miércoles, 30 de octubre de 2019

Lecturas varias: Borges y Bolaño, de nuevo.



En las últimas semanas he vuelto a leer a mi querido Borges. Relectura, pues, de Historia universal de la infamia, Ficciones, El Aleph y el libro de ensayos Otras inquisiciones. El goce siempre como si hubiera sido la primera vez, con nuevos felices hallazgos y un placer inefable. Sí recuerdo, frente a mis más antiguas o primeras lecturas, que en numerosos relatos he hallado un constante sentido del humor en cada frase de Borges, en especial, en los relatos de Ficciones, como Tlon… o Pièrre Menard. En concreto respecto al de Pièrre Menard, autor del Quijote, la elegante gracia e ironía, el propio valor del relato, me han parecido aún mayores que en anteriores lecturas. En él se ven recursos que, por ejemplo, Bolaño empleará en abundancia: los autores ficticios, las listas de obras irrisorias e inverosímiles, la reflexión sobre el Quijote y la literatura. Es un relato genial. Pero todos los relatos son perfectos, inigualables. He disfrutado también más que antes de la relectura de Historia universal de la infamia.

Además, he terminado de leer A la intemperie, libro de conferencias, entrevistas, crítica y reseñas de Roberto Bolaño. Otra obra que me he bebido sin darme ni cuenta. Porque a estas alturas hay que leer solo por purísimo gusto.

domingo, 27 de octubre de 2019

Lectura de "Flores del Buda", de Buson




¿Qué viento conduce a uno de libro a libro? Llevo semanas en un modo de leer por contraste, pasando de la prosa a la poesía, de esta a la prosa, de poema a poema, de capítulo de un libro a capítulo de otro. Un festín de símbolos y melodías. Así, en medio de la lectura de Las flores del mal, he terminado una obrita encantadora de la magnífica editorial Satori: Flores del Buda, del haijin Buson, 2017, Gijón. Unos cuantos haikus del gran maestro del siglo XVIII Yosa Buson, de los que me quedan resonando especialmente estos dos, en la traducción del niponólogo Rodríguez Izquierdo:

Toda la noche
cae en silencio la lluvia
sobre unos sacos.

Aunque me gustan poco reflexivos y naturalistas, destaco esta breve observación llena de sentido, que sin duda llega con una mirada contemplativa y serena:

El ermitaño
es humano; y es ave
el cuco asiático. 

RELATO: Ménage à trois

Ménage à trois
Marcos Santos Gómez

Bebí del surtidor el agua casi helada mientras el sudor me resbalaba por la frente. La caminata había sido larga. Sandra nos había dicho “sois tan distintos”, sin haberse decidido todavía por mí o por Juancho. Agregó: “os quiero a los dos”. “¿Distintos? –pensé-, “si es mi mejor amigo… somos iguales”. Pero en realidad, admito, nunca hemos sido iguales.

Supe que a horas tan calurosas del mediodía, en Andalucía y en verano, el agua era como un regocijante tesoro que había que gozar sin concesiones. Eludí mirarla, una vez más, y llené mi cantimplora con agua de verdad. Pero para Juancho estaba demasiado fría. No llenó su cantimplora y me percaté de que no había bebido nada cuando yo había ya agotado el agua de la mía que estaba llenando en la fuentecilla. Del lugar nos había hablado un cabrero que después resultó que le pagaba el ayuntamiento para fomentar las visitas a la sierra. Me pareció increíble que Juancho no bebiera. Pero no era algo nuevo. Siempre hemos compartido penas y glorias, solo que a la inversa. Cuando para uno penas, para el otro glorias. Cuando él ganó su premio literario con Descomposición de un castillo de arena en el instituto yo perdí el mío, y cuando yo gané mi premio en el colegio, con el relato llamado En construcción él no consiguió ni siquiera la mención. Tenía imaginación, y la sigue teniendo. Muy diferente, eso sí, a la mía. Porque cuando yo invento y digo chaladuras constantemente (se dice que mi verborrea a ratos es divertida, a ratos insufrible), él siempre calla, por lo menos en los momentos de mi mayor inspiración locuaz. Su perenne silencio me exaspera. Habla lo justo y yo no puedo refrenarme, pues hablo sin parar con euforia, con agitación, con miedo. De hecho, es muy reservado. Su mirada profunda y lánguida no se parece a la mía esquiva y nerviosa. Si jugamos al póker él gana y yo pierdo, pero si yo gano, él pierde. Sus miserias son mis dichas, mis desdichas sus logros. Tanto es así que jamás nos coordinamos en las timbas de mus. Pero siempre vamos juntos. Somos muy amigos.

