domingo, 29 de septiembre de 2019

Artículo "La tragedia en el curso de la paideia en la Atenas clásica", publicado en "Utopía y praxis".

¡Seguimos compartiendo alegrías! Acaba de salir publicado mi artículo "La tragedia en el curso de la paideia en la Atenas clásica", en la revista Utopía y Praxis, indexada en Scopus, Q2. Doy las gracias a mi querido colega Marc Pallarès Piquer que me invitó para formar parte de este monográfico que él ha coordinado. Pongo el link a continuación:


"La tragedia en el curso de la paideia en la Atenas clásica"

martes, 24 de septiembre de 2019

Lectura de: Ango Sakaguchi, En el bosque, bajo los cerezos en flor, Satori, Gijón, 2013.


Lectura de: Ango Sakaguchi, En el bosque, bajo los cerezos en flor, Satori, Gijón, 2013.

Marcos Santos Gómez



Como si fueran suaves y pálidas piedrecillas pulidas que uno se encontrara por el camino en la ribera de un arroyo que bajara de las nieves, cuando me topo con una traducción de la editorial Satori, especializada en textos y cultura de Japón, me hago rápidamente con ella. Son esas obritas que van aumentando en mi biblioteca en la sección de Oriente, que conviven y coexisten con las grandes creaciones literarias de la poesía y la prosa clásica, pero que añaden un gusto ya muy moderno y japonés, o, mejor dicho, un gusto al Japón moderno, a la versión y exégesis de la modernidad que este país ofrece en su literatura más contemporánea. No se trata tampoco de autores actuales, de los que apenas he leído a Murakami y muy poco más, sino de escritores de entresiglos, creadores en la crisis de la posguerra y, en general, como mucho, los fallecidos en la segunda mitad del siglo XX.

Hoy le ha tocado a alguien que apenas hace veinticuatro horas era para mí completamente desconocido. Se trata de Ango Sakaguchi y del libro compuesto de tres relatos titulado como el primero de ellos: En el bosque, bajo los cerezos en flor. Me ha recordado ese amor por lo grotesco tan presente en Rampo, como ya vimos otro día, y que parece acompañar al terror japonés, quizás como moderna continuación de las abundantes historias tradicionales de espectros que asumen tanto formas humanas como de animales o de extravagancias inclasificables.

Me han encantado los tres relatos que giran en torno a algo que es lo que quería comentar. Esto se hace muy patente, sobre todo, en el primer cuento, titulado como el libro. En él se habla de un precioso bosque abandonado y solitario con fama de concentrar algo amenazador y peligroso que el protagonista capta en pleno estallido de la floración del cerezo. Se trata de un bosque de cerezos japoneses que, como es sabido, no son los nuestros ni dan fruto comestible. Son árboles más grandes, con abundantes ramas delgadas y altos que durante tres semanas desde finales de marzo se cubren, literalmente, de una espuma de leves y delicadas florecillas de pétalos rosas o blanquísimos. La sensación que despierta esta espectacular floración en el paisaje del archipiélago es la de una desproporcionada explosión de belleza, de algo extático que abruma de puro esplendor estético en el paisaje, en los parques, en las montañas y valles, bellísimos ya de por sí, del gran país oriental. Uno puede verse envuelto en miles de florecillas tersas que no llegan siquiera a marchitarse, sino que caen incólumes en una lenta lluvia que los haijin comparan con frecuencia con una tranquila nevada, que no cesa en días y va alfombrando el suelo con pétalos y florecillas que aun en el suelo permanecen sin marchitarse, frescos y tersos, pero en muy pocos días del año. La sensación debe de ser abrumadora, de una abrumadora belleza que embarga y traspone, pero que en el caso de que se tratase de un lugar solitario y salvaje, como el del cuento, además cause un cierto estupor a quien lo mira.

Imagínese ahora el sakura (floración del cerezo) en este lugar apartado, en medio de la naturaleza salvaje, en uno de los abundantes recovecos y rincones agrestes que ofrece la orografía japonesa. Una excesiva belleza para nadie, floreciendo con tal exuberancia, una desmesura de la naturaleza capaz de extasiar a quien la mira pero sin nadie que la mire, ocurriendo a solas, con la única misión de ser hasta que las brisas acaricien a las flores y las vayan depositando en el suelo. Brisas envolventes, silencio absoluto y un auténtico estallido níveo en tiempo templado. Todo ello sin testigos. El efecto de esto, de hallar esto es, si se piensa, inquietante. Si uno se viera allí solo, apartado en medio de aquello… Pues bien, es de esta inquietud emanada de algo tan bello de donde Sakaguchi toma su material para narrar lo terrible de la belleza.

Alguien asalta a una pareja. La mujer se salva. Es bellísima. En la prosa de Sakaguchi se palpa la belleza extraordinaria en ese rostro femenino, en el ropaje finamente elaborado, en las manos y pies, en el terso cuello y nuca. Se dice con la fluida expresión ambigua y sutil propia de la lengua japonesa, como si apenas se rozara lo sublime, pero bastara ese roce para que la belleza nos embargue.

El ladrón secuestra a la mujer y la hace su esposa. Desde el primer momento es esclavo de su belleza y la cuida con devoción. Uno la imagina, en las descripciones, como uno de los cerezos en flor del lugar donde fue hallada, lleno de flores, brisas y espíritus silenciosos. 

A partir de aquí, en el relato aparece algo grotesco y es la furiosa afición de esta mujer por coleccionar las cabezas que obliga a su raptor y marido a decapitar. Se trata de una explosiva combinación de crimen y de belleza fatales más allá de lo humano. Sakaguchi describe y narra lo que ella hace con las cabezas, sus trances y éxtasis, poniéndolas a besarse, a pelear, a hacer el amor, viéndolas pudrirse y llenarse de gusanos hasta convertirse en calaveras peladas a las que sigue llamando por su nombre. Jamás pierde la mujer un halo de gran inocencia. Pero todo esto va a más, hasta un exceso nauseabundo. Todo parece apuntar a una locura y desesperación final por la que el marido… bueno, no voy a hacer un spoiler, solo diré que, finalmente, aquello que pasa, la propia mujer e incluso el hombre arrobado por el sakura llegan a ser el propio sakura, la floración pura y solitaria del cerezo. El sakura que vuelve al sakura, la flor que vuelve a ser flor inocente.


Referencia bibliográfica:

Ango Sakaguchi, En el bosque, bajo los cerezos en flor, Satori, Gijón, 2013.

lunes, 23 de septiembre de 2019

domingo, 22 de septiembre de 2019

Lectura de "Cántico" de Jorge Guillén

Lectura de Cántico, de Jorge Guillén

Marcos Santos Gómez


He finalizado la lectura de Cántico, de Jorge Guillén, en la versión de 1936, edición de José María Blecua, publicada en 2000 por Biblioteca Nueva. Queda tras ella la sensación de haber leído un libro perfecto, muy pensado, que de hecho su autor estuvo toda su vida revisando. Se trata de un tipo de poesía no al estilo que el público general suele esperar, porque desarrolla una estética de la abstracción, con abundancia de conceptos y de metáforas que se alejan en tono y contenido de lo más efectista o sensible; es decir, estamos ante una poesía de tono ideal y racional que, como hace toda arte abstracta, reduce para elevar. Sin embargo transmite una emoción muy original, muy peculiar, muy bella, que pocas veces he leído en la poesía que he curioseado hasta la fecha.

Transmite el gusto por hacer del poema una especie de objeto propio, de entenderlo como algo diferenciado del mundo que pinta, sin más concesiones que las que lo tornan arte, si más pretensión que su gozosa artificialidad en el afán de pulir y pulir el lenguaje como algo precioso y diamantino. Hay que aclarar, no obstante, que mi admiración por Cántico viene de lejos, desde que me sedujo la idea de su poesía en los manuales de bachillerato de Lázaro Carreter. Así, un autor cuyos temas bordean una zona metafísica, que trata de expansiones y remansos, de gotas exaltadas y anuladas en el océano al que se suman, debía de ser, me dije, una espléndida lectura. Siempre he tenido muy presentes sus más famosas décimas, estrofa que reinventó con este poemario para algo más que la burla traqueteante a que parecía tender hoy el conjunto de diez versos. Es Guillén poeta en que abundan los versos de arte menor y un tamaño razonable en los poemas, todo lo cual ha aumentado el placer de mi lectura, aunque no olvido el uso magistral del versículo larguísimo en poemas de dimensión extensa por Dámaso Alonso, que hace días me dejó sin aliento.

