viernes, 26 de julio de 2019

Roberto Bolaño, Nocturno de Chile, ed. Anagrama RESEÑA






Roberto Bolaño, Nocturno de Chile, ed. Anagrama RESEÑA

Marcos Santos Gómez


He terminado de leer otra novela corta de Bolaño, publicada en vida y totalmente acabada. Se trata de “Nocturno de Chile”, editada por Anagrama. Merece mucho la pena leer el Bolaño de las novelas breves, que dan la sensación de que son, cada una de ellas, una obra única, singular, en la que el autor explora modos de narrar distintos, con su personalísimo sello, poético y borgiano, o mejor dicho, borgiano punky con la velocidad de los beat. 

La temática que desarrolla es algo que la humanidad y muy en particular la del siglo XX, nunca ha dejado de pensar. Se trata del tópico del horror, que supera al mal, que es más que el mal, aunque lo contiene; la isla de horror que entrevemos, que sabemos en algún punto en el mapa de nuestras vidas y tratamos de sortear para seguir sumergidos en el mar de la costumbre. A veces lo avistamos cerca, en momentos de frenesí y peligro, de desesperación, de asombro, a pesar de que nuestras vidas se extiendan en un páramo de languidez. El reto de Bolaño ha sido llevar este tema al Chile del golpe militar de Pinochet, desde la perspectiva del protagonista narrador, que es un sacerdote católico próximo a cierta derecha en la Iglesia. Y lo hace como a ninguno se nos hubiera ocurrido, desde una perspectiva nueva.

La voz de la novela es, como es obvio, una voz católica que, confiesa Bolaño en la presentación de este libro, le costó mucho esfuerzo lograr. Porque el ser que narra en una angustiosa mansedumbre, vive y siente con las contradicciones propias del modo de fe que profesa. Una fe que quiere anticipar la visión gloriosa y vivir en esa eterna calma donde todo se justifica y se salva sin necesidad siquiera de mirar. Experiencia muy diferente, como cabe suponer, del carácter y vida de Bolaño, que tuvo que documentarse, pues no había pisado una iglesia en treinta años.

El protagonista cuenta su vida, que ha sido amable, igual que sus aficiones literarias y su frecuentación de los círculos literarios de Santiago, junto a poetas y narradores que continuaron su vida como si nada hubiera pasado tras el golpe y la junta militar. Poco a poco se intuye que en esta experiencia hay un horror que, con sus racionalizaciones y vericuetos morales, en realidad ha justificado. Se sabe extrañamente cómplice de algo que siente terrible y estremecedor, pero que no mira. De hecho su vida ha girado en torno a ello sin quererlo saber. Y es que el protagonista está situado en un nivel liminar, ambiguo. No acaba de entender el daño que intuye mientras prosigue su ascenso en sagrada quietud a la que se opone lo numinoso, lo demoníaco amenazante. Pero no logra librarse. Persiste con eso innombrable al acecho. Las ideas del cristianismo dulcifican su experiencia y, al mismo tiempo, le impiden una posición vivamente hostil en contra del mal.

El horror aquí se liga, sin perder la gran dimensión que siempre le da Bolaño, con la política, pero es mucho más. La atmósfera de espanto que transmite Bolaño apunta a algo, decimos, básico y mayor que todo ello. El horror que se ancla en la historia y como un parásito, en el bien. El desarrollo de esto, de este conflicto es todo el libro. O, dicho de otro modo, la narración de cómo este ser de tormenta contenida y negada, acepta el mal para evitar el conflicto inevitable.

Lo bueno es que Bolaño trata esta problemática de un modo originalísimo, pues la novela es otra de las mejores novelas breves que escribió, por lo que resulta casi imposible contarla aquí, contar esto que estoy diciendo. Realmente no se puede entender a este personaje si no se lee la novela. El tratamiento de este personaje lo hace único, no se parece a muchos clichés en los que cualquiera se hubiera empantanado como narrador, cayendo en los fáciles lugares comunes que suelen acechar en la literatura si nos descuidamos. La mirada de Bolaño presenta un hombre débil, en verdad, que no es malo y que disfruta de la cultura y el arte. Mas es precisamente este remanso de bellas sensaciones que puede ofrecer la gran literatura, lo que lo inmoviliza, o aún peor, lo que lo aproxima al horror en agria combinación con la experiencia. Vive en un limbo existencial, es muy culto y se entrega sin pensarlo mucho y sin fuerza como para oponerse, a la corriente cultural del nuevo régimen chileno. Esto ha perturbado mucho, siempre, es decir, en qué medida el paraíso del arte puede tener unas consecuencias morales. Algo ya muy debatido en la tradición occidental, como es la discusión sobre el arte comprometido o puro, sobre la comprensión del arte desde una teoría crítica o desde la famosa torre de marfil. Se trata de un debate sobre las consecuencias morales de algo que no puede explicarse en términos morales.

El sacerdote, en particular, vive el conflicto que quiere ignorar y que solo se resuelve en la solitaria confesión que va hilando, con sus desesperadas preguntas, según sucede la novela. Es fácil, parece querernos decir Bolaño, que el arte absorba y seduzca hasta el punto de distanciarse uno de la propia moral, la moral personal que debería conducir a unas prácticas distinta. Pero, ¿y si el arte fuera amoral? Es una cuestión que encuentro aludida por Bolaño con frecuencia en muchas de sus novelas, que han escogido miradas malignas, de personajes malvados, que hacen una literatura nazi, anclada en el horror, que la nutre y al que ella nutre. En este sentido es magistral la novela Estrella distante.

Lo mejor es ver cómo se ha enfrentado a esta temática Bolaño, con su sello tan personal siempre y con una genialidad que aflora en cada palabra. Recuerdo que al principio, cuando empecé a leer a Bolaño me chirrió, inexplicablemente, su prosa, porque fui engañado por su estilo en apariencia informal. Engaño que duró poco, hay que decir, pues uno se percata con rapidez de que en realidad sus textos son muy formales y literarios. Es pura literatura que trasciende el discurso del compromiso pero, a un nivel superior, lo recoge de manera oblicua y silenciosa, como si se deformara en el espejo de su obra. Funda una nueva manera de ser borgiano, desde la presunción de que nadie puede librarse hoy de Borges.