Por eso, lo mejor era, concluí, que cada uno hiciera lo que sabía hacer bien, y así se lo dije a ella. Que decidiera Sandra. No podíamos estar en el mismo sitio, a pesar de llevarnos tan bien. Ella insistía en lo del ménage à trois, pero yo le aseguré que jamás mantendríamos el vigor viril los dos al mismo tiempo, por la mencionada razón, es decir, que cuando uno exulta, el otro languidece. Si para uno llueve, para el otro hace sol, si uno se adormece en la siesta invernal junto a la chimenea, es porque el otro sueña con el verano. Si en la casa de uno todo son tonalidades rosas, en la del otro son azuladas. Si a uno le hace la coba un gato que ronronea, al otro le muerde un perro. Si uno quiere melón, el otro sandía. Tenía, pues, nuestra chica que inventar otra cosa, otro modo de fundirnos los tres, en un equilibrio de contrarios, en una armonía de lo divergente. Y pareció ver la solución sin palabras, con un leve fruncimiento del ceño. Se dijo, “creo que ya lo tengo”.

En la noche, algo aparte de la hoguera en torno a la cual todos cantaban, dejó que me explayara. Me escuchó como nadie lo había hecho, asiendo mis manos con las suyas, comiéndome con los ojos. Mi verborrea era entonces, como lo es siempre en el fondo, muy triste, así que se me iban empañando los ojos contándole todo, al tiempo que el cuba libre me empañaba el sentido. Finalmente ella dijo, “esto es lo que quieres” y me dejó dormir un poco bajo la higuera y el cielo más que estrellado.

Cuando desperté, todavía de noche, lo comprendí. Era el momento. Yo debía llorar. Debía llorar mirando, junto a ellos, sentado a su bendita vera, salpicado por sus efusiones. Mientras yo había estado soñando, lo habían preparado. Toda la acampada dormía, pero se habían acercado el uno junto al otro y se arrojaron mutuamente a la más carnal noche de amor, haciendo Juancho lo que sabía hacer, buscar el gozo sin límites, mientras yo, que comprendía la jugada a la perfección, me senté a mirarlos muy cerca, pero con miedo de tocarlos, sin siquiera rozar a Sandra y arrojando una copiosa lluvia de lágrimas junto a hondos y guturales gemidos de desconsuelo que solo calmó el amanecer cuando irrumpió el final extático de ambos. Ella no había dejado de mirarme, ora furtiva, ora descarada, mientras Juancho la amaba a mi lado. ¡Qué sabia estrategia!

domingo, 20 de octubre de 2019

RESEÑA: "A la intemperie", de Bolaño y "El libro de arena", de Borges.

RESEÑA: "A la intemperie", de Bolaño y "El libro de arena", de Borges.

Marcos Santos Gómez


He terminado la lectura de A la intemperie, de Roberto Bolaño. Este libro recoge toda su producción de artículos, ensayos, conferencias, que a lo largo de los años noventa, en especial, fue dejando dispersa. Se reconoce con claridad una impronta borgiana. De hecho, este tipo de escritos fueron muy abundantes en la producción de Borges, a quien se nota con claridad que Bolaño tiene como referente. Él es, por supuesto, un Borges menor, un Borges sucio, que traslada la fina boutade del maestro argentino a un entorno de rabia y lucha entre escuelas de escritura que da la sensación de una carrera de coches deportivos. Bolaño es más impulsivo, más primario acaso, pero no deja de afinar y tener buena puntería. Se sitúa en este papel que eligió; en realidad jamás tuvo la opción de hacer otra obra y vivir otra vida, lo por cierto nos pasa a todos. 

Al mismo tiempo, he releído El libro de arena, de Borges. Un librito del tamaño mínimo de todos los suyos, lleno de relatos cortos y que, como dice en el epílogo, son muy lineales, lo que me parece le vino mejor para escribir ya totalmente ciego en los años setenta. Varios de estos relatos aparecen en la magnífica película Los libros y la noche, que recomiendo; un film sobre Borges y, por supuesto, borgiano. Por ejemplo, el relato titulado El otro, que cuenta un encuentro del Borges septuagenario con el veinteañero. También, el elegante Ulrica, que tocando algo insólito en Borges, como es el tema amoroso, enhebra su estilo precioso y sereno con una trama breve de encuentro sexual, bastante sexual, según se vislumbra. La mezcla de ambos tonos, o el tema narrado con la estoica serenidad del argentino, es lo mejor del relato y el peculiar efecto que logra, como si dotara de una divina trascendencia a una suerte de caída, no ya infernal, pero caída. Dicho lo cual, advierto que ni a mí ni a nadie nos interesa la trayectoria de Borges en su vida personal y nos quedamos en una apreciación del relato como debe ser siempre, en el margen del propio relato que es lo leído y lo estudiado. Eso debe ser todo. Me irrita sobremanera quien confunde, a estas alturas, el narrador de un relato, aun cuando fuera en primera persona, con su autor. Es una indecorosa desviación de lo que es y debe ser la literatura. Importan las obras, no los autores.

