jueves, 29 de agosto de 2019

Emily Dickinson, poemas.



He terminado de leer esta antología de cien poemas de Emily Dickinson. Es una edición bilingüe que me ha permitido valorar las traducciones y atender a la extraordinaria musicalidad de estas miniaturas preciosas que son sus poemas. Guardo además una antología en Cátedra, otra de poemas a la muerte en Vaso Roto y su obra completa bilingüe en Visor. Los poemas son como hermosas joyas llenas de concisión, frescas, con un poco de humor e ironía, muy melódicas, con un encanto sencillo y puro y un bello halo de misterio y veneración por el ser y la naturaleza. Podían ser muchos, pero destaco el siguiente poema, primero en inglés y debajo la traducción en la antología con algunos arreglos por mi parte.

I'm Nobody; Who are you?
Are you ---- Nobody--- Too?
Then there's a pair of us?
Don't tell! They'd advertise ---you know!

How dreary --- to be --- Somebody!
How public --- like a frog ---
To tell one`s name --- the livelong June ---
To an admiring Bog!



Yo soy Nadie! Quién eres tú?
Eres tú --- Nadie --- también?
Somos ya, pues, un par?
No lo digas! Lo anunciarían - sabes?

Qué lúgubre --- ser --- Alguien!
Qué público --- como una Rana---
Decir el propio nombre --- todo el santo Junio ---
a un Charco embelesado!

lunes, 26 de agosto de 2019

"Noventa y nueve poemas" de José Ángel Valente



He finalizado la lectura de esta antología de poemas de José Ángel Valente, editada por Alianza libro de bolsillo. De los muchos poemas, en este momento destaco dos fragmentos:

De "Siete representaciones" (1966), una cierta y terrible reflexión poética sobre la envidia:

I

"En el vacío del amor,
en un tiempo lunar, lívido y frío,
nace la envidia

(...)

"Como animal de lenta procedencia,
como ceniza o sierpe y humo pálido,
amarilla y opaca, fiel reflejo
de lo arriba radiante,
nace la envidia.

(...)

Nace como la noche
de inagotable ausencia,
de muros arañados,
de vacíos espacios,
perpetua y giratoria,
sobre el rastro lunar del que más ama"

De "De la memoria y los signos" (1960-1965):

No inútilmente

"(...)
Haber llevado el fuego un solo instante
razón nos da de la esperanza.
Pues más allá de nuestro sueño
las palabras, que no nos pertenecen,
se asocian como nubes
que un día el viento precipita
sobre la tierra,
para cambiar, no inútilmente, el mundo"


domingo, 25 de agosto de 2019

Relectura de "Julio César" y "Hamlet" en William shakespeare, Tragedias (Vol. I del teatro completo). Edición de Ángel Luis Pujante, Espasa Calpe, Madrid, 2015.





He releído las tragedias "Julio César" y "Hamlet", de William Shakespeare, ambas recogidas en el primer tomo de su teatro completo (en tres volúmenes), dedicado a las tragedias. Se trata de la edición preparada por Ángel Luis Pujante, para Espasa Calpe. Sus traducciones ya aparecían en la conocida colección Austral de esta editorial. El tomo que tengo está impecablemente encuadernado, en tapas duras, con excelente papel y tinta. Pujante es un reconocido especialista en Shakespeare. Guardo las demás tragedias para releerlas con la atención que merecen y, si veo el momento, espero leer "La tempestad" (que estaría en el tomo dedicado a los dramas históricos), pero, como la tengo en la edición de Cátedra profusamente anotada, pues ahí será.

viernes, 23 de agosto de 2019

El personaje vacío


El personaje vacío.

Marcos Santos Gómez


Hay una diferencia notoria entre la gran novela del siglo XIX y la novela en el XX. En medio, parece haberse formado una grieta que determina de manera irreversible nuestro actual destino literario. Esto lo he sentido estos días con fuerza al comparar la lectura de Rayuela, de Julio Cortázar, con la de Los miserables de Víctor Hugo, en la que todavía ando metido. Es este contraste y las reflexiones que me ha suscitado, el que me motiva para aclarar este aspecto en las siguientes y breves líneas.