Gil de Biedma, cuyas prosas completas en el volumen El pie de la letra, editado en Lumen, leí el pasado invierno, dedica varios artículos a Guillén, al que estudió con devoción. De lo que logro ahora recuperar de mi memoria, puedo referir el valor que da a esta poesía por su cualidad de mundo poético diferenciado, de universo estético artificial y autoconsciente, de algo que no pretende hacerse pasar por la vida y que es antes un ámbito específico que se diferencia de las cosas que nombra. Un estatuto propio para el arte, contra la falacia realista que confunde los nombres (ámbito propio del poema) con lo nombrado (que nunca es el poema).

El libro de Guillén me ha parecido, en suma, una “poesía de la plenitud” que se labra mediante dos caminos: el primero, consiste en prolongar líneas rectas hacia un exultante horizonte. Dinámicas hileras de farolas, por ejemplo. El segundo, destaca la redondez, la curva, la plenitud del mar y de la bóveda del cielo. Dos maneras, lo recto y lo curvo, que constituyen una singular técnica poética en que los objetos concretos son desbordados desde sí hacia su paraíso. A veces, gana la concreción, como en la famosa décima Beato sillón o el bellísimo Cima de la delicia. Pero voy a citar para este breve comentario dos poemas que extreman la operación poética que he dado en llamar “geometrización” para la elevación, una especie de alegre tensión matemática en las cosas. Para ello, el plano como espacio newtoniano, inicia un despliegue de formas desde su forma básica que apuntan, abstractamente, al paraíso. Se diría que estos poemas hablan de ese nervio sito en todo, un nervio que llama a todas las cosas a ser más, a formar parte de una alegría universal, y que en la noche de avenidas de solitarias farolas, en el mediodía o en el ocaso invernal, vibra alocadamente.

Veamos esto ejemplificado en los siguientes poemas que he destacado de mi lectura:



TRASLACIÓN

La luz quiere más luz,
Más cristal, más nivel,
Formas de prontitud.

Abandonar las dichas
A los suelos veloces
De las calles tan lisas,

(Ahínco de las piedras
Correctas entre nervios
Que las mantienen tensas)

Y resbalar por pistas
Indefinidamente
Portadoras y guías.

¡Ciudad en traslación
Hacia una claridad
De estrella sin error!


O este otro:

NOCHE CÉNTRICA

Sobre suelos de estrella,
Con ardor fabulosas,
Noche y ciudad rielan.

En el asfalto fondos
De joyería cándidas
Se aparecerán a todos.

Letras de luz pronuncian,
Silabario del vértigo,
Palabrerías bruscas.

Las calles resplandecen.
Son óperas de incógnito.
Quisieran ser terrestres.

¡Óperas, sí, divinas,
Que se abren por las noches
En las estrellas vivas!

viernes, 20 de septiembre de 2019

Escépticas travesuras

Escépticas travesuras

Marcos Santos Gómez



Me hallo estos días en una encrucijada de sensaciones. Lectura tras lectura uno se va nutriendo y se percata de que son ellos, los grandes poetas y narradores, los que nombran y los que, por tanto, nos legan la casa que habitamos. Por un lado, sigo paladeando Cántico de Jorge Guillén, poesía de fresca exaltación alegre de los días, de la noche, de las diferentes estaciones del año, de los muchos estados del hombre, del sueño y la vigilia, del campo y de la ciudad. Su modo poético de proceder es sublimar en geometrías infinitas, que se prolongan hacia lejanos horizontes, los paisajes que canta exultante. En un lenguaje en apariencia frío, porque manifiesta una cierta abstracción, se da un juego por el que la geometría, las formas básicas, forman parte de la gloria y no del infierno de la angustia que para otros poetas tendría esta reducción (o exaltación) de lo concreto a una pureza brillante, fuertemente afirmativa, que arraiga antes que desarraiga a las cosas. Todo queda engarzado en una suerte de bien universal que en algunos de los poemas mira amablemente a la mismísima muerte. Tengo en mente unos poemas suyos que realizan esta operación, pero no los tengo a mano, así que para una próxima vez que me refiera a Cántico, acaso cuando termine su lectura, los mencionaré.

Si Cántico refiere un modo de salvación del mundo desde sí mismo, la prosa de Antonio Machado en su Juan de Mairena ofrece otra vía de salvación que hinca sus raíces, me ha parecido, en el elegante, sereno y suavemente alegre y humorístico escepticismo del gran Montaigne. En Machado, por lo poco que llevo leído – releído de su conocida obra póstuma, el escepticismo es una fuente de amena liberación, por el que se puede estar en el mundo jugando y, de este modo, soportando o superando viejos sufrimientos. El estilo andaluz de este libro, la ironía, su ternura, su poderoso humor que todo puede, lo convierten en una suculenta lectura con la que re-pensar las certezas y seguridades que antes que racionales son producto de creencias, una de las cuales es la fe en lo que se ha llamado, confundiendo términos, razón. Para Machado parece haber una oposición entre un universo anímico e intelectual cerrado, de esencias, de razones fuertes, de creencias y lugares comunes que el poeta, el educando, el maestro, deben superar con una actitud contraria, es decir, introduciendo la temporalidad en todo ello y así, dinamitado, lo solemne vuela por los aires; sin guerra, sin incurrir en otro polo de creencias, sino mediante un "consecuente" escepticismo. Se trata de una posición previa al pensamiento, la propiamente racional que no tiene que ver con argumentos, sino que es dubitativa asunción del carácter inasible y temporal de los seres. Este escepticismo es, no solo una posición intelectual, sino vital, pues uno adivina que lo que Machado está retratando es antes un modo de ser, de vivir instalado en un mundo de “graciosas” incertidumbres. Es esta tonalidad, la que, decía, me ha recordado a Montaigne (que confesaba nunca saber nada a fondo). Machado es hijo de una Ilustración "feliz" que desde sí, prolonga el juego de la sospecha pero eludiendo el poeta ningún tipo de desmesura trágica. En esto, Machado forma parte de lo que yo llamaría la veta escéptica del siglo XX como prolongación del XIX, su tropel de autores que más o menos han bromeado en serio de este modo garboso y ligero. No creo que haga falta que nombre a otro egregio componente de esta turba que será ya muy familiar al lector de esta bitácora, cuaderno de navegación o, si se quiere, incluso diario personal, otro componente, digo, que no es sino el gran Borges.

Deseando, no obstante, no abandonar demasiado el punto en que el cielo se torna infierno, o viceversa, ando picando también de Las flores del mal, de Baudelaire, que en la comprensión de lo poético, de qué sea esto que llamamos poesía, ayuda. El momento fulminante de la revelación o de esa palabra ya tan desgastada en mis textos, que es el éxtasis, cobra en los poetas malditos de lengua francesa un nivel sobrehumano. El poeta tiene aquí, diríamos, una misión obstinada por llegar al extremo, a lo último, como lo verdadero, y en su búsqueda, quemar el mundo que no gusta, el mundo burgués pero también el mundo mezquino, envidioso, vulgar, mediocre que resta fuerza a la vida y que oculta en la desesperanza lo sagrado. Pero lo sagrado tiene un precio, porque nadie lo ve sin quedar indemne... de esto, tal vez, continuaremos escribiendo en fechas próximas, en el agotador ejercicio para nada en que consiste un diario o, mejor dicho, este diario.  

martes, 17 de septiembre de 2019

Educación por la poesía: Arraigo y desarraigo.

Educación por la poesía: Arraigo y desarraigo.