Otra clave de Bolaño, a la que él siempre se refirió, es la poesía. Sus textos tienen la fuerza de una poética diría que apocalíptica, en bastantes ocasiones. Apocalíptica y casi marginal. Desde luego, se vive en el horror como uno puede y el personaje utiliza el arte como sedante, todo lo contrario a la tormenta (de mierda) que vive. Es prosa y poesía a la vez, es en realidad otro modo de la poesía narrada que Bolaño reinventa y que al lector le proporciona un nuevo matiz que se añade a los matices de la historia de la literatura. Todos sus escritos en prosa, se da uno cuenta, son sus mejores poemas que pasan por otra cosa. Su narrativa rezuma poesía.

Ciertamente, es fundamental e  imperioso releer a Bolaño.

miércoles, 17 de julio de 2019

Nuevo balbuciente Post escrito por un trémulo comentarista de las conferencias de Piglia sobre Borges.


Nuevo balbuciente Post escrito por un trémulo comentarista de las conferencias de Piglia sobre Borges.

Marcos Santos Gómez


Abordar la lectura, es decir, los modos de leer que existen, sea por ejemplo el modo que funda Borges o acaso el de un monje copista del siglo XI, significa abordar el orden. La literatura existe como vehículo para dotar de una cierta unidad a la experiencia humana, tarea por otro lado imposible. De ahí que dijéramos en el artículo anterior que esa literatura que brota y se expande como la enciclopedia sobre Tlön y el mundo llamado Tlön que crea, es la verdad, la consistencia y la columna vertebral de lo que llamamos mundo, el mundo de los hombres. Por eso, la literatura es idealista por naturaleza; es profesión idealista y nunca realista, si entendemos que la materia a la que insufla el espíritu es un caos indiscernible. 

El orden, nunca definitivo, se invoca en el mero hecho de nombrar, como manifiesta la más fervorosa enumeración caótica de la historia de la literatura, aquella que obra el narrador del cuento El Aleph. Como nos recuerda Piglia, consiste en la descripción de lo que se ve en ese centro mágico que Borges llama aleph: “Vi A, vi B, vi C”… ad infinitum o, mejor dicho, ad nauseam. El orden del universo es aquel orden puesto por un sujeto que mira, o mejor dicho, un punto de vista; pero es preciso resaltar vivamente que nunca lo es la burda réplica que del cosmos pretende componer el poeta rival del protagonista que en el mismo cuento emprende la absurda e imposible tarea de repetir todo lo visto en el aleph (vg. el horrendo verso “hay una blanca osamenta en un poste de una valla en Texas”, que cito de memoria). El lenguaje y la literatura no pueden ser realistas y menos referir virginalmente las cosas. Aquí, por ejemplo, la palabra "osamenta" que trata de señalar un prosaico amasijo de huesos o cráneo de alguna bestia en lo alto del poste de una valla, no es pura, no logra transmitirlo con total objetividad, como si fuera la imagen de una cámara, porque lo que transmite es algo que nos llega impregnado con numerosas connotaciones, se quiera o no. La palabra "osamenta" transmite feamente aquello que refiere, en emulación áspera del objeto referido del que no se escapa el símbolo. 

La técnica de Borges, o del protagonista de su cuento, es otra, más precisa, ejecutada por este, que mira entre el espanto y la alucinación. La visión del aleph, es decir, de la desaforada suma que constituye el universo, en un mismo instante y lugar, inspira un vértigo que Borges salva mediante la enumeración de unos pocos elementos que siendo pocos y escogidos, lo nombran todo. Solo así se puede postular el universo, algo que ningún hombre, en realidad, puede ni siquiera concebir. Hay que echar mano del arte para nombrar provisoriamente lo que tal vez no exista, como es la pretendida unidad del cosmos. ¿Cómo mencionar en una siempre caótica enumeración de los seres, con su tiempo y sus estados, la identidad de todo ello? Imagínese, por ejemplo, nombrar los perfiles que muestran todas las cosas, la geometría y el conjunto infinito de los números, el minucioso crecimiento del cabello y las uñas, todos los hombres con todos los segundos de sus vidas vistos desde todos los ángulos, los seres que existen y los imaginarios, los más de cuatro mil millones de atardeceres azules en Marte, la cadena de vientres que llegan hasta uno, las sagas de la épica, los eclipses y conjunciones de los astros, los momentos de la inspiración y de la abulia, los inagotables rostros del hambre, el giro de una ruleta en un casino de Zurich un día nublado de agosto de 1899, todas las horas de insomnio del escriba favorito de un faraón de la undécima dinastía… este todo inagotable aguarda en un punto, en la recóndita escalera de un sótano en un suburbio de Buenos Aires. Todo se da en un despliegue cuya sola observación deja exhausto. “Sentí infinita veneración, infinita lástima”, añade Borges a su lista que se atreve a nombrar ese todo gracias a su renuncia a nombrar todas las cosas. Son esos espacios en blanco, esas infinitas palabras, seres o latitudes que no se refieren, que no se pueden referir, que ni siquiera la memoria guarda, las que aportan la melancolía de la lista en el relato, que brilla porque nos hace casi visible lo invisible, o postula no ya el orden, sino el anhelo de ese orden.

Cualquier selección de los seres basta y es al mismo tiempo insuficiente. Cualquier organización por muy realista que se pretenda, es un modo de fraude. Porque no conocemos la unidad o primera identidad que contuviera todas las cosas. Y no faltan razones para anhelarla. Así, Borges suele imaginar el universo como laberinto, lo cual es grato, porque un laberinto, aun siendo indescifrable, habría sido creado según una lógica y tendría un centro donde acecha un Minotauro o una divinidad o un demonio. Esto es bueno y terrible pues cabe al menos la posibilidad de imaginar un plano del laberinto, un hilo de Ariadna, aunque en el centro esté el infierno. Lo infinitamente peor que esto es que el universo ni siquiera sea un laberinto, sino el más ininteligible caos.

A pesar de este anhelo un tanto platónico, Borges ironiza con los órdenes humanos, aunque desea el orden. Aspira a hallarlo, mientras se burla al mismo tiempo de la manía de fabricar taxonomías, mediante la alusión a una supuesta clasificación china de los animales que cita Foucault al principio de Las palabras y las cosas. Algo inspirado seguramente en la tradición oriental y concretamente tomado de un género literario clásico en lengua japonesa, operado por mujeres y consistente en forjar listas de seres con un fin muy subjetivo y personal, en suave burla de lo objetivo. La cima de esta literatura es el Libro de la Almohada de la cortesana Sei Shônagon escrito hacia el siglo X.