Carlos Fuentes incide en esta cuestión, en su excelente texto sobre Rayuela publicado en la edición conmemorativa de esta novela que ha llevado a cabo la Real Academia Española con Alfaguara y otras “Reales” Academias. Indica con el ejemplo de algunos casos geniales, cómo los personajes, en especial protagonistas, de la tradición realista de la gran novela decimonónica, son elaborados con una ingente precisión pormenorizada, hasta describirlos de manera muy rica y exhaustiva. Por eso, de aquel siglo nos llegan tipos ejemplares que nos hacen creer que son personas tan complejas como cualquiera de nosotros, pero que no dejan de ser, en verdad, arquetípicos. Es decir, como ya tanto se dice, el realismo en literatura es solamente un estilo que no corresponde, como ningún otro estilo o perspectiva literaria, con la realidad. Ya es bien sabido para nosotros que una cosa es la realidad (acaso el constructo que llamamos “realidad”) y otra el realismo literario, que finge ser algo imposible, es decir, la realidad o, mejor dicho, referirse directamente a ella como lo haría una fotografía. La verdad es que el mundo es un caos inasible al que la literatura postula uno o varios órdenes, a lo sumo.

Se ha derrumbado, pues, la ilusión realista en el siglo XX. Se descubre que aquellas ideas e ideales que motivaban y caracterizaban el realismo y, en particular, sus grandes personajes, eran una pura nada o, dicho con menos solemnidad, eran un puro error. Todo ello ha fracasado ostensiblemente en un siglo, el XX, que ha aprendido con sangre que el progreso es una ideología que, como todas las ideologías, reposa sobre un abismo. Y sobre una nada reposaban esas inmensas tramas del siglo XIX que se trazaron en la prejuiciosa ilusión de que decían algo sobre el mundo. Antes bien, fingían el mundo. No quiere esto decir que no leamos, por supuesto, las grandes novelas realistas, sino que quizás haya que hacerlo con el espíritu lúdico e hiperescéptico de nuestro tiempo. Significan un intento, un conato más del hombre para aprehenderse, solo que eran, sabemos, porque acaso lo es el hombre, una bella ilusión, una fantasmagoría.

Desde luego que con esta perspectiva, la novela ya se tornó algo bien diferente. De este giro que lo es de los personajes hacia su propio vacío, los viejos caracteres tan bella y pormenorizadamente elaborados en las producciones realistas, ha provocado un nuevo enfoque del estilo, los argumentos o las voces. El paradigma es, claro está, quien casi diríase que funda el siglo XX en la literatura: Franz Kafka. Este elabora personajes que no son nadie o, si hacemos caso de las iniciales que los nombra, (Joseph K. o sencillamente K.) apuntan a un mero conato de ser, a una no lograda ni nombrada identidad. Así, el anterior narcisismo del sujeto de la gran novela se ha volatilizado para mostrar lo que era, una mera construcción del novelista y, para colmo de los colmos, de la sociología, la psicología, la historia, la física, la medicina, la química… O sea, una ilusión que trataba de desmenuzar lo que somos, para pronto ser desmenuzada ella misma por la ciencia.

De este modo, el siglo XX ha representado en la literatura el desguace de la tradición, como muestra y explica el magnífico “taller literario” de Javier Aparicio, es decir, su volumen titulado precisamente El desguace de la tradición. En el taller de la narrativa del siglo XX, Cátedra, Madrid, 2018. Comienza con absoluto acierto con el modo de desguace que lleva a cabo Kafka, a partir del irreverente análisis de La metamorfosis. El genio de Kafka está, señala, en su mezcla de lo fantástico con la percepción realista del protagonista convertido en insecto y su familia, que actúan con una espantosa naturalidad conviviendo con un horror que parece provenir del mismísimo infierno; todo ante sus propias narices o incluso entremezclado con sus vidas, que siguen como si nada. El realismo manifiesta en Kafka su intrínseco carácter absurdo, su no correspondencia con la realidad. Uno adivina aquí el títere o el autómata que aúna precisamente ambos aspectos de lo cotidiano y naturalista con lo irreal, artificioso y horrible. El personaje que parece cobrar vida, solo la tiene de prestado. No va más allá del robot, en el sentido de que son invenciones que se nos parecen, pero que cuanto más se parecen a nosotros más nos perturban (nos mostraba esto Asimov en su Yo, robot, hace un mes).