En El congreso de nuevo protagoniza la trama una vasta empresa de compendiar el universo que acaba confundiéndose con el universo, como aquella otra brevísima historia creo que de El hacedor, en la que un mapa llega a sustituir la tierra que representa.

El relato El espejo y la máscara, cuenta la progresiva ganancia en intensidad y al tiempo corrupción de una expresión poética que comienza con la perfección de una saga nórdica y sus claras metáforas, hasta ir hundiéndose, junto al rey que la pide y el poeta, en algo abisal que incide y va abismando las distintas versiones hasta quedar solo una línea que lo dice todo, lo maravilloso pero también el espanto y el fracaso de toda poesía, pues, como dice Borges, un poema es un fragmento que trata de decir el Poema, y así, todos los poemas son frustrados intentos de decir un único poema que recoja toda la maravilla y el espanto del mundo.

En Utopía de un hombre cansado Borges imagina el futuro de una humanidad que ha vencido muchas de nuestras imperfecciones y que viven una vida beata que solo el suicidio, el momento elegido de la muerte, corta cuando la abulia supera a la expectación. Un cuentecillo de la mejor ciencia ficción o género fantástico, si es que queremos malear a Borges considerándolo autor de género. Lo cierto es que su elucubración sobre el futuro de la humanidad es de las mejores que he leído nunca. Borges no para de ironizar con nuestros sueños actuales y, en el fondo, habla de aspiraciones universales de los hombres, de una sabiduría final que conforma a una humanidad plácida y mansa pero cansada. La mera existencia continúa siendo una carga a menudo no percibida, pero como hoy lo es.

Otro, El disco, desarrolla la existencia de un objeto imposible, un disco que en nuestra dimensión, no tiene volumen y solo presenta una cara, o, lo imposible de un volumen que solamente incluya un plano, y no los infinitos planos que todo volumen debe contener. Creo haberlo entendido así.

Y por no abundar más y hacernos eternos, nombremos, aunque sea, al relato que da título al libro, El libro de arena, otra metáfora borgiana del infinito que pinta un libro que contiene infinitas posibilidades, tantas, que una página puede aparecer con una extraña numeración y tras pasarla, ya no verse más. El libro no tiene principio ni fin. Como siempre, transmite el sereno vértigo y acaso horror propio de las innumerables páginas que fatigara el argentino, de todas las páginas y vidas por realizar, siempre inagotables. En medio de tanto abismo y desmesura, es milagroso que existamos y, encima, que no nos volvamos locos. Todo pende de un hilo.




viernes, 18 de octubre de 2019

RELATO: La perversión

LA PERVERSIÓN
Marcos Santos Gómez

Dedicado a H. P. Lovecraft

Ayer satisfice la más audaz de mis perversiones. Era un secreto a voces que existía la sala y solo tuve que hacerme el visto a menudo en el lupanar, tres o cuatro días a la semana, para que en un mes alguien con voz queda y temblorosa, confiando en mí, me lo confirmara, añadiendo que sus puertas me esperaban abiertas. Es extraño lo que hoy siento: las agujetas, mi cuerpo moldeado por el recuerdo de un untuoso abrazo que me llenó de azulados cardenales redondos y dispuestos en tiras, el eco de una euforia incontenible, el fatal frenesí que podía ser de amor o de muerte o de cualquier inconfesable profanación, el resto en mi alma como de haber cometido un macilento sacrilegio, el saberme ya más allá del límite que nunca esperé cruzar.

Acompañó mi noche de amor el olor a tierra quemada, azufre y coco. Más unos incentivos líquidos que podríamos considerar estupefacientes que fueron, de hecho, muy necesarios, para soportar su volumen. Me administré la ingesta con alma de boticario y corazón de don Juan. Me dijeron que debía hacerlo y no tuve reparos salvo el de no reconocer ninguno de los brebajes. No eran drogas al uso, creo, si es que eran drogas. Podían ser, y quizás lo fueron, simples zumos de frutas tropicales y cócteles cuyo secreto perteneciera al avezado barman. Pero la euforia que me produjeron hoy me hace sospechar de lo que verdaderamente tuve que ingerir, de su naturaleza profundamente ominosa.