Por la necesidad de hallar nuestro hilo de Ariadna, no podemos prescindir de la lectura, que tampoco es una y única. Los modos de leer se suceden, como explica el relato Pierre Menard, autor del Quijote. Las ideas, la cultura, los arquetipos, se inventan y se insertan en la materia. La organizan. Un idealismo en el que la interpretación antecede a la lectura pues viene de otras lecturas anteriores. Los seres humanos insistimos en forjar clasificaciones u órdenes que se añaden al mundo, pero este los repele.

Este segundo Quijote de Pierre Menard añade una suerte de trama ideológica y cultural que no existía cuando se escribió por primera vez el Quijote. Se trata de una virtud de la escritura, que resulta aún más patente en el acto cerebral y artificioso de la traducción, que para Borges consiste en una reescritura del texto. A menudo bromeaba con que las traducciones puedan superar al original. Piglia relata anécdotas divertidísimas protagonizadas por el propio Borges. Él condujo esta verdad a sus más atrevidas consecuencias cuando traducía. Llegó a cambiar la puntuación en textos de Faulkner, a suprimir párrafos de relatos de Poe, etc. De esto trata en el libro Historia de la eternidad, en su ensayo dedicado a las traducciones de Las mil y una noches, lleno de sutileza y fino humor. Lo que menos importa es el original, pues nunca acaba de saberse su origen ni versión primera en árabe, ni a quién atribuirlo, y las distintas traducciones del siglo XIX al francés, inglés y alemán, son, de hecho, otros libros, que difieren de la fuente y de las demás traducciones. Cada traductor, persiguiendo un fin distinto y desde la sensibilidad de su pueblo y de su lengua, hace en realidad una obra propia. 

Según el argentino, traducir no significa necesariamente traicionar, como señala el conocido tópico italiano, sino que es una forma de reescritura de la obra original que le añade matices siempre distintos que pueden mejorarla. Y no solo la traducción, sino toda la creación literaria, en la actualidad, es una forma de repetición de textos mediante citas o plagios que aun siéndolos, han variado en matices. Nadie puede escribir de manera virginal ni nombrar como lo hizo Adán en el Edén. Jamás la cita, ni la repetición, son exactas respecto al original. En el paraíso-infierno de las bibliotecas, en el torbellino de la memoria también, solo cabe la originalidad pagando el precio a lo ya hecho previamente por otros. Así que leer es releer y escribir solo puede ser reescribir.

Varían los modos de lectura y esto modifica los textos. Justamente esta es la mayor enseñanza de Borges. Y así ha resultado que hoy se lee al estilo de Borges. Lo que no resta un ápice al deseo de hallar una última e íntima unidad de lo leído y de las lecturas. Quizás ahora Borges se ha convertido en el orden provisorio y balbuciente que profesamos. El orden de la literatura o el de cualquier enciclopedia no es realmente ese orden secreto que intuimos o anhelamos, pero lo suplanta. Las enciclopedias, las bibliotecas, los libros, son más reales que el mundo, hasta llegar a confundirse con el mundo, al que acaso acaban devorando.  

viernes, 12 de julio de 2019

Balbuciente Post escrito por un trémulo comentarista de las conferencias de Piglia sobre Borges.


Balbuciente Post escrito por un trémulo comentarista de las conferencias de Piglia sobre Borges.

Marcos Santos Gómez



Las conferencias de Piglia sobre Borges que aguardan en youtube, realizadas para la televisión pública argentina, cuatro charlas de casi dos horas de duración cada una, han tenido la virtud de hacerme despertar de un cierto letargo, mientras se han ido desarrollando en mi televisor. Un letargo que mezcla la ansiedad y necesidad de que lleguen las vacaciones, junto con un sordo cansancio que desploma mi cuerpo. Me han conducido a releer algunas líneas de Historia de la eternidad y, de paso, al propósito de releer toda la obra de Borges, una vez más.

Transmite la relectura del argentino una sensación curiosa: la de que se le está leyendo siempre por primera vez, en una suerte de primeras veces reiterativas sobre un fondo brumoso y a las que siempre supera la más reciente. Decir que su prosa y poesía son inagotables por ello, es utilizar un lenguaje pobre y rebajado, indigno de lo que trata de decir. Cualquier frase o palabra de Borges resplandece con no previstos colores que se funden con los viejos. Quizás sea esto, como señala Piglia, por el secreto magisterio de Quevedo. Cada palabra en Borges, la adjetivación, la austera belleza de las frases, su laconismo está preñado de palabras que no se llegan a decir, de bellas incertidumbres y ambigüedades que aletean alrededor de nosotros, del texto, como ángeles mudos. A menudo están también poderosas tensiones, poderosas, digo, estéticamente, porque devienen en un arte plagado de tiempo y de eternidad, de individuos y especies que trata de emular al universo. Un arte que, como Tlön, se desliza al mundo y compite con él. 

Dámaso Alonso escribió el verso “Quevedo prensa pensamiento hirviente”, que podría en cierta medida aplicarse a Borges, aunque alejándolo de un sentido tormentoso. La hipersensibilidad, la intensa emoción de Borges autor y, es preciso conjeturar, Borges persona, despedazados por la diferencia y el tiempo, son sublimadas en un sereno estoicismo. Hay ímpetus y tempestades que solo puede expresar una palabra serena. El vaivén que, en Quevedo, conduce de lo chocarrero y obsceno a la nobleza de sus grandes sonetos de temática filosófica y religiosa, en Borges se remansa y se da entre una elegante ironía (en palabras de Lázaro Carreter) y el sosiego a medias pesimista de un bello escepticismo.

Aquí es preciso dar imagen a los dos mundos que lo constituyen, según Piglia. Nombrémoslos con parquedad: biblioteca (también eternidad y Paraíso) y en el otro extremo, fuera de la biblioteca, la carne, la materia, la barbarie, el tiempo, la pasión, el infierno. Borges se debe a ambos y los contiene al uno como sombra que impugna al otro. Borges es la genialidad de esa contradicción que soportan sus textos, una contradicción jamás resuelta, en la que oscila.