Se produce un cierto asco que tiñe todo el cuento de Kafka. Hay mucho o todo de ficticio y artificial, de mecánico y moribundo, en lo que consideramos con la mayor naturalidad como la realidad, bien sea la de una novela o, ¡horror!, la nuestra. Así Kafka, señala Aparicio, termina con la ilusión realista a la que obedece solo para mostrar su lado horrible y falso, o, sencillamente, su insuficiencia.

Aparicio, ya que lo hemos traído a colación en su magnífica obra de crítica literaria que ha devenido en taller literario, continúa con el Ulises de Joyce, donde adquiere plena conciencia el conflicto entre el arte y la realidad, nótese bien: conflicto, no mansa relación de referencialidad. Uno puede, por supuesto, leer y dejarse engañar por tramas realistas que le ayuden a “entender” o mejor dicho, ordenarse, pintarse, pero jamás debe llevar su engaño al extremo de creer que a todo eso corresponde un orden verdadero.

Hoy somos hijos de una gran decepción y fruto de todas las deconstrucciones (más allá incluso de la labor erosiva de las ciencias que he nombrado, a un nivel que las torna también a ellas una suerte de artificios). Que a esto el autor le sume sus matices (por ejemplo, la nostalgia y la pena por la carencia, pero también la pura alegría y lúdica “superficialidad” de Rayuela de Cortázar) es otra cuestión.

Pero ¿qué ocurre cuando el personaje es un mero vacío? Tenemos una respuesta, irónicamente, en la literatura más universal que existe, la de los cuentos maravillosos e infantiles o los mitos, que son el paradigma de una literatura no molesta con ser arquetípica, de seres encorsetados que responden mecánicamente en argumentos que acaso no sean ya demasiados, igual que en los análisis de Propp de los cuentos de hadas. Tenemos también el arte de alguien que vio todo esto con enorme agudeza y lucidez: el gran Chesterton. Decía, como comentamos por este blog hace algo más de un año, que la literatura para ser "realista" de veras, tiene que ser ostensiblemente arquetípica y nada realista. La literatura siempre añade a la realidad sus maravillosos fantasmas, autómatas o títeres sin titiritero.

¿Puede entonces decirse algo, algo coherente, un orden, desde este no lugar y vacío del sujeto en la narrativa? Bien, imaginemos una persona real que se postule nadie, que crea (y por tanto lo sea) que es una pura nada y un vacío en el centro de todo, de todo lo que ve, lo que juzga, lo que siente. Esta persona obraría mediante una mágica mímesis por la que rellenaría el hueco que ella es con la asunción de lo que ve. Se acoplaría, sería una gran imitadora de eso que sea el mundo, los demás, la realidad. Su aspiración sería asumir todas las tradiciones o todo lo posible para llenarse. Una suerte de condena, si recordamos las tramas de los personajes de Kafka impotentes y desconcertados. Se ven envueltos por algo con mayor realidad que ellos mismos, por un ser que no son ellos. Habría un esquizoide desdoblamiento en ellos que disimularían siendo todo lo que no son o siendo lo que tienen en ese momento ante sus ojos. Esto, que parece y es en gran medida terrible, acaso para Kafka, manifiesta una cara B que recogería toda la experimentación y carácter lúdico de las vanguardias y la cacareada “posmodernidad”, un término ambiguo y generalizador como pocos, o sea, indigno de ser empleado.

