay una traducción del original del Genji monogatari, obra esta, que ya tengo a mi vera en una traducción del inglés en Atalanta, con sus más de mil páginas.

Qué busca uno, o de qué huye, cuando se acude a esta literatura, no acaba de estar claro. Ya lo escribía este verano, en plena lectura de Akutagawa (¡qué relatos, Dios mío!), Mishima o Tanizaki. Japón es, se diría que tópicamente, el otro, lo inasible por lejano. Hemos visto en esta cultura exotismo, ciertamente. Cedemos al tópico exotismo. Pero en este caso, lo exótico es serio, muy serio. Se trata, me atrevería a puntualizar, de tratar con la civilización, sí, no cultura, folclore, historia. Algo más profundo. Japón es la civilización. Y algunos dirán que exagero, pues ¿dónde dejo a Grecia (y quizás al cristianismo)? De eso, justamente, se trata, de que Japón es la civilización… sin Grecia. Una especie de experimento vivo, por el que se nos ha dado ver y palpar lo que sería, lo que es, una civilización que no haya conocido a Grecia. Por supuesto, me refiero al Japón clásico, anterior a la occidentalización de la era Meiji a partir de 1868, cuando decide romper el aislamiento de más de tres siglos. Y conste que nada mejor ha producido el hombre que Grecia y la autocrítica… pero este es otro asunto.

Una refinada civilización de religión animista o budista. Basada antes en el sensualismo que en la reflexión, decíamos, autocrítica. Una alternativa preciosa y apasionante, uno de cuyos mayores logros es su poesía y, en particular, su conocida estrofa o breve forma poética llamada haikay o haiku. Es aquí donde destila lo mejor de la civilización japonesa en su faceta literaria. Veamos por qué.

Lo primero que Rodríguez-Izquierdo deja claro es que el haiku original, el escrito en lengua japonesa por sus máximos cultivadores, es intraducible. Perdemos más del ochenta por ciento en una traducción del gran Bashoo. El carácter pictórico de este idioma en su escritura, ligado a dibujos con pincel en papel e ideogramas, su sonoridad que abunda en aliteraciones y onomatopeyas, los matices del coloquialismo y un lenguaje sencillo dentro de una lengua a la que caracterizan varios niveles de respeto y formalismo, distinguiendo quién y a quién habla. Todo ello contribuye a transmitir una visión sensual, imaginativa, concreta pero llena de resonancias y connotaciones en cualquiera de sus palabras o ideogramas kanji. El poema japonés pinta en imágenes ese incierto fundamento que sostiene al mundo y que es la nada. El Japón clásico piensa a través de imágenes, con un moderado simbolismo en las palabras y en la naturaleza. El esfuerzo es antes captar el mundo como curso fluido, como curva, antes que como recta. La poesía es el modo en que el japonés del pasado pensaba. Expresionismo, naturalismo, imaginación, resonancias y connotaciones en las palabras. La no imagen de la iluminación satori o del nirvana es alcanzada con un leve quiebro de, generalmente dos imágenes. Se contrapone una que suscita la sensación en el lector de permanencia, de calma, de profunda unidad en la naturaleza. Pero algo irrumpe y produce leves, o bruscas, oscilaciones, que intuitivamente, sin mediar pensamiento, el lector liga en una síntesis silenciosa a la mencionada unidad de todo lo existente. Dicho de otro modo, se contraponen tiempo como sucesión y momento efímero, y, en el otro extremo, eternidad como ciclo. El instante efímero es, también, eterno en cuanto se está en la corriente cíclica de la naturaleza. El haiku muestra, suscita la idea de que en realidad nada pasa, cuando pasa. Es lo expresado en el conocidísimo haiku considerado el mejor de Bashoo y de todos los tiempos, el de la rana y el estanque, cuyo primer verso pensaron sus discípulos una noche entera, hasta que el maestro dio con el más sencillo de todos:

Un viejo estanque.
Salta una rana;
Ruido del agua/chapoteo.

Aunque yo prefiero, no por lo modélico, sino por lo bello, el último que escribiera Bashoo a las puertas de la muerte; el poeta, vagabundo y viejo samurái, que aseguró a sus discípulos que escribía todos sus haikus como si fueran el último. El anterior lo he mal citado de memoria. Para este, busco la traducción de Rodríguez-Izquierdo:

Caído en el viaje,
mis sueños en el llano
dan vueltas y vueltas.