Vive encerrado en su biblioteca, en su ciudad, la de mayor número de librerías del mundo, en su país, que tiende a serlo todo pero sobre un vacío, sin la prolija tradición colonial o prehispánica tan evidente y rica en Perú o México, por ejemplo. Al menos, así estuvo antes de los años cincuenta, cuando, una vez publicados sus mejores libros, se dedica ya ciego a viajar y a ver el mundo, y, también, a ver cine, atento a una amplia filmografía que escucha absorto, en la sala, y que le cuenta al oído la voz susurrante de Kodama en la penumbra de él y de todos. Insiste Piglia, con razón, que es una tragedia quedarse ciego, que Sartre no resistió pero que Borges aceptó sin queja.

Borges es un postulante a platónico, como dije en otro escrito ya concebido y vivo en algún sitio, mas esperando pronto su lugar en el mundo, su carne y su forma. Pero el platonismo y aún más, el neoplatonismo, reclama su precio en tensiones y trágicos desgarros. Al mismo tiempo ama y se resigna en la frontera de la fabulación. También la aspiración a la unidad y a la identidad en Borges puede ser asociada con el platonismo. En este sentido, el genio argentino no resulta tan fragmentario como se dice. No lo es al estilo de la escritura fragmentaria que hoy se estila, sino que es fragmentario en la medida que presupone una última identidad en el mundo que solo con sus más hermosas metáforas, como el Aleph, puede expresar. Aspira a ella. Siente su nostalgia. Este orden invisible que presiente preside de modo inconcebible el caos inasible que son, que somos, los individuos.

Pero, ironiza en Historia de la eternidad, ¿son más reales los individuos o la especie? Muchos cuentos se desarrollan a partir de esta pregunta y de una perturbadora sospecha sobre la respuesta (Funes el memorioso, por ejemplo). En relación con esto Borges no es capaz de sustraerse a la broma afirmando que, contra Funes, para todos nosotros los gorriones son uno, un espécimen, el único, al que no vemos y del que antes escuchamos los trinos. Tratamos a todos los gorriones como a un mismo gorrión, los superponemos en él. Y esto es, por cierto, parte de nuestra experiencia más concreta y sensible. Además, todos los leones se superponen en un único y majestuoso león al que vemos en cada uno y cuyos rugidos oímos en cada león que ruge.

Como en Quevedo, la tensión hace brotar su poesía, su narrativa y sus ensayos que son, sobre todo, obras literarias. Mejor dicho, todas sus composiciones, en esencia, son poesía. Borges es, creo, sobre todo poeta; tanto, que quizás por eso no escribió novelas y por supuesto, aunque compuso ensayos no es ni por asomo un filólogo o un historiador en el sentido más académico. Es, como el genio barroco, Quevedo, ficción conceptual o filosófica, que no se debe tachar de metaliteratura, como yo he dicho falsamente en otras ocasiones. No es reflexión sobre textos o literatura, sino que pretende ser reflexión viva, sobre el espontáneo curso de las vidas, que se explican literariamente.

(Al oprobio de haber confundido el tema de Borges,  hay que añadir el de haber sido largamente objeto de las bromas de Borges hasta haber llegado a tocar, como Santo Tomás toca la llaga de Cristo, al escritor ciego, anciano, balbuciente, de espléndida estampa que en los años cincuenta escribiera sus dos grandes libros de relatos. Esta visión de gloria se cimenta en el error. Habría que anteponer a ella la verdad de un Borges con vista, joven, anterior a la fama, sin bastón y algo más feo, que fue el verdadero autor de Ficciones y El Aleph en los años cuarenta del siglo pasado. Su esplendor literario ocurrió cuando era joven, incluso bastante joven).

Pero, continúo. La diferencia entre hacer metaliteratura o literaturizar el mundo, tratarlo como literatura, distancia a Borges y “posmodernos”. Es preciso entender si la literatura es en sí el objeto, o lo es la vida que solo ocurre literariamente. La literatura usurpa la vida, pero para serla, para insuflarle verdad. No sé cuál de ambos escepticismos gana al otro o, confieso, si son el mismo. En Borges, tratar sobre la literatura es tratar sobre la vida y la existencia, su obra no es la de un académico. La literatura brota al mundo y lo conquista, no es un oficio ni una pose, de manera que incluso nuestra identidad personal es activada por los textos. No existe una usurpación de la vida por parte de la literatura, sino la vida salvada y perfeccionada en la literatura, en la forma literaria.

Anciano y ya ciego, Borges fue autor de libros menores, señala Piglia, que son sombra de los otros anteriores porque para escribir hace falta ver el propio texto que uno escribe. Fue también conferenciante. De hecho, uno de los mejores conferenciantes del mundo gracias a dos imperdonables defectos: que partía de la duda, sin salir de ella, salvándola solo por la belleza, y que balbuceaba al pronunciar sus conferencias. Si en el español, el nacido en España, según Piglia, está el modo asertivo de expresarse, con discursos duros, seguros, sin fisuras, que aparentan ser la verdad, en Borges está lo contrario. Fue un conferenciante cuya seducción obraba por el hecho de dudar constantemente, lleno de titubeos su discurso y de hacer creer inteligentes a sus oyentes debido a su fe de que todo el mundo, como él, es literatura. 

La genialidad de Borges estriba en que conduce a la perfección la expresión literaria del estigma que todos portamos, el de ser hijos de tensiones, de los desequilibrios en el mundo y la cultura. Pero su ética es estoica. Como hemos dicho, nunca se quejó de su ceguera, a la que consideró una sabia ironía de la Divinidad inexistente que le dio, como a todos nosotros, a la vez los libros y la noche. Una maldición que él destacó antes como bendición y broma sagrada. Su noche es la noche de todos nosotros y su paraíso, su caótica identidad relatada en los libros, es también nuestro paraíso. Sin embargo, la biblioteca no deja de ser una maldición y él también lo sabe. Lo es por ser cerrada, como cueva de ermitaño, limitado infinito, orden todo lo bello y clásico que queramos, pero insuficiente. Fuera de sus muros late, seduce y amenaza otro mundo de individuos y no de especies, de caída y de muerte, antes que de eternidad. Porque somos ese tiempo que nos va despedazando como un tigre y ese tigre somos nosotros. Existir es ser devorado por algo a lo que no podemos renunciar sin inmediatamente precipitarnos en la nada. El tiempo es una sucesión de pedazos desgajados de la eternidad. En el tiempo, en la Creación, el museo de hieráticos y fríos arquetipos es humillado por la obscena e incesante efervescencia de sombras y de espejos.