El hombre, el personaje, se llena de cosas, se camufla en sus ficciones o habita, mejor dicho, en ellas. Todo resuena más fuerte que sí mismo, todo vale más y manifiesta una mayor entidad ontológica. En este caso, señala Carlos Fuentes, tenemos al personaje Horacio Oliveira de la novela Rayuela. Se vislumbra en él un vacío íntimo, una falta de centro e identidad, que lo hace preferir, dice Fuentes, la locura a la terrible visión de su propio vacío. Como el lector ya imaginará, se trata de uno de los grandes temas de la literatura y la cultura del siglo XX.


Referencias bibliográficas:

Javier Aparicio, El desguace de la tradición. En el taller de la narrativa del siglo XX. Cátedra, Madrid, 2018 (edición ampliada y revisada).

Carlos Fuentes, "Julio Cortázar y la sonrisa de Erasmo", en Julio Cortázar, Rayuela. Edición conmemorativa, Real Academia Española-Asociación de Academias de la Lengua Española. Barcelona, 2019 (primera edición original 1963)

martes, 13 de agosto de 2019

A partir de la dispersión




A partir de la dispersión

Marcos Santos Gómez


Ando picando lecturas sobre historia de la literatura y crítica literaria con la intención de aumentar el disfrute de las obras que leo. Cada libro leído incide en los otros, los que se leerán después y los que se leyeron antes, por lo que aunque parece preferible leer menos y leer mejor, hay que señalar que también es necesario leer mucho. Mucho. Nada pesa ni sobra. Y si hemos de dar un consejo desde estas edades que cumplimos es el de la lectura hedónica, que decía Borges, que no es sino leer por el más puro y desinteresado placer. No se lee para llenar nada ni satisfacer vacíos, ni para exorcizar demonios o hacerse un especialista, sino por el más obsceno de los placeres. Y eso es todo. De manera que con esta idea me hice hace poco con Breve historia de la literatura española, de Carlos Alvar, José Carlos Mainer y Rosa Navarro, edición actualizada de 2019 en Alianza, colección Libro de bolsillo. No porque sea filólogo o historiador, que no lo soy, sino por ese principio del placer que estamos mencionando y que por cierto es lo mejor que podemos dejarle a nuestros alumnos, lo que de otro modo llaman algunos “amor por la lectura”.

Claro que hay dos formas de leer, decía Piglia. La que se lleva a cabo en un sótano sin ventanas a la luz de una bombilla de las de antes, cubierta de telarañas, al cual se accedería por tortuosos pasillos. Le dejan a uno la comida en la puerta de esos subsuelos y por lo demás, con una pequeña estufa, se adentra profundamente en el único libro que esté leyendo como si se tratara de un texto sagrado. A fondo y con absoluta concentración. Así leía Kafka, dice Piglia, que era un lector de esta especie de lectores contemplativos y ascéticos. Mientras que el otro modo de leer, desvergonzado, es el que nos enseñó Borges, el que consiste en ubicarse en el todo de una biblioteca, en el centro del abrazo de los libros, sumergido entre ellos. Este lector pecaría de dispersión, de no realizar sino lecturas fragmentarias, de abusar de las enciclopedias, mapas y diccionarios, de literatura secundaria con frecuencia, leídos todos como se deja arrullar uno por una suave tarde frente al mar o, con humor, podríamos matizar que metido en el feliz ahogo de una pecera.