Marcos Santos Gómez



Hay dos suelos poéticos, de los que ya escribimos en la entrada anterior. Uno, con una antigua corte de excelentes poetas, lo vimos en el caso particular de Jorge Guillén. Imagínense cuando se entra en ese estado de ensueño o incluso de alegría vehemente, en el que no tenemos la menos duda de que el mundo es digno lecho para la existencia. Puede arribar esta impresión más o menos verbalizada, y por decir solo un caso, cuando tras una cierta catarsis, tras un forzado tránsito por el dolor, cuando amaina después de la tormenta y huele el césped a gloria, uno se dice, reconfortado, como Jorge Guillén que “(…) el mundo está bien/ Hecho (…)”, fragmento que hallamos en uno de los poemas más claros en este sentido (claridad que lo hace menos bello que muchos otros en Cántico). Incluso una vida entera y una poética podrían instalarse en la “cima de la delicia”, como titula otro poema.

Al margen de estudios filológicos y literarios que no nos corresponde hacer, es preciso que reconozcamos que tratar de perfilar este basamento feliz y vital es algo que solo puede realizarse con la poesía. Pero es que además, como dijo Savater, esto es imprescindible a la hora de educar. Uno tiene que fingir la felicidad (por muy irónico o incluso sarcástico que esto parezca) para trasmitir su humanidad al niño o al escolar en general. Ya se provenga del más nihilista pesimismo a la Schopenhauer o de la pura rabia, en el aula hay que contenerse y asumir un papel de afirmación pura de lo que en ella se está llevando a cabo. Hay que adoptar el credo, podríamos decir, de Jorge Guillén. Algo así como también la actitud unamuniana de quien entiende que lo mejor no ya para los niños, sino para el hombre, aún más, para la existencia humana, es tener fe en la vida. El paradigma de este tipo de educación sería el de la novelita San Manuel Bueno Mártir, que relata, como es bien conocido, la historia de un sacerdote atormentado por la duda, que incluso ha llegado a la increencia, que asume esta nada y la ausencia de la divinidad, pero que decide seguir diciendo misa porque entiende que es lo mejor para los seres humanos.

Sin embargo, el hecho de que hayamos tenido que retratar algo que es, en realidad, un engaño, suscita sospechas, porque después de todo, es legítimo preguntarse si lo que resulta mejor para el hombre, en una suerte de utilitarismo metafísico, es también lo verdadero. Y en esto, por seguir en el campo de la literatura y la poesía, tenemos otra veta de la que vamos a escribir a continuación y que se opone a esta línea que hemos atribuido a Jorge Guillén pero que incluiría también algo tan sencillo, vital, natural y bello como la alegría goliarda de los Carmina Burana. Una alegría que, entre goliardos y felices campesinos del pasado se celebraba con banquetes y bailes en los cementerios, desde la Baja Edad Media hasta el siglo XVII, aproximadamente.

Sería excesivo si el engaño deviniera autoengaño. Tampoco debe ocultarse al llamado “educando”, cuando cumple una cierta edad, que muchas de las danzas son danzas de Macabré. Así, desde la herida gnóstica al desgarro existencialista, no se ha dudado un ápice en la tradición humana de que hay algo ominoso y repulsivo en el mundo, es decir, algo que produce su negación y la fuga mundi como otro de los grandes temas literarios de poetas que no por ello dejaron de amar la vida, como el latino Horacio. Reconocer que el mundo sobrecoge, que es muy bello, se puede contrastar con su contrario, en el mismo individuo, como si anduviera entre dos aguas. Lo contrario es que se reconozca que aunque el mundo pueda ser bello, no por ello deja de ser malo.

La verdad es que la tradición poética de repulsa a una existencia considerada atroz es aún mayor, me parece, que la anterior. Por eso mismo, los nombres de poetas acuden en tropel para suscribir esta amargura. De todos ellos, iremos a una poeta excepcional: Alejandra Pizarnik. De ella es el siguiente fragmento, extraído de las cartas que intercambió con León Ostrov.:

Simplemente, no soy de este mundo…Yo habito con frenesí la luna…No tengo miedo de morir; tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva… No puedo pensar en las cosas concretas; no me interesan… Yo no sé hablar como todos. Mis palabras suenan extrañas y vienen de lejos, de donde no es, de los encuentros con nadie… ¿qué haré cuando me sumerja en mis mundos fantásticos y no pueda ascender? Porque alguna vez va a tener que suceder. Me iré y no sabré volver. Es más, no sabré siquiera que hay un “saber volver”. Ni lo querré acaso.

Es el sentimiento de profundo desarraigo, que vimos también en Hijos de la ira de Dámaso Alonso, que una persona puede sentir como un estado básico, como previo a su experiencia posterior del mundo aunque provenga del propio mundo, de la vida del poeta y de las durísimas condiciones de la vida humana. Desde esta desubicación, decidida o fatal, alguien podría declamar como propio este fragmento, que podría ser un poema de la escritora argentina y no solo algo dicho en una carta.

¿Protesta? ¿Rebelión? ¿Nihilismo? ¿O sencillamente es que la experiencia humana es sin remedio dolorosa e ingrata? Si no adoptamos un credo afirmativo, es decir, si no es por cuestión de fe, parece claro que es verdad que esto es un valle de lágrimas. Aquí el poeta se desgarra, trata de volar y se rompe en ese vuelo a la luna. Hay un dinamismo y nerviosismo originario en quienes como ella optan por la luna frente a la tierra firme y sensata. Entonces, cuando se vive en esta proyección hacia lo exterior, la poesía y la educación, a ciertas edades ya más avanzadas, ha de recoger con mayor o menor vaguedad la muerte y en general la sensación de vivir perdido o, en la expresión existencialista, arrojado, a un mundo donde se está y que se quiere mejorar, pero porque no se quiere ese mismo mundo. Se trata de una honda incapacidad para desenvolverse en él, para medrar, para comunicarse. Todo es quebradura, todo está roto, todo se desgaja y apenas asimos unos pocos pedazos como limosnas de la vida. Pizarnik, en lo todavía poco que hemos leído de su diario y no digamos en sus poemas, poetiza esta pérdida que es perdición. La bruma, la niebla, pero no mansas, sino inquietantes, amenazadoras. Es vivir como un fantasma porque se sabe que el alma anda por otro mundo y que aquí apenas el cuerpo sirve al cuerpo y se mueve para ello entre cuerpos. Se trata, si empleamos las palabras muy gastadas de un lenguaje poético y religioso, de tipo gnóstico, se trata, decimos, de un desconsuelo espiritual, que consiste justamente, en que realmente vivimos en otro mundo y en este estamos solo de prestado. Quizás sea este sentimiento, el de ser transportado por la belleza fuera de nuestro hogar, como si nos viéramos impelidos a fundar otro hogar en la tenebrosa e incierta trascendencia de este mundo aciago, uno de las más intensas verdades que puede ofrecer la poesía, la poesía trágica y no tanto vitalista como lo era la de Guillén. Partir, precisamente, de esta confrontación, cuando damos clases ya a adultos en la universidad, podría ser una excelente navegación para enseñar teoría de la educación o, tal vez más directamente, filosofía de la educación.

Pizarnik vivió y murió instalada en el desamparo. Estremece y en ocasiones aterra leer su diario extensísimo, que recoge su vida desde antes de la universidad y durante sus quince años “productivos” como poeta. ¿Qué puede introducir y tener que ver con una clase sobre la educación a futuros educadores confrontar esta amargura existencial? Lo diré en una palabra: la maduración, el paso por lo terrible, la sombra de algo más que una tonta duda,  la pregunta alucinante y espantosa acerca del estado y lugar donde vivimos y que, como parte del todo, somos. Somos la pura afirmación que trasciende el irreflexivo estar del animal, por un lado, pero por otro hay que encararse con lo más horrible e incluso maligno de los devaneos humanos en un mundo que tarde o temprano va a resultar hostil. Recordemos que la partida la gana siempre la muerte.