Estas ideas me han sido dictadas o inspiradas por la primera de las cuatro conferencias sobre Borges de Piglia y se deben también a un ímpetu, a un breve momento de entusiasmada lectura (relectura) de Historia de la eternidad, primer ensayo del libro con el mismo nombre. De la palabra hablada, he pasado con alegría al texto y del texto a la escritura vivificante. En el fondo, la pasión me ha forzado a juntar letras sin haber siquiera acabado la lectura del texto cuyas dos últimas páginas prometen ser lo mejor.

viernes, 5 de julio de 2019

"Rampo. La mirada perversa", de Edogawa Rampo, ed. Satori. RESEÑA

"Rampo. La mirada perversa", de Edogawa Rampo, ed. Satori. RESEÑA

Marcos Santos Gómez


He finalizado la lectura del libro “Rampo. La mirada perversa” de Edogawa Rampo, ed. Satori. Movido por mi curiosidad sobre todo lo relacionado con la literatura japonesa, y a sabiendas de que el proyecto editorial Satori está haciendo muy bien una función de divulgación de la misma con excelentes traducciones directas del japonés (dicho ha sido por Carlos Rubio, traductor y gran experto en la cultura japonesa), no me pude resistir a ver esta obra y no adquirirla. En ella ya uno encuentra un Japón diferente, moderno y a la altura de los años veinte fuertemente occidentalizado. Es este nuevo gusto literario por causa del encuentro entre dos civilizaciones, el que tiene la gran literatura japonesa de los autores de finales del siglo XIX y principios del XX, hasta los años 20 que es cuando Rampo escribió estos relatos (vivió hasta los años 60 y tuvo varios periodos de escritura posteriores).

A mí me ha dado la impresión en este caso de estar ante una escritura fresca tanto en la forma como en el tratamiento de los temas, en la que aparece lo grotesco que hasta hoy existe en la producción cultural japonesa. En realidad, la mirada de Rampo es, dice el prologuista con razón, la mirada propia de un niño, con un modo de fantasía primario y sencillo que tiende a lo monstruoso y al terror más directo.

El terror de Rampo en estos relatos de los años 20 busca la deformidad, el tema clásico desde Hoffmann de los autómatas, que cuanto más se parecen a nosotros más nos inquietan. De hecho él admiraba las grandes películas del expresionismo alemán y conectaba bastante con ellas. Son temas, por tanto, nada ajenos a la modernidad, ya sea en Japón, ya sea en occidente. Hay un lado monstruoso y grotesco en la ciencia y sus perturbadores utensilios, como las lentes, los microscopios, los laboratorios; y no digamos en sus aplicaciones tecnológicas. Es este miedo el que desde el siglo XVIII ha acompañado cuando se iban dando, paradójicamente, los grandes avances que cada vez ayudan y curan más al hombre, pero acaso a un precio terrorífico.

Algún relato es francamente desagradable. “La oruga”, censurado en su época me ha producido una creciente repulsión cuando lo he leído, es asqueroso y brutal. Trata de una desagradable aberración sexual. Otros, escritos con la perspectiva infantil que he reseñado que capta y refleja las cosas con dureza, son variaciones sobre miedos infantiles. La extrañeza que causa sobre todo a un niño una galería de espejos deformados, devolviendo raras imágenes de uno mismo, preside el relato “El infierno de los espejos”. Es la angustia borgiana de verse replicado hasta el infinito como ristra de variaciones sobre uno mismo, y los extravagantes juegos de magia basados en la reflexión de la luz, el mundo que parten a trozos en medio de un comportamiento obsesivo y malsano del protagonista. Otro tema de dos relatos es el enamoramiento de muñecas que, de hecho, condena y convierte también en muñeco al amante, esa perturbación muy propia de las pesadillas de la modernidad.

Todo es en estos relatos muy plano, como si el miedo fuera no tanto algo oscuro, sino claro. Borges empleó la metáfora del color blanco como color de las pesadillas y de su ceguera, en varios textos en los que se ocupó de la gran novela que explota esta falsa belleza, de engañosa claridad que representa el blanco, en el color de la ballena Moby Dick. Hay algo directo, limpio, sencillo en este tipo de terror, una inquietud que emana de la propia “curación”, horror de quirófano y batas blancas. Una inquietud que lo es más, cuanto más clara es (recordemos que el ideal estético tradicional japonés es lo sombrío y la penumbra, la sombra, frente a los escenarios saturados de intensa luz y claridad que gustan a Occidente).

Vemos, por tanto, en una versión japonesa miedos parecidos ante la modernidad, a la que Japón casi se acababa de incorporar, en la era Meiji a partir de 1868.

Esta rebelión contra las claridades de la ciencia y los artefactos, se da en Rampo, al menos en estos relatos, de un modo que consigue transmitir una cierta repugnancia propia también de algunos relatos de Lovecraft, aunque a años luz del extraño efecto que causa este en los lectores. En Rampo hay emociones negativas muy intensas, desbordantes, muy perfiladas y dibujadas con aire de manga o de arte naif. Ese tono pictórico también es muy obvio en sus relatos.

No me han acabado de gustar del todo los relatos, la verdad, pero conocer un producto de la civilización japonesa en su momento de contacto con la Modernidad nos ayuda a ir conociendo otra perspectiva crítica que entronca con una historia diferente que puede desarrollar elementos específicamente japoneses de crítica, lo cual ayuda al esfuerzo filosófico y artístico occidental por destapar estos vagos horrores que pueden reventarnos en la cara en cualquier momento como bombas atómicas. Ya sabemos que en muchos sentidos Japón representa una diferente versión de la civilización, que en su larga, sutil y refinada tradición clásica, se desarrolló antes en la imagen y lo estético que con lo conceptual y filosófico. Lo buscado y conscientemente estético en la naturaleza, con una aproximación impresionista que conecta belleza con instante. Impresionismo que atrajo fuertemente a los pintores impresionistas europeos y que entronca con ese nervio íntimo de la cultura japonesa que arraiga en la belleza de lo efímero y en el carácter efímero de lo eterno en los seres, desarrollando una paradoja con mayor fuerza, creo, y si mi entusiasmo no me ciega, que como se hizo en la cultura europea. La eternidad en una brizna de hierba que nace y muere, eterna justamente por esa obediencia al ciclo de la vida y la muerte, y al tiempo.