En realidad no sé qué cosa era nada en aquel ritual grotesco de los preliminares. Los zumos, la vestimenta acorazada, el balón de oxígeno. Me previeron que tendría quizás, como en otros casos de selectos clientes, problemas para respirar. Me hicieron advertencias en este sentido, todas terminantes y singulares. A nadie interesaba que aquello acabara mal. Pero lo que me esperaba superaría con creces todo, todo lo peor, lo más abominable y abyecto que un ser vil como yo haya podido experimentar en su vida disoluta y depravada. Creo que anoche me nació el escrúpulo moral, lo que me hace pensar que todo escrúpulo moral no sea sino un mecanismo de defensa frente a lo peligroso. Yo debía haber imaginado que me ponía en peligro.

Solo puedo recordar que me dejaron de pie y vacilante en el piso de arriba, mirando hacia abajo la escalera, en el rellano. Llevaba puesta una escafandra. Como estaba abierta a mi izquierda la puerta de la sala, miré de reojo su incongruente mobiliario. Era tal vez una alcoba donde había quizás una cama que acaso no era tal. Antes bien, parecía un mueble fabricado para soportar en peso alguna forma poco común, rareza que avalaba la grúa sobre este raro lecho, compuesto de huecos y bultos para apoyar algo numeroso. Uno conoce un objeto si conoce bien a qué se acopla y el uso que se le destina. Por ejemplo, una tijera. Conocemos el objeto y el uso y la naturaleza y formas a los que se destina. No era este el caso de ninguna de las cosas que podían verse en la sala. Una cama para humanos debe ser un objeto preparado para sus usuarios. Pero un lugar de reposo y amor para otra cosa debe acoplarse a formas que en ningún momento yo fui capaz de reconocer. Aquello no era una cama. Era algo inexplicable que desprendía una sensación de agonía. Sobra decir que a pesar de los incentivos químicos un cierto resquemor comenzó a ocuparme el pecho. ¿Dónde me estaba metiendo? ¿Quién o qué venía a hacer el amor conmigo? Aquello poco a poco dejó de gustarme. Alguien gritó riendo, desde el piso de abajo: “ahora ya no puedes echarte para atrás”. Y entonces sucedió. Sucedió que empezó todo.

Vi que algo lento y opresivo y plural subía por la escalera.

miércoles, 16 de octubre de 2019

RESEÑA de La memoria de Shakespeare: ¿Se puede filosofar con Borges?


RESEÑA  de La memoria de Shakespeare: ¿Se puede filosofar con Borges?

Marcos Santos Gómez


He releído el último libro de relatos publicado por Borges, en 1983, que aunque ciertamente no iguala a los anteriores, impacta y da que pensar. No porque Borges pretendiera en ningún momento hacer filosofía, disciplina con la que, antes bien, jugaba y gustaba de considerar, igual que a la teología, como un subgénero literario dentro del género de la literatura fantástica. Él solo desarrolla este modo de aproximación literaria a lo filosófico, entre lo narrativo y lo poético, y solo así él es capaz de pensar y de hacernos pensar. Dicho de modo más explícito, su forma de pensamiento es la duda más corrosiva que he leído nunca. En este libro, de poquísimas páginas y que puede ser abordado en apenas una o dos horas, toca temas que sin ser nuevos, los dice de otro modo, lo que es el único modo de orden admisible por Borges, el orden que juega a hallar simetrías, identidades y reglas donde no las hay.