Pizarnik hace bello este deambular, incluso secretamente deseable. Hay una dolorosa elevación en ella que soterradamente recuerda, sin su dramatismo, el gnosticismo de otra mujer: Simone Weill. Esta, por ejemplo, hace cosas, como jugarse el tipo, morir hermanándose con los que padecen la hostilidad de la sociedad, renunciar de verdad a cualquier honor, prebenda o cómodo puesto de trabajo… y para ello afirma que merece la pena hacer algo. No resulta de ello que tachemos de ilegítimo el vuelo y fuga de la Pizarnik. Cuando tratamos con cosas tan serias como la educación y la poesía, está en juego una proliferación de matices y, sobre todo, de dudas. Quizás la belleza en la poesía forme parte antes de la duda que de la creencia, o por lo menos, haya que considerarla entre nuestros alumnos de grados en Educación por mera honestidad, por no fingir en clase ese otro mundo que deseamos pero que no existe.

A menudo el vuelo de la poesía es vuelo hacia ese otro mundo inexistente. Finalmente lo que queda de ello, lo que queda de la poesía desgarrada de Pizarnik es esa sensación de que, después de todo, el mundo queda salvado por la belleza o que al menos nos queda la belleza. La belleza es una fatal y trágica búsqueda de un sentido al cosmos que no es cosmos, que es puro caos y sinsentido. Es la mayor forma de rebelión y no nos cansaremos de justificarlo frente a apologistas del aparente compromiso. Todo compromiso con el hombre supone un compromiso con la belleza… digamos que esto puede resultar peligroso, ambiguo, incluso revelador de lo bello en lo malvado (algo que estremece si pensamos en que los peores horrores de la humanidad han sido considerados en algún momento, por los verdugos, algo grande y bello). Pero una cosa es extraer belleza del mal y otra extraer belleza del horror, del básico destino fatal de los seres humanos, de su condena a vivir en el desastre, de su estigma cainista. Una poesía como la de Pizarnik pasa por todo esto, forzándose a la seriedad, y da fe de la justa desesperación que todo esto causa. Por eso, se compromete.

Creemos que el temple de un maestro siempre va a oscilar entre los dos polos que hemos indicado simplificando impúdicamente (Guillén y Pizarnik) o, lo más probable, los va a incluir a ambos en inextricable mezcla y unidad.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Rebeliones poéticas

Rebeliones poéticas

Marcos Santos Gómez


Estoy releyendo Cántico, de Jorge Guillén, en la edición de Biblioteca Nueva que reproduce la versión de 1936 editada por el filólogo José Manuel Blecua.

La poesía de Jorge Guillén representa una de las dos principales posibilidades que manifiesta la poesía como arte, ambas presentes en el mito. Dejaremos para el párrafo final "post scriptum" a la más sombría, que tiene como tono la melancolía o sensación de que hay algo perdido en el mundo, de que la realidad ha de soportarse a duras penas y, sobre todo, de que solo se puede dar la salvación por un ideal que se opone trágicamente al estado de las cosas.

Prefiero referirme a la otra posibilidad, que parece ajena a la melancolía y que consiste en formas diversas del gozo exultante o un modo de éxtasis no destructivo, que no quema los ojos. Un modo distinto al de la tradición poética más impresionante, en la que el misterio puede invocarlo y atisbarlo el poeta, pero a costa de pagar el precio de la locura o la autodestrucción. Es la dinámica propia de los llamados “malditismos”, por los que la esencia sublime ha de captarse con brevedad, instantáneamente, porque mata, porque resulta irresistible y ambigua para el hombre. Como es obvio, el lector estará intuyendo que tengo en mente a Baudelaire, Rimbaud, Verlaine o Mallarmé. 

Pero, volvamos a retomar el hilo, acerca de la primera forma de salvación poética a que digo referirme, encarnada a la perfección la originalísima poesía de Jorge Guillén, al que tanto apreció y estudió Gil de Biedma.

Tengo que decir que no recuerdo desde cuándo (acaso alguna exégesis de Lázaro Carreter tuvo la culpa hace décadas) he profesado una constante admiración por el malagueño. De hecho, me encuentro ahora releyendo su Cántico, en la edición crítica de 1936 anotada y editada por el filólogo José Manuel Blecua, publicada más recientemente en Biblioteca Nueva. Pues en esta obra, la realidad no se aborda gnóstica ni desesperadamente. Por el contrario, la emoción que suscita es la complacencia por ser, por habitar el mundo, por que haya mundo y por que este sea, en última instancia, bueno. Es, a no dudar, una forma de teodicea poética que justifica la existencia. Todo, incluso elementos considerados en muchas poesías como negativos, dolorosos, amenazantes, son volteados y ensalzados como formas también de la afortunada plenitud. Hay que recordar que en su momento escandalizaron estas odas a la perfección del mundo (¡Todo está bien! ¡Todo es pájaro!, etc, exclama Guillén en sus versos), a su realización cabal, ya sea bajo la nieve en invierno, en la muy cantada primavera, navegando o mirando el mar, en la ciudad nocturna o diurna cuyas “geometrías dichosas” (expresión literal del poeta) se prolongan hasta un punto de perfección y gozo. Unas geometrías urbanas que contrastan con la lorquiana geometría asfixiante de Nueva York. Para uno las líneas y geometrías urbanas o campestres extienden el mundo, amplifican la experiencia, abren, despliegan, mientras que la geometría de Poeta en Nueva York es angostura y desesperación.

Gil de Biedma, en la serie de artículos que le dedicó a Cántico entra a referir una fea polémica entre poetas y artistas “comprometidos” y Jorge Guillén. No fueron bien entendidas, acusa Biedma con razón y se la damos por completo, las odas a la siesta, al beato sillón, a la cima de la delicia donde todo se eleva y expande, donde el mundo se muestra precioso y grato sin fisuras, sin amenazas. Y aquí protestaron algunos en vida de Guillén tachando de poesía burguesa la muy original y magnífica poesía que había ido cincelando y puliendo como si se tratara de perfectas joyas. Este acumuló fama de poeta difícil, tendente a lo puro de la forma y de la expresión y para colmo, con un gran pecado en el que no debe incurrir ninguna poética: la abstracción. 

Pues bien, Guillén comete este pecado y lo refuta. Es abstracto porque debe serlo para transmitir lo que transmite. Y lo que transmite es esa última perfección del mundo, la afirmación global del ser como algo bueno si atendemos a sus pilares. La serenidad y la paz tiran de nuestros hilos (Para Baudelaire en un soneto de Las flores del mal es el diablo el que lo hace) Independientemente de filosofías o teologías, a su favor tenemos que nadie, ni yo mismo escribiendo estas líneas y aunque solo escribiera ponzoñosos textos de queja, lástima y pena, nadie vivo puede renegar del mundo. Para estar en él (condición previa a toda valoración o decisión que se adopte respecto al mismo en un segundo momento) hay que acompasarse con él, asumir un estado armónico cuyo reflejo es la alegría o simplemente la fuerza para vivir. Se trata de una reflexión poética sobre el cosmos como obra acabada y aun perfeccionable todavía más. El poeta se sitúa en ese nivel basal de la implícita aceptación y descubrimiento del cosmos que se revela como orden de belleza matemática a cada paso que damos. Es, por aludir a las primeras líneas con las que hemos comenzado esta digresión, una forma “sensata”, serena, revitalizante, conciliadora del éxtasis, ya no visto con el sesgo terrible del malditismo poético decimonónico.

Se trata de una armonía previa a todo posterior contacto y necesidad en la vida. Resulta asombroso cómo Guillén extrae de todo una lectura de gozo y orden puro, simétrico en la diversidad de sus manifestaciones. Más allá de apresuradas críticas y escándalos, fijémonos en la profunda novedad de esta poesía, en lo formal y en lo temático. Se dirige antes a la promesa que al peligro, a la claridad de todo, incluido lo oscuro, a la sobreabundancia de lo que existe como parte de algo mayor que en sí también encierra. Se extrae esto mismo de esas grandes diferencias en la naturaleza que son las estaciones del año. Hay una diversidad que canta toda ella en armonía y es desde esta armonía y sensación de pertenencia que erigimos nuestras vidas y las muchas veces necesarias críticas sociales y compromisos políticos o éticos. Si no hay esto, digamos, por debajo, la acción del hombre queda en suspenso. Es esta verdad en la que se fija y poetiza Guillén, sobre este don por el que todo, como ocurre cuando abstraemos, apenas tiene que esencializarse, que hacerse puro, para que brote su perfección.