No hay cristianismo ni Grecia. Lo que conozco de la literatura que voy leyendo es, sobre todo, un pensamiento imaginativo, estético (con sus consecuencias para la política y el gobierno no siempre buenas). Una voluntad de que lo que verdaderamente importa es hacer bella la vida, llenarla de rituales y normas, como en la ceremonia del té o el teatro Noh, que realzan el momento en que hay que tomar conciencia de la belleza, hacerlo conscientemente bello, buscando una cierta artificialidad ritual en el propio comportamiento para generar ese sentimiento de lo bello que trasciende al ser en cualquier tarea. La compleja ceremonia del te, muy pautada, pretende eso, precisamente, que los presentes tomen conciencia de lo bello de la situación y del instante que comparten. Se hace artificial para despertar el gusto y la admiración por la naturaleza.

Hasta cierto punto comprendo la enérgica contundencia que a principios del siglo XVII, por parte de gobiernos militares (hasta la era Meiji), en prohibir el cristianismo. Porque por mucho que unos miren a otros y aprendan mutuamente, el punto de partida y la esencia de la religión en Japón, presente en su literatura y hasta en el código samurái del honor, el Bushido, está diametralmente opuesto al cristianismo. Dicho con brevedad, el “desencuentro” se llama la trascendencia como un forzamiento del mundo que se da en el propio mundo, es decir, la muy occidental y medio oriental idea de que al mundo debe añadírsele un plus que lo prolongue y tire de él. Que su ser, en la metafísica, sea su fundamento.

Creo, por lo menos en lo que llevo leído en un año, que esta idea atenta profundamente con la visión del universo y la naturaleza basadas en el ser intrascendente, en el estar plenamente en lo que hay, o sea, en el mero juego de vida y muerte que solo al disolverse en el gran mar del universo se salva. Un mundo circular, finito, de ciclos y seres efímeros, de mansas tinieblas y bruma que no son ni significan más de lo que son. El mundo merece aceptación y paciencia, para el budista, por ejemplo, pero para el cristiano existe una poderosa tensión que lo desgaja, que casi lo desmembra, que impide todo reposo. Las imágenes del cristianismo y la Biblia son terribles y desasosegantes. En los primeros cristianos, durante varios siglos, la imagen de la Cruz era tan perturbadora que no la representaban y en el arte paleocristinao el símbolo era un pez. La visión de la cruz, de alguien muerto torturado, era verdaderamente horrible.

Sí se da una conexión con la versión mística cristiana, que es donde, de hecho, mejor coinciden y se encuentran los extremos occidental y oriental de la gran civilización global que ya somos. Pero el cristianismo es más que mística o incluso ha desarrollado versiones de la mística fuertemente dinamizadoras de la historia que aun considerándose inmanentes, siguen teniendo esa potencia de desbordarse, de ser más, de futuro.

La historia tiene otro enfoque en las genealogías chinas, en las compilaciones de dinastías y batallas, medida también por las distintas grandes antologías de la poesía realizadas en cada época. Es una historia circular, vivida toda ella como una gran ilusión en la que lo esencial del hombre no cambia, mientras que el tremendo nervio histórico de la Biblia impide, en el fondo, toda quietud y permanencia. Son textos fuertes y estridentes si se comparan con los textos religiosos japoneses. El cristianismo llena de significados y eleva lo efímero, lo completa, lo salva tal cual en una versión personal de la inmortalidad, en un avance hacia delante que trata de superar a la muerte, mientras que en China y Japón, lo efímero vale en cuanto efímero, en cuanto bruma y sueño que acaban disueltos en el ser, como la gota de agua que cae y se disuelve en el mar. Así, es como si en el oriente tradicional todo movimiento fuera inútil por ser insustancial, tan insustancial como lo es el todo o nirvana o universo que se limita a ser un vago presente al que la temporalidad y existencia de los seres y las cosas solo perturba como el salto de la rana en el viejo estanque.

Roberto Bolaño, "Amuleto", ed. Anagrama RESEÑA


Amuleto, de Bolaño, ed. Anagrama RESEÑA


He terminado de leer la novela "Amuleto" de Roberto Bolaño, ed. Anagrama. Una verdadera obra maestra del Bolaño más alucinante, con pasajes que habría que releer sobre vidas al límite. En ellos, y en toda la novela, aunque dosificado con maestría, se irradia algo más allá de toda inquietud que, aunque la hay, ese leve vértigo de la inquietud, termina en un salvaje incendio, en una orgía de noches y de fuego. Las imágenes, la palabra que calcina, palabra de muerte, de adoración, de vida, de horror, ilumina y consume al lector. Frente a otras obras mucho más extensas, esta, que sí publicó en vida casi en el tiempo que también fue publicada la conocidísima "Los detectives salvajes", llega a unas cotas de ardor y de tiniebla que no le había leído hasta ahora.

Se basa en la historia de Auxilio Lacouture, la mujer poetisa y desdentada que se cubre la boca para hablar, que se considera una suerte de madre de los jóvenes poetas del DF. La entrevemos en una terrible bilocación en la que parece estar atrapada en los días que logró sobrevivir oculta a la toma de la UNAM por las fuerzas armadas, en 1968, pero también en los días anteriores y posteriores que parecen confluir en ese centro. En aquella soledad llena de vacío y de espejos en un baño de la facultad, sigue estando siempre. Todo en la novela remite a esos extraños días para muchos de martirio y para ella de agónica espera.

Parece revivir e incluso ya vivir en una sagrada anticipación todo, su vida, la poesía, la poesía latinoamericana, la poesía latinoamericana de autores desconocidos, jóvenes que viven ardientemente como vivió Bolaño, quien entre otros aparece en su alter ego Arturo Belano. Los jóvenes inmolados en las trifulcas y revoluciones del momento que claman, el continente que clama y en medio de tanto dolor una suerte de llama más allá de la muerte, de la vida y de todo sentido que incendia las vidas de esos jóvenes marginales. Así que aquí tenemos casi más que nunca al Bolaño que se refería al éxtasis que atrae a tantos poetas pero que conlleva el peligro terrorífico de que la propia vida acabe valiendo nada, perdiendo todo su sentido en la muerte jubilosa que viene más allá de los márgenes del mundo, que está en el tiempo, que está en lo más precario y enfermo de la vida, en su peligro y en su inanidad.

