viernes, 24 de mayo de 2019

Roberto Bolaño, Los sinsabores del verdadero policía, ed. Anagrama. RESEÑA.


Roberto Bolaño, Los sinsabores del verdadero policía, ed. Anagrama. RESEÑA.


He terminado de leer Los sinsabores del verdadero policía, de Roberto Bolaño, ed. Anagrama. Uno de los casos de obras rescatadas de este genio que acabó su vida en la plenitud de su producción literaria, cuando podía haber dado mucho más. Muerto prematuramente en 2003, con unos cincuenta años y lleno de lucidez artística, es comprensible el afán por recuperar cualquier texto recuperable de la cuantiosa obra a medio acabar que dejó. Para empezar, su voluminoso 2666, que aunque muy perfilado y revisado, da la sensación de que faltaban páginas… a las más de 1000 de que finalmente consta esta novela publicada tras su muerte.

En Anagrama se han ido publicando otras obras menores, inacabadas, que dejan la sensación de que aun siendo textos geniales, podían haber sido mucho mejores. Es un error publicar como obra acabada una obra que el autor no ha considerado finalizada. El visto bueno final que da el autor es la garantía de que la obra funciona, de que está tejida por completo, hasta la última coma, y si no se ha dado ese visto bueno final en vida, la obra no puede haber alcanzado lo que quería decir o contar. Creo que para todos los escritores esto es cierto, aunque hay una genial excepción que yo ahora recuerde: Kafka. En este caso, dejar inacabada e inédita su obra forma parte de su obra…

Pero no nos desviemos de Bolaño. Si además de la cuasi obsesión que muchos tenemos por Bolaño, porque sus escritos nos parecen únicos y de una calidad literaria excepcional, un verdadero goce, un placer, existe otra razón menos, digamos, desinteresada o incondicional, como sería la enorme suma de dinero que proporciona cada libro a sus editores, herederos, etc. Esto podría explicar el lanzamiento de obras a todas luces incompletas y faltas de ese último toque de coherencia que debe dar el autor. Es lo que me ha parecido que sucede con esta obra. Podemos excusarnos, como lo hacen los editores en el propio libro, en una breve introducción y otra nota final, en que el manuscrito o archivo informático (o varios de ellos, como ha sido el caso) ya guarda trabajos de muy largo tiempo que Bolaño habría decidido que debían publicarse como se ha estado haciendo a diez años o más de su muerte. Pero no es cierto. Y menos puede justificarse la publicación sin terminar de sus novelas en el supuesto carácter de collage y caótica dispersión que haya en sus obras publicadas en vida. Este libro, que a pesar de todo me alegro mucho de haber leído, no era ni es una obra finalizada. Es todavía imperfecto. Lo que ocurre es que cada frase de Bolaño o momento narrativo son de tal calidad que nos da igual y lo releemos, sea como sea, aislado o en el contexto de una obra mayor. En este mismo que he concluido, abundan pasajes inolvidables, del mejor Bolaño, pero si se compara con una obra bien terminada como Amuleto, que acabo de empezar a leer, se aprecia con bastante claridad lo que es un trabajo que desde la primera línea se sabe culminado y otro que no.

Es una lástima que Bolaño dejara tanto a medias (¡miles de folios y cuadernos!) y en particular esta novela que nos ocupa. Esta es el esbozo de una auténtica delicia. Lleno de ese humor que uno imagina que ha de contarse como contaba los chistes Eugenio, muy serio, y un humor también un poco borgiano en el fondo. El libro guarda frases de un bellísimo y sucio lirismo que reverberan en la superficie del texto. Porque lo sórdido de los pasajes, de su lenguaje, de aquello a lo que se están refiriendo directamente, multiplica muchas veces la intensidad lírica de esas frases que se cuelan entre líneas. La narración es excelente, con ritmo y estilo inconfundible, la propia de un atento y curioso observador de esos animalitos raros que somos los seres humanos, que finalmente, y a pesar de las enrevesadas historias y líos de los personajes, acaban teniendo su gracia. Bolaño los describe y narra entre la paz y la lástima. Quizás ese término medio que sería la ternura, que de lo menor acaba haciendo lo mayor.

Ver de nuevo en acción a Amalfitano fue, en realidad, lo que me decidió a leer esta novela o lo que sea. Todo Bolaño, lo que estamos apuntando, se concentra en la linda e inocente figura del profesor de filosofía que ha dado vueltas por medio mundo enmarañándose en historias brutales que vive con ansiedad y pena. Una trayectoria biográfica caótica, un verdadero lío, de burrada en burrada, fracasando, huyendo, padeciendo una suerte de crónica angustia, en el mismísimo límite de lo soportable, con la espada de Damocles de unos extraños brotes psicóticos que le dan impartiendo clase o en los momentos más inoportunos, sin cesar de meterse en líos tan sórdidos como graciosos. En 2666, que dedica una de sus partes a este personaje, se obsesiona con un libro que tiende donde la ropa, en el patio, para mirarlo de lejos y sin atreverse a tocarlo. Joder. Cuando aparece en 2666, incluso como personaje secundario en otras partes de la novela, el hombre está a punto del colapso. Tiene que recibir a unos especialistas en Archimboldi (el misterioso escritor que también en Los sinsabores… copa una parte) en Santa Teresa (nombre falso de Ciudad Juárez, ciudad que Bolaño escoge como lugar de lo raro, de crimen, de locura, de desierto, de peyote, de ansiedad y cansancio…). Y lo hace desbordado, fuera de sí. Es a mi gusto uno de los mejores personajes de Bolaño, muy tierno, que cae muy bien al lector. Y ahora que lo pienso, puede que sea uno de los grandes personajes en la literatura de finales de siglo…

Así que Bolaño es genial hasta en sus obras no concluidas, pero da lástima, porque estas obras que se van “descubriendo” en sus cajones y ordenadores son poco más que borradores. Podía haber escrito muchas más genialidades. Su muerte fue prematura… aunque a decir verdad, todas las muertes son prematuras y llegan antes de tiempo.

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