P.S:

Para concluir me gustaría añadir que, si regresamos ahora a los poetas malditos, hay dos niveles en que podemos interpretarlos. El que entiendo más usual es aquel que los considera, con razón, unos críticos de las líneas burguesas y autoritarias de la modernidad; pero no olvidemos la dimensión fundamental que entronca, en el caso de estos, con un gnosticismo primordial. Esto quiere decir que lo que sea el misterio esencial del cosmos es algo difícilmente soportable, oculto, a lo que por estas y otras razones no puede mirar la persona que lleva a cabo su vida con normalidad. Hay algo, también, prometeico y luciferino en esto, como el nombre del conocido poemario de Baudelaire, Las flores del mal, ya está advirtiendo. Casa con esto espíritus más retorcidos quizás que el de Guillén, formas de rebelión tormentosas y no formas de loas a la plenitud, que resaltan la luz como algo perdido, el mundo humano como una profunda equivocación, las multitudes como ciegos rebaños de ovejas que van felices a su propia muerte sin resistir la verdad, la luz que abandonaron y que perdura en el fondo secreto de las cosas. Es en esto, que el anónimo paseante del París decimonónico, se siente perdido, como mero transeúnte, en busca de algo innominable que no acaba de reconocer. ¿La vida lograda? ¿La perdida esencia? Pero si optar por indagar en ello, como los poetas malditos, la gnóstica emanación del pleroma lo pulveriza, como escribiera en su famoso verso, bellísimo, la más reciente y todavía más atormentada poeta Alejandra Pizarnik; hemos hallado también este salvaje dualismo, hasta cierto punto, en los escritos de Bolaño y su rebelión “visceralista”. La veta, en definitiva, rebelde que atraviesa el arte moderno que, nótese bien, tampoco, como su contrario en Cántico, es política, o lo es del mejor modo. La rebelión que va de Baudelaire a Pizarnik, por ejemplo, es una rebelión fundamental (¿religiosa?) en cuya acción por añadidura irá, si es que debe ir, lo político en el sentido más partidista y utilitario de la palabra.

viernes, 13 de septiembre de 2019

Primera lectura fragmentaria de “Historia de la literatura universal” de Valverde y Riquer, Gredos, Madrid, 2018.


Primera lectura fragmentaria de “Historia de la literatura universal” de Valverde y Riquer, Gredos, Madrid, 2018.

Marcos Santos Gómez


He comprado hace unos días la Historia de la literatura universal de Martín de Riquer y Jose María Valverde, editada en Gredos. Son dos magníficos tomos que prometen excitantes pasajes de buena crítica literaria para público no especialista, como soy yo. Es una obra dirigida, pues, a divulgar la literatura que aunque sea al modo de una historia de la misma, tiene también mucho de crítica porque en realidad es imposible hacer una síntesis histórica de la literatura, de cualquier literatura, sin que devenga en un ejercicio crítico.

Tiene todo a su favor para proporcionarme el solaz que espero de ella. Sin embargo, en mis primeros picoteos me he topado con dos o tres cuestiones que me han chocado, porque considero que son afirmaciones injustas acerca de autores de primer orden. De ellas, destaco horrorizado que se califica a la mayor parte de la poesía de Dickinson de frívola, lo que la privaría de la oscuridad que debe haber en todo buen poema. No me  lo he podido creer. Lo que se denomina frivolidad en Dickinson no es tanto frivolidad, sino juego y tono infantil que, precisamente, como pinceladas a veces humorísticas e irónicas, contrastan con la tiniebla, pero la evocan. El resultado es una sensación agridulce, divertida y lúdica, con clara musicalidad, pero que deja entrever estas penumbras que se incluyen en el propio ser como parte de un juego que finge domeñarlas. No creo que deba explicar más, sino que resultará elocuente el siguiente poema. Su misterio, tratado con inocencia, se multiplica. Accede a la muerte y a la vida, o sea, a lo indecible, del único modo posible, con oblicuidad. Así el misterio o la inquietud se dulcifican, pero no se anulan. El poemita suena como si fuera la vibración de alguna delicada campanilla que quedara resonando dulce y graciosamente sobre la tumba oscura, húmeda y llena de musgo. Esta combinación genialmente presente en las miniaturas de Dickinson y solo en ella (es un modo de tratamiento profundamente original) llega a conmover entre la lástima y la sonriente ternura, que a veces arrancan también alguna lágrima. Es una honda sensibilidad maravillosa. Júzguese cómo se pinta aquí la muerte:

449
Morí por la Belleza — pero apenas
en la Tumba yacía
Cuando a uno que murió por la Verdad dejaron
En la Estancia contigua —
Me preguntó en voz baja la causa de mi muerte.
“Por la belleza”, dije-
“Y yo — por la verdad — las Dos son Una sola —
Somos Hermanos”, dijo —
Así, como Allegados que de Noche se encuentran —
Hablamos a través de los Muros —
Hasta que el Musgo hubo alcanzado nuestros labios —
Y cubierto — nuestros nombres —

449
I died for Beauty — but was scarce
Adjusted in the Tomb
When One who died for Truth, was lain
In an adjoining room —
He questioned softly “Why I failed”?
“For Beauty”, I replied —
“And I — for Truth — Themself are One —
We Brethren, are”, He said —
And so, as Kinsmen, met a Night —
We talked between the Rooms —
Until the Moss had reached our lips —
And covered up — our names —


Como se puede ver, el poema va muchísimo más allá de la idea escueta que acabamos de trazar, porque es muy profundo con sencillez, una obra maestra, una genialidad que no se puede leer sin estremecerse como si se hubiera colado una fresca corriente de aire proveniente del otro mundo. La originalidad estriba en que trata a la muerte (y a la vida humana y sus luchas o posibilidades) con un suave humorismo estoico que perfila una bella melancolía, como si se entonara una cancioncilla acariciando la flor que adorna la tumba de alguien querido.

No he considerado tampoco que son tratados con justicia nada menos que Hölderlin, por su supuesto exceso de conceptualismo y filosofía, afirman los autores, o Rilke. Ciertamente elogian a Rilke, pero apenas dedican pasajes a las Elegías de Duino o los Sonetos a Orfeo que, seguramente (no puedo afirmarlo con total certeza ya que no he leído toda la obra del poeta) son lo mejor. Ahora bien, es acertada y bella la observación de cómo en las Elegías se alza un mundo a partir de fragmentos de nuestro mundo, que no componen el mundo objetivo (como trataría de describirlo por ejemplo Whitman o, en otra vertiente, los realismos) ni el narcisista mundo subjetivo del autor, la interioridad sentimental del poeta (que a nadie importa un pimiento). Es como si Rilke alzara una belleza que no fuera ni celeste ni terrenal, sino, a lo sumo, pagana, como sus ángeles, que son, señalan estos autores, paganos y jamás los ángeles del cristianismo.

Atribuyen a Hölderlin la creación, o la canción (con sonoridades en los versos maravillosas) de un cierto ideal donde cabe la realización, que, por mucho que lo parezca, ni es Grecia ni es la Alemania o culturas paganas sacralizadas de que tratan la mayor parte de sus poemas. Hay una resistencia al mundo y una fuga romántica que, sin embargo, tampoco es aquí huida a una interioridad, por mucho que esté en el poema y el lector el personalísimo conflicto con un mundo que no está a la altura del hombre, aunque en gran medida lo haya hecho el hombre.