Creo que Bolaño, prosista y poeta, de algún modo aspiraba a estas tensiones y supo entender esta aspiración en los demás. En cierta entrevista que anda por youtube lo dice bellamente. No desearía para su hijo, confiesa, esta vida extática que quema, que disuelve cualquier cosa que toque. Una pura y quizás muy gnóstica trascendencia, un mundo mayor que el mundo, unos límites que hay que forzar para ver con exactitud las cosas que en esta forma de acceso, comprensión y visión se nos hacen ceniza en las propias manos. Ver sin mediaciones la naturaleza tremenda y divina de las cosas y del mundo mata. Es el sino del buen poeta rozarse al menos con la sombra de esta asesina desmesura. Pero no es deseable, objetivamente deseable para nadie y menos para un hijo. Hace falta también, admite Bolaño, la lucidez, el momento en que todo el incendio se organiza y transfigura en novela o poema gracias al arte de quien opone a todo este horror y caos su hielo y su roca.


La novelita, considerada obra menor, me ha dejado temblando y exhausto. Una obra formidable y alucinante que llena a uno de un gozo vacío, sin objeto, que araña belleza en el mundo, sobre todo en lo sórdido del mundo, en lo más terrible del mundo. Pocos han podido vivir con esto y encajarlo, vivir como si no lo hubieran visto, traicionar a la sublime epifanía a la que la poesía trata de rendir culto. Esta debe comulgar con el espantoso, fugaz y sobrecogedor rostro secreto del mundo. Llenar con él sus venas. Y Bolaño aceptó ese envite.

martes, 2 de julio de 2019

El humor y el espanto


El humor y el espanto

Marcos Santos Gómez


He finalizado la lectura de otra novela breve de Roberto Bolaño, que son, en realidad, tres novelas aún más breves en el mismo volumen. Se trata de Sepulcros de vaqueros, ed. Anagrama. En unas líneas más abajo ya comentaré algo, pero antes quería resaltar que el día no solo ha sido memorable por haberme metido en el alma otra obra de Bolaño (las pienso leer todas), sino porque he vuelto a ir de librerías y he hallado un magnífico ejemplar de la editorial punky Valdemar serie gótica: un gran tomo impreso con pasta dura y todos los ornamentos que la editorial dedica a estos libros de la colección gótica. Son caros, y ya había optado por comprarme las versiones en pasta blanda y de bolsillo, pero no he podido resistirlo. Tiene una ilustración de portada muy bella, pero lo mejor del libro es, en esta ocasión, su autor. Es alguien que me dio muy buenos ratos de lectura, en un volumen de bolsillo de Alianza que ya leí: Lord Dunsany. Hoy, el que ha llegado a mis manos ha sido Cuentos de un soñador, y otras fantasías. El primero lo leí porque me lo recomendó y vendió uno de mis libreros favoritos. El argumento de peso reposaba en el hecho de que Lord Dunsany era un autor muy leído y valorado por Borges, quien, me aseguró, escribía como escribía muchas veces con bastante influencia del autor anglo-irlandés. Hoy añado una nueva razón: que aquel inicio en su maravillosa literatura, me fue más que grato. Es autor, por poner una etiqueta, de género fantástico, muy imaginativo siempre, con un tono de mito ora leve ora desbordante. Es fantasía pura, imaginación fértil. Y tanto me gustó que hará unos años escribí un cuento que llamé La cofradía inspirado, por no poder resistirme a la inspiración, porque su libro me había poseído, en el estilo de los relatos de Dunsany. Es uno de los cuentos que he publicado en mi Todo arde en secreto. Relatos nerviosos.

Por supuesto, los relatos de Dunsany son joyas a años luz de distancia de mi atrevimiento. También, no ya en mi compra, sino en la lectura que he comenzado, he vuelto a algo que me fue grato. También algo Valdemar, editorial de cuidadas traducciones, de excelentes ediciones, de impecable impresión, y diría que casi lujuriosa en el plantel de sueños delirantes que compone su ya extenso repertorio. Tenía este libro, La conspiración contra la humanidad, el conocido ensayo de Ligotti. Todo lo de Ligotti me había impactado al leerlo. Es un terror más fino que el de Lovecraft, pero con ese tono de vaga náusea que siempre, no sé por qué, me ha transmitido cierta literatura de corte lovecraftiano. Y tan seguro estaba de que en el fondo me gustaba esa náusea productiva, que de nuevo, imité a Ligotti en otro relato que se me fue de las manos y llegó casi al grotesco campo del gore. Sí, es mi cuento titulado El fetiche, una contribución que hice a la ciencia en lo que respecta el conocimiento de los hombres de Neanderthal. Una especie, imaginé, que había desarrollado con mucha mayor habilidad que los sapiens una forma de sabiduría arcana, mágica, que trataba de llegar a todas las épocas, incluso las del esplendor del Sapiens ya tornado única especie homínida en la Tierra. Un mundo de semihumanos que viven en una constante alucinación y con un refinado desarrollo del chamanismo que les revela el horror presente en la materia y en la existencia. Veneran la materia, a la que consideran horrible, o sea, con un centro antes demoníaco y espantoso que bueno o racional. Con un centro de la historia vinculado a Gibraltar, cuyo peñón demuestra albergar realidades más serias que las que tengan que ver con la banderita que pongamos en él.

Pero lo más memorable del libro que leo, La conspiración contra la especie humana, de Ligotti, es que aparece un retrato de este, que yo creía invisible. Trae su foto. Porque en torno a este autor ha habido una especie de leyenda urbana que incluso le atribuía el privilegio de no existir. Nadie lo veía, no es él quien gestiona su universo web, no parece trabajar en nada y vive recluido en su casa y creo que sin atreverse demasiado a salir de ella o viajar mucho. Así que haber visto por fin el rostro de este siniestro escritor ha sido doblemente impactante, pues, por otro lado, el impacto de su fealdad, de su extraño rostro de ser nocturno y atormentado, la auténtica cara de un vampiro, me ha, más que impactado, conmocionado. Es una versión a la Quasimodo del rostro alargado y tendente a la deformidad de su maestro Lovecraft.

