martes, 11 de junio de 2019

El mundo. Un sueño grotesco.


El mundo. Un sueño grotesco. 

Marcos Santos Gómez


“El mundo real es un sueño. Solo el sueño nocturno es la realidad”
Edogawa Rampo


Estoy leyendo al maestro del ero guro japonés, Rampo. Esta tendencia literaria y artística hoy tan evidente en la cultura japonesa consiste en la irrefrenable propensión de sus actuales producciones a lo grotesco. Es algo que en mi hedónico estudio de la civilización japonesa, en su aspecto literario, me he preguntado a menudo. ¿Cómo casar el Japón de los disparatados personajes y argumentos del manga, por ejemplo, de sus excéntricas modas, de los escaparates de Tokio cargados de sandeces, del consumismo más tonto y superficial, con la noble seriedad de su literatura clásica llena del refinamiento y delicadeza que conocemos? Debe de haber una clave bajo todo ello.

En Japón tradicionalmente ha prevalecido con mayor fuerza que en occidente, es decir, como médula de su literatura, lo que llaman muji o mujiokan (vinculado a la veneración de sakura, la floración breve y gloriosa del cerezo que transforma el paisaje en un breve y vano esplendor). Este es, al parecer, el sentimiento y la convicción de que tanto la naturaleza como todo lo humano son intrínsecamente efímeros y pasajeros. Voy leyendo autores y movimientos literarios en prosa, poesía y teatro de la cultura nipona tradicional en los que esta idea llega a una excelencia diría que inaudita en Occidente, a pesar del tópico literario occidental del tempus fugit y el memento mori. Pero si en Occidente huir del mundo, la fuga mundi, significaba escapar del mundo y negarlo, es decir, una depreciación del mundo y su barroca conversión en nada, en Japón da otra impresión. Hay un elemento nihilista seguramente en ambas tradiciones “escapistas”, pero la diferencia, me va pareciendo a lo largo de mis gratísimas lecturas de la literatura japonesa de la mano ahora del japonólogo Carlos Rubio, es que en Japón (el Japón más vinculado al budismo Zen, es decir, el de los haikus) decir que el mundo es algo pasajero y que todo es efímero y que la realidad no es más que un sueño, no suponía una negación del mundo. El mundo como sueño es una idea salvadora que incrementa la vitalidad (la versión oriental del carpe diem horaciano). El mundo no pesa, pero está ahí, como una ensoñación anónima, en su cualidad de vaporosa nada. 

Por eso, en Japón, en su literatura tradicional en lo que voy descubriendo, la carencia de fundamento ha sido algo hasta cierto punto asumido con felicidad. Claro que no es la plenitud bipolar de la alegría pura y sin mezclas del occidental, sino que siempre va modelada en la melancolía. Japón enfatiza lo ambiguo y lo brumoso, lo incierto, lo imperfecto e incluso lo asimétrico y penumbroso, como han señalado tantos clásicos hasta el famoso ensayo de Tanizaki “Elogio de la sombra” que comentamos el año pasado (¡que extrae toda su teoría a partir de la descripción de un retrete!).

Pero ¿cómo casar esto con el elemento desmesurado, robótico, excéntrico de la sociedad japonesa actual? ¿Y cómo conciliamos su bello elogio de la inanidad con esa escandalosa afirmación del capitalismo más consumista? Muy a la japonesa cada vez me siento menos capaz de respuestas absolutas. Pero entreveo una fina ironía, una broma profundamente budista. Es acaso otro modo de exaltación de la inanidad y evanescencia fundamental. Es como si se hubieran dejado ir hacia delante las consecuencias de una concepción onírica de la realidad propia del Japón más próximo al budismo o a ese código de honor desesperanzado que es el bushido del ideal samurái. Si esto es un sueño, vamos a soñar, vamos a vivir en la bruma. La gravedad o la seriedad del mundo consisten en que ni es grave ni serio. Y tal vez a esta idea, más o menos consciente, se le esté rindiendo un arrollador tributo en el Japón actual que absorbió la tecnología occidental sin creérsela en demasía. Todo este tinglado actual consumista podría ser una masiva, bella e inconsciente ironía a la japonesa.

Lo grotesco es un paso más, producto de este encuentro con Occidente. Consiste en reírse de todas las seriedades occidentales, de su metafísica. Solo que del sueño a la pesadilla apenas hay un paso y todo acaba cediendo al corrosivo ácido de la risa estruendosa. La risa, la broma, se tornan histeria, se parodian a sí mismas, se hacen desmesuradas y autónomas, generando esos elementos nocturnos e inconscientes que tanto aparecen en los productos culturales de la cultura de masas actual en Japón. Hay en todo ello una parodia de la experiencia capitalista y occidental del aprendiz de brujo que ve sus propios mecanismos vueltos contra sí. Es en esta broma donde se hace patente la verdad, la verdad del sueño, y la civilización japonesa ha optado por soñar, entre la risa y el terror, entre la mansa alegría y el espanto de que todo sea solamente un retorcido juego de espejos.

Me atrevo a poner por escrito estas reflexiones animado por un cuento horrible de Rampo, precisamente sobre los espejos y la inquietante irrealidad que crean, que da la vuelta a la visión amable que en la cultura tradicional nipona se tenía del carácter onírico y pasajero de la existencia. Entonces la búsqueda de belleza en un mundo que se deshace como cenizas en las manos (o gotas de rocío sobre pétalos de flores, diría un haijin, o lágrimas en la lluvia, diría Ridley Scott) era uno de los principales nervios de la literatura. Hallar belleza en ello. Hoy, en la línea de ese movimiento literario rebelde, de rechazo a toda la amabilidad de la que el mundo como fina lluvia o bruma sea susceptible, el ero guro destaca su lado más inquietante, una inquietud que todo en el bello archipiélago parece declarar a gritos. Hay también belleza en lo sórdido, nos dicen. Y algo terrible en los espejos.

Porque nuestros sabios amigos japoneses no hacen más que advertirnos de que los juegos con espejos acaban detentando el ser. Y como aquello que escrito, se dice, escrito queda, en nuestro mundo en que un blog o el Facebook no hacen más que iniciar este vertiginoso y disolvente juego de las variaciones, de un nuevo y desconcertante modo de producción de escritura, se torna más real y viva la producción que el productor, la criatura que el creador. Desaparece todo centro y toda identidad, incluida la del autor, como ahora sí enfatiza en gran parte la filosofía de tradición más occidental. 

Un juego este exacerbado por el capitalismo, en el que los sueños se tornan, autonomizándose, reales , más que ese centro postulado que llamamos “soñador”. Sueños sin soñadores, textos sin personas, cosas sin autores… Japón lo ha visto y lo vive con todas sus consecuencias entroncando con su prestigiosa tradición que destaca lo efímero y pasajero de todas las cosas, el carácter vano e hilarante de su realidad.