De manera dispersa, a la Borges, pico este tipo de libros secundarios de crítica e historia literaria; antes fragmentos y capítulos que obras completas. De ellos acabo de terminar la parte dedicada al siglo XX hasta 2010, lo que me ha sido grato, porque si no me llega a resultar grato lo dejo, por supuesto. Me ha interesado leer esta zona de la historia en la que estamos. He sentido que necesitaba un resumen que aclarase las líneas fundamentales de lo que en cierta medida sabía. Sus comentarios son buenos, aunque parcos, y alcanzan no solo valores objetivos sino que retratan un gusto personal que el autor del capítulo, como hacemos todos, va condensando en algún que otro juicio de valor subjetivo. Sobre todo, junto con las grandes generaciones, ya considerados clásicos, del 98 y del 27, me ha interesado la literatura a partir del versolibrismo de los 50 en poesía donde he prestado mayor atención. Con acierto resalta por ejemplo el elevadísimo dominio formal, la perfección de la atormentada primera poesía de Blas de Otero, que me encanta. Sus sonetos más conocidos de tipo desarraigado, torrentosos y perfectos. También incide en el enorme perfeccionismo de la escasa, por eso mismo, producción de Gil de Biedma, que despista por su lenguaje sencillo, muy natural. Pero no, él pensaba a fondo y revisaba hasta la saciedad lo que decidió publicar, nunca a la ligera. De hecho, este año he leído su prosa completa titulada Bajo palabra, de una gran lucidez (no el Diario, que todavía tenemos por leer) y varias veces los poemas de su antología en Alianza. Tengo su obra poética completa en Lumen. Ha sido el más grato descubrimiento literario de los últimos meses.

Con él, otros grandes que adoro. Un poco más sofisticado, Ángel González, más formal, de impresionantes y también cuidadísimos poemas, que tengo en varias ediciones. De hecho, ahora que nombro lo de las ediciones y obras, voy a esforzarme en leer obras, títulos completos, porque el poeta se expresa realmente, dice lo que quiere decir, en sus libros, por lo que si el gusto y el goce me lo autorizan, leeré libros completos de poesía y sobre todo los releeré y releeré. Ahora estoy con otro grande, José Ángel Valente y picando de Emily Dickinson y Neruda.

Pasa este capítulo de la historia literaria por otros muchos autores, muy buenos, y no solo poetas, claro, sino prosistas de novelas y relatos. Todo el panorama de lo que leído en muchos años queda desplegado ante uno, como un abanico, que puede contemplarlo mitad ahíto, mitad insaciable.

De lo demás en este capítulo último que comento, solo quiero quedarme para estas letras con las dos últimas páginas que describen una suerte de bicefalia actual en la literatura española (y mundial) en su vertiente mínima, por un lado, que tiende a la composición y lectura de piezas brevísimas (aforismos, microrelatos) u obras larguísimas (sagas fantásticas, desmesuradas novelas históricas). Esta contraposición se da también en otro sentido: como una vuelta a formas tradicionales para el consumo masivo y la que mantiene viva una tradición de innovaciones e incluso reflexión o expresión vanguardista (en definitiva la dicotomía entre una literatura de masas y la gran o alta literatura, lo mismo que pasa desde inicios del siglo XIX, nada nuevo por tanto). Sí resulta interesante que en cualquiera de las “modalidades” se está respondiendo al siglo, a los tiempos recientes de la irrupción de estos dos modos de lectura.

En la poesía pasó algo parecido en los ochenta, señala el autor, pero buscado por cierto interés de escuela, que fue la bipolaridad entre la llamada poesía de la experiencia por un lado, más emocional, más directa, de lenguaje sosegado y sencillo y las formas más vanguardistas del refinamiento formal e incluso de la metaliteratura. En cualquier caso, de ambas aprendemos.

Y por supuesto, Internet, que ha producido fenómenos insólitos; algo abrumador, que nos arrastra y en lo que estamos todos metidos, como este mismo blog y su autor, está claro. Por un lado hay una escritura y lectura de tono muy público, rápida, de textos breves, dispersos, algunos leídos y olvidados, de cierto aire consumista (¿un modo borgiano de lectura, no ya en cuanto a la profundidad, sino en cuento al modo de leer?); y otro tipo de lectura más reposada, lenta, íntima, efectuada en los ámbitos interiores y serenos, en soledad y concentración kafkianas, como diría Piglia. Es la paradoja  que hoy tenemos gracias a la tecnología. Esta segunda tendencia es la que se despliega en la moda de los diarios íntimos, las memorias, los libros de viajes, las biografías y autobiografías (género que aumenta a lo largo del siglo XX hasta hoy).  Aquí la idea es detenerse a leer, frente al modo apresurado y disperso fabricado en gran medida por Internet. Dos formas que coexisten y también dos formas de escritura. No digo con esto, ni dice el autor, que internet haya desvirtuado nada, sino que al contrario ha desplegado un mayor abanico de posibilidades de lectura y de escritura. Todo significa nuevos matices, nuevos goces.