Pero, claro, la literatura NADA TIENE QUE VER CON EL AUTOR. Es su libro a donde he preferido finalmente mirar y leer. Promete el comienzo, en el que tilda de inconsecuente a Schopenhauer por no haberse suicidado (en esto no ha afinado demasiado en la comprensión del genio alemán) y trae a colación tres extrañísimos apologistas del suicidio que, de hecho, acabaron practicándolo. Entre uno y otro vienen a deducir que la existencia tiene menos valor que la no existencia e idean un programa dulce de extinción de la especie mediante el compromiso de no tener más de dos hijos. Razonan que es lo más consecuente en relación con la única especie del planeta que disfruta de conciencia. Ligotti utiliza el símil de la marioneta con expresión de vida, pero helada. En definitiva, un muñeco que si cobrara vida, con los ojos, por ejemplo, rodando vivos de un lado a otro como canicas, haciendo lo mismo que nosotros cuando leemos, sería algo verdaderamente horrible. Igual de horrible sería que el mecánico y rígido monigote cobrara conciencia, fe de estar vivo, y de, por tanto, elevarse a un supuesto nivel superior de existencia. Es igual de grotesco en el caso de los seres humanos. Somos un mecanismo, producto de azares y automatismos, con propensión a ser manejados por otros, de reducido espectro vital. Una marioneta con conciencia que por ello adquiere comprensiones y preguntas que la hacen parecer autónoma sin serlo. Pero el efecto, si lo piensan ustedes, es espantoso y sórdido, que es por ello la condición justa para hacer nuestra existencia más abominable. La visión de una marioneta viva, o un muñeco como Pinocho, que Ligotti escoge para representarnos, resulta inquietante.

Ligotti prepara para más adelante su teoría, y va a estar curioso seguir el desarrollo de su ensayo. Recordemos que es uno de los mejores autores de terror del momento, en todo caso sabio artífice de un muñeco genial, que son sus obras. Lo inquietante que revela la imagen de la naturaleza humana como un mecanismo de marioneta que se ha desbordado hasta tener conciencia, lo hila y afina mucho mejor que Lovecraft, con mayor sobriedad en su estilo. Por lo que recuerdo del libro de relatos que le leí (guardo otros tres) esa fue, en efecto, mi opinión.

Y saliendo de monigotes y fetiches, ahora entramos de nuevo en ellos de la mano de otro. No puedo dejar de desarrollar en estas líneas una idea que implica a Bolaño. Diré dos en realidad. La primera es la afinidad que he descubierto que existe en Bolaño poeta y narrador con la prosa alucinada de Pizarnik publicada en Lumen y que voy leyendo. Algunos textos de esta, de su obra en prosa recién publicada, me conectan otra vez con la obra de Bolaño, entre las consideradas menores y sobre todo con Amuleto. Esta novela es pura prosa poética y su estilo es tremendo, entre fuegos, profecías y visiones. Tiene una fuerza tal que sigo enganchando a ella después de dos o tres semanas de haberla leído.

Pero todo este artículo en realidad comenzó con el objeto de referir tan solo que acabo de terminar Sepulcros de vaqueros, donde abunda el humor típico de Bolaño, que habita siempre su escritura. Recuerdo en cierta entrevista de youtube que el presentador le hace notar cuánto humor hay en sus obras. Pero Bolaño, sin cara de haberse convencido demasiado, no le da la razón y dice que en todo caso es un humor negro cuya materia es la amargura. Es humor fino, hilarante, muy bueno, pero desolador, serenamente desolador. Es un humor que aparece estrechamente vinculado a lo que somos los seres humanos, es decir, tristes muñecos dignos de una cierta compasión y lástima. 

Quizás sea mejor callar y traer a colación dos momentos de la novela. En uno, están reunidos Arturo Belano y otros poetas transgresores en algún lugar de la Guayana. Ocurre un eclipse de sol y con toda naturalidad todos usan cristales oscuros, cintas de películas de cine, gafas oscuros. Un ritual que nos recuerdan constantemente los médicos cada vez que llega un eclipse de sol. La gente empieza a bailar, a hacer estupideces, ante el mutismo y la indiferencia de la mayoría. Y cuando todo ha pasado una mujer grita, sin que nadie le haga caso, que se había quedado ciega. Al mismo tiempo, el marido también lo confirma de sí mismo. La hija de ambos los conduce de la mano, lentamente, hasta un hospital. Pero nadie se asombra siquiera.

En otro momento, Belano se asoma a la pasarela de un barco que lo conduce al Chile de Allende, donde se suceden escenas hilarantes. El lado cómico no tapa una tristeza por los hombres, casi una dulce lástima, y también la sensación de que la vida encierra algo trágico. Entonces, comparte unos momentos de reflexión con un jesuita, al que Belano escucha sin decir nada, una disertación sobre la influencia de Marx y Spinoza en las revoluciones latinoamericanas. Sin mediar otra palabra, Belano (Bolaño) le habla sobre su cuento, un cuento de ciencia ficción en que somos invadidos por hormigas que vuelan en navecitas y que salen de una nave madre con el tamaño de un satélite artificial. Unas diez páginas lo relatan. El hombre lo mira enfadado, para irse rápidamente dejándolo solo.

Las situaciones más absurdas se suceden, con un lenguaje escueto, serio, como si se estuviera contando algo de extrema importancia. Es donde se va apreciando la desolación en el humor de Bolaño.

Otro episodio es el de unos jóvenes pertenecientes a un combativo grupo de surrealistas que van a vivir a las alcantarillas de París, por iniciativa de su gurú, que es Breton. Suceden también, contado parca y sobriamente, con tono de seco inventario de hechos, auténticos disparates. Da la sensación también en Bolaño, el de esta novela, de que los seres humanos somos marionetas que nos movemos tropezando con todo.

Es este humor, que en el fondo es tristeza, comprensión de nuestra miseria esencial y de la locura y el disparate que hace a la historia, una de las mejores notas de los textos del chileno. Un humor entre la desesperación y la piedad que pretende salvar a los hombres, en medio de un pesimismo que veta de antemano toda esperanza.