Paso por alto otra crítica que me ha sobresaltado: la de que Whitman sea un mero poeta de horribles versos prosaicos que ensalzan la prensa, los ferrocarriles y las multitudes, lo que lo torna en, cito textualmente, “poeta de inventarios”.

Sí quiero en cambio  destacar ahora dos cuestiones muy acertadas, a mi pobre juicio.

La primera es sobre Shakespeare. De él se destaca lo que se ha dado en llamar, más o menos, el “misterio Shakespeare”, es decir, su ausencia de su propia obra. Según los autores, su teatro es teatro en su esencia, por lo que nunca habla Shakespeare en boca de sus personajes, sino que son caracteres no redondos, al estilo de la gran novela decimonónica, pero que impresionan vivamente, ya que son pintados con fragmentos o discursos o situaciones muy particulares que los sitúan en algún estado sublime. El caso es que son puras invenciones para que les den vida los actores y hay un anti-romanticismo (¡contra lo que parece!) en una obra que no pretende jamás revelar quién la ha escrito ni ser reflejo de una interioridad subjetiva. Shakespeare, sencillamente, desaparece de su obra y por eso mismo es suficiente con saber de él lo poco que sabemos; entre otras cosas que cuando consiguió hacerse rico se esfumó y vivió en total oscuridad y cabe suponer que en plenitud y alegría durante un par de décadas, sin hacer nada. Pero esta es justamente su grandeza, porque da al arte lo que es del arte y no lo utiliza como instrumento para el ego ni para la idolatría. Curiosamente, todos querríamos saber más de él, arañar su verdad, pero es algo que ni siquiera él consideró interesante. Dejó un puñado de obras de teatro geniales y en el caso de las tragedias, una versión no griega de lo trágico, sino cristiana.

Por último es genial lo que se dice del Ulises de Joyce. Es sabido que José María Valverde es uno de los pocos y mejores traductores del dificilísimo libro en cuya traducción yo mismo lo leí. Me han dado ganas de releerlo porque el Ulises es libro para ser releído tras superar una primera lectura. Leyendo los comentarios del profesor Valverde he ido evocando pasajes geniales, su enorme riqueza técnica, religiosa, clásica, simbólica, poética. Es una novela llena de sugerentes alusiones (de las que muchas o la mayoría se me escaparon) y que se lee con asombro, abismado en la narración, que conduce a uno ágil y casi bruscamente de la mano. Recuerdo el capítulo de la noche del Walpurgis que escribió como una suerte de guión teatral lleno de seres grotescos y de fuerte irrealidad, como alucinaciones. Es, si no me engaño, justo el paso de Bloom por bares y un burdel ya bien entrada la noche.

Valverde (seguramente es el autor de esta crítica del libro que tradujo), sin agotar la desmesura del Ulises, señala algunas claves para seguir sus simbolismos. Es una novela producto ya de un arte autoconsciente, vanguardista que parodia la idea romántica del arte como una revelación o exploración en el propio Yo. De hecho, es lo que hace, bucear en las interioridades de Leopold y, en el famoso monólogo final, de su esposa. Y en las interioridades, vistas con espíritu valiente, hay de todo. Aquí ve Valverde una consecuencia del catolicismo y el jesuitismo que tanto han trabajado el autoconocimiento sin concesiones, sin miedo a ver lo que haya que ver, y por eso en el mundo católico goza, a mi juicio, de bastante aceptación (contra lo que parece) el psicoanálisis. Son consecuencias de un catolicismo de la introspección que contrasta con el puritanismo de la tradición inglesa que parece querer ver solo lo salvable, con miedo de que no vayamos a incluir algún elemento demoníaco que nos niegue la salvación predestinada. Lo que a un puritano da miedo, a un católico lo desafía positivamente y le insta a buscar y a buscarse aún más, siendo el paradigma de esto la Compañía de Jesús, en cuyo colegio de Dublín estudió Joyce.

Me gustaría escribir algo sobre el otro gran pasaje del Ulises, lo que más me impactó; verdaderamente estremecedor: las treinta páginas, más o menos, del monólogo interior de Molly Bloom al final de la novela. Pero prefiero releerlo en estos días y más adelante escribir sobre él, ya que de por sí es una obra maestra cuya lectura se acaba fuertemente conmovido con su extraña afirmación y la salvación final, a pesar de todo, de la vida, de la existencia llena de claroscuros de cualquier ser humano. Vence el ES, a la vuelta de Ítaca, para un Ulises adúltero en su reencuentro con una Penélope también adúltera...

Han sido estos unos breves apuntes casi tomados al vuelo y sin ahondar más de la cuenta, que he querido compartir para que asimilemos ciertas claves arrojadas por los autores de esta historia de la literatura universal. Siempre queda, cuando se trata con la gran literatura, una sensación de haber tratado con lo más esencial de la existencia. Un viaje que merece la pena porque despliega y amplifica la vida.


Referencia bibliográfica:

Martín de Riquer y José María Valverde, Historia de la literatura universal (2 volúmenes), Gredos, Madrid, 2018 (primera edición 2005, procedente a su vez de otras más amplias y anteriores). 

lunes, 9 de septiembre de 2019

Lectura de "Hijos de la ira", de Dámaso Alonso




Tenía muchas ganas de leer "Hijos de la ira" de Dámaso Alonso, a quien había antes leído como crítico y excelente conocedor del Siglo de Oro, en su magnífica obra "Poesía española". Su poemario tiene mucho de gran alucinación, con una cuantiosa presencia de imágenes surrealistas y tremendas, y el desarrollo de un ritmo poético asombrosamente claro, propio de la gran poesía, aun cuando todo es verso libre y versículos. Dámaso extrae, pues, la musicalidad de todo buen poema mediante los recursos de la poesía no rimada ni en estrofas clásicas del siglo XX (él que tanto sabía de eso y que lo había estudiado con fruición). En la memoria lo comparo con otro libro de recursos semejantes, que conozco, que es "Poeta en Nueva York", de Lorca (empiezo a creer que quizás este sea el mejor poemario del granadino, aunque es difícil decidirse frente al "Romancero gitano") o de Alberti. Y muchos otros, ya que el siglo XX ha sido el siglo de la consagración y hasta cierto punto reencuentro con una poesía al margen de las formas clásicas.

El poemario de Dámaso es casi un continuo desgarro, en el que el poeta, como en medio de vendavales, clama arrollado por un sentimiento existencialista (y social) de desarraigo, de profundo descontento con el mundo en los aspectos más fundamentales de la existencia (muerte, dolor, injusticia divina, silencio de Dios, lo malogrado de cualquier vida…). Pero su protesta es también soterradamente política, y así lo dijo en algunas entrevistas (yo he visto la que le hace el cultísimo periodista Joaquín Soler en el programa televisivo “A fondo”). Era una insatisfacción por la mezquindad de la vida española en los años cuarenta, la miseria extrema, la crueldad. Cada poema incide más en uno u otro de estos aspectos tanto existenciales como sociales y veladamente políticos. Quizás su libro sea estupendo para hallar puentes entre lo existencial y lo político, como para hacer una tesis, vaya.

Los poemas, que son largos en extensión en versos, no cansan. Yo los he leído más o menos de tres en tres. Son muy fluidos y son los justos para su poemario. Menos, faltarían; más, resultaría excesivo. Quizás sí destaque un regodeo en elementos casi escatológicos y horribles. Abundan imágenes de putrefacción, de insectos y cloacas, que a ratos repugna. En este sentido resulta graciosísima la carta que incluye antes del poema "Insectos" que desprende, como muchos, ese hálito repulsivo y que debió de escandalizar a una culta dama de la época, a la cual responde con más ironía y putrefacción, si cabe, que la que ya tenía incorporada el poema.


Todo suena sobre todo a una queja descomunal, a un hondo y comprensible pesimismo, a una negrísima tiniebla. No deja demasiado para la esperanza y late un doloroso descreimiento del hombre. Es, por tanto, una lectura fuerte, conmovedora que deja por un lado un sabor muy amargo, pero por otro, la sensación de la buena poesía, de la palabra genialmente llevada, del misterioso hecho de que también hay belleza en la máxima negatividad y hasta en lo sórdido. Justo la misión que debe cumplir cualquier poema. Belleza, belleza, belleza, aunque uno se esté ahogando en el mismísimo infierno.

domingo, 8 de septiembre de 2019

INICIO DE CURSO

INICIO DE CURSO

Marcos Santos Gómez


Un inicio de curso escolar es el momento más adecuado para que quien se dedica a la educación vuelva a pensar su oficio. A mi modo de ver, la tarea de la escuela debe alejarse tanto del conocimiento pedante y sin sentido para el niño en que a veces se convierte el curriculum y las clases, pero tampoco es adecuado reducirlo todo, desde una mala interpretación de Rousseau o Dewey, a lo que el niño sea capaz de apreciar antes de que se le imparta. A menudo he sospechado también, como sabe el lector de este blog, del énfasis actual por las competencias. Porque en realidad, creo que todo es a la vez mucho más sencillo y mucho más difícil.

Yo partiría de que la función del maestro es nada menos que la de constituirse en un representante de la humanidad y un portador de la “cultura”, y por cultura podemos entender más o menos lo que suele impartirse, los temarios. El niño ha de impregnarse de algo que le va a suscitar nuevos intereses que previamente ni se planteaba, y que irá desplegándose tanto en la adquisición de conocimientos, como de competencias. Pero esto hay otro modo de decirlo, como lo voy a hacer en las líneas que siguen.

Lo básico para comenzar toda educación escolar y académica es procurar que el niño mire lo que la humanidad siempre ha mirado y admirado. No es mucho. Son los elementos que nos fascinan a todos, que han fascinado desde hace decenas o cientos de miles de años a nuestros congéneres. Son pocos, como digo: el cielo nocturno y los astros, los ríos, el mar poderoso e infinito, el esplendor del sol y el mediodía, pero también el alba y los ocasos. Es decir, cielo y agua, pero también el fuego, que despierta en los hombres, decía Borges, una antiquísima fascinación, su danza, su carencia de forma, su peligrosa belleza, su ardor, su vitalidad, su luz. O su contrario, el espacio condensado y estatizado en la piedra que tiende a lo hondo y lo oscuro. Todo ello es el marco imponente donde habitamos plantas, seres humanos y animales, la fuente, de donde procedemos y lo que en gran medida somos. El sentimiento de la profunda unidad de todo esta es ya un sentimiento místico y poético. Pero sigamos explicándonos…

A la hora de hablar de estas admirables “cosas” o del propio mundo como unidad en el caos, el hombre ha poblado todo de dioses y ángeles, de hadas, de genios, para matizar y enriquecer una existencia que en principio parecía terrible y silenciosa. El hombre ha aprendido también que igual que él forma parte del mundo, el mundo le es indiferente, está como algo majestuoso, desmesurado, pero mudo. El hombre, como indica el Génesis, se realiza primero al nombrar todo eso que le conmueve. Adán es el nombrador de las cosas, el que da al mundo su nueva dimensión humana y racional. Pero tampoco el nombrar referencial logra asir algo tan sutil como es el fuego, más allá de su química. Para ello, se ha visto obligado a tornarlo símbolo lleno de connotaciones o se ha visto obligado a tejer metáforas que, como los elementos, son unas pocas nada más que se repiten en la humanidad hasta el vértigo. Borges las señala en algún ensayo creo recordar que del libro Otras inquisiciones, y yo rescataré alguna que leí. Tres o cuatro metáforas básicas que es todo lo que puede decir el hombre o toda la belleza que puede encarnar a partir del inefable éxtasis. Una de ellas, vieja como Grecia, Babilonia o Sumer, es la del sueño como hermano de la muerte (así se dice en la Odisea). Sueño y muerte que tanto han impresionado, tener que morirnos, la aberración de que los seres queridos mueren y la sensación de que el sueño es una forma de estar muerto, o sea, que los muertos duermen. Si esta irrealidad se extiende a la vigilia, tenemos que la vida, como dijo Calderón, es también sueño, la bruma y la tiniebla que se es cuando se duerme.

Otra metáfora o símil “explicativo” es el de la eternidad como agua o arena, el mar o el desierto. Porque cuando el hombre contempla el mar o el desierto en gran medida capta, mira lo eterno, así como las grandes cordilleras. Dice una leyenda rescatada por Borges, que la eternidad se acaba cuando el inmenso Himalaya sea desgastado por el roce del ala de una paloma que pasará sobre su cumbre cada diez mil años. La propia noción de eternidad trata de ser metáfora del tiempo que parece no interrumpirse jamás como duración, o serlo todo en la dinámica imagen cambiante del Aleph borgiano. El tiempo, dijo Piglia, son pedazos de eternidad que se desgajan de ella.

Es a partir de fascinaciones como estas como todo lo que somos se forja: la ciencia, el arte, la propia vida. Al menos cuando la existencia se torna consciente y reflexiva. Es como si se diera esto a los niños y con ello se les diera todo, para que su propio proceso de veneración al mundo, ora con espanto, ora con gratitud y complacencia, inicie el movimiento vital, artístico y científico que no son más que dimensiones de estas admiraciones primarias.

Hay que destacar que el “lugar” donde se despliegan estos entusiasmos, dudas, temores primarios de la humanidad ha sido y es la poesía. El poeta precisamente “trabaja” con las metáforas y el lenguaje exprimiéndolos hasta la exhaustación. Un poema procede  de esta sensibilidad primaria que se traduce en belleza. Captar lo esencial es captar algo como bello, aplicado al universo y a la a menudo difícil y sórdida existencia humana. Creo que es lo más excelso que, junto a la música, puede haber logrado el hombre, porque el lenguaje apunta en el poema a todo lo que puede dar de sí la palabra para nombrar lo esencial y estos elementos conmovedores que estamos refiriendo.

De un modo u otro, en la educación hay que llegar a la poesía o a la música (ambas hermanas), porque son los caminos por los que se busca y casi se toca lo intangible, que es lo más importante: el hecho de existir, horrible pero hermoso, trágico o hasta cierto punto, en ocasiones felices, vencido por la ironía. Una escritora conferenciante que el otro día escuché en youtube lo dice de un modo curioso. Compara la poesía con la publicidad (ella se dedica a ambas) y dice, asombrosamente, que hacen lo mismo con el lenguaje, que presuponen un particular modo de exprimirlo y sacar todo el partido a la lengua (lo que quiere decir esforzarse por lograr el nunca logrado “nombre exacto de las cosas” a que aludía en su famoso poema Juan Ramón Jiménez o El Poema que late indescifrado en todos los poemas, me comenta un amigo poeta). La diferencia estriba en que la publicidad lo hace para un fin, que es vender. Se elabora poéticamente la palabra para convencer de que algo es bueno para ser comprado, es decir, hay un fin diría que vergonzosamente técnico, práctico y soez en este modo de uso poético del lenguaje.

Pero la poesía es una voluntad de sacar de las palabras todo lo que pueden dar de sí, aunque para otro fin… para NO VENDER. Lo esencial de la poesía es que no es un objeto ni cosa y por tanto que no está en juego para verderse. La aproximación poética al lenguaje reclama un absoluto desinterés en el poeta, que jamás debe instrumentalizarla más allá de considerarla vehículo para hallar belleza. Y por eso es la actividad más preciosa, elevada y minoritaria de todas. Un esfuerzo para nada. El poeta en muy rarísimas ocasiones puede vivir de su trabajo o por lo menos obtener ganancias aceptables. Y si lo hace, a la hora de escribir debe olvidarse de ello. Escribir poesía se hace, profundamente, a contrapelo del sistema de valores capitalistas o sencillamente de cualquier valor (también el llamado “compromiso”) que implique poner algo antes de la belleza. No es tanto esteticismo lo que deba impregnar un poema, tampoco, sino la más sencilla veneración, la justicia que le debemos al Cosmos, la gratitud. Incluso la presunción de que el cosmos sea algo cualitativamente distinto de su carácter más astral y objetivo.

El poeta porta el desinterés absoluto, casi el desprecio por la eficiencia y la ganancia. Pero, aún siendo un arte tan minoritario y exquisito, tan “inservible”, puede lograr que el mundo cambie. Como dice Alejandra Pizarnik en su conocido poema: “La rebelión consiste en contemplar una rosa hasta pulverizarse los ojos”. Es la contemplación de la rosa hasta percatarse de que guarda algo precioso y que esto sea tan inalcanzable y grande que lo vampirice a uno y lo haga su siervo o, en el mayor de los éxtasis, lo pulverice, al mismísimo órgano de la mirada inválido para mirarlo. Ese presentimiento que también está en cierto modo en la filosofía y especialmente en las religiones, la de un plus secreto y sobrecogedor que hay en todo, en la creación, como si todo guardara un apetecible tesoro cuya palidísima parodia es el dinero que el poeta desecha. Hay algo en la realidad que siendo lo principal, no encaja con ninguna palabra ni medio de expresarlo, que no agota siquiera el término belleza; algo hondamente conmovedor e inefable a nuestro alrededor y en nosotros mismos. Es la invocación de este telúrico misterio el que genera el despliegue que podríamos llamar “poetización del mundo” como última y mayor de las utopías. La abundancia e invasión de poemas arrojados a la multitud en casi arrogante rebeldía.

No hay nada más excelso que dar a los niños. Si se da esto, todo llegará por añadidura. Un buen astrofísico o matemático básico, por ejemplo, nunca serán buenos en su contemplativo oficio si no ha germinado en ellos la poesía o, dicho de otro modo, si no se aproximan a sus realidades sin emoción poética. Proporcionar belleza (sobre todo música y poesía) formaría parte de una pedagogía cuya finalidad realmente fuera abrir el caudal del mundo a los ojos siempre asombrados del niño. No se aprende bien si antes no hay una cierta propensión mística que ha de canalizarse.

La poesía, pues, lo es todo en la enseñanza. Está a la base, como contemplación, de cualquier vía que pretenda conocer o explorar el mundo, dando además el muy socrático aviso de que cuanto más se sabe científicamente, más vacíos y páramos desiertos se nos abren enfrente. Si el niño no aprende esta veneración y humildad por el ser que ya alberga germinalmente como ser humano, no va a aprender nada bien. ¿Qué le pueden decir, por ejemplo, las matemáticas sin la captación de su valor y atractivo poético? Cualquier matemático sabe y afirma que su ciencia es bella. Entre las tecnologías, según he conocido algunos casos, he escuchado a arquitectos indicar que su profesión es artística, no una mera tecnología, y que procura la irrigación de la belleza en un espacio que la remanse y contenga.

Quizás para ser más claros habría que definir qué entendemos exactamente por poesía, pero ocurre que no hay una definición fácil que recoja todo el “fenómeno”, quizás porque, como la filosofía, pretende precisamente ir más allá de lo fenoménico y sugerir ese campo de misterio y tiniebla que es nuestro origen, lo nouménico  o la voluntad, con la cual solo es el arte quien puede tratarla de tú a tú, según Schopenhauer. No puede señalarse lo que opera señalando oblicuamente. En sí es ya algo turbio, oblicuo, jamás referenciable. Por eso nos cuesta definirlos y por eso se dice que ante la pregunta de cierta dama a Beethoven por el significado de cierta sonata que acababa de tocar al piano, ni corto ni perezoso, contestó volviéndola a interpretar por completo. Se cuenta que dijo antes: “quiere decir esto…”

El científico y la persona egresada, habrá de haber aprendido y ejercitado sobre todo cómo ha de abordarse poéticamente su mundo, el carácter a la par bello y misterioso del mismo, para poder decirse, en la evaluación de la vida, que verdaderamente ha aprendido. Si aprender no parte de una conmoción ante lo que se está tratando en la clase, es una educación falsa, técnica meramente. De nuevo insisto en que será la belleza la que mueva al futuro hombre y mujer y, eventualmente, casi como una religión, podemos conjeturar un mundo que sepa ser bellamente, más allá incluso de las más fantásticas utopías. Mientras tanto contentémonos con que la poesía sirva para abrir los ojos del niño al misterio.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Lectura de "Cuerpo de amor" de Alda Merini





He leído Cuerpo de amor. Un encuentro con Jesús, de Alda Merini.

Alda Merini es una reciente poeta italiana enormemente singular. La clave de su obra es la de una mística de la carne, una lectura del Dios y el Jesús cristiano, y del éxtasis, como un esplendor carnal porque para ella la carne es lo más excelso que somos o, propiamente, lo que somos. Los poemas que he leído, en la edición bilingüe de Vaso Roto del libro Cuerpo de amor. Un encuentro con Jesús, son una visión de Cristo muy personal, que se vive en la extrema distancia que necesitamos que exista entre Cristo y nosotros, pero al mismo tiempo con el sentimiento de que está muy cerca. Me parece afortunada la interpretación del tan controvertido teológicamente silencio de Dios como algo que el propio hombre necesita y requiere para vivir (que ya lo decía San Agustín). Dios nos deja aparentemente solos para que su luz no nos deslumbre y el poemario parece remitirse a una teología negativa que la autora vincula con el amor. Se ama a Cristo porque se tiene, porque se sabe afín a uno, pero también porque falta, porque está distanciado y ausente. Debe ser así para que el hombre sea, pero el silencio es elocuente; en él habla Quien se nos acerca de ese modo previo a todo discurso. Lo peculiar de la escritura del poemario leído es la sencilla belleza con que su autora dice esto, con un ritmo muy fluido, sin dar la sensación de que pontifica grandes verdades, sino "colando" esas verdades como algo obvio, como algo que todos sabemos en la medida en que lo saben nuestros cuerpos.  

Estas ideas en su poesía, unidas a una experiencia vital entre la indigencia y el manicomio, hacen de Merini un grato descubrimiento. Su lenguaje es cercano a la prosa, se desarrolla con suavidad y, contra lo que parece, no abusa de la razón más que para sugerir esas pocas reflexiones que hemos señalado, como tenues  luces en el fondo oscuro de nuestro origen.

Refiero a continuación este fragmento:

“Así es la resurrección, así es el milagro de un Dios que permanece en nosotros, y cada día vivimos porque junto a nuestra ala se eleva la tiniebla del cuerpo, aquella tiniebla del cuerpo que es la casa del alma, nuestra casa tenebrosa, nuestra casa que no está abierta para nadie”.

La soledad y la carne es lo que tenemos. Una tiniebla las acompaña (la muerte, la falta de respuestas, el dolor, el tiempo, la distancia), pero también un gozo, una cercanía de Dios en su ausencia. Es la carne la que habla de Dios y donde Dios habla, en la imperfección y la temporalidad. La carne, llega a afirmar la poeta en algún momento, no es lugar del alma (que también lo dice), sino, de hecho, es el alma.

Resulta elocuente y bellísimo el texto que ocupa las páginas 67 y 68 de la presente edición. Es muy largo, y como merece ser transcrito por completo, prefiero que se lea íntegro en el libro original.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Lectura de "Antología bilingüe" de William Blake, ed. Alianza




Estoy en plena lectura de la antología bilingüe de la poesía de William Blake de Alianza. Me he encontrado con el poema cuyo fragmento cito a continuación, en inglés y traducido al castellano, muy borgiano y de hecho creo recordar que mencionado con alguna frecuencia por Borges, a quien también fascinaron los tigres. Es un poema magnífico que aborda lo sagrado a través de la imponente figura del tigre, de "terrible simetría" ("fearful symmetry"). El fragmento abre el poema y también lo cierra.


Tyger! Tyger! burning bright
In the forest of the night,
What immortal hand or eye
Could frame thy fearful symmetry? 
(...)


¡Tigre! ¡Tigre!, luz llameante
En los bosques de la noche,
¿Qué ojo o mano inmortal
Pudo idear tu terrible simetría?
(...)