Por cierto, no se tenga en cuenta ni muy en serio el abuso tanto de Kafka como de Borges que hemos hecho… de sus nombres y de sus estilos de lectura. Podrían intercambiarse sin problemas y podrían abrumarnos sus infinitos matices como una inundación. Kafka, Borges; Borges, Kafka.


Referencia bibliográfica:

Alvar, C., Mainer, J. C. y Navarro, R. Breve historia de la literatura española. Edición actualizada. Alianza, Madrid, 2019.




lunes, 12 de agosto de 2019

Rayuela de Julio Cortázar, relectura y reseña.





Rayuela de Julio Cortázar, relectura y reseña

Marcos Santos Gómez

He finalizado la relectura de Rayuela, de Julio Cortázar, en la reciente edición conmemorativa de la RAE y Alfaguara. He optado por otro modo de lectura de los dos sugeridos por Cortázar (en realidad hay muchos más posibles) distinto del que empleé en mi primera lectura hace muchos años. Si la primera vez llevé a cabo la que sin duda es la mejor opción, la que salta de un capítulo a otro siguiendo un orden aleatorio y pasando además por los denominados por el autor “capítulos prescindibles”, ahora he leído seguidos los primeros cincuenta y seis capítulos que supone la forma más convencional de lectura. He echado en falta algunos pasajes (¿paisajes?) interesantísimos y el papel de Morelli que apenas tiene presencia en la lectura seguida. No obstante, la novela, se lea como se lea, sigue eso que he denominado “orden aleatorio” o “caos ordenado” que para Cortázar evoca la imagen del juego de la rayuela. Se lee mejor a saltos, transgrediendo el orden cronológico y enriqueciendo la que sin duda supone la lectura más pobre, la que yo he acometido en esta relectura, es decir, la serie cronológica.

La esencia de la novela, su forma y su mensaje, es el de una pintura un tanto impresionista, sin omnisciencias ni voces o narradores al estilo tradicional, sin profundas prospecciones en el interior de los personajes que se definen sobre todo no ya por lo que hacen, que apenas hacen nada, sino, a lo sumo, por lo que hablan unos con otros. Rayuela es como una escritura sin demasiadas comas, rápida, intensa a ratos, que se desarrolla de muchas maneras, que se propone como perspectiva acerca de cómo es el mundo y cómo acontecen las relaciones humanas, que se basan en momentos interesantes, momentos significativos que solo significan a sí mismos pero también a la vida entera, al oficio de dejar pasar la vida. La vida, lo que resulta, es la aposición de esos momentos. También podríamos señalar una voluntad de superficie, de no necesitar postular profundidades para gozar del mar. 

A Cortázar le interesan esas acciones y diálogos que van desde hechos más o menos baladíes a sesiones de charlas eruditas de jóvenes intelectuales (algo cargantes) en el París de principio de los sesenta o finales de los cincuenta. Pero todo queda al nivel de una pose, de un modo de estar, por el que se pasa por los libros como por la vida, o sea, como uno puede y creyendo, entre lo ridículo y lo heroico, el propio papel que uno juega en el juego. La novela pinta el paisaje de un extravío amoroso y la convivencia de jóvenes latinoamericanos o europeos en París. París y Buenos Aires como dos formas de locura, de la locura del protagonista.