En el haiku el lenguaje se hace antirretórico, antiliterario. Apenas hay en ellos adjetivos o adverbios (la presencia de más de uno destroza el haiku y deben evitarse en la medida de lo posible), pocos verbos y en formas no personales (lo que es más normal en la lengua japonesa) y sustantivos que en japonés carecen de marcadores de género o tiempo. Además, la polisemia del lenguaje, de los sonidos y de los ideogramas, favorece de un modo más turbio aún, más brumoso, la sensación de flotante evanescencia que transmiten los brevísimos poemas. Una sensación que algo tiene que ver con aquello que exprese el término aware, cuyo pleno significado yo no he acabado aún de comprender, así como los otros tres o cuatro términos que aluden a sentimientos o sensaciones vinculados al haiku e intraducibles, para los que no hay términos correspondientes en ninguna lengua europea. Una virtud de la lengua nipona que, como todo lo clásico japonés y como Tanizaki en su conocido ensayo sobre la sombra explica, consiste en el predominio de las imágenes borrosas, de la luz incierta, del gris, del color de lo usado, de la evitación de lo que brilla, de lo discreto en detrimento de lo que refulge. E igual que en la materia, en los sentimientos. Es, por ejemplo, muy peculiar que cuando un haiku intenta transmitir alegría, lo haga siempre acompañándola de un leve tono de melancolía. No hay pureza, ni simetría, ni perfección, ni acabamiento en la búsqueda japonesa de la perfección. La naturaleza es bella y ejemplar en cuanto está caracterizada esencialmente por la falta de simetría (añade Rodríguez-Izquierdo, que ocurre como en los jardines Zen, por ejemplo, frente a las estridentes simetrías de la jardinería occidental). Todo, como en la gastronomía, son sutiles matices, casi indiscernibles diferencias en lo que básicamente es igual.

Pero, tan inciertas como son las cosas, que guardan ese insondable trasfondo de sombras, su bruma connatural, es el Yo. La identidad se pone en cuestión en el haiku y debe desaparecer por completo del mismo cualquier conato de subjetividad o ego. La subjetividad del haijin solo debe estar como matiz, perspectiva o filtro en la captación de la naturaleza, en la cual ha de situarse el foco del breve poema. Al menos, en lo que Bashoo fundara, en el estilo clásico de haiku japonés. Es la mansa pero irresistible eternidad de los ciclos naturales lo que es, en esencia, el mundo. Por eso, en el haiku clásico del siglo XVII, hasta que en el XX empieza a variarse, ha de estar una palabra (kigo) que marque un determinado ciclo, un momento estacional, un elemento del curso anual de la naturaleza (con grandes diferencias estacionales en el archipiélago japonés). Porque el instante en la naturaleza no es en un marco, en un contexto, en un entorno. En realidad, en sí mismo, el instante y el quiebro lo es todo, aun en su brusca singularidad, se funde y confunde con ese todo, forma parte antes que se diferencia del mismo. El ser concreto cambia pero permanece y es en el remanso budista del ser o sintoísta de la naturaleza.

A partir de aquí, de este naturalismo anti retórico y anti intelectualista (¡¡No hagan del haiku nunca un aforismo o un pensamiento!!), han derivado del insuperable Bashoo tendencias urbanas (siglo XX), se ha potenciado el elemento triste, o irónico e incluso satírico, el humor, la vaga melancolía, la placidez y la plenitud de la siesta que cantara nuestro poeta Jorge Guillén, la sensación de irrealidad en lo real y en uno mismo, lo relativo de las cosas y los nombres; el tiempo, en definitiva, como forma de la eternidad.

Todo esto que nos transporta del viejo Japón un haiku, supone un alivio, un soplo de aire puro en nuestras existencias en exceso intelectualizadas, antropocéntricas, eurocéntricas, egocéntricas… El haiku ayuda a salir de todo ello. Porque, no sé por qué misteriosas razones, queremos, necesitamos, salir de todo ello. Por suerte, el haijin sabe o aprende que lo verdadero, lo esencial, lo que importa está fuera de sí mismo, en el exterior de su subjetividad y en saberse parte sustancial de la corriente y oscilación en el tiempo, en el viejo estanque, que somos, para llegar a ser finalmente el viejo estanque, para vibrar al unísono.

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