Son cuatro relatos. En el que da título al libro, La memoria de Shakespeare, un hombre compra en cualquier calle de la India un objeto bastante particular: la anodina memoria de Shakespeare. Es decir, no su obra ni sus invenciones, sino algo que estuvo siempre ajeno a una obra en la que el autor jamás habló de sí mismo (quizás ni siquiera en sus famosos sonetos), pero que siempre habló, claro está, de otros. Él no fue ninguno de sus personajes. En un famoso pasaje de El hacedor, que suelo recordar a menudo, Shakespeare se supo frente a Dios, antes o después de la muerte, porque este detalle de estar vivo o muerto carece de importancia. Entonces le pide a Dios, quien le contestará “desde el torbellino” o la tormenta (como a Job) que le haga ser un solo hombre, uno y verdadero, y no muchos y ninguno de ellos, como lo había sido en su obra. La contestación desconcertante que le brinda Dios es: “Yo también he soñado el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estabas tú, que como yo, eres todos y nadie”. Si la memoria prestada de Borges no me falla, así cuenta nuestro indeciso y conjetural argentino que admite el Creador algo sorprendente, como es la incerteza de aquello que, como dijo Descartes, más cierto era. Lo que ocurre es que esta veleidad de lo existente se eleva al infinito con Shakespeare, cuyo misterio es que es un autor que ha desaparecido por completo de su propia obra, que dedica a todo lo que él mismo no es. Hay, en todo caso, una presencia negativa o como paradójica impresencia en toda autoría, en especial en la del inglés que se postula como autor de Macbeth, etc. Un golpe, por otro, a la literatura de corte más narcisista y romántica que pretende ser la expresión, por lo menos sentimental, de un yo.

He tenido que dar este breve rodeo para que se comprenda en toda su trascendencia ese objeto comprado por el protagonista del relato… nada menos que la memoria anodina, decía, de quien nada tuvo que decir sobre sí. Lo interesante de Shakespeare, se afirma en el relato, se confunde con los mejores momentos de Hamlet o Macbeth; está en los textos, que eclipsan y quizás salvan, al mismo tiempo, una vida cuyo mayor logro fue obtener unas rentas para vivir media vida sin tener que escribir más y en el más absoluto anonimato para sus coetáneos y para nosotros. Esa peculiar memoria de alguien que quiso ser nadie es lo que al protagonista atormenta: olores y sabores, músicas buenas para tararear, alguna borrachera, los goces del amor y el sexo… nada del otro mundo. Así que nuestro hombre no aprende nada de Shakespeare, o, mejor dicho, de su obra. Sencillamente se ve inmerso en un océano de mediocridad.

Omitiré el cuarto de los relatos, pero deseo referirme a los dos restantes, bellísimos. El llamado Los tigres azules es una maravillosa metáfora sobre la locura, en el contexto onírico-idealista de la filosofía (sic) borgiana. Un hombre se hace con unas piedrecitas muy bellas de color azul que no responden, acaso solo ellas en el orbe, a las más elementales reglas de la aritmética. Por más que realice operaciones matemáticas con las mismas, bien restas, divisiones, multiplicaciones o sumas, el resultado es siempre incierto. A menudo, la mitad supera al todo, por ejemplo. Las dichosas piedrecitas suponen un obvio desafío a lo único que nuestra alma cartesiana erige como certeza, además del yo. Las serenas operaciones de las matemáticas. Solo esta certeza, señala el protagonista, sostiene y salva al mundo, porque todo lo demás (como por cierto también dijo un personaje de Shakespeare) es sueño y locura. El modo de vivir sin volvernos locos, sin hacer de la propia existencia solo caos y azar es la confianza que todos tenemos en que dos más dos sean cuatro. Así, las piedras parecen provenir de una pesadilla que, como todas las pesadillas, amenaza a nuestro sueño. Las piedras, como las pesadillas, rompen el fino hilo que nos ata a la seguridad y la certeza y por tanto nos hacen desembocar en la locura.

Y el otro relato, el más bello y conmovedor, se titula La rosa de Paracelso. Para ser sincero debo mi relectura de esta obra postrera de Borges a su discípulo nada díscolo Bolaño, quien resume este cuento en su volumen de mini escritura reseñista y ensayista borgesiana A la intemperie, publicado por Anagrama y que recoge el de menor extensión que se tituló Entre paréntesis. En el relato borgiano, Paracelso, cansado de su soledad, pide a Dios, al Dios incierto de su obra, que le conceda un discípulo. Éste llega, en efecto, y se presenta con una bolsa de monedas de oro y una rosa. Le pide al maestro que realice el milagro de resucitar la rosa de sus cenizas, pues la tira al “escaso fuego” de la chimenea. Paracelso le explica, sin magia, que todo lo que ha hecho reposa en la fe en que vivimos ya en el Paraíso, pero en el modo infernal que lo desconoce. Al estar en el Paraíso todo es ya pleno e inmortal y por eso las rosas, enseña el maestro a su discípulo, no pueden morir ni destruirse. Este, decepcionado, insiste en que solo ve cenizas en vez de rosas y Paracelso le hace creer que su obra es falsa y que solo vive de su prestigio también falso. Él no hace milagros. El discípulo cree esto y ante la imposibilidad de ver un milagro (lo que supone un quiebro en la continuidad del mundo, no lo olvidemos y que es justo lo opuesto a lo que Paracelso le estaba tratando de explicar), lo abandona con pena. Entonces, como en otro relato de Borges, obra para sí el “milagro” secreto que restablece o consagra un orden y la rosa vuelve a ser lo que era, lo que siempre será, lo que es, renaciendo de sus cenizas en su mano. Al discípulo, con fe en los milagros, le faltó la verdadera fe.

sábado, 12 de octubre de 2019

Belleza y crueldad


Belleza y crueldad

Marcos Santos Gómez


El magnetismo que irradian las grandes obras de arte, en la belleza más portentosa y sublime, uno siente, si le quedan palabras, que ha trascendido lo moral, el buen gusto, lo bonito y decorativo e incluso lo conmovedor. Difícil es confesar para quien tiene a la bondad y el amor como ideal, que en el ideal de lo bello no se halla bondad ni maldad. El flujo de esa belleza sublime desborda su objeto e irradia con un esplendor que es difícil rechazar pero, también, aceptar. Así, un puñado de lecturas recientes y casuales me lo han sugerido. En especial, porque hace un par de horas que lo he leído y aún agita mi mente un estremecedor soneto, horrible y magnífico, de Baudelaire, de Las flores del mal, que se me ha colado en esta tarde de sábado. Es el soneto XXXII, pero podría ser cualquiera de muchos de los poemas que lo acompañan en este libro terrible. En él, hay un halo inhumano, pérfido, cruel en los ojos de la avejentada prostituta inmune ya a tanto dolor, que irradia y capta al poeta desde sus fríos ojos no velados por las lágrimas. La belleza que mira y busca Baudelaire es belleza a contrapelo que se rescata del triste paseo por la modernidad.

Es exactamente esto lo que canta y exalta Alejandra Pizarnik en muchos poemas, la peligrosa belleza de la rosa que pulveriza los ojos que la miran. Algo premeditado y elegantemente diseñado por su pulcra y poética prosa en el relato La condesa sangrienta o la desesperación de su Diario que en sus primeras páginas he dejado de leer para darme un respiro y no ahogarme entre sus letras y noches. O los ángeles de Rilke. Estamos, pues, en la zona más sombría de lo bello.

Desde esta órbita de crueldad se me antoja escrita la tercera novela que he leído en algo más de una semana, de la escritora belga-japonesa Amélie Nothomb. Es la que la lanzó a la fama, la primera, la que en Estupor y temblores alude como un puñado de folios manuscritos inéditos. Con estupor y temblores, por cierto, ha de dirigirse el súbdito al emperador, un emperador que no es ya hombre, que en gran medida es irreal por muy de carne y hueso que sea, que apunta a un ámbito de perfección y sublimidad, donde se forjan las tormentas y los copos de nieve, donde se diseñan la flor del cerezo y el crisantemo, más allá de nuestro pobre alcance. Y es esta dimensión regia de donde emana algo que solo podemos recibir, en muchas ocasiones, con estupor y temblor.

Hilando lecturas, desde Amuleto de Bolaño y, en realidad, todo Bolaño (cuyo libro de escritos breves y ensayos titulado A la intemperie ando husmeando) a los relatos de espectros del Japón, su ritualizado e hierático teatro Noh e incluso el humor negro grotesco del siglo XX; a los ángeles de Rilke, pasando por la Pizarnik y Baudelaire, llegamos a la prosa de Nothomb que, si bien a años luz de estas experiencias estéticas (nos parece) sí es cierto que asume como leit motiv precisamente este carácter cruel y terrible en el arte. Higiene del asesino plantea una tensa relación del protagonista, un espantoso y odioso escritor cuyo cuerpo semeja el de una gran oruga pálida y pelada, que solo hace comer asquerosas combinaciones de grasas diversas y dulces, pero que ha ganado el premio Nobel. Su carácter es propio de abusador, de irrespetuoso monstruo que falta a la dignidad de los demás y que aniquila dialécticamente a cuatro periodistas que salen llorosos y espasmódicos de su encuentro con la bestia. Pero llega la horma de su zapato de la mano de una mujer aun más fría y cruel que lo va derrotando emocional y dialécticamente hasta hacer que se arrastre por el suelo y confiese un ominoso pasado que ha de culminar, necesariamente, con la muerte. Es un argumento horrible, son personajes odiosos pero lo que está en juego es la capacidad de la literatura y lo bello de situarse más allá de sus creadores y cultivadores. El arte puede emanar crueldad porque su lugar es más allá del bien y del mal, de toda discusión sobre moral y costumbres, de toda finalidad política; es decir, el arte es mito, está en el mismo lugar donde nos magnetizan los mitos y de hecho nos magnetiza de la misma manera. Esta cualidad hipnótica y resplandeciente de la belleza es a lo que las tramas de crueldad del hombre con el hombre que desarrolla la Nothomb, apuntan como propio de lo genuinamente bello. Es terrible e indeseable que sea así, pero es cierto que lo es.

Dos personajes se hacen todo el daño del mundo; Baudelaire pide a la decadente meretriz que logre derramar lágrimas en medio de un horror que adormece la pena y que esas lágrimas velen el fulgor gélidamente irresistible de sus pupilas blasfemas y pecaminosas; los ángeles de Rilke cuya mera contemplación puede insuflar muerte y locura; la rosa de la Pizarnik y su condesa sangrienta a las que uno cede más allá del pudor hasta aceptar que pueden existir objetos tan insufriblemente bellos como mortales. Todo ello, digo, para hallar algo hermoso en los tristes seres humanos, como el humor en la desesperación, como broma de la magia que nos torna esclavos de un ominoso ritual vudú. Es toda esta poética la que abusa de nosotros por poner la belleza donde no quisiéramos que estuviera. Pero el arte tiene que resistir a su manera, a su modo extramoral, dionisíaco, y solo en estos modos de la perversión y el delirio cabe imaginar lo que tontamente se creyera y se llamara “arte comprometido”.

Hace falta leer mucho más, mucho, pero mucho más, a Bolaño.

sábado, 5 de octubre de 2019

Lectura de "Alejandrías", antología poética de Luis Antonio de Villena

A partir de una lectura de Alejandrías (antología 1970 – 2013) 2 ª edición aumentada, de Luis Antonio de Villena. Ed. Renacimiento.

Marcos Santos Gómez


Cuando uno ha leído muchos textos, se da cuenta de que todos son versiones de unos pocos originarios. La emoción que puede sentirse cuando se escucha recitar o se leen los primeros versos de la Ilíada, es la de reconocernos en ellos por encima de distancias y tiempos que, sin embargo, no han pasado en vano. En esas distancias se han ido contando a manera de variaciones musicales sobre un tema los pocos versos e historias en que consiste el hombre. No es posible vida ni humanidad sin relatarse, sin relato, sin poema. Y por eso es eternamente posible y urgente acudir donde tantos han acudido y repetirlo como algo nuevo. Esto es leer y escribir. Y existir. Un manso estanque a medias sombrío y luminoso, donde parecen danzar reverberaciones infinitas de aquello que una vez se dijo.

Podemos arañar aquellos primeros vestigios y para ello aprender esforzadamente el griego antiguo o el latín, para, aun habiendo conseguido el casi pleno dominio de estas lenguas, descubrir que sigue quedando algo sin decir, sin poderlo evocar y a lo que apenas se vislumbra. Pero se da la regocijante paradoja de que somos en lo que se ha perdido. Somos lo que habiéndose perdido, es en nosotros y permanece. Somos en el resto entre aquel tiempo originario y nosotros. En esta fuga es donde se da el tiempo del hombre y la historia o, esa palabra desvirtuada: la tradición. Me refiero a la distancia entre aquellos primeros versos de la Ilíada y el modo en que hoy estos laten por doquier en una extraña eternidad en la que son de otro modo. Y en estos vagos y móviles asideros prolifera lo poético, en estos vacíos y exaltaciones. En esta melancolía es posible explicar lo inadmisible: que sigan componiéndose sonetos o todavía alguien desee leer a Catulo en su lengua. A estas alturas…

Son reflexiones que acuden y me han sido suscitadas por la magnífica poesía de Luis Antonio de Villena. En sus impecables versos, serenos, ajustados, con ritmo y cadencias elegantísimas, pero, al mismo tiempo, actuales, valientes en los temas y asuntos, con palabra viva y contemporánea, he sentido esta cercanía y a la vez extrañeza de lo latino, de lo clásico, de lo originario de nuestra tradición. Tiene hoy sentido volver a lo latino y lo helénico, para un poeta, exactamente en el modo que lo tiene en la poesía de Villena. No huele el latín a rancio, porque es buen latín, hoy, es decir, buen castellano en el que late y refulge la nobleza, que decía Borges, del latín, la nobleza a la que aspiran todas las lenguas.

La antología de Villena es una magnífica muestra de sus extraordinarios poemas, de las etapas en las que ha ido forjando sus variaciones y que nos enseña el valor perenne de aquella cultura y lengua que él tanto y tan bien sabe venerar. Sin leer latín, en su español he sentido a menudo que leía a Horacio o Catulo, en los versos de este poeta. De ahí este sabor algo melancólico de lo pasado que es a la vez eterno, del carpe diem que ha sabido poetizar a lo largo de toda una vida no menos poética, cabe vislumbrar, que su poesía. Todo, aun lo sórdido, llama e invoca al latín en que se salva, o, mejor dicho, a la sombra de un latín al que por mucho que demos la espalda, nos debemos y en el que nos justificamos. Si no hubiera eso… puede soportarse la pérdida de Dios, pero no la pérdida de eso que revive en los poemas de Villena, es decir, de la fuente viva de donde procedemos. Perder el origen sagrado y mundano que late en estas lenguas y tradición resulta incomparablemente más insufrible. Si hay Dios, también procede de esta fuente, es decir, del poema que nunca se dijo pero al que todos los poemas aspiran. Quizás Dios, su sombra, su imaginación, sea ese poema perdido e inalcanzable.

Podemos detestar el agua de la fuente, pero no podemos vivir sin ella. El día que la humanidad abandone el recuerdo de lo que es en profundidad, y estamos ya casi en ello, será el comienzo de un tiempo ruin. Si quitamos al hombre su materia, lo habremos perdido.

jueves, 3 de octubre de 2019

Lectura de Amélie Nothomb (1)

Lectura de Amélie Nothomb (1)

Marcos Santos Gómez


He leído dos libros breves de Amélie Nothomb, autora que no conocía y que un amigo me ha recomendado, o por lo menos, me ha hablado de ella. El primer libro, titulado Cosmética del enemigo, es una novela muy corta y perfectamente hilada, basada en un diálogo entre un personaje que espera en el aeropuerto por el retraso de su vuelo y un desconocido que viene a incordiarle. El desarrollo del diálogo, in crescendo, va convirtiendo la situación desde un anodino esperar al avión a un proceso por el que al hombre acosado se le van activando viejas pesadillas hasta que afloran sus peores fantasmas. El suspense es magnífico, no decae el ritmo en ningún momento y se trata de una buena historia que entra bien, con facilidad, en parte por el uso de un estilo muy sencillo y directo, nada retórico. Quizás es un ejemplo de un tipo de literatura que se hace hoy de la que se puede aprender sobre todo justo eso: un uso muy poco retórico, culto o artificioso en el modo de expresarse. Son obras de prosa rápida, directa. Además, la historia que cuenta, el trasfondo insano y neurótico, la coacción de un personaje al otro, me son bastante familiares por el tipo de historias y narradores “al borde del colapso” que a mí me gusta también imaginar. En este caso, alargado más allá del formato de un cuento, aunque no me atrevería mucho a insistir en que se trata de una novela. En realidad es una única historia que como un río va discurriendo entre algunos meandros que podría ser relato largo. En todo caso, se halla justo en el límite entre cuento y novela, creo.

El segundo libro, Estupor y temblores, ya sí con algo de mayor variación en la trama, con más extensión, usa un lenguaje aún más directo, muy sencillo, sin excesos de digresiones o retórica, para contar la experiencia real de la autora como acosada empleada de una gran empresa en Japón. El tema me ha llegado al alma porque más allá del Japón que adoramos, está tal vez el Japón real que entre otras características menos gratas tiene su fuerte sentido de la jerarquía y del poder en la empresa. La protagonista narradora vive esto, un descenso que aumenta cuanto más eficiente es, paradójicamente, y en el que la empresa ni le agradece ni valora sus grandes cualidades, ni la premia, sino, todo lo contrario, la humilla y va desacreditando hasta terminar en una ignominia que acepta con resignación. La autora, Nothomb, que adora su país adoptivo, donde nació, del que conoce y ama todo: su lengua, sus bellísimos paisajes, la literatura que a todos nos ha fascinado, se topa ahora con una realidad dura y cruel de racismo velado, machismo, abusos de poder, feroz competitividad y rivalidad entre iguales, sometimiento absoluto a los superiores, humillaciones, etc. que, confiesa, le modifica sus primeras ideas forjadas en el paraíso de una infancia feliz en tan bello país.


Obras leídas:

Amélie Nothomb, Cosmética del enemigo, Anagrama, Barcelona, 2003; Estupor y temblores, Anagrama, Barcelona, 2000.