El núcleo de la novela acaso sea esa relación entre la Maga y Horacio que sucede en la primera parte, en París, y que después pesa, se siente como ausencia pero reaparece estrepitosamente al final de esta segunda parte “del lado de acá” (Buenos Aires). Es tópico afirmar la relación evidente que el estilo de Cortázar tiene con el jazz. Según le he escuchado en una reciente conferencia en youtube, a Vargas Llosa, el autor argentino la escribió de manera casi totalmente improvisada, sin un plan previo, sentándose a la máquina de escribir sin saber qué iba a escribir. Esto, que casi ningún novelista es capaz de hacer, contribuyó, desde que fuera engendrada, al tono improvisado, de suaves variaciones sobre un tema en el que se insiste sin que lo parezca y que finge constituir una trama que no es trama. Por eso, la novela es excelente para que quien trate de ser escritor o novelista sepa las posibilidades de la forma en la escritura, de la estructura de una historia (incluida la estructura que se improvisa y se cumple en el momento de la lectura, con el modo de lectura). Como también tanto, y de manera igualmente tópica, se dice, a partir de la expresión atribuida a Mc Luhan, que el medio es el mensaje.

Lo mejor es cómo Rayuela muestra la vida como juego, entreverada de locura y espantos, pero digna también de sátira y broma. La refrescante y suavemente alocada novela de Cortázar nos lo enseña.

domingo, 4 de agosto de 2019

"Yo, robot", de Isaac Asimov RESEÑA




Isaac Asimov, “Yo, robot”, ed. Edhasa (ed. Original 1950) RESEÑA

Marcos Santos Gómez


He terminado de leer Yo, robot de Isaac Asimov, ed. Edhasa, publicada originalmente en 1950. Un clásico de la ciencia ficción que, como toda la buena ciencia ficción, imagina y piensa el alcance de los elementos tecnológicos y sociales que ya existen y que de hecho hoy mismo ya hacen realidad lo predicho o imaginado. Estas novelas o relatos son en realidad prospecciones sociales y utópicas a partir del presente, de lo que hoy incipiente o soterradamente está ocurriendo. Así pues, lo predicho por Asimov, casi en su totalidad, existe hoy. La ciencia ficción toma en cuenta la tecnología y la ciencia en su nivel actual para pensar especulativamente e imaginar un futuro dentro de las posibilidades de futuro que se plantean en el momento de escribir la novela y en el uso de las distintas tecnologías. Es un género desarrollado en el siglo XX, aunque sus inventores pertenecieran a la segunda mitad y finales del siglo XIX. Representa un ejercicio artístico que no es nuevo realmente, salvo en que el elemento de mayor perturbación, el combustible para pensar, lo da la moderna tecnología vinculada a la computación y la inteligencia artificial. De esto sigue el asombro y el temor por que las máquinas alguna vez sustituyan al hombre o quede clara la superioridad de las mismas en la medida que soslayen nuestros defectos.

Asimov desarrolla en su novela una historia de la inteligencia artificial que se vincula con distintos tipos de robots que van unos sustituyendo y superando a los anteriores. Desde primera hora, en esta avanzada sociedad que él imagina situada a lo largo de todo el siglo XXI, se mezcla recelo y satisfacción por el invento. La peculiaridad es, según van mostrando los hechos de la novela, que un robot se haría a partir de una suerte de código ético que garantizaría su bondad, algo que en el anticuado ser humano no está en absoluto garantizado. Son, o acaban siendo, como personas buenas, lo que físicamente se determina en una suerte de pistas en sus cerebros positrónicos. Se fabrican obedientes a unas leyes de la robótica, proclamadas por la influyente corporación que los fabrica, y que son las que Asimov enuncia al principio de la novela y cuya ejecución será lo que va a ir dando juego al argumento y lo que finalmente marcará hasta extremos y matices no controlados por sus fabricantes, sus decisiones. A partir de aquí, cuanto más evolucionan las máquinas, o, mejor dicho, el cerebro positrónico, los robots (Asimov incluye el ordenador en su concepción de robot) van adquiriendo propiedades desde los originales mudos hasta las complejas máquinas que ya han llegado a sustituir, por decisión propia y secreta, el buen destino de la humanidad que ha comenzado las colonizaciones interplanetarias.

Hoy día, leyendo la novela, recuerdo conversaciones sobre esa especie de inteligencias o memorias que ya existen para gobernar una casa, potencialmente, como Alexia de Amazon. Viéndola funcionar, con asombro, descubrí hecho realidad el robot que tanto hemos esperado, o la inteligencia artificial, capaz de sentir (o simular) emociones, sesgos personales, de pensar, recordar y calcular, por supuesto, y hasta de generar una personalidad. No salgo de mi asombro al saberme ya en cierta medida en el mundo predicho por Asimov. Aunque lo que él plantea es aún más: el hecho de que los robots son mejores que nosotros, porque piensan y deciden todo desde un sesgo hacia el bien general de los seres humanos, los cuales son incapaces de ser fieles al mismo. La máquina supera al creador. Esto es la última consecuencia de aquel pequeño código ético inserto en el ADN de las máquinas. Son mejores que nosotros y nos gobiernan mejor.

Esto puede ser tomado de dos maneras. Una amenaza a la libertad de la especie o una ayuda para vivir del mejor modo posible sin fallos (y en un mundo capitalista, además), sin los sesgos inmorales del hombre, sus deseos egoístas, sus odios, sus violencias… El personaje que resulta un testigo en directo de este proceso de unos cien años de duración es, curiosamente, una psicóloga. De hecho ella, junto con un matemático, trabaja para la corporación que fabrica los robots (por tanto con más poder que el mismísimo gobierno). Esto quiere decir que para Asimov, o para su novela, el primer problema que plantea la robótica es el de las reacciones de los robots para la acción (¡producto de silogismos y de la resolución lógica en última instancia de dilemas de conducta sobre qué hacer en medio de la necesidad cada vez mayor de aplicar el código de las tres leyes de la robótica!). Y, claro, por esta misma razón, el trabajo de la psicóloga se apoya en el avanzado conocimiento de la resolución matemática de problemas que aporta otro analista, un matemático. Hay en todo momento una consecuencia moral positiva, según el escritor, en la aplicación de una razón estratégica y cuantificadora. El mero cálculo en realidad, que ya es anticipado por un primitivo modelo de robot que nace... cartesiano. Los robots son, en el fondo, racionalistas.

De este modo se genera una ética limpia, libre pero determinada a hacer lo que sea mejor para los seres humanos. Los gobernantes, una vez resuelto el desconcierto y el comportamiento loco, irregular, de los primeros tipos de robots, que se basaba en cómo había que interpretar y aplicar las tres leyes de la robótica, no hacen más que delegar en las máquinas. Estas ya se fabrican con la suficiente experiencia para resolver estos incipientes dilemas y llegar a gobernar la economía mejor que cualquier ser humano. Y mejor porque aprenden, por ejemplo, a mentir para hacer el bien, entre otras decisiones polémicas para resolver sus dilemas lógico-morales. El cerebro positrónico es capaz de anticipar las conductas humanas e incluso de “leer” el cerebro de sus interlocutores, con lo que toman el dominio de la sociedad, pero a costa de guardar secretos y engañar bondadosamente a los hombres.

Este tinglado psicológico-lógico-moral será, por fin, lo que elimine del hombre sus peores sesgos y logre, por tanto, gobernar como lo harían los filósofos de la República de Platón. Una utopía planteada por Asimov de un modo un tanto naif, pero con efectividad literaria, es decir, con el ingrediente necesario para ponernos a pensar este asunto. Me ha parecido, en este sentido, una lectura ideal para los jóvenes de los institutos de enseñanza secundaria y bachillerato. Por esto mismo, por su limpieza expositiva (a costa de hacer reducciones de los problemas y de sobrevalorar el alcance y universalidad del cálculo), muestra una posibilidad que, como he dicho, ya hemos visto casi totalmente realizada. 

Es un libro que se lee bien, para el verano, y que nos ha generado ganas de seguir leyendo novelas del autor, para imaginar con